El enano, el tigre y la calavera de cristal

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El calor era insoportable y el ventilador giraba sus aspas lentamente, escupiendo aire caliente. “Llévalos a conocer a Ángel”, dijo mi madre mientras acomodaba su asiento en la sala de mi tía Fina para una larga jornada de plática y café. Mi hermano y yo escuchamos la idea con cierto desgano. En alguna ocasión habíamos escuchado hablar en tertulias familiares sobre el tal Ángel, pero no teníamos idea de qué esperar de una visita tan inesperada como la que repentinamente planteaba mi madre. Habíamos viajado 40 kilómetros para visitar a mi tía y no teníamos mucho por hacer. Cualquier cosa parecía mejor que escuchar a dos señoras hablar sobre manualidades y recetas de cocina durante horas. Mi tío Javier parecía tener la misma impresión, pues aceptó sin el menor reparo la idea de llevarnos a dar el recorrido.

Subimos al coche y avanzamos por la carretera un par de cuadras hasta llegar a la plaza principal del pueblo. A un costado estaba la casa de Ángel Castrillón. Tocamos el timbre. El portón impedía ver el interior de la propiedad desde la calle. Un muchacho como de catorce años abrió la puerta.

—¿Se encuentra Ángel? Venimos a visitarlo. Dile que lo busca Javier Borbolla. Minutos después regresó el muchacho.

—Pasen por favor.

Nos llevó hasta la estancia, decorada con motivos del antiguo Egipto. Jeroglíficos del dios Ra junto a otras imágenes adornaban la pared principal. Extrañas figuritas con motivos esotéricos completaban el cuadro. Una sala poco convencional, sin duda. Ahí esperamos durante varios minutos a que apareciera nuestro anfitrión. Recordé algunas historias que circulaban entre mis familiares respecto a la peculiar vida de Ángel Castrillón. Le apodaban el dólar porque cojeaba de una pierna. Al andar subía y bajaba de manera similar al índice de precios y cotizaciones de la moneda estadounidense en tiempos de crisis económica. El apodo me pareció siempre de un ingenio asombroso, ejemplo perfecto de la burlona inventiva que tanto presumen los mexicanos. Decían que estaba loco y que en su rancho tenía vacas del tamaño de un perro.

Estudió genética en la Universidad de Ginebra. Tras concluir su paso por Suiza, regresó a la Huasteca decidido a reproducir microvacas. La particular empresa estaba basada en una idea simple: las vacas grandes no son necesariamente las más productivas. Aseguraba que mientras una vaca grande requiere de una hectárea para el pastoreo, esa misma extensión de terreno podría sostener a varias microvacas de 150 kilos, lo cual multiplicaría por diez la producción de leche, carne y piel. Después de una larga búsqueda, encontró a dos cebúes de pequeño tamaño y empezó la proeza despertando la admiración, el miedo y la burla de los pueblos vecinos. La inspiración surgió a partir de los caballos de Farabella, una raza de equinos miniatura, oriundos de Argentina, que suelen ser utilizados como animales de circo. Parecía una idea revolucionaria que nunca terminó de cuajar. Cuando algunos periodistas locales, conocedores de la historia, le preguntaban por qué había fracasado el proyecto de las microvacas simplemente respondía: “apareció el gobierno y se jodió todo”.

El tema de las microvacas me resultaba conocido por algunas conversaciones familiares. “Ese Ángel está loco”, refería otro de mi tío Manolo, quien en tono burlón proponía a Castrillón cruzar a un cerrajero local con una changa para encontrar al eslabón perdido. Proyecto que además, contaba con la total aprobación de los involucrados, con excepción de la mona. “¿Entonces qué Cerrajas, le entras al negocio o qué?”, preguntaba mi tío a su amigo el cerrajero mientras éste afirmaba contundente: “Sí cuña’o, ya sabes que sí”. Lamentablemente el Cerrajas nunca pudo aparearse con la changa. Siempre nos quedamos con ganas de conocer cómo se verían nuestros ancestros lejanos. Todo en nombre de la ciencia, por supuesto.

Sin embargo, fue otro el acontecimiento el que sacudió a las buenas conciencias de la región. Se decía que adoptó a un enano de tan sólo 30 centímetros de estatura. Su nombre era Gabriel. Recién había cumplido los 10 años de edad y ya gozaba de cierta fama a nivel local. Su diminuto y sorprendente tamaño lo hizo merecedor de algunos minutos en el noticiero nacional del canal dos. Se bañaba en el fregadero de la cocina y tenía una pequeña mesita de juguete para degustar los alimentos a la hora de la comida. Acompañaba a Ángel en todos sus viajes dentro y fuera del país. Algunos creían que lo trataba como mascota. Otros iban más allá y especulaban con la posibilidad de que Gabriel fuera el resultado de un experimento del genetista obsesionado con miniaturizar animales. Yo por supuesto, estaba ansioso de conocer al Gaby y comprobar los rumores.

Nuestro anfitrión apareció de pronto en el vestíbulo. Su manera de arrastrar el pie derecho con pequeños brincos intermedios le hacía honor al sobrenombre. Era un hombre viejo y encorvado, con la barba crecida de varios días y un ojo saltón, enrojecido, que parecía querer salirse de su cara.

—¡Qué milagro cabrón! ¿Qué andas haciendo por aquí?— preguntó sorprendido ante la inesperada visita.

—Son los hijos de Lupita. Anda de visita en casa de la Fina y los traje para que conocieran tu casa. Quieren conocer a Gabriel— explicó mi tío.

Nos saludó cordialmente para luego ofrecernos algo de beber. Descansó el cuerpo sobre la silla del comedor mientras tomaba un poco de té.

—Anda con su mamá allá en la sierra. La infección que tengo en el ojo desde hace un par de semanas me ha obligado a guardar reposo y lo mandé a su casa unos días. Además se lo podían comer los tigres— dijo.

La revelación de que tenía tigres en su patio trasero era casi tan sorprendente como su determinación de tomar bajo su tutela al Gaby tras conocerlo por casualidad durante un recorrido al interior de la sierra, cerca del poblado de Coxcatlán, dentro de una comunidad indígena. Durante la plática de sobremesa hablamos de antropología y otros temas. Me regaló una edición de su libro sobre la virgen de Meztitlán, una representación gráfica de una mujer de tez azul que al mismo tiempo representaba a la virgen María y a Meztli, diosa de la luna en el México prehispánico, una de las primeras manifestaciones de la fusión cultural que le siguió a la conquista española y, de acuerdo con Ángel, un antecedente de la virgen de Guadalupe que aparecería en el cerro del Tepeyac algunos años más tarde.

Dejamos la sobremesa para dar un paseo por su peculiar casa. Salimos por una puerta corrediza por el jardín trasero donde algunas cacatúas y guacamayas de diversos colores pasaban el día sin jaula. Nos contó que de momento su tigre estaba en el rancho. Luego nos llevó a su aviario personal, en donde tenía una enorme variedad de aves: flamencos, pavorreales, tucanes y otras muchas especies cuyo nombre ignoraba en aquel entonces. Aseguraba que algunos de sus amigos naturalistas habían contribuido a engordar su colección de aves exóticas, mismas que había reclutado en diferentes viajes por el país. Saetas multicolores atravesaban de lado a lado la enorme jaula en la que se recreaba un ambiente selvático y a la cual entramos por una pequeña cabina de doble puerta. El viejo observó su reloj. —Las seis en punto. Hora de salir de aquí, en cualquier momento empezará a llover— apuntó. Volteamos hacia arriba para mirar el cielo. Los rayos dorados del sol brillaban en plenitud mientras inundaban el jardín. No había una sola nube. ¿A que se refería con que pronto empezaría a llover? No tardamos en averiguarlo. Los aspersores al interior de la jaula se encendieron y comenzaron a arrojar agua, emulando una llovizna ligera, típica de un bosque tropical. Salimos de puntillas mientras las aves se reacomodaban en busca de refugio. Luego nos condujo hacia una habitación apenas delimitada por una escalera en escuadra y sin barandal. En medio del cuarto pintado de un solo color emergía una silla de barbero antigua. No había nada más en aquella habitación de paredes y suelo color gris. El objeto atentaba contra la lógica habitual del diseño de interiores. El kitsch todavía no se ponía de moda.

—¿Y eso qué es?— preguntó mi tío.

—Es la silla donde afeitaban a Maximiliano de Habsburgo. La agarré a buen precio durante una subasta— respondió Ángel.

Subimos las escaleras para cruzar una puerta de madera, a la entrada de su estudio, en el primer piso. La vista era espectacular. Los abarrotados y descomunales libreros contrastaban con los amplios ventanales que dejaban entrar el cálido sol de la tarde al mismo tiempo que varios ejemplares de su aviario personal batían sus alas al otro lado del cristal. Era como ver un documental de National Geographic en pantalla gigante y en tiempo real. Al fondo de la habitación yacía un escritorio de madera. El lugar ideal para dejar que volaran las ideas.

—Aquí vengo a escribir. Hay mucha calma— explicaba el científico loco mientras mi tío, mi hermano y yo permanecíamos absortos ante la belleza del lugar. Tomamos un par de minutos para apreciar el lugar y regresamos al vestíbulo principal. Animado con la inesperada visita, y al ver el interés que en mí había suscitado aquel extraño tour, Castrillón nos guió hasta su habitación para mostrarnos una última cosa antes de concluir el recorrido por su alucinante hogar. Un ejército de pequeñas figuras de barro estaban perfectamente alineadas sobre una repisa ubicada a un costado de su cama. Parecían piezas de gran valor arqueológico, extraídas del subsuelo durante las excavaciones realizadas en su rancho El Consuelo antes de que fuera vendido al Instituto Nacional de Antropología e Historia para desarrollar la zona arqueológica de Tamtoc, el más grande asentamiento de la cultura huasteca que habitó la región durante el periodo posclásico, alrededor del año 1000 de nuestra era. Mujeres de amplias caderas y alfareros integraban la mayor parte de la colección. Una pieza de entre todas llamó mi atención. Nos mostró con orgullo un cráneo de cristal de gran tamaño y en perfecto estado de conservación. Recordé los poderes sobrenaturales que algunos mitos de dudosa procedencia y los investigadores de ficción estilo Indiana Jones, solían atribuirle a ese tipo de objetos presuntamente hallados en la espesura de la selva maya que comprende desde Chiapas hasta Honduras. Sentí que Castrillón buscaba tomarnos el pelo y abusar de nuestra ignorancia para maravillarnos con su juguete. Durante mi fugaz paso por la preparatoria aprendí algunas cosas referentes al arte precolombino durante la clase de actividades estéticas y mis primeras visitas concientes por el Museo de Antropología de la Ciudad de México. Si la calavera de cristal era auténtica, tal como afirmaba, su valor debía ser incalculable. No en balde, falsificaciones famosas como los cráneos de cuarzo pertenecientes al Museo Británico y el Instituto Smithsoniano despertaron la curiosidad y fascinación de los arqueólogos a lo largo de todo el siglo XX. La idea de estar frente a un tesoro invaluable me parecía demasiado. Mi credulidad había llegado al límite.

—¿Y de dónde sacó la calavera?— pregunté con escepticismo.

—Haces demasiadas preguntas— respondió evasivamente, sin agregar mayor detalle.

Su respuesta me generó más dudas. Pensé que su versión de la calavera de cristal podría llegar a ser verídica, con un poco de suerte. Después de todo, difícilmente hubiera podido creer una historia de vacas enanas, tigres en el jardín y tesoros perdidos de civilizaciones antiguas. Además, ¿qué necesidad tendría de evadir la pregunta si su objetivo era sorprender a un par de adolescentes? Nunca lo sabremos.

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Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 18 junio, 2013 en Cuentos. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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