El crimen de la vanidad, el castigo de la cobardía

Advertencia: este texto contiene algunos pasajes de la novela. Léalo bajo su propio riesgo.

El dolor es obligatorio para las conciencias amplias y los corazones profundos. Los hombres verdaderamente grandes deben, al parecer, experimentar en la tierra una gran tristeza”.

Fédor M. Dostoievski en labios de Raskolnikov, protagonista de Crimen y castigo.

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Contrario a lo que suele creerse, la culpa no es el tema central de Crimen y castigo, novela cumbre del escritor ruso Fédor M. Dostoievski. No. La obra es un éxodo a través del dolor, una crónica de la frustración, del deseo insatisfecho como cuna del sufrimiento y la miseria como justificación perfecta para la agonía existencial de los seres humanos.

Eso es lo que deja entrever Raskolnikov, protagonista de la trama, mientras Dostoievski explora y desnuda cada pliegue de sus personajes, sin prisa, escarbando en las profundidades de su psique para descubrir las contradicciones, miedos y anhelos de la gente que habita en su obra. Es así como el autor va tejiendo su relato hasta convertirlo en una apología de la angustia, esa asfixia punzante de vivir con el alma mutilada.

El drama comienza cuando Rodion Romanovich Raskolnikov, un joven estudiante de derecho sumido en la pobreza y la desesperación, decide asesinar a una usurera judía, Aliona Ivanovna. A partir de ahí es que Dostoievski inicia el viaje para descubrir poco a poco las motivaciones del crimen, hecho que sin embargo, adolece de toda culpa, como bien explica Raskolnikov en la conversación que sostiene con el sagaz Porfirio Petrovich, juez de instrucción encargado de investigar el homicidio, en torno a un artículo en que el joven estudiante justificaba el derecho de los grandes hombres para asesinar en pos de un bien mayor para la humanidad:

-¿Y su conciencia?-, pregunta Petrovich.

-El que la posea que sufra si reconoce su falta. Ese es su castigo, sin contar el presidio-, responde Raskolnikov sin el menor remordimiento.

Rodion nunca reconoce el asesinato de la vieja como un crimen, sino por el contrario, como un acto de grandeza sólo apto para las grandes conciencias, poseedoras de la fuerza y voluntad necesarias para acabar con el mal que prevalece en este mundo, tal como confiesa a Sonia, la prostituta de la cual se enamora:

“¿Mi crimen? ¿Qué crimen?- rugió con repentina cólera Raskolnikov-. El hecho de haber matado a una vieja inmunda y maligna, a una usurera miserable y vil, cuya muerte merecería indulgencia para cuarenta pecados, un vampiro que chupaba la sangre de los pobres, ¿constituye acaso un crimen? No lo creo, y no pienso expiar esa culpa”.

Raskolnikov es un psicópata, y por ello, resulta absurdo creer que la culpa es el eje narrativo de la novela. El verdadero crimen por el cual sufre su castigo no es el asesinato de la usurera, sino la cobardía con la que enfrenta las consecuencias de sus actos, el profundo terror que siente de ser atrapado por la policía, situación que contradice sus ideales, los mismos que justifican la naturaleza del homicidio. Esa es la condena que purga Raskolnikov a lo largo de la novela, aquello que le devora los intestinos por dentro y lo conducen irremediablemente a entregarse a las autoridades con el fin de liberarse de su propia debilidad y cobardía, negándole a su vez toda posibilidad de convertirse en uno de los grandes hombres a los que aspira convertirse:

“Pensaba que era humillante que un joven dotado de talento tuviese que soportar estrecheces, que, si hubiera poseído aunque más no fuese tres mil rublos, su carrera y todo su porvenir se presentarían de manera muy distinta. Agregue a esto el envenenamiento causado por el hambre, lo reducido de la buhardilla que ocupaba, los harapos y el pensamiento de la situación en que se encontraban su madre y su hermana. Pero por sobre todas las cosas la vanidad, el orgullo y la vanidad, unidos acaso a otros buenos sentimientos”.

Orgullo y vanidad, dice Dostoievski al enumerar las emociones que resumen la tragedia. Orgullo y vanidad, ahí donde se aloja el deseo insatisfecho, el odio como forma de expiación, el hacha dulce como instrumento de venganza y redención. Raskolnikov mató a la vieja para pertenecer al mundo del que había sido desterrado, el mismo al que anhela destruir a través de un acto grandilocuente que lo acredite como un hombre superior, un ser capaz de reconfigurar los significados del mundo, convirtiendo un asesinato vil en acto heroico, dado la manera en que la magnificación de la gloria trastoca la memoria de los hombres, como bien señala Borges.

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Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 14 diciembre, 2012 en Otros desvaríos y etiquetado en , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Bien la culpa no asoma la cabeza en una brevedad insignificante. La culpa aparece cuando el crimen nubla, y no todos cometemos crímenes que todos dan por un hecho, nuestro crimen es mentir mentiras.

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