Así las cosas: la realidad mexicana en vísperas de la elección presidencial

A pocos días de las elecciones presidenciales el panorama es desolador. La gente se encuentra confundida, resignada, impotente ante lo que pareciera ser un destino inevitable. Los poderes fácticos se alinean a favor del poderoso: todos quieren brincar al barco ganador. Pareciera que el sistema político mexicano ya votó por Enrique Peña Nieto y no hay nada más que hacer.

En lo personal, me siento abatido. Me resisto a seguir siendo tratado como peón de aquellos que se piensan como amos y señores de México, eligiendo el futuro de  millones de personas con sus carteras llenas y su indiferencia al sufrimiento de otros.

No es nada en contra de Peña, lo juro. Es un tipo bien educado en las formas (no así en los fondos), políticamente correcto, entrenado para no salirse del guión impuesto por los grupos de poder a los que representa. Un político insípido que se limita a decir “yo respeto” cada vez que se topa con un tema incómodo. Un autómata fabricado a imagen y semejanza del régimen autoritario al que pertenece, un sistema basado en el control. Así fue su campaña: controlada de principio a fin. Cada acto fue planeado por sus asesores con precisión milimétrica. En los spots nunca se le despeinó un solo pelo, ni se le veía una sola arruga a sus camisas. Todo salió impecable en este melodrama con tintes de farsa producido por Televisa.

Ante las críticas, Peña optó por el control de los medios. Repartir dinero se convirtió en el remedio a todos sus problemas, tanto a los reporteros que cubrieron su campaña (salvo honrosas excepciones) como a los grandes jeques de los medios, esos señores feudales de la información, capaces de inventarse de la nada a un candidato ganador y construirse una realidad paralela que sólo es posible en las pantallas de televisión y los titulares de la prensa. Quizá por eso me resulte tan difícil entender que un ex gobernador con una gestión tan  mediocre (por decir lo menos) se nos presente como puntero de las encuestas. Por más que busco justificaciones para ello, no encuentro argumentos sólidos para explicar cómo es que un gobernador cuyo mayor logro fue construir carreteras cuente con el beneplácito de millones. Basta darse una vuelta al Estado de México para darse de topes con la verdad.

Durante el segundo debate entre los presidenciables, Peña aseguró que si algo lo había marcado durante su campaña era haber visto de cerca las condiciones de pobreza y marginación en la que vivían millones de mexicanos. Un descubrimiento cuyo cinismo no deja de parecerme terrible, dados los casi de siete millones de pobres (43% de la población que vive en el Estado de México) que habitan la entidad que gobernó durante seis años.[1] Personas a quienes la administración de Peña mantuvo en el olvido, según evidencian datos como los del Consejo Nacional para la Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), organismo que ubica al Estado de México como la entidad donde más creció la pobreza de 2008 a 2010[2] y donde existen tres de los diez municipios más pobres del país (Ecatepec, Nezahualcóyotl y Toluca).[3]

Sin embargo, la pobreza no es el único tema en el que el Estado de México presenta deficiencias. En materia de derechos humanos la administración de Peña resultó ser un desastre rotundo como lo evidenció el caso Atenco, de acuerdo con el análisis de organizaciones civiles como el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez [4].

Algo similar ocurre en temas vinculados con la inseguridad, donde la falta de datos confiables impide hacer una evaluación seria de la política de seguridad de Peña, según la opinion de especialistas de la organización México Evalúa[5] y los vacíos de información que se presentan en estudios como el del Instituto Ciudadano de Estudios Sobre Inseguridad.[6]

En materia económica el escenario no es muy diferente. Datos del IMCO en 2010 ubicaban al Estado de México como la entidad con el segundo lugar en corrupción (dato con el cual coincide la organización Transparencia Mexicana[7]) y la segunda entidad con mayor deuda (aún cuando habrá que reconocerle a Luis Videgaray la manera en que reestructuró las finanzas del estado tras la criminal gestión de Arturo Montiel), ubicándose como la quinta entidad menos competitiva del país, a pesar de contar con el presupuesto más oneroso de la federación.[8]

En educación tampoco se obtuvieron logros importantes. Según el informe Estado de la educación en México 2011, desarrollado por la organización Mexicanos Primero, las estrategias locales impulsadas por el gobierno mexiquense “no han alcanzado a impactar en forma contundente” en el grueso de la población[9], aún con los pequeños avances que los estudiantes mexiquenses del nive básico y medio han registrado en la prueba Enlace desarrollada por la Secretaría de Eduación Pública.[10]

En el tema de infraestructura tampoco puede hablarse de resultados del todo exitosos para la administración Peña, pues si bien es cierto cumplió con la mayoría de sus compromisos firmados ante notario, muchos de ellos los cumplió a medias (123 según el PAN).[11] De ahí que para analistas como Raymundo Riva Palacio, casos como el de Zumpango evidencien las obras a medio terminar que dejó Peña, pues de los tres compromisos firmados en dicho municipio, tres de ellos quedaron inconclusos: un parque ecológico contaminado, un hospital sin doctores y una biblioteca sin libros.[12] Quizá por ello, los logros que presume el ex gobernador mexiquense resulten tan cuestionables para algunos expertos.[13]

Por más que intento, no puedo encontrar elementos suficientes para justificar la ventaja de Peña en función de sus resultados como gobernante. ¿Cómo puede un gobernante tan gris llevar una ventaja holgada en todas las encuestas? Pues por el apoyo que le han dado los medios para tapar sus debilidades. Ahí están las denuncias hechas por medios como Proceso y el diario británico The Guardian para tartar de demostrar el vínculo entre Peña y Televisa. Ahí están las portadas de diarios como Milenio, El Sol de México, El Universal, La Razón o La Crónica, los comentarios de los locutores de cadenas como RadioFórmula, o “líderes de opinion” tan cínicos como Cyro Gómez Leyva, Ricardo Alemán, Joaquín López Dóriga y muchos otros, siempre tan aplaudidores del PRI, apostándole siempre a su gallo en la contineda presidencial. “Ya luego vendrá la recompensa cuando Peña sea presidente”, se dicen a sí mismos mientras se frotan las manos llenos de avaricia y sin importarles un carajo su responsabilidad social a la hora de informar. Medios que, como todos, operan en función de sus propios intereses aún cuando se dicen defensores del interés público. Vaya hipocresía. Sólo así puede entenderse la supuesta supremacía electoral de un candidato que ha realizado campaña con las estructuras de su partido político en lugar de acercarse a la gente, al pueblo, algo que incluso se evidencia en sus spots donde resaltan las calles vacías que evidencian su carácter antipopular. Ahí se revelan las intenciones de Peña para gobernar desde la comodidad del televisor.

Y sin embargo, Peña es el menor de nuestros problemas. Lo grave es que un probable triunfo electoral del PRI significaría el regreso al modelo de partido hegemónico. Al controlar la presidencia de la República, obtener mayorías en las dos cámaras del poder legislativo y asegurar más de la mitad de las gubernaturas, el equilibrio de poder que se venía construyendo desde la fallida alternancia, nuestra incipiente democracia terminará de joderse. He ahí el riesgo inminente: el regreso del régimen autoritario y vertical que gobernó a su antojo este país durante 70 años, acompañado de las mafias que hoy buscan servirse con la cuchara grande.

Ahí están también los vínculos del PRI con los cárteles de la droga en estados como Tamaulipas y Veracruz, ahí están los 34 mil millones que Humberto Moreira robó a Coahuila, ahí están Elba Esther Gordillo y Carlos Romero Deschamps, tan impunemente libres, al igual que gobernadores criminales como Ulises Ruíz y Mario Marín, por citar tan solo algunos de los nombres más selectos de la camarilla tricolor. Ahí estarán también personajes maquiavélicos como Manlio Fabio Beltrones y Carlos Salinas de Gortari, operando desde las sombras con la protección de Peña para que el PRI pueda construirse una estructura legal y política lo suficientemente sólida como para mantener el poder en los años venideros. Ahí estarán los priístas, aprobando sus reformas liberales para terminar de hundir a un país que no termina de reponerse de linduras como el Tratado de Libre Comercio o el Fobaproa. Ahí estarán fortaleciendo sus aparatos de espionaje y control, sus clientelas siempre listas para las despensas que dejará el próximo proceso electoral. Ahí estará el grueso de los mexicanos, tan serviles a las órdenes del nuevo amo que buscará ser reverenciado en cada acto público, en cada entrevista. Ahí estarán las promesas de poner en cintura a las bandas criminales, aún cuando esto no represente ninguna garantía de estabilidad.

Sin embargo, el actual escenario previo a la jornada electoral del 1 de julio no podría entenderse sin la manera en que el candidato de las izquierdas, Andrés Manuel López Obrador perdió la inercia ascendente que llevaba a lo largo de la contienda tras su participación en el segundo debate entre los presidenciables, realizado en Guadalajara. El tabasqueño perdió el momentum al apostarle a una estrategia de no confrontación, en aras de convencer a los votantes independientes. Peña salió ileso del segundo debate, aún cuando había material para evidenciarlo ante las millones de personas que siguieron el ejercicio a través de la televisión. López Obrador dejó escapar la oportunidad ideal para asestarle el golpe definitivo al candidato tricolor.

Tampoco reaccionó en el posdebate, cuando el presidente Felipe Calderón aseguró que no le salían las cuentas, situación que fue aprovechada por el PRI para golpear a su más cercano perseguidor. Rogelio Ramírez de la O, la propuesta de López Obrador para encabezar la Secretaría de Hacienda, nunca dio la cara ante los medios para aclarar el punto y contrarrestar el ataque.

El otro golpe bajo lo asestó el PRI un día antes del debate organizado por el movimiento estudiantil #YoSoy132, cuando a través de YouTube se dieron a conocer las grabaciones que vinculaban a los universitarios con líderes de la izquierda, lo cual ayudó a fortalecer la campaña que el PRI emprendió contra los estudiantes desde varias semanas atrás, mediante las descalificaciones de columnistas y líderes de opinión coptados por el tricolor. Fue así que el equipo de Peña buscó quitarle legitimidad al debate de los #YoSoy132, al cual se negó a asistir para administrar su ventaja.

Y mientras todo esto ocurría, López Obrador se enredaba en sus propias contradicciones, dando respuestas confusas cada vez que se le preguntaban si respetaría los resultados del Instituto Federal Electoral. Un día denunciaba un intento de fraude y al día siguiente celebraba la imposibilidad del fraude denunciado el día anterior. La esquizofrenia del discurso lopezobradorista fue tierra fértil para que sus enemigos volvieran a golpearlo mediante comparaciones con el presidente venezolano Hugo Chávez.

La lentitud de AMLO para reaccionar le pasó factura. Desaprovechó el escándalo mediático generado por la nota del diario británico The Guardian, famoso por haber sido el eje de las filtraciones de WikiLeaks, sobre el vínculo de Peña con las televisoras. También pasó por alto caso denunciado por la candidata del PAN, Josefina Vázquez Mota, sobre una red de espionaje con fines políticos financiada con dinero del Estado de México para favorecer la carrera de Peña Nieto rumbo a Los Pinos, un tema que evidencia el carácter autoritario del PRI y que sin embargo se diluyó de la agenda pública gracias al fuerte cerco mediático impuesto por el tricolor. Tampoco se aprovechó el peso mediático de Marcelo Ebrard Casaubon y Juan Ramón de la Fuente (propuestos para la Secretaría de Gobernación y la Secretaría de Educación Pública, respectivamente), quienes al igual que Cuauhtémoc Cárdenas, terminaron regateando su apoyo al tabasqueño, quien nunca terminó de explotar realmente a su gabinete.

A una semana del día definitivo, la campaña de López Obrador nunca terminó por prender del todo, a pesar de que el instinto de supervivencia del político tabasqueño lo tiene con posibilidades de dar la sorpresa, aún con la amplia desventaja que tiene frente al PRI en cuanto a recursos económicos y estructura. Además, los análisis de prospectiva actuales no han logrado medir cuál será el impacto real que tendrá el Movimiento de Regeneración Nacional  (Morena) el día de la elección. El arma secreta del Peje es un misterio que sólo sus colaboradores más íntimos conocen a fondo, luego de seis años de recorrer todos los rincones del país en busca de un contrapeso a las estructuras partidistas. El éxito de López Obrador dependerá del voto independiente que logre captar en esta recta final de la contienda. Las plazas llenas en estados como Nuevo León, Jalisco, Puebla, Oaxaca o incluso el propio Estado de México, todavía mantienen viva la esperanza de sus simpatizantes, aún a pesar de las pifias cometidas por el tabasqueño en las últimas semanas y a pesar de los personajes que lo siguen arrastrando al descrédito público y que van desde el ex priísta Manuel Bartlett hasta el siempre recordado René Bejarano.

Si bien Josefina ha logrado levantarse un poco en las últimas semanas tras su desastrosa campaña, esto no impedirá que el PAN termine como tercera fuerza. Los panistas están derrotados y lo saben. Un secreto a voces que incluso han reconocido fuera de micrófonos integrantes del cuarto de guerra blanquiazul como Ernesto Cordero, Juan Ignacio Zavala o Alberto Pérez Cuevas, brazo derecho de Chepina. Me da la impresión de que el partido de Calderón evitará que su candidata se desfonde para apostarle a un conflicto poselectoral, ante una elección cerrada, y sentarse a negociar con el PRI. Un escenario muy similar al de 1988, cuando el PAN empezó su carrera a Los Pinos tras validar el fraude que terminaría imponiendo a Carlos Salinas de Gortari en la silla presidencial.

Gabriel Quadri en cambio, nunca pasó de ser una puntada de la maestra Gordillo que fue perdiendo gracia y simpatías conforme su enorme arrogancia terminó destacando más que sus propuestas de corte liberal. Si acaso le ayudará al partido Nueva Alianza a captar algunos votos para asegurar el registro mientras las estructuras del magisterio operan a favor de Peña, justo como se planeó desde el inicio.

Así las cosas, el panorama luce difícil. Sobre todo, porque la inmensa mayoría de los mexicanos parecieran no entender lo que está en juego. Las discusiones de política a través de las redes sociales se han centrado, en buena medida, en la capacidad y honestidad de los personajes, elementos que, si bien no dejan de tener cierta relevancia, pasan a segundo término cuando lo que está en el aire es el proyecto estructural que deberá seguir el país los próximos seis años: apostar por la continuidad de las política de libre mercado o darle fortalecer al Estado como ente regulador de la desigualdad que genera el mercado. Si bien cada candidato tiene matices muy particulares en sus plataformas programáticas (aquí un buen análisis de ellas: http://arenaelectoral.com/como_van#temas_pos), me parece que no hay que perder de vista lo importante a la hora de salir a las urnas: la urgente necesidad de un cambio de fondo en las relaciones de poder para quitarle peso a las partidocracias y fortalecer al ciudadano en lo referente a la toma de decisiones. Algo que resulta particularmente preocupante en votantes muy concentrados en la elección presidencial y que ha reparado poco en la manera en que se articularán las fuerzas políticas al interior del Congreso, tal como lo sostiene un estudio del Comité Conciudadano para la Observación Electoral, el cual señala que los mexicanos votarán a ciegas por sus representantes debido a que sólo el 2% de los 6 mil 442 candidatos al poder legislativo se han dado a conocer ante la ciudadanía.[14]

Debemos entender a los políticos como un instrumento para alcanzar nuestras metas como sociedad, no como un fin en sí mismos. Me parece urgente utilizar las herramientas que tenemos a la mano para romper con las aparatos de dominación hoy vigentes que pretenden fortalecer aún más el poder de los oligopolios, aún cuando sus abusos están desgarrando al país entero. Por eso mi voto este 1 de julio estará con López Obrador, ese “caudillo anticuado que no conoce la autocrítica pero que representa un mal menor”, como bien apunta Juan Villoro.[15] Aclaro que mi voto por la izquierda no representa un cheque al portador y que, gane quien gane, habremos de exigirles resultados y cuentas claras a quienes resulten electos, siempre y cuando ganen en buena lid. Ante este ambiente de tintes fúnebres y esperanzas a medio coagular, no queda más remedio que seguir transformando al mundo desde la trinchera que le corresponde a cada quién. La democracia y la construcción de ciudadanía no pueden reducirse únicamente a un proceso electoral. Así las cosas, que pase lo que tenga que pasar.


Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 23 junio, 2012 en Otros desvaríos y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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