Somos células de otros cuerpos; la visión está en la mente

La genética y el desarrollo de la vida en este planeta no dejan de maravillarme. Un par de textos en la edición de julio de la revista National Geographic en Español, me hicieron viajar hasta lo recóndito de la existencia. En un breve texto titulado “Somos genes. Ellos también”, escrito por Carl Zimmer, explican que “todos los animales, plantas y hongos compartimos un ancestro que vivió hace unos 1,600 millones de años”. El 24% de nuestro material genético es idéntico al del arroz. Compartimos un 44% de genes con las abejas. Tenemos más en común con un pez cebra (73% de nuestros genes) que con un pollo (65%). Todos estamos conectados. Nuestra vida como seres humanos depende de nuestra interrelación con otras especies. Somos parte de un todo más grande. Así como nuestro cuerpo está constituido por millones de células, nosotros somos células de otros cuerpos. ¿Es tan difícil entenderlo? ¿Por qué insistimos siempre en aislarnos de los otros seres con los que compartimos este planeta, nuestra casa? Es una pregunta que me hago a menudo.

Con el resto de las personas ocurre algo similar, tal como constató el periodista peruano Javier Lizarzaburu al someterse a un experimento para desentrañar su pasado genético y averiguar que su origen étnico está conformado 40% por indígenas americanos, 29% mediterráneo (producto del mestizaje tras la colonización europea en los pueblos indígenas de América), 17% noreuropeo, 10% del sudoeste asiático, y 2% del noreste asiático. El descubrimiento de la genética ha hecho del racismo algo tan obsoleto, que todavía cuesta trabajo creer que el color de la piel siga siendo pretexto para la segregación en muchos rincones del planeta. Las razas son una ilusión. “La separación es la primera ilusión”, como sostienen los fundamentos del hinduismo.

Al darle la vuelta de página a la revista, otro pequeño texto sobre ”El hombre murciélago” me impactó de sobremanera. La breve entrevista a Daniel Kish, ciego tras quien perder las dos córneas a los 13 meses de edad, es un ejemplo de las posibilidades de la mente. Kish se mueve ayudado de la ecolocalización, realizando chasquidos con la lengua que le permiten percibir el rebote de las ondas sonoras para construir un modelo tridimensional de su entorno. Ahora enseña esta técnica a jóvenes ciegos para que puedan depender de ellos mismos. “Los estudiantes se sorprenden por lo rápido que ven los resultados. Creo que esta capacidad está latente en el ser humano, el hombre primitivo pudo haberla utilizado. La capacidad neuronal existe; he ideado formas de activarla”, afirma Kish. Su última frase lo resume todo: “la visión no está en los ojos, sino en la mente”.

Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 27 julio, 2013 en Medio Ambiente, Otros desvaríos y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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