Archivos Mensuales: agosto 2012

El desastre nacional en tiempos de la imposición

Ocurrió todo según lo previsto. El status quo no cedió ni un ápice. El Tribunal Electoral ungió a Enrique Peña Nieto como presidente electo en medio de un remolino de protestas en las calles. Andrés Manuel López Obrador, fiel a su estilo, convocó a manifestaciones para ponerle baches a Peña de aquí a diciembre y tratar de mantenerse vivo políticamente otros seis años. Y mientras tanto, la bola de nieve sigue creciendo. ¿Qué pasará si en lugar de acabar con el narco, como lo prometieron, la violencia se pone aún peor con el reacomodo de los carteles de la droga una vez que el PRI llegue a Los Pinos? El país va a reventar. Con un escenario tan flamable, cualquier chispa puede desencadenar el incendio. La crisis institucional y política que vive México sólo podrá aliviarse con un nuevo pacto social que construya nuevos equilibrios de poder. Generalmente estos acuerdos se plasman en la creación de una nueva Constitución. Para que eso ocurra, se necesitaría un Congreso Constituyente que haga a un lado a los partidos políticos actuales como administradores del orden público. Y tal como se ha documentado a largo de la historia, eso sólo puede lograrse a través de una revolución, ya sea armada o pacífica. México necesita poner en cintura a sus poderes fácticos y refundar sus instituciones, incluyendo a sus partidos políticos tan corporativos y cupulares, mismos que han cerrado sus puertas a la ciudadanía en aras de intereses sectarios. El cambio tendrá que darse por las buenas o por las malas. Cada vez nos acercamos más a la segunda, tomando en cuenta los ríos de armas que llegan desde Estados Unidos, la violencia generada por el libre mercado de la droga, gobiernos débiles producto de su propia ilegitimidad y poderes fácticos de una voracidad insaciable que están dispuestos a hacer de la miseria una epidemia con tal de cumplir sus ambiciosos fines. Debemos estar atentos y entender todo lo que está en juego. Si seguimos esta inercia idiota se producirá mucho sufrimiento. Aún estamos a tiempo de actuar. No podemos permitir que la apatía termine validando a un régimen corrupto. Necesitamos una renovación total. El modelo civilizatorio impulsado los últimos 500 años en occidente ya se agotó. ¿Qué haremos al respecto? Habrá que repensar el futuro desde sus cimientos para construir un nuevo orden social.

Miradas yermas que portan máscaras

He de extraviarme en los vericuetos

de tu silencio punzocortante, para inventarte

caminando entre lilas y jardínes breves,

como mis huellas en la arena, como los rayos

solares que duermen en las entrañas de la tierra

para cantarle al medio día entre labranzas,

añoranzas y despechos.

 

Crece musgo en mi soledad más fértil

y navega el pensamiento en la corteza

de un árbol, mientras las palabras rozan

los brazos del almendro.

 

Mi líbido bombea sangre verde

y me devoro las entrañas para encontrar alivio,

y sacudirme las ansias, sacudir tu extravío y el mío,

aturdido por la imposibilidad de ser yo

cuando estoy contigo.

 

Quiero beber de tu boca el fin de la noche

sin miradas yermas que porten máscaras

y que mis dedos escurran sobre tu espalda,

anudando nuestros cuerpos en esta

tempestad de sabanas abiertas y desmembradas,

besos menguantes que se desprenden del otoño,

persiguiendo medusas y ensueños

marinos en el asidero de tu cuello temprano.

 

No encuentro los signos que te revelan

y te mantienen oculta en tu guarida terrestre.

Intento amarte en esa lengua tuya que

no entiendo, sólo tengo este amor

analfabeta y disfuncional que no te basta y no me basta.

 

Quisiera quererte como quieres ser querida,

y no sé cómo, amarte violentamente y con ternura,

hasta reventar el cielo y concluir esta historia

de extravíos, desvelos y cuerpos desollados,

alumbrados por la pálida simetría de la luna,

escupiendo flechas amarillas afiladas por el tiempo,

esquirlas oxidadas como astillas en los dedos.

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El planeta en ebullición

Una fotografía sobre el incremento de la temperatura del planeta en los últimos 131 años, tras los efectos contaminantes de la Revolución Industrial. Si no le ponemos solución al problema, la especie humana terminará extinguiéndose por su propia estupidez, llevándose entre las patas a un sinnumero de otras especies con las que compartimos este planeta. Y todo por nuestra obsesión de consumir, consumir, consumir.

Aprovechando el tema, comparto un video con la opinión de José Sarukhán y Julia Carabias, dos de los máximos especialistas que existen en México para hablar sobre las consecuencias ambientales, políticas y económicas del cambio climático. Pa quien guste profundizar en este tema de vital importancia, esencial para transformar el mundo como lo conocemos. No hay tiempo qué perder.

Y yo aquí

El mundo iracundo se saca los ojos,

y yo aquí, callado, en espera de que aparezcas

de entre el silencio que me devora y me persigue

de madrugada.

 

Se oscurece el cielo, aúllan los lobos,

y yo aquí, perdido en este espiral que es el tiempo,

respirando a través de la muerte, a través de ti,

que huyes volando por la ventana.

 

Hago memoria como si se tratara de otras vidas,

y yo aquí, sin poder acceder a tu voz de mariposa

que se evapora en esta tristeza dolorosamente humana

a la que no he podido decir adiós.

 

Hoy en mi cuarto hay un aire a desamor,

huele a lluvia de otoño, huele a puertas sin abrir,

y yo aquí, mudo, solo, sediento.

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¿Qué se dice en estos casos?

Luego de comer un tipo se nos aproxima. Está arapiento, con los ojos rojos y las manos hinchadas. Erick y yo tratamos de evadirlo. “¡Esperen, no les voy a pedir dinero!“. Nos detenemos un instante. “¡Hace mucho que no veo a mi hermana! Vive acá a la vuelta. Vengo saliendo del reclusorio. ¿Qué le digo?”, nos pregunta. Erick y yo nos volteamos a ver el uno al otro, desconcertados. “Mataron a mis papás aquí en la calle de Milwaukee. Mi papá era tahúr. No le dio tiempo de cortar cartucho y disparar. Le dieron a los dos. Mi mamá iba con él. ¿Qué le digo a mi hermana? Sólo nos tenemos ella y yo. ¿Eso le digo? ¿Qué se dice en estos casos?”, solloza el hombre mientras se aprieta el cuello con las dos manos, lleno de ansiedad. Nos quedamos mudos. Apenas atiné a decir: “Haz lo que sientas en ese momento”. El tipo agradeció el consejo para disolverse en la calle al doblar la esquina.

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La cola de los elotes

La fila no podía ser real. Había poco más de 15 metros entre el carrito elotero y yo. Un par de minutos después, al mirar atrás, noté que la fila se había extendido aún más. La gente no lo podía creer. Una epidema atípica de antojo elotero había invadido la colonia Nápoles, como si se tratara de un complot.

El gentío contrastaba con el puesto de hot dogs contiguo, apenas con un par de bocas hambrientas que atender. Los corredores que daban vueltas a la periferia del parque hacían movimientos intrépidos para esquivar el tumulto sin perder el paso. La gente sorprendida se tomaba fotos mientras esperaba su turno. Algunos decidían abandonar la misión para ir a comprar sushi o tamales. Eran los menos. La gran mayoría nos manteníamos firmes en nuestro único propósito de comprar un par de esquites. Una situación absurda.

Justo antes de formarme, pensé en ir al Superama de la esquina por una lata con sopa de lentejas. Llegué a la conclusión de que las cajas del supermercado también estarían llenas. Desistí. Luego pensé en ir por una hamburguesa, pero llegué a la conclusión de que era demasiado para la cena. Además traía antojo de esquite y no iba a permitir que una fila descomunal me arrebatara el gusto.

Mientras esperaba en la fila haciendo como que leía algo en el teléfono para que la chica de enfrente no se percatara de mi galante mirada, un grito de sorpresa alertó a las personas que esperaban pacientes sobre la banqueta.

-¡Qué pedo con la pinche fila!- gritaba un tipo alto, visiblemente perturbado por la extensa línea de gente con antojo elotero que se dibujaba frente a sus ojos.

La disposición de la gente para perder 20 minutos de su vida comprando esquites era anormal. Ahí estaba yo, asombrado con una situación tan absurda, sintiéndome el protagonista de una novela de Saramago, justo en la antesala de algo grande. Sólo que en lugar de que un automovilista perdiera la vista súbitamente con una epidemia de ceguera blanca, la gente hacía filas para comprar elotes. Empecé a imaginar los muchos relatos que se podrían desprender de una estupidez como esta. Que en los días siguientes subiera el precio de la tortilla, que se desestabilizaran los mercados ante la necesidad del gobierno mexicano para importar maíz ante la incapacidad de la industria nacional para satisfacer la demanda de los consumidores. Luego vendría la caída del peso frente al dólar. Los analistas financieros empezarían a hablar en televisión sobre el “efecto elote” para tratar de explicar la crisis.

El señor de los elotes lucía preocupado. La fila era tan grande que quizá no alcanzarían los elotes. Mandó a su hijo a notificarles a los últimos de la cola sobre el riesgo de que se terminaran las provisiones antes de que llegara su turno. El desaliento se hizo presente, pero no impidió que la gente se mantuviera en la fila, esperanzados a conseguir el último vaso, la última mazorca.

Por fin, llegó mi hora de ordenar un par de esquites con todo, poco chile y para llevar. El vendedor hacía un esfuerzo tremendo para acelerar el flujo de clientes. El sudor escurría de su frente mientras sus manos se batían entre la mayonesa y el chile piquín. Algunas personas que pasaban por ahí, sorprendidos de aquel espectáculo, felicitaban al señor de los elotes. “¡Buen negocio!”, decían. Consciente de la situación, me anticipé y pagué mi parte a su hijo, mientras el señor terminaba de dar los últimos toques a mi pedido. Cuando me fui a casa, la cola de los elotes parecía no tener fin.

Reinventar al ser humano en las llamas del Olimpo

Es sorprendente lo que el cuerpo humano puede lograr cuando hay entrenamiento de por medio. De ahí el interés que generan los Juegos Olímpicos cada cuatro años, una fiesta multicolor que nos ayuda a redimensionar el potencial de nuestra especie, redefinir nuestros límites.

Para mí, pocas imagenes tan emotivas como la del jamaicano Usain Bolt haciendo trizas el récord mundial de los 100 metros planos en Beijing 2008. Cuando me dijeron que Bolt había entrado caminando a la meta me pareció una exageración desmedida. ¿Cómo era posible que alguien rompiera un récord mundial así? Al ver la imagen por primera vez, no lo podía creer. Bolt llegó sobrado, festejando con antelación su contundente victoria con tiempo de 9.68 segundos. “Bolt es un monstruo”, decíamos maravillados al ver una y otra vez al ser humano más veloz que hubiera pisado el planeta Tierra desde los remotos orígenes de nuestra especie hace más de 200 mil años. Bolt redefinió así las posibilidades del ser humano.

Otra de las imágenes más increíbles del olimpismo se dio en Montreal 76, cuando una niña de apenas 14 años reinventó la perfección. La rumana Nadia Comăneci sorprendió al mundo entero al conseguir el primer 10 perfecto de la historia en una competición olímpica en las barras asimétricas. Las computadoras de aquel tiempo resultaron insuficientes para registrar su perfecta ejecución en el All Around. Los instrumentos de los jueces no estaban preparados para una calificación así. En aquella ocasión conquistó tres oros, una plata y un bronce, elevando al máximo cualquier parámetro dentro de su deporte al mismo tiempo que se convertía en un referente obligado al hablar sobre la perfección del cuerpo humano.

Ahí está también el Dream Team de Barcelona 92, integrado por una galaxia de estrellas bajo el mando de Michael Jordan. Ahí está el salto del siglo que pegó Bob Beamon en México 68 y la manera en que Dick Fosbury reinventó el salto de altura. Ahí está la ´locomotora´ Emil Zatopek con los músculos a punto de desgarrarse en Helsinki 1952. Ahí está el etiope Abebe Bikila rompiendo el récord mundial de maratón en Roma 60 con los pies desnudos. Ahí esta Michael Phelps con sus ocho oros en el cuello al salir de la alberca. Personas que a través de la disciplina y el entrenamiento han reconstruído al hombre. Cuentos fantásticos como sacados de la imaginación de Homero. Leyendas que forjaron su inmortalidad en las llamas del Olimpo. Postales que congelan el habla.

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Les dejo este link muy recomendable con otros momentos emblemáticos de los JOs, vía ESPN:

http://espndeportes.espn.go.com/news/story?id=1442590&s=oli&type=story

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