Hasta que uno cambia

El Chelías permanece convaleciente en el hospital. Hace dos días le sacaron la vesícula. Las piedras lo estaban matando del dolor. Le comento que su cama de hospital se ve muy cómoda. Aprieta un par de botones para presumirnos las muchas posiciones que puede adoptar la cama eléctrica. A los pocos minutos el doctor lo da de alta. Le receta varias medicinas y le hace cita para verlo dentro de una semana. Luego entra la enfermera para “cerrar la cuenta”. Lo bueno que tiene seguro. La operación salió en 130 mil pesos pero él solo pagará el deducible. El cruce de miradas es inevitable. Un aire de incertidumbre ronda la habitación 519.
-¿Cuánto cuesta un seguro médico de gastos mayores-, pregunta Luz.
Yo también llevo algunos meses preguntándome lo mismo, estudiando la posibilidad de adquirir uno, por sí las dudas.
-Para alguien de mi edad, unos 20 mil pesos al año-, señala el Chelías. A finales de agosto cumplirá 31.
Luz y yo nos volteamos a ver, sacando cuentas. Es mucho dinero, pero ninguno tenemos de los dos tenemos seguridad social. El último grito de la moda en el mundo empresarial es contratar por honorarios para evitarle a los señores feudales del país la molestia de pagar prestaciones. “Es para aumentar el número de empleos”, argumentaban nuestros poco honorables legisladores antes de aprobar la reforma laboral. Empleos mal pagados que para lo único que sirven es para incrementar la miseria de la gente. Todo sea por la competitividad. ¿Competir para qué? ¿Competir para quienes? Es el mismo argumento que utilizan ahora para privatizar el petróleo. Lo peor es que nuestros queridos legisladores parecen estar conscientes de lo que hacen disfrazando la realidad con eufemismos de mal gusto. “No es privatizar, sino modernizar”, repiten hasta el cansancio, con la egolatría que acompaña al cargo y ese tono con delirios de vanguardista que resulta particularmente patético precisamente por lo obsoleto de la frase. Que alguien les diga que la modernidad es un proyecto caduco.
La enfermera le da las últimas indicaciones. Chelías le pide un par de parches extra para cuidarse las heridas de la operación. La enfermera amablemente las agrega al saldo final de la cuenta, como si fuera un hotel de lujo. No cabe duda que los hospitales pueden ser un gran negocio.
El televisor al fondo de la habitación completa la escena. En el programa de National Geographic, un par de ex militares estadounidenses convertidos en consultores explican a un adolescente como usar un rifle de asalto en caso de un poco probable Apocalipsis zombie. Que a nadie sorprenda cuando el muchacho decida tomar un arma para disparar contra sus compañeros de clase en un momento de locura y confusión. En otro caso no menos sorprendente, los asesores enseñan a un viejo como convertir su casa en un búnker antimotines en caso de un estallido social, incluyendo trampas con clavos en la cerca y ventanas selladas con madera y una pequeña rendija para sacar la escopeta y disparar contra los “atacantes”. Un par de retratos de la sociedad enferma en que vivimos.
Al salir del hospital la historia no es distinta. 70 pesos de estacionamiento por menos de una hora de visita. Confirmo mi hipótesis sobre el jugoso negocio de reparar enfermos. Y digo reparar, porque curar es otra cosa. Erick detiene el coche para bajarme en la esquina y tomar el metro. Necesito comer algo antes de entrar al trabajo. Camino entre los puestos de comida sin mucha suerte. Todo tiene grandes carne y azúcar. No hay escapatoria. Como recién acabo de leer un artículo sobre las consecuencias devastadoras de nuestro insaciable apetito por el azúcar y su incremento exponencial durante los últimos 300 años, la sola idea de comer algo dulce me produce náuseas. Y sin embargo, a mi alrededor todo esto luce de lo más normal. La gente come con desesperación al mismo tiempo que hace todo lo posible por moverse lo menos posible. Una idea estúpida de lo que significa la comodidad que nos han inculcado toda la vida. Nadie parece darse cuenta de lo que con esos pequeños actos alimentamos al monstruo. Mañana eso que comemos por mero capricho terminará por tirarnos en una cama de hospital por un coma diabético o algo parecido. Y habremos de pagar sumas millonarias solo para que nos metan cuchillo y volvamos a enfermar por nuestros vicios y alimentemos al asesino silencioso que crece en nuestros intestinos. El ciclo vuelve a empezar. Es así como la sociedad monstruosa en que vivimos termina dando vueltas, repitiéndose una y otra vez, como un deja vú. Hasta que uno cambia.

Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 11 agosto, 2013 en Otros desvaríos. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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