Laberintos de papel y tinta

Entrar a una librería es un arrebato, un acto de fe, la certeza de que el libro preciso terminará revelándose ante mis ojos en el momento exacto. Siempre pasa igual. Sincronía cósmica, supongo.

Extraviarse durante horas en los pasillos de las viejas (y nuevas) librerías es un goce, al igual que vagar en sus deliciosos laberintos de papel y tinta en que los hombres han plasmado sus alegrías, sus tristezas, sus reflexiones, sus más profundos sueños, sus victorias y sus derrotas. Las librerías son portales multidimensionales que nos arrojan lejos: años, siglos, baktunes, eras enteras delineadas por palabras que habrán de arrancarle un suspiro al olvido, al tiempo inerte que se esconde en nuestra escurridiza memoria.

Las librerías son galaxias inexploradas, coloridas nebulosas donde a ratos refulgura la lengua de los hombres convertida en piedra y cincel, en pluma de un cisne o un trozo de carboncillo listo para incendiar a las buenas conciencias en el retorcido acto del pensar, para esgrimir una idea en el aire y que la imaginación vuele, cante hasta el fin de los días.

Las librerías son también un lugar de reencuentros, donde nos miramos a nosotros mismos en el espejo de los que escriben, esos seres solitarios y taciturnos, a veces burlones, socarrones, irremediables adictos a la nostalgia, que no pueden contener el impulso de mutilarse y sangrar frente a la máquina de escribir, seres extraños cuya naturaleza es quemarse por dentro sólo para reivindicar su derecho a existir, a respirar, a reconstruir su propia fisonomía entre escombros de una civilización en ruinas, seres elocuentes, de sangre caliente y corrosiva, capaces de doblegar a la muerte con su corazón desbordado.

Por eso me gustan las librerías, esos sitios acogedores en donde nunca estaremos solos, esos puertos interestelares que no requieren pasaporte, cuevas policromáticas donde los sueños nadan de dorso, placenteramente, con los pies echando raíces en el piso de madera.

Me gustan las librerías porque son como viajar, con la mochila en el lomo a orillas de la carretera, a orillas de la nada, paisajes impregnados por el dulce tufo de la libertad, ese lugar recóndito e inaccesible donde germinan los anhelos que habrán de mantenernos despiertos. Las librerías son como la casa de mis tíos en domingo, sitios donde cualquier cosa es posible, sitios donde la exageración hace más vivible está vida perversa que insiste hundir sus colmillos en nuestra carne.

Me gustan las librerías porque son un refugio para nosotros los desposeídos, los ávidos de amar hasta sus últimas consecuencias, seres dispuestos a empeñar el alma en lo blanco del papel y andar sonrientes bajo la lluvia, con el alma expuesta y soñolienta, saboreando los versos y los cuentos que habremos de contarnos en silencio para luego compartirlos con otros, sin cobrar regalías ni derechos de autor, hasta sumergirnos en el caudal hipnótico del mundo y su azar, tan impredecible, tan deliciosamente impredecible, mismo que habrá de escupirnos en la cara para que podamos reírnos de nuestra desgracia y aprendamos a fluir como fluyen las cervezas en la peda, fluir como el agua del caño que inadvertidamente llega hasta las salinas aguas del mar.

Me gustan las librerías por que son como un manicomio donde los locos se arañan la cara y dialogan con su mano, y escupen groserías sin el menor recato, y se cagan en el piso para desafiar la tolerancia de las médicos jugando al carcelero frustrado, con los tendones entumidos por su propia rigidez, la metodología como filosofía de vida y código moral, resquicio último de su febril inexistencia.

Me gustan las librerías porque son zoológicos estrambóticos donde siempre hemos de encontrar un extraño bicho bajo las piedras, un ave del parnaso reposando entre las repisas, monos araña acicalándose en las copas del librero, cebras disfrazadas de códigos de barras, leones barbudos extendidos en la soleada mesa de las novedades.

Me gustan las librerías porque son alucinantes y absurdas, como los circos de pueblo, con su tribu de enanos alimentando a los tigres, con sus payasos de ánimo lacustre, angustiados por la obligación de hacer reír cuando tienen ganas de llorar, una carpa donde los acróbatas desafían la gravedad versificando el cuerpo y los magos inventan quimeras para pitorrearse de la limitada realidad.

Me gustan las librerías porque son frescas, como la humedad de la noche veraniega, con rostros que observan y hablan desde el óleo movedizo y el tiempo asimétrico que respira en el nitrato de plata. En fin, me gustan las librerías, como los cines y su olor a palomitas, sus montañas rusas de dos horas a 24 cuadros por segundo, sus luces proyectadas sobre la pantalla despellejando mis restos como sí fuera una cebolla, me gustan sus incertidumbres, sus alegóricas posibilidades, lugar donde transpiran los sueños solubles en refresco de máquina, cajas de resonancia donde palpita la lumbre silenciosa que muerde y me habita, con los ojos hinchados, en la humedad de un recuerdo.

Me gustan las librerías donde el tiempo es circular y se escurre entre soles y lunas como arena entre los dedos, aire desenrollado que baja de la montaña para posarse en las hojas de un libro.

Me gustan las librerías y las alegrías injustificadas, los funerales con sabor a bodorrio, la depreciación de esta narrativa obsoleta que se convulsiona como trucha fuera del agua, me gustan las arengas llenas de sarcasmos, la tierra devastada donde habré de montar mi parcela, me gustan las fantasías telúricas que se disipan en el alba, la locura residual que gotea de mi cabeza, el desdén aberrante de mi cuerpo amortajado, la sordera voluntaria como vocación y fuga.

Me gustan las librerías, como los libros, como la vida, como la muerte, la sinrazón y su antifaz de colores, las ventanas grandes llenas de granizo, la hemorragia verbal con la que siento todo.

Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 29 julio, 2013 en Poemas. Añade a favoritos el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. A mi también me gustan las librerías… por sus promesas de encantos y poesía… como los días de lluvia con olor a café y melancolía, como las letras que aparecen en la nada perfilándose a una eternidad tardía, llena de gloria y felicidad ficticia… sí, me gustan las librerías y los tantos intentos de llenarlas de pedazos de sueños, corazones partidos y recuerdos desempolvados. Saludos Manu.

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  2. Gracias, Manuel, por estos símiles que podrían ser infinitos. Saludos desde Guatemala.

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