La cola de los elotes

La fila no podía ser real. Había poco más de 15 metros entre el carrito elotero y yo. Un par de minutos después, al mirar atrás, noté que la fila se había extendido aún más. La gente no lo podía creer. Una epidema atípica de antojo elotero había invadido la colonia Nápoles, como si se tratara de un complot.

El gentío contrastaba con el puesto de hot dogs contiguo, apenas con un par de bocas hambrientas que atender. Los corredores que daban vueltas a la periferia del parque hacían movimientos intrépidos para esquivar el tumulto sin perder el paso. La gente sorprendida se tomaba fotos mientras esperaba su turno. Algunos decidían abandonar la misión para ir a comprar sushi o tamales. Eran los menos. La gran mayoría nos manteníamos firmes en nuestro único propósito de comprar un par de esquites. Una situación absurda.

Justo antes de formarme, pensé en ir al Superama de la esquina por una lata con sopa de lentejas. Llegué a la conclusión de que las cajas del supermercado también estarían llenas. Desistí. Luego pensé en ir por una hamburguesa, pero llegué a la conclusión de que era demasiado para la cena. Además traía antojo de esquite y no iba a permitir que una fila descomunal me arrebatara el gusto.

Mientras esperaba en la fila haciendo como que leía algo en el teléfono para que la chica de enfrente no se percatara de mi galante mirada, un grito de sorpresa alertó a las personas que esperaban pacientes sobre la banqueta.

-¡Qué pedo con la pinche fila!- gritaba un tipo alto, visiblemente perturbado por la extensa línea de gente con antojo elotero que se dibujaba frente a sus ojos.

La disposición de la gente para perder 20 minutos de su vida comprando esquites era anormal. Ahí estaba yo, asombrado con una situación tan absurda, sintiéndome el protagonista de una novela de Saramago, justo en la antesala de algo grande. Sólo que en lugar de que un automovilista perdiera la vista súbitamente con una epidemia de ceguera blanca, la gente hacía filas para comprar elotes. Empecé a imaginar los muchos relatos que se podrían desprender de una estupidez como esta. Que en los días siguientes subiera el precio de la tortilla, que se desestabilizaran los mercados ante la necesidad del gobierno mexicano para importar maíz ante la incapacidad de la industria nacional para satisfacer la demanda de los consumidores. Luego vendría la caída del peso frente al dólar. Los analistas financieros empezarían a hablar en televisión sobre el “efecto elote” para tratar de explicar la crisis.

El señor de los elotes lucía preocupado. La fila era tan grande que quizá no alcanzarían los elotes. Mandó a su hijo a notificarles a los últimos de la cola sobre el riesgo de que se terminaran las provisiones antes de que llegara su turno. El desaliento se hizo presente, pero no impidió que la gente se mantuviera en la fila, esperanzados a conseguir el último vaso, la última mazorca.

Por fin, llegó mi hora de ordenar un par de esquites con todo, poco chile y para llevar. El vendedor hacía un esfuerzo tremendo para acelerar el flujo de clientes. El sudor escurría de su frente mientras sus manos se batían entre la mayonesa y el chile piquín. Algunas personas que pasaban por ahí, sorprendidos de aquel espectáculo, felicitaban al señor de los elotes. “¡Buen negocio!”, decían. Consciente de la situación, me anticipé y pagué mi parte a su hijo, mientras el señor terminaba de dar los últimos toques a mi pedido. Cuando me fui a casa, la cola de los elotes parecía no tener fin.

Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 2 agosto, 2012 en Cuentos y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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