La vocación antidemocrática de la derecha

Por definición, la derecha tiene una profunda convicción antidemocrática. Basta con revisar el origen del término para confirmar la hipótesis. La derecha como ideología política surge formalmente como consecuencia de la Revolución Francesa y la creación del parlamento, en cuya sede, los sectores más conservadores que defendían los privilegios de la monarquía y la aristocracia ocupaban el ala derecha del recinto mientras los sectores progresistas que promovieron el cambio de régimen se ubicaban a la izquierda. Desde entonces, la derecha se identifica por su resistencia al cambio y por defender los intereses de las élites encumbradas en lo más alto del poder político, tal como lo apunta el sociólogo Robert M. MacIver en su texto The Web of Government:

La derecha siempre es el sector de partido asociado con los intereses de las clases altas o dominantes, la izquierda el sector de las clases bajas económicamente o social y el centro de las clases medias. Históricamente este criterio parece aceptable. La derecha conservadora defendió prerrogativas, privilegios y poderes enterrados: la izquierda los atacó. La derecha ha sido más favorable a la posición aristocrática, a la jerarquía de nacimiento o de riqueza; la izquierda ha luchado para la igualación de ventaja o de oportunidad, y por las demandas de los menos favorecidos. Defensa y ataque se han encontrado, bajo condiciones democráticas, no en el nombre de la clase pero sí en el nombre de principio; pero los principios opuestos han correspondido en términos generales a los intereses de clases diferentes[1].

Esto explica la resistencia histórica de la derecha hacia la consolidación de la democracia, una forma de gobierno que posiciona al pueblo como referente único del poder político y la soberanía del Estado nación. Un sistema político que, por definición, está en contra de los intereses que defiende la derecha, fincados en una tradición de privilegios heredada generación tras generación.

Por ello, no es de extrañarse que en Occidente la derecha esté íntimamente vinculada a la iglesia (católica o protestante), una de las instituciones clave en la legitimación de las monarquías que gobernaron el mundo desde la época medieval, así como a una pujante burguesía que terminaría apoderándose de muchos privilegios de la nobleza a partir de la concentración de riqueza derivada de la apropiación de los medios de producción capitalistas.

Con la construcción del proyecto de modernidad como referente inequívoco del mundo occidental, la burguesía consolidó su poder político controlando un complejo engranaje institucional que soportaba la idea del Estado, incluyendo por supuesto, el control de las estructuras gubernamentales.

Lo anterior permite entender cómo es que los grandes dueños de la economía se convirtieron en los poderes de hecho, también llamados fácticos, capaces de quitar y poner a su antojo a gobernantes que facilitaran y protegieran sus intereses aún a costa de los interés público. Un contrasentido a lo que se supone deberían defender los sistemas democráticos.

Fue así que la economía tomó como rehén al Estado. Los grandes capitalistas infiltraron a sus subordinados en el gobierno para salvaguardar un régimen de privilegios que poco o nada tiene que ver con aquellos principios de “libertad, igualdad y fraternidad” que enarbolaba en su inicio el discurso revolucionario francés de 1789.

Con el triunfo del liberalismo económico al paso de los siglos siguientes, la democracia representativa terminó por convertirse en una máscara cuyo objetivo era ocultar en las sombras a los verdaderos actores involucrados en la toma de decisiones.

A partir de entonces, los industriales y la nueva clase empresarial que despegó de manera vertiginosa a partir de la Revolución Industrial construyeron un andamiaje político que les permitiera ejercer un control sobre los sectores sociales más pobres para acumular riqueza mediante la explotación laboral. La derecha se identificó a partir de este momento, como enemiga declarada de los sindicatos y cualquier forma de asociación que atentara contra el dominio hegemónico de las élites, toda vez que una verdadera democracia representa siempre una amenaza directa para cualquier oligarquía.

Esto explica cómo es que a partir de las revueltas populares que surgieron en la primera mitad del siglo XX en países como México, China o Rusia, movimientos sociales cuyo motor fueron precisamente los sectores campesino y obrero, se convirtieron en un peligro para los intereses de los grandes capitalistas. Con el advenimiento de dos guerras mundiales producto de las tensiones entre el liberalismo económico y el fascismo (dos matices del pensamiento conservador de la época), la Guerra Fría terminó dividiendo el mapa geopolítico del mundo en dos grandes bloques: la derecha representada por el American way of life y las políticas de libre mercado fomentadas desde las potencias occidentales, por un lado, y la conquista del proletariado en cuanto al control de los medios de producción representados por los países soviéticos, por el otro.

Estas polarizadas visiones del desarrollo generaron una serie de conflictos armados en distintas partes del globo terráqueo que a su vez radicalizaron las tensiones históricas entre las derechas y las izquierdas.

Sin embargo, la reconfiguración de la derecha a partir Consenso de Washington y la definición del proyecto neoliberal (acordado por los presidentes de Estados Unidos, Reino Unido y Alemania Occidental, Ronald Reagan, Margaret Tatcher y Helmut Kohl, respectivamente), así como el derrumbe de la Unión Soviética y la inminente caída del Muro de Berlín, significaron el triunfo momentáneo de los neoconservadores y un periodo de estabilidad política que incluso provocó la exaltación estúpida de intelectuales de derecha como Francis Fukuyama, quien incluso llegó al punto de declarar que el triunfo del liberalismo sólo podía significar “el fin de la historia” y la muerte de las ideologías, dando por terminada la disputa entre derecha e izquierda.

Una propuesta que, además de ridícula, resultó terriblemente equivocada, tal como lo demostraría algunos años más tarde el auge de la izquierda en Sudamérica y la crisis económica de 2008, misma que provocó una serie de protestas globales de grandes sectores sociales que empezaron a criticar de manera profunda las bases estructurales del sistema económico vigente en todo el planeta una vez que la complicidad entre los gobiernos y los grandes capitales a costa del interés público se fue haciendo cada vez más evidente con el rescate de los bancos a costa del erario de los países europeos. Una reedición de aquello que los mexicanos vivimos con el Fobaproa y el rescate bancario que el gobierno de Ernesto Zedillo construyó junto con los partidos de derecha a mediados de los años 90. Una medida que en su momento sería aplaudida por organismos como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial y que hoy, a casi 15 años de distancia, sigue aplicándose como receta para mantener los equilibrios macroeconómicos de manera impune.

¿Cómo es posible que el Estado convierta en deuda pública el rescate de bancos privados? ¿Por qué los ciudadanos tienen que pagar por los errores de los banqueros sin hacerlos partícipes de la bonanza financiera? Preguntas sin respuesta que evidencian las profundas contradicciones de las democracias liberales y sus descarados intentos por defender el interés privado aún a costa del interés público. Prueba fehaciente de que tras la máscara democrática se esconde un sistema oligárquico, es decir, un gobierno de minorías que concentra el poder político en pocas manos.

Norberto Bobbio, el gran politólogo italiano y quizá el más grande teórico del Estado del siglo XX, sugiere que esta psicosis surge a partir de una dicotomía entre lo público y lo privado. Para Bobbio, estas diferencias en términos de propiedad, con su respectivo impacto en el ámbito de lo social, puede representarse a través de dos identidades colectivas: el ciudadano (defensor del interés público) y su contraparte, el burgués (defensor del interés privado). De ahí que Bobbio señale de manera puntual que cualquier definición teórica del Estado como forma de organización social, tenga que partir forzosamente de establecer límites concretos entre lo público y lo privado.[2]

Esta interpretación de Bobbio permite ejemplificar a la perfección las profundas diferencias entre izquierda y derecha en términos de ideología política. La izquierda como referente del interés público y la derecha como defensora de la propiedad privada.

Y si entendemos a la democracia como una forma de gobierno cuya principal característica es que la titularidad del poder político reside en la totalidad de los miembros que conforman un grupo social en lo referente a la toma de decisiones, el problema plantea una contradicción profunda entre las ideologías de derecha y los sistemas democráticos.

Por eso encontramos en la actualidad, países con una incipiente cultura democrática en los cuales existe una fuerte resistencia de la derecha a la hora de impulsar reformas legislativas como el referéndum, plebiscito o revocación del mandato, instrumentos legales que permiten a los ciudadanos tener un mayor control sobre el gobierno y un mayor peso en la toma de decisiones. En el mismo tono, la derecha como bandera ideológica de los oligopolios se ha caracterizado por criticar medidas como las políticas de desarrollo social, cuyo fin último busca detener la creciente brecha de desigualdad entre ricos y pobres, medidas que los grupos conservadores suelen calificar de “populistas”, término absurdo con el cual se evidencia el carácter antipopular (y por ende antidemocrático) de la derecha.

No es de extrañarse que, por ejemplo, la derecha busque impulsar reformas legales que atenten contra los derechos laborales de las clases trabajadoras con el objetivo de beneficiar a grupos minoritarios aún cuando esto resulte perjudicial para las mayorías.

Esto plantea un problema de fondo para los sistemas que se autodenominan como democráticos, ya que la manera en que la oligarquía ha tomado como rehén a las instituciones de representación política para convertir al gobierno en un lucrativo negocio, tal como puede observarse en el modo en que las élites cuentan con sus propias bancadas en el poder legislativo, ha derivado en una profunda crisis de legitimidad. ¿Puede llamarse democracia a un régimen donde son las minorías las que deciden aún en contra de la voluntad de las mayorías? No. Y esto es precisamente lo que intenta disfrazar el discurso de los grupos conservadores, obstinados en no ceder sus privilegios aún a cambio del bien común.

La derecha como ideología política atenta contra los principios mismos sobre el que se sustenta el discurso democrático. Si bien es cierto que la democracia también significa respetar la diversidad de opiniones, también es cierto que la democracia debe privilegiar el interés público por encima de los intereses privados.

Por ello, la construcción de un auténtico régimen democrático hace indispensable acabar con el individualismo vicioso con el que operan los mercados de este capitalismo salvaje de todos contra todos. A medida que logremos elaborar como sociedad una noción más acabada de lo que significa el bien común, y lo que implica, los sistemas democráticos irán madurando paulatinamente hasta llegar al día en que el pueblo mande y los gobiernos obedezcan, como dicen los zapatistas. Mi bienestar no puede justificarse nunca a través del sufrimiento de los otros. Todos estamos conectados en esta inmensa red social, y por ello, mi bienestar sólo puede ser posible con el bienestar de los demás. Sólo cuando el pueblo adquiera conciencia de sí mismo y actúe como un todo, podremos hablar de democracia. Lo demás, es politiquería.


[1] Seymour Martin Lipset. Political man: the social bases of politics. Nueva York, Estados Unidos. Doubleday, 1960, p. 222.

[2] Norberto Bobbio. Estado, gobierno y sociedad: por una teoría general de la política. Fondo de Culura Económica. México, 2010.

Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 18 mayo, 2012 en Otros desvaríos y etiquetado en , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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