Archivos Mensuales: agosto 2013

Hasta que uno cambia

El Chelías permanece convaleciente en el hospital. Hace dos días le sacaron la vesícula. Las piedras lo estaban matando del dolor. Le comento que su cama de hospital se ve muy cómoda. Aprieta un par de botones para presumirnos las muchas posiciones que puede adoptar la cama eléctrica. A los pocos minutos el doctor lo da de alta. Le receta varias medicinas y le hace cita para verlo dentro de una semana. Luego entra la enfermera para “cerrar la cuenta”. Lo bueno que tiene seguro. La operación salió en 130 mil pesos pero él solo pagará el deducible. El cruce de miradas es inevitable. Un aire de incertidumbre ronda la habitación 519.
-¿Cuánto cuesta un seguro médico de gastos mayores-, pregunta Luz.
Yo también llevo algunos meses preguntándome lo mismo, estudiando la posibilidad de adquirir uno, por sí las dudas.
-Para alguien de mi edad, unos 20 mil pesos al año-, señala el Chelías. A finales de agosto cumplirá 31.
Luz y yo nos volteamos a ver, sacando cuentas. Es mucho dinero, pero ninguno tenemos de los dos tenemos seguridad social. El último grito de la moda en el mundo empresarial es contratar por honorarios para evitarle a los señores feudales del país la molestia de pagar prestaciones. “Es para aumentar el número de empleos”, argumentaban nuestros poco honorables legisladores antes de aprobar la reforma laboral. Empleos mal pagados que para lo único que sirven es para incrementar la miseria de la gente. Todo sea por la competitividad. ¿Competir para qué? ¿Competir para quienes? Es el mismo argumento que utilizan ahora para privatizar el petróleo. Lo peor es que nuestros queridos legisladores parecen estar conscientes de lo que hacen disfrazando la realidad con eufemismos de mal gusto. “No es privatizar, sino modernizar”, repiten hasta el cansancio, con la egolatría que acompaña al cargo y ese tono con delirios de vanguardista que resulta particularmente patético precisamente por lo obsoleto de la frase. Que alguien les diga que la modernidad es un proyecto caduco.
La enfermera le da las últimas indicaciones. Chelías le pide un par de parches extra para cuidarse las heridas de la operación. La enfermera amablemente las agrega al saldo final de la cuenta, como si fuera un hotel de lujo. No cabe duda que los hospitales pueden ser un gran negocio.
El televisor al fondo de la habitación completa la escena. En el programa de National Geographic, un par de ex militares estadounidenses convertidos en consultores explican a un adolescente como usar un rifle de asalto en caso de un poco probable Apocalipsis zombie. Que a nadie sorprenda cuando el muchacho decida tomar un arma para disparar contra sus compañeros de clase en un momento de locura y confusión. En otro caso no menos sorprendente, los asesores enseñan a un viejo como convertir su casa en un búnker antimotines en caso de un estallido social, incluyendo trampas con clavos en la cerca y ventanas selladas con madera y una pequeña rendija para sacar la escopeta y disparar contra los “atacantes”. Un par de retratos de la sociedad enferma en que vivimos.
Al salir del hospital la historia no es distinta. 70 pesos de estacionamiento por menos de una hora de visita. Confirmo mi hipótesis sobre el jugoso negocio de reparar enfermos. Y digo reparar, porque curar es otra cosa. Erick detiene el coche para bajarme en la esquina y tomar el metro. Necesito comer algo antes de entrar al trabajo. Camino entre los puestos de comida sin mucha suerte. Todo tiene grandes carne y azúcar. No hay escapatoria. Como recién acabo de leer un artículo sobre las consecuencias devastadoras de nuestro insaciable apetito por el azúcar y su incremento exponencial durante los últimos 300 años, la sola idea de comer algo dulce me produce náuseas. Y sin embargo, a mi alrededor todo esto luce de lo más normal. La gente come con desesperación al mismo tiempo que hace todo lo posible por moverse lo menos posible. Una idea estúpida de lo que significa la comodidad que nos han inculcado toda la vida. Nadie parece darse cuenta de lo que con esos pequeños actos alimentamos al monstruo. Mañana eso que comemos por mero capricho terminará por tirarnos en una cama de hospital por un coma diabético o algo parecido. Y habremos de pagar sumas millonarias solo para que nos metan cuchillo y volvamos a enfermar por nuestros vicios y alimentemos al asesino silencioso que crece en nuestros intestinos. El ciclo vuelve a empezar. Es así como la sociedad monstruosa en que vivimos termina dando vueltas, repitiéndose una y otra vez, como un deja vú. Hasta que uno cambia.

Apuntes de sueño y verdad

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El teatro de los sueños

En el mundo de los sueños, el alma es “su propio teatro, su actor y espectador”, dice Joseph Addison. ¿Alguien acaso no se ha despertado en shock tras haberse contado sus propios cuentos, interpretados por sí mismo?

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El símbolo de la verdad
Dicen en el noticiero: “un símbolo más poderoso que la verdad”. ¿Acaso la verdad no es un símbolo?, pregúntome. La verdad es una construcción simbólica de la realidad. Filosofía teleinformativa.
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Aforismos de la muerte

Todos los días morimos lentamente. Con cada respiro se degradan células de nuestro cuerpo que nunca volverán. Con el paso de los años, el genocidio celular será total. Es inevitable. Puede parecer trágico, pero no lo es. La muerte es un recordatorio permanente, una bendición. Nos hace conscientes de que más tarde o más temprano llegará el final. Eso lo lleva a uno a replantearse las cosas. A vivir más intensamente, por ejemplo. Si la existencia es tan efímera, ¿por qué habríamos de desperdiciarla en tonterías que no valen la pena? Vivir mata, como reza la película de la Zavaleta y Giménez Cacho. Quien tiene plena conciencia de esto puede andar por los torcidos callejones de la existencia con un trote más liviano, más afable y alegre. Los budistas lo saben bien. Si de todos modos vamos a morir, entonces habrá que disfrutar la vida en plenitud, cada segundo, como si fuera el último. El presente adquiere en ese momento una nueva dimensión, un nuevo relieve. Vivir aquí y ahora, como si no hubiera mañana, como si no importara que hubiera mañana. El temor a la muerte se desvanece y nos libera de las ataduras de la carne. Es entonces que el dilema shakesperiano se convierte en la piedra angular de nuestra angustiosa existencia. “Ser o no ser, esa es la cuestión”. Todo se reduce a eso. Ser o no ser, existir o no existir, vivir o dejar de vivir. Sólo el que vive en plenitud puede escapar de las fauces de la muerte. Ahí están Enoc y Quetzalcóatl para dar cuenta de ello, seres mortales que escaparon del olvido eterno a través de sus acciones, evidenciando que la divinidad del ser humano está dentro de nosotros, mucho más cerca de lo que suponemos. Lo trascendental se esconde en el placer de vivir. El mundo es de los valientes, reza el dicho. El que vive con miedo morirá. El que vive sin miedo de morir, vivirá. Es una ley muy antigua. Vivimos para morir y para morir vivimos. Desde esta perspectiva, resulta absurdo aferrarnos a respirar a medias, soñar a medias, amar a medias, vivir a medias, con el alma amputada por el miedo permanente de estar vivos. El primigenio horror que sentimos por la muerte no debe convertirse en la justificación de nuestra inexistencia. Volvemos de nueva cuenta a la pregunta que se hace a sí mismo el príncipe Hamlet mientras clava la mirada en los cóncavos ojos de un cráneo entre sus manos. Ser o no ser. El principio de todo. ¿Por qué entonces dejamos que nuestro temor a la muerte termine decidiendo por nosotros? ¿Por qué dejamos de ser lo que somos? ¿Por un simple capricho material? Polvo eres y en polvo te convertirás. Una metáfora de la muerte que llevamos cosida en las entrañas, lista para dar el mortal hachazo en un repentino parpadeo. Supongo que el delirio de inmortalidad que padece nuestra especie tiene que ver con eso. La única manera de acceder a la inmortalidad es renunciar a ella y vivir en plenitud. Qué irónico. Es lo que aprendió Gilgamesh al final de su viaje. Querer escapar del ineludible designio de la muerte es igual a renunciar a nuestra posibilidad de autorrealización, renunciar a ser quien somos, huir de nosotros mismos. La vida es un suspiro. No tiene caso perdernos en las minucias que a diario nos plantea la realidad cotidiana. Hay que “amar la trama más que el desenlace”, como canta Drexler. Vivamos sin miedo a vivir. Quizá sólo entonces podamos disolvernos en en el aire para entrar en el sueño etéreo de la muerte. Dotar de trascendencia a cada acto de nuestras vidas será nuestra puerta de entrada a la inmortalidad.

De la serie Delirios de lucidez

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