Archivos Mensuales: octubre 2013

La fiesta de los muertos en 3D

Me topé en la web con este video simpático sobre el Día de Muertos. Creo que las chicas de Whoo Kazoo lograron retratar fielmente la esencia de la festividad. Pa’ los fans de la Catrina.

Oda a la muerte

Tú que rondas, asesina,

por parques, pueblos y ciudades,

con la daga

siempre dispuesta

a desnudar nuestra

finitud

en el reflejo

cóncavo de tus ojos,

profundos,

como la noche

imperecedera

donde habitan

los recuerdos

tragados por

tu guadaña

hambrienta y

crepuscular,

duermo sobre

mis llagas que

no cierran,

empapado en mi

propia sangre,

mientras alados

alacranes vuelan

en mi habitación,

en el desvelo lunar

de gatos suicidas

saltando por la ventana

¡oh dulce muerte!

tan solitaria en tu

fúnebre jornada

de alargar los silencios

una eternidad,

llegas siempre puntual

a la hora victimaria

que lo mismo provoca

alivio que terror,

a veces vienes

con las manos tibias como

sangre derramada,

y a veces frías,

como el grito

invernal donde

duermes placentera,

¡oh muerte!

tan inoportuna

y certera,

repentina

y paciente,

eres impredecible,

como la vida misma,

alimentas la tierra

donde abrirá la semilla

y el grano,

mancillas el dolor

y lo envuelves

en la espesa oscuridad

del olvido

para arrojarlo lejos

y disolver nuestros

huesos en el subsuelo,

¡oh amiga muerte!

tú que ayudas a desprendernos

de nuestros cuerpos

para multiplicarnos

en las entrañas de la tierra,

eres un engaño,

una embustera que se ríe

a carcajadas de

nuestra ignorancia

y nuestros miedos,

tú, muerte con disfraz de

pantera y calavera,

te escondes

en los recovecos del

silencio

para velar el sueño

de los hombres

y ocultar tu verdadero

rostro,

tu febril inexistencia

de tumbas vacías

y barcazas

llenas de flores,

¡oh muerte postrera!,

eres una quimera,

una ficción cabalgando

en el campo yerto,

una promesa cumplida,

la única certeza posible

en este mar de dudas

y extravío,

mi epitafio será tu nombre,

una canción solemne

resonando en las hendiduras

de la noche.

::.

La épica de la sociedad red: de Apple a WikiLeaks (pasando por Facebook)

Toda era necesita sus propios héroes, sus propios mitos. Lo épico, proveniente del griego epos, es un término cuyo significado puede traducirse como “palabra, historia, poema”. La historia del mundo es la autorrepresentación del ser humano construyendo su propia narrativa. Por eso la historia de la humanidad no es sino una reinterpretación de hechos concretos que solo pueden trascender un espacio-tiempo específico elevándose al nivel de símbolo. De ahí que el poeta o el cuentista de la tribu sea el personaje encargado de reconfigurar la realidad a través de la palabra. Todo grupo cultural tiene sus propios mitos fundacionales: Adán y Eva, Rómulo y Remo, el profético sueño de Aztlán, las guerras independentistas. Relatos que van edificando nuevos discursos y nuevas posibilidades de lo real. Esto explica el poder transformador del arte, ya que como toda manifestación del lenguaje, es un juego de espejos capaz de imponer nuevos límites al mundo, un nuevo orden que se teje a través de la representación. Dicho de otra forma, el poder transformador del arte reside en su capacidad para convertir la realidad en signo lingüístico. Por ello, Michel Foucault considera que la posibilidad de aprehender el mundo está condicionada a la capacidad de cada persona para interpretar los signos que construyen y delimitan al mundo:

“El mundo está cubierto de signos que es necesario descifrar y estos signos, que revelan semejanzas y afinidades, solo son formas de la similitud. Así pues, conocer será interpretar: pasar de la marca visible a lo que se dice a través de ella y que, sin ella, permanecería como palabra muda, adormecida entre las cosas”.[1]

Esto ayuda a entender el poder del cine como un eficaz instrumento simbolizador de lo real. Y si el mundo se codifica a partir de sus signos, ¿cómo deberíamos interpretar al mundo actual a partir del séptimo arte? Si bien la sola intención de interpretar la totalidad al mundo se presenta como una tarea exhaustiva imposible de realizar, sí es posible identificar ciertos discursos con el poder suficiente para reconfigurar el significado del mundo.

Un ejemplo concreto de este tipo de discursos lo encontramos en la épica de la sociedad red edificado en Hollywood en los últimos años, una narrativa potencializada a partir del vertiginoso auge de las tecnologías de la información, el avance de la globalización y un mundo decadente cuyas estructuras obsoletas lo hacen buscar con desesperación una posibilidad de futuro cancelada por los viejos dogmas.

Por ello resulta fascinante, al menos para mí, la manera en que la industria cinematográfica estadounidense, icono de ese mundo agónico que se resiste al cambio, ha contribuido de manera significativa a construir el discurso de la sociedad red a partir de películas como Red social, Jobs y El quinto poder. Tres filmes de corte biográfico que tratan de desentrañar la manera en que el mundo ha logrado extender sus propios límites mediante el internet y la hiperconectividad que ofrece el ciberespacio a la hora de desdoblar la realidad. Y por supuesto, ninguna narrativa estaría completa sin sus propios héroes. Ahí están Mark Zuckerberg (creador de Facebook), Steve Jobs (fundador de Apple, la compañía más poderosa del planeta) y Julian Assange (hacker y activista fundador del sitio WikiLeaks), como ejemplos palpables del nuevo héroe del siglo XXI: seres iconoclastas e inconformes con las caducas estructuras del mundo que buscaron reconstruir a partir de sus propias obsesiones, curiosamente relacionadas con el fenómeno informático que ha marcado la nueva era digital a partir de 2000.

Idolatrado por generaciones de jóvenes por su visión innovadora y habilidad para los negocios, Jobs fue un pionero en entender las enormes posibilidades que ofrecía la revolución informática que se desplegaba ante sus ojos a partir del desarrollo del microchip en el desierto de Sillicon Valley. Eso es precisamente lo que intenta retratar la película Jobs (2013), dirigida por Joshua Michael Stern y protagonizada Ashton Kutcher, filme que retrata la manera en que un hippie desarrollador de videojuegos se convirtió en el director de la compañía más famosa del planeta, luego de revolucionar la comunicación con dispositivos como el iPhone, primer teléfono inteligente en la historia, aparato que marcaría un parteagüas en la historia y cuya repercusión todavía resulta difícil de medir con precisión.

Algo similar ocurrió con el filme Red social (2010), de David Fincher y el actor Jesse Eisenberg, cinta que relata la historia del creador de Facebook, la plataforma que transformó la interacción social a través de la web. El eslogan de la película es elocuente: “No puedes tener 500 millones de amigos sin hacerte de algunos enemigos”. Una fotografía del mundo hiperconectado de hoy, donde una persona puede vivir aislado de todo contacto humano a pesar de tener 500 millones de amigos, situación que evidencia las asimetrías y paradojas que plantea este nuevo modo de interacción social.

Con El quinto poder, dirigida por Bill Condon, la narrativa de la sociedad red adquiere un matiz más político, de tintes anarquistas, mientras tratamos de revelar las motivaciones revolucionarias y libertarias de un personaje excéntrico, megalomaniático y obsesivo como Assange, interpretado por Benedict Cumberbatch. El filme representa una crítica a las instituciones caducas que sostienen al mundo actual, cuyas fronteras han sido borradas por las computadoras y cuyas instituciones evidencian profundos síntomas de agotamiento, tal como ocurre con la corrupción imperante en los gobiernos, las instituciones financieras y los mass media, incluyendo al cine hollywoodense que se parodia a sí mismo en el brillante final de la película. El desarrollo de la trama no solo cuenta las tensiones y contradicciones inherentes a la mayor filtración de información de la historia, la cual se hizo en una pequeña y portátil memoria USB, sino que retrata un mundo globalizado donde un mismo hecho noticioso se ve forzado en salir a la luz a través de plataformas mediáticas multinacionales: The Guardian, The New York Times, Der Spiegel, Le Monde o incluso La Jornada. Una nueva forma de guerrilla donde la información es convertida en arma contra un régimen opresor que vigila permanentemente, al estilo George Orwell. El cine como analogía de la realidad. No en balde, la película fue estrenada al mismo tiempo que el mundo entero se convulsiona con el programa de espionaje de los Estados Unidos, el cual quedó descubierto a partir de las revelaciones hechas por el excontratista de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense, Edward Snowden, quien fácilmente podría protagonizar la secuela de El quinto poder, mientras Assange encuentra la manera de burlar el arraigo domiciliario que enfrenta en la embajada ecuatoriana en Londres de un tiempo a la fecha. ¿Cuánto tiempo pasará para que alguna productora hollywoodense decida llevar la historia de Snowden a la pantalla grande? ¿Cuándo veremos el primer filme protagonizado por Anonymous? ¿Y la película sobre Sergey Brin y Larry Page, fundadores de Google? Pareciera cuestión de tiempo.

Estos héroes informáticos han dotado de una nueva identidad a los expertos en informática. Las burlas contra los nerds de los 80s se convirtió en la idolatría de los geeks de los 2000s. Series televisivas como Big Bang Theory parecen confirmar la hipótesis. Nada más cool actualmente que ser un genio del internet que abandonó la universidad para amasar fortunas millonarias en el ciberespacio, hacer yoga por las mañanas, moverse en bicicleta y cazar zombis en los ratos libres. La prosa de nuestros días.#


[1] Michel Foucault. Las palabras y las cosas. México. Siglo XXI. 2008. Página 40.

Las tres lloronas (o la muerte con rebozo)

Una misma canción, tres diferentes formas de interpretar un mismo sentimiento. La leyenda de La llorona, la mujer que asesinó a sus hijos por un despecho amoroso y terminó quitándose la vida por la terrible culpa que cargaba consigo, sigue vigente en el imaginario colectivo de los mexicanos, en buena parte, por esta emblemática canción de letra multifacética. El drama inherente a la canción y su atmósfera sombría la convierten en un soundtrack clásico para la celebración del Día de Muertos. Aullidos espectrales, bruma en la hojarasca del otoño, ojeras de ánimas derramadas en calles empedradas. Todo eso rodea a la calavérica muerte que se cubre el rostro con un rebozo. Las versiones de Chavela Vargas, Lila Downs y Caifanes, cada una con su particular sello, no tienen pierde.

Desfasados

Estoy desfasado.
A veces llego con demasiada antelación
pero generalmente llego tarde,
cuando todos se han ido.

Vivo fuera del tiempo,
deteniendo con mi aliento
el transcurrir de los segundos
mientras los años vuelan.

A veces siento que la época
a la que estaba destinado ya fue,
a veces siento que estoy de más
en lo que viene.

En ocasiones me trompico al hablar,
y otras veces mis palabras tienen un delay
haciendo surcos en el pasado movedizo.

Siento que morí demasiado aprisa
y viviré cuando sea muy tarde.

“Hay que darle tiempo al tiempo”, dice Fito.
Quizá el problema sea precisamente ese:
dejarlo suelto mientras permanecemos atrapados
en la dictadura del reloj.

Lo mismo me pasa contigo.
Vivimos desfasados uno del otro.

¿Alguna vez podremos coincidir,
aquí y ahora?
¿Alguna vez podremos habitar el mismo instante?

Llego cuando ya no estás.
Estoy cuando todavía no llegas.

Siempre que te llamo estás de viaje.
Siempre que me llamas mi cabeza anda
en otra parte.

Vivimos desfasados, amor, acéptalo.
Mi compás lleva contratiempos, síncopa y medios tonos.
Somos un disonante dueto de música experimental.

Yo olvido todo cuando amo.
Tú amas solo cuando olvidas.

::.

Delirio trifásico y bilingüe con puntitos morados

 

Llevo una sordera de vibraciones rojas

atada al oído,

mi lengua es un percutor silábico

donde reverbera la espuma

que brota de la coladera,

homónimo de mis días añiles

donde rebuzna este traumatismo

craneonoctámbulo que no me deja dormir,

soy una carcaza de interruptores y perillas

repitiendo el tartamudeo de mis pies

aderezados con bilirrubina,

áspera cuña apretado mis intestinos

en la ceremonia de los cuerpos vacíos

masticando la verborrea dactilar

de un sacerdote con capa de franela a cuadros,

inhalando, expirando, el humo del encierro

quien, quién?, quieeeeén!!!

un resoplido resuena por dentro

en este sueño trifásico, bipolar y bilingüe,

quiero servirme la noche en el desayuno

y guardar este remolino en la bodega,

bufa la carne en erupción,

soy un volcán bailando rap,

vomitando soles líquidos con hielo seco,

masa astronómica,

pútrido instituto del engaño

donde revienta la paciencia,

el eclipse gravita en la sombra

de un espejo desmembrado

y luz bañada en cloroformo,

hálito donde se hunde la puntilla

de hierro en mi garganta,

abstracción violenta, ensimismada,

punzada estroboscópica,

aliento de dragón incendiando mis pasos,

se me tuercen los ojos,

gotea spaghetti en el techo de lámina,

veo olas que son putazos azules,

un ruido ciego,

vueltas que trompican en la loza,

estornudo tácito, broma emancipada,

taladros que son ladrillos,

racimos de elefantes,

terciopelo de vino y sangre,

EXTRA, extra!!

¡siempre fuiste un lunes

en mi calendario de ausencias!,

un solo de marimba en medio del diluvio,

un estrabismo artificial con

derroche de elocuencia,

atemperando el frío y la nostalgia

como focos suicidas

que arden en la ignición del metal,

habito un sepulcro ultrajado, el vacío de una mecedora,

lápices que salpican portaminas

dentro de mis ojos, astillas de plomo,

manivelas suspendidas en el vientre

de este cuarto solo de vórtice invertido,

lluvia de barro endurecido,

el resplandor del vidrio se precipita

contra el suelo,

es un líquido arenoso desgajando las púas

de mi rostro,

flurocarbono que palpita en la hierba,

estrellas que se estrellan en la nada,

la nuca fue un tope

ideal para estrellar el coche

a 280 kilómetros por hora

y suspender el tiempo un instante,

justo antes de explotar y salir disparado

del parabrisas como hombre bala,

y emerger desde el acuático verdor

de una ampolleta

(entre chochitos de azúcar bañados en alcohol)

el reino monera monea en la cocina,

como el rapto de un delirio, la rapsodia de un bostezo,

serpentina austral, bosque de sillas visceversa,

sonidos laterales,

el chirrido de mis articulaciones

mutila los porqués que inundan siempre

esta corte marcial de parálisis acústica,

repepepepetición repetida que repite el rapto reptiliano,

ficticia realidad, párpados que son hoyos,

tengo una alberca de amoniaco

y limón con granadina

en la azotea de mi locura,

una bomba de fragmentación casera

de pintura verde,

siento la anestesia

de tus palabras que son frituras, jaloneo,

la razón convertida en precipicio,

dirigiré a una filarmónica de adictos

al fracaso,

como moscas tocando en terracería,

estercolada partitura flotando

en el umbral de los condenados,

brama la hembra en la rama,

en el olvido destilado de mi carne,

anémonas tristes, rasguño lunar,

ovaciones laaaaaaaaargas que caen como canicas,

sueño entrecortado y derrapante

bailando en la cornisa,

quiero invocar

a la eternidad entre insecticida y glifosfato,

un abrasivo aire mastica mis pulmones,

morisca muerte de estribillos en francés

con acento caribeño,

la corte pide CORTE!!

cuar-tea-du-ra que corta

llegaré a mi sepelio en un féretro ultravioleta

con mi rostro chapeado en fotoshop

para resucitar en la pista de baile

entre patizambos con hambre de cuchillo,

¡bienvenidos al festín donde se sirve carroña de postre!,

eh ahí el legado deslenguado y legaloide

de tus besos apretados,

el torrencial zezeo de un mareo,

trigo, trigal, trigadera, trigésimotercero,

hay nitroglicerina en mis ojos,

en la fulminante velocidad de mi visión

impresa en óleo, tiner y acuarela,

anunicación y denuncia, cesto de nances,

danza el ansia en la hipotenusa,

quiero inyectarme insulina en el miocardio,

y extraviarme en la

cartografía del sueño dando vueltas,

rótulos rotos, rótula en la ronda,

restos rostizados, rastro de rastrojo,

risoma hecho rizos, río de ácido ribonucléico,

reos echando rostro, rábanos robados,

quiero beberme tu cuello de un vampírico sorbo,

y morderte la oreja

en un aparador de mujeres disecadas,

yo sé que tarde o temprano

tendrá que pastar mi estampida,

y que el croar de las ranas

algún día llegará a la caduca listade los Bilboard,

nostalgia de vinil y videotape,

tersa lumbre forjando la imposibilidad

de tus muslos querendones,

escucho el galopar de las valquirias,

es la liturgia del deseo,

la episteme de un adiós,

chicle adherido en el

reptílico vientre de un zapato,

siluetas que se multiplican

en el pluvial destello de la calle,

quiero gritar la infección que inunda mis alveolos

quiero decir la dicha que no ha sido dicha

mis convulsiones brotan de tu minifalda,

tengo una protuberancia en el corazón,

un licuado de flores derramado en

el jardín de tu boca,

¡oh tentación hecha burbujas!

::.

Crónica de un huracán llamado ‘Manuel’

No sé por qué tendremos

esa extraña costumbre

de ponerle nombre de personas

a los huracanes.

 

Y habemos quienes tenemos

la extraña costumbre

de tener un huracán

en las entrañas,

y las ganas de ahogarlo todo

bajo el agua,

devastar caminos, puentes,

casas, desgajar cerros,

derrumbar el tiempo

en las hendiduras de la tempestad,

para que mis escombros

sean arrastrados por la corriente

de ríos improvisados entre calles

y pueda entonces

vomitar la furia y la tormenta

en el sosiego gris

de un mar silente.

::.

Todo fue cuando te vi

Todo comenzó al mirarte:

el insomnio, el frío, la angustia

de saberte lejos, casi imposible,

como luz de la tarde decantada sobre

el desnudo tallo de las hortensias.

 

Todo ocurrió en tu boca:

la risa, el desvarío, la fuga,

la danza secular de dos lenguas

copulando el tiempo devorado

por flores, incienso y castañas.

 

Todo terminó en tus ojos:

la calma, el amor, las ganas de vivir

y respirar mi soledad en tu ausencia,

el pulso menguante de la noche

descubriendo la alborada.

::.

Efelante entre la hierba

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La escuela: ¿fábrica de hombres-máquina o semilla transformadora de la realidad?

Una interesante plática de Ken Robinson sobre cómo el actual modelo educativo termina erosionando la creatividad de los alumnos a través de una homogenización del pensamiento diseñada para satisfacer los intereses de mercado. No en balde, los sistemas de educación pública surgieron como consecuencia directa de la revolución industrial, enclavada en un proyecto de modernidad que hoy agoniza ante la irrupción de la globalización, la era de la información y el auge de la genética. La educación como la conocemos se ha quedado desfasada del mundo. Y mientras en México se libra un debate estéril sobre la necesidad de que los profesores sean evaluados para cumplir con los estándares de competitividad de la OCDE, en otros rincones del planeta la discusión empieza a sentar las bases del futuro. Lo que propone Robinson no se trata de una insípida reforma educativa, como esas que tanto celebra nuestra anacrónica clase política (que de educación no sabe nada), sino de una verdadera revolución en la forma de construir el saber. Algo que, de acuerdo con el pensamiento de Foucault, terminará siendo decisivo para replantear las relaciones de poder en el mundo.

Y ya que andamos por estos rumbos de la praxis educativas, les dejo otro pequeño video con un ser humano auténtico que entendió perfectamente cuál debe ser el rumbo de la educación: educar para transformar el mundo, educar para sembrar esperanza. El maestro Paulo Freire hablando explica por qué el amor, y no los intereses monetarios, debe ser la base de una buena educación.

Anomia dilatada

Padezco de anomia dilatada.

Como si se abriera el suelo y me tragara.

¿A dónde conducirá este agujero sin fondo?

Lejos, lejos, lejos…

::.

El canario en su jaula

Ver a los pájaros en sus jaulas resultaba particularmente triste. Ahí estaban los loritos con su cabeza roja a la espera de un comprador. Triste era saber que la gente compraba aves en los mercados solo para tenerlas como adorno en sus casas. Tristes también resultaban los vendedores de los pajaritos, cargando varias jaulas en el lomo, con el hambre tan suelta, haciendo estragos pa’ comer. El drama de hombres y pájaros en sus propias celdas. Eso pensaba cuando escuché una vocecilla.

— ¿No sabías que la libertad tiene un precio que no todos están dispuestos a pagar?—, me preguntó un canario.

Me sorprendió la pregunta. Me acerqué despacio a su jaula mientras el vendedor ofertaba un lorito a un niño curioso que pasaba por ahí.

— Tienes razón pajarito. ¿Y cuál es el precio?—, le pregunté.

— El abandono del mundo. ¿No lo sabías?—, respondió.

El vendedor se dio cuenta de mi presencia y me abordó de inmediato.

— El que le gusté joven—, dijo mientras me mostraba al lorito de las alas rotas parado sobre una rama.

Me sentí mal. Tenía ganas de hablar con el vendedor. Explicarle el daño que hacía al contribuir al secuestro de aves para luego venderlas en los mercados para que sirvieran de un bonito adorno en casa de alguien. Luego me di cuenta que no conocía nada de ese hombre, ni sus alegrías, ni sus fracasos. ¿Quién era yo para juzgar al vendedor de pájaros y ponerme a dar clases de moral? “Gracias”, fue lo único que pude responder con una tenue sonrisa y una mueca de insatisfacción. Me retiré. Volteé de reojo para ver al pajarito en su jaula. Me miró de regreso. Fue una despedida silenciosa.

En el camino a casa pensé en las palabras del pajarito. “El precio de la libertad es el abandono del mundo”, era el mensaje que había querido transmitirme el canario. Me recordó a Herman Hesse. Quizá el pajarito ya había leído el Lobo Estepario. O quizá llegó a esa conclusión meditando en su propio encierro, recordando aquellos días en el campo, con la familia que nunca más volverá a ver. El pajarito tenía el pico lleno de razón. El precio de la libertad es alto. A veces se puede ir pagando en abonos y a veces no se termina de pagar nunca. Los intereses y los miedos se lo van comiendo a uno. ¿Qué nos queda entonces? Pagar de contado y afrontar las consecuencias: acostumbrarse a la soledad, vagar por calles vacías, sentirse ajeno a todo, como extranjero en  su propia tierra. Por eso Nietzsche afirma que la libertad es “el privilegio de los fuertes”. La libertad es la absolución del miedo, el miedo de vivir solo. El pajarito lo sabía bien.

Tomé el autobús. En el camino no pude dejar de preguntarme hasta dónde llegaban los muros invisibles en los que por momentos me sentía atrapado. ¿Sería posible que mi obsesiva búsqueda de la libertad se hubiera convertido en mi prisión? Llegué al departamento. Las paredes se hacían cada vez más estrechas. Empecé a sofocarme. Así me sentía a diario, sentado en mi escritorio, mientras revisaba las pautas de publicidad de algunos clientes del despacho. Quería gritar, salir huyendo como caballo desbocado. El esfuerzo diario por controlarme me tenía agotado. Pensar en el encierro comenzaba a afectarme. Abrí la ventana para tomar el fresco. Unos pequeños pajaritos cafés alimentaban a sus crías en su nido, ubicado en un poste de luz, junto a un transformador y entre una maraña de cables. Se veían tan tranquilos. Me sorprendió verlos afables y contentos a pesar de vivir en un lugar tan tétrico. Comprendí que la libertad también es eso: aprender a soltar, vivir más ligero para no morir de asfixia. Tenía ganas de hablar con alguien. Recordé las palabras del canario en su jaula. La estancia del departamento permanecía vacía. Ahí estaba yo, gozando el dulce tufo de la libertad.

La mala costumbre

 

Tengo la mala costumbre de hablar con el corazón

y escucharlo paciente mientras grita horrorizado,

tengo la mala costumbre de decir lo que pienso,

lo que siento, sin mentiras ni medias tintas,

tengo la mala costumbre de ser feliz

y no estar dispuesto a abdicar.

Tengo el hábito despreciable de arder por dentro,

la poco recatada costumbre de no usar bosal ni grillete,

la bonita desgracia de ser yo, simplemente yo:

el complicado, el inadaptado, el idealista, el rebelde,

el soñador, el imbécil, el necio, el pinche loco,

el furibundo, el compulsivo, el irreverente.

 

Tengo la mala costumbre de defender las pocas certezas

que todavía quedan, la maldita obsesión de cultivar la tierra

en la que habrá de germinar el presente,

tengo la lengua callosa de hablar por vuestro silencio,

el deleznable vicio de responderle a la vida

con una sonrisa y un poema,

la imperiosa necesidad de sentirme vivo

cada vez que respiro y amar sin esperar nada a cambio,

sin contratos de compra-venta.

 

Tengo la costumbre de consumirme en el fuego de mi neurosis

y cantar como el gallo cuando despunta el alba,

arrancarme el pellejo duro que recubre mi voz

para sentir el frío beso de la noche,

tengo la indecencia de dibujar el aire rojo que flota

entre cascarones de casas deshabitadas.

 

Tengo  la vituperiosa insolencia del pensamiento propio,

y el hastío que me provoca la monotonía como forma de vida,

mi lengua puede tomar la siesta pero no está muerta,

no es una babosa desfalleciendo en espuma de sal,

mi lengua baila nerviosa y pica como víbora de cascabel

y dice cosas y canta y lame y degusta y besa y desuella.

 

Tengo el desagradable hábito de buscar la verdad a diario

y mirarme a los ojos buscando respuestas a mis preguntas,

la mala costumbre de amar a rienda suelta

con todas sus consecuencias.

::.

El peculiar combate boxístico entre Woody Allen y un canguro australiano

Los canguros boxeadores son una constante en los dibujos animados, pero no me había tocado ver a uno de estos imponentes marsupiales desempeñar sus dotes pugilísticas arriba del encordado. Una simpática ocurrencia de Woody Allen hace algunos añitos.

La protesta social a ritmo de son jarocho

La inconformidad del México rural. “Me gusta la leche me gusta el café, pero mi salario no da pa‘ comer”. Así canta este son de los Cojolites, dedicado al presidencialismo mexicano.

Infografía del abuso

Los datos son elocuentes. La perfecta estampa de la desigualdad planetaria.

El profeta: sembrador de esperanza

Toda profecía es una reinterpretación del presente. El profeta es capaz de revelar el futuro porque entiende que el futuro no es sino una consecuencia del presente. Su poder para predecir el futuro es el poder de la clarividencia, es decir, el poder de ver con claridad. El profeta anuncia el porvenir al enunciar el significado del mundo. Sabe que si fertiliza la tierra y siembra la semilla, el árbol dará frutos, aunque pasen mil años. Hace falta que florezcan profetas en esta oscuridad para sembrar esperanza en este mundo desahuciado que aprieta los dientes. Y para ello, será necesario viajar a los confines de la existencia, hacia el centro de nosotros mismos. Si queremos entender los problemas del mundo tenemos que mirar hacia dentro, estudiarnos, explorarnos, entender que el mundo no es sino el reflejo de nuestros adentros. Cuando comprendemos esta sencilla verdad, podemos entender el sufrimiento del otro. Creamos un vínculo con su dolor, con su alegría. Luego entenderemos que todos los seres que pueblan este planeta forman un solo organismo. Ya no habrá separación. La empatía va creando vínculos. Mi bienestar será el bienestar de los demás. Se borrará el odio. Germinará la compasión. Y el mundo habrá cambiado. La verdad revelada por el profeta terminará haciéndose realidad. El amor se regará por el mundo. He aquí mi profecía.

Sigo siendo demasiado ingenuo

Leo los comentarios en Facebook, en Twitter y en las noticias. Unos piden que el gobierno ponga “orden” contra los güevones que toman las calles. Otros protestan contra la represión del gobierno contra los manifestantes. Los primeros se quejan que los manifestantes no los dejan trabajar. Los segundos salen a las calles porque les ha sido negado un empleo digno. Las imágenes se repiten: policías contra manifestantes entre palos, bombas molotov, gases lacrimógenos, gritos. La ola de violencia crece como la espuma, pero pocos, muy pocos diría yo, parecieran entender lo que sucede.

La ilusión de la separación los ha cegado. Todos defienden lo suyo sin importarles un carajo el daño que generan por igual sus acciones y su indiferencia siempre omisa. Salir a las calles para protestar o presenciar el drama nacional desde la tele. Los bandos están bien definidos. Y mientras tanto la ira crece, crece y crece. Llegará a un punto en que la ira se desborde, se salga de control y empiece el diluvio de sangre. Ejemplos en el mundo sobran. Ahí está Egipto, ahí está Siria. En México muchos creen que llegar a ese punto es imposible. ¡Qué ingenuos! Cuando la gente no tiene nada que perder sale a jugarse el pellejo sin reparar mucho en las consecuencias. Ahí están los anarquistas como un ejemplo cercano.

Y mientras eso ocurre los políticos planean privatizar el petróleo y aumentar los impuestos. ¿Para qué? Para “modernizar” a México, dicen. Pareciera que “modernizar” se ha convertido en la solución a todos nuestros males, sin importar el ambiguo significado del término. Al mismo tiempo, la corrupción sigue devorando a este país. La impunidad está ahí, a flor de piel, tan evidente, tan abominablemente evidente. Un retrato obsceno de cómo están las cosas en este país con olor a podrido. La descomposición gradual del gobierno ha provocado que la confianza de los mexicanos en las instituciones vaya en picada, un fenómeno provocado por una crisis política que ha producido gobernantes de dudosa legitimidad. ¿Y qué pasa cuando la gente encuentra agotada la vía institucional para satisfacer sus demandas? Sale a las calles a protestar pacíficamente (en el mejor de los casos) o a agarrarse a palos con la autoridad. La crisis institucional en México es profunda. ¿Quién confía en los políticos? ¿Quién confía en las fuerzas armadas? ¿Quién confía en los medios de comunicación? ¿Quién confía en las instituciones religiosas? ¿Quién confía en la buena voluntad de sus empleados o sus empleadores?

La gente vomita su enojo en internet sin entender qué coños pasa. Y cuando la gene está enojada se cierra, no hay posibilidad de diálogo. Es entonces que somos más propensos a enfrascarnos en una guerra fraticida donde la ley del talión sea la única ley posible en un país donde la ley solo sirve para favorecer los intereses de las élites en el poder. De ahí que las reformas legales tengan ese tufo de “ajuste de cuentas” característico de los grupos criminales. En este diálogo de sordos la fatalidad es la única salida posible. Lo peor es que nadie pareciera darse cuenta de lo que se viene. Las señales son muy claras para quien las quiera ver. El problema es que nadie quiere ver otra cosa que no sean sus propios intereses. El egoísmo social que padecemos marca la pauta en esta crónica de una tragedia anunciada que vamos escribiendo a diario. Triste. Muy triste. ¿Se podría evitar la ruina como el único camino posible? Sí, por supuesto que sí. El problema es que no hay voluntad de cambiar, de cambiar en serio y asumir las consecuencias que eso implica. Nadie está dispuesto a sacrificar nada para construir el bien común. Me gustaría que la gente entendiera. Las alarmas suenan cada vez con más fuerza y yo todavía no encuentro la manera de transmitir esto que a mis ojos resulta tan claro. Por eso escribo como desesperado, para tratar de mitigar esta impotencia de ver cómo todo se va al carajo mientras la gente observa, pasivamente, el advenimiento de la ruina desde el balbuceo idiota del televisor y el cómodo resguardo de la indiferencia. Nadie escucha cuando todos gritan. Y sin embargo no pierdo la esperanza de que la gente abra sus corazones y entienda. Sé que pido demasiado. Intento resignarme, pero no puedo. Sigo siendo demasiado ingenuo.

La furia encarnada

“…era como ver la furia de la humanidad encarnada“

Mikasa Ackerman

::.

Tengo la boca morada

y una arritmia

en este corazón

dilatado de embriaguez,

medicina que mitiga

la crueldad del mundo

y su cuchillo ensangrentado

persiguiéndonos

por estrechos callejones,

empedrados y desiertos,

tapizados de cadáveres

horrorizados por la risa

descarnada de los monstruos

acechando a su presa,

presumiendo su afilada

dentadura,

su indiferencia victimaria

que desgarrará el lamento

inútil de los dioses sordos

con sus enaguas de cuerpos

desollados

y rostros deformados por

el ácido…

¡oh dolor!

¡oh ruina perfumado de miseria!

¿cuándo se detendrán los

misioneros de la muerte?

¿cuando escampará el

tiempo de la ira?

doloridos fantasmas

diambulan entre los escombros

del presente

y pueblan la noche

de recuerdos carmesí

con la esperanza desnuda,

vulnerable,

una herida que sangra

con la magra esperanza

de drenar el dolor,

sin saber cómo,

y llevar el alma expuesta,

fatigada por el yermo

transcurrir de las estaciones,

nubes inyectadas con plomo

impregnan el cielo

como un oscuro presagio,

luz extraviada en la penumbra

del tiempo marchito,

hojarasca triste cubriendo

el suelo con su velo marrón

y sus ganas de llorar

el exilio, la soledad,

la amargura crónica

que nos va secando el corazón

y nos exhibe como lo que somos:

un puñado de carne huyendo

del dolor,

el brillante filo de tus ojos

que cortan

las entrañas como mantequilla,

una tormenta furibunda

que crece hasta arrasarlo todo

tierra adentro,

una tempestad de ojos esquivos,

un exilio forzado

donde reina el desamor

y las ganas de matarse

para silenciar esta locura

que muerde

y quema desde dentro,

la angustia de estar solo,

y escribir desde el olvido,

desde los muros de tu silencio,

desde la asfixia de este

mundo cruel y sanguinario

que nos mutila las piernas,

desde la inmensidad que

nos aplasta con un solo grito,

un frágil murmullo

que se propaga

como el viento entre los árboles,

un río de velas encendidas,

una lumbre negra se extiende

en los gemidos del bosque,

un mortero de ramas con espinas,

quiero sacarme los ojos

con una aguja,

suturarme la boca y el tacto,

dormir en una suave cama

de flores y ceniza

para que mis huesos echen raíces

y encuentren el camino

de regreso al

tuétano subterráneo

donde yacen

nuestros ancestros,

y se evapore el odio

con el tierno abrazo

de la muerte.

::.

* Nota al pie: el ‘diambulan‘ es intencional por la sencilla razón de que no me gusta lo poco natural y fonéticamente ojete que suena la palabra ‘deambular‘. Nomás por si andaban con el pendiente. Por su atención gracias.

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