Archivos Mensuales: octubre 2012

Día de muertos

En México, la muerte es dulce como el amaranto, huele a copal, recita versos, camina en zancos y de puntitas, entre espigas rojas y pétalos de cempazúchitl, es dicharachera y bebe pulque de piñón, baila de tumba en tumba. No sabe hacer otra cosa que reír.

Galería completa de Día de muertos en Flickr:

http://www.flickr.com/photos/14180701@N05/sets/72157625306413670/show/

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Libro reversible

Elocuente vacío

aullando entre paredes,

delimitando el tiempo

en sueños derramados

de espesa blancura,

tinta de piedra y agua

doblegando al olvido.

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El camino a la iluminación: Dogen y el sendero del zen

“Ver las cosas como son, eso es iluminación”, dice Dogen al señor Tokiyori. El sufrimiento ciega, y por ello, en ocasiones somos incapaces de ver lo obvio. Ahí la enseñanza de Dogen, el maestro budista fundador de la escuela Sōtō del Zen, quien exploró por sí mismo las enseñanzas del Buda para liberarse del sufrimiento y alcanzar la iluminación. Y esto es precisamente de lo que habla la película Zen: la vida de Dogen, dirigida por Banmei Takahashi.

“Al depender de otros niegas al Buda que hay en ti”, señala Dogen a Orin, tras la muerte de su hijo y el dolor profundo que experimenta al no encontrar resignación.

El filme narra la búsqueda del monje japonés, quien a través de su fe y la praxis, significó una influencia positiva para aquellos que le rodearon, tal como demuestra Dogen al señor Tokiyori, regente de la provincia de Kamakura, al enseñarle que la única manera de liberarse de los demonios internos es despojarse de las ataduras que nos hacen aferrarnos con desesperación a las cosas que nos hacen daño.

“La conversión significa aceptación. El dolor, la pena y odio de los espíritus es el dolor, pena y odio propio. Debe asumir esa angustia. Pero no puede aceptar esa angustia sin antes abandonar todo su ser”, apunta Dogen, quien utiliza una metáfora lunar para ejemplificar el Buda consustancial que habita dentro de nosotros, aunque a veces lo olvidemos: “aunque las nubes podrían tapar la luna, o pueda desaparecer del cielo, no podemos afirmar que no existe la luna”.

“Si haces mal, cosecharás el maldad. Si haces el bien, cosecharás bondad. Cuando la muerte se aproxime, ni el poder político, ni aquellos que amas, ni la gran fortuna serán capaces de salvarte. Para morir debes estar solo. Todo lo que te acompañará es lo que hiciste en vida. Eso y nada más”.

Otro de los momentos memorables de la película se da cuando Dogen se despide de sus discípulos, recordándoles ejercitar las tres mentes: la mente alegre, la mente bondadosa y la mente universal.

“Estudiar el camino de Buda es estudiar el sí mismo. Estudiar el sí mismo es olvidarse de sí mismo. Olvidar el sí mismo es ser iluminado por todo. Ser iluminado por todo es liberar tu propio cuerpo y mente, liberar el cuerpo y la mente de otros”, dice.

Liberarse del sufrimiento significa ser libre de todo apego, incluso el apego a la vida misma, al propio cuerpo. La felicidad habita dentro de uno. Conviene recordarlo a menudo.

Un poema vacío

 

Rebozar tierra en la herida,

ungüento milagroso que

atempera un ardor silencioso,

esta lumbre que muerde,

haciendo surcos en mi pecho

convertido en jirones,

entregado a la violencia

del mar iracundo embistiendo

el cansancio del alba,

insondable distancia

entre el sueño y la nada.

 

La luna se ha quedado dormida

en el acedo sopor de las flores,

y le besan las mejillas con un

dolor trémulo que se llena los

pulmones de aire inflamable,

degustando raticida a la hora

de la cena para escribir un epitafio

con tus manos invisibles

que no fueron, receta infalible

para curar el amor insatisfecho,

sustituto perfecto de la muerte.

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De cómo la buena literatura es también un salvavidas

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En momentos de extravío, la literatura como salvavidas.

Sin temor a equivocarme, puedo afirmar tajante, que los libros me han salvado el pellejo en más de una ocasión.

Quizá ahí nace la obsesión de verse reflejado en los pensamientos del otro, en las palabras del otro, en los anhelos prohibidos del otro…

y así poder acceder a las entrañas de nuestra propia soledad, devorar los miedos y liberarnos de esa asfixia permanente que nos hace respirar con desesperación y esperanza en cada página.

La buena literatura es eso: un respiradero, una segunda oportunidad para vivir.

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