Archivos Mensuales: noviembre 2013

Hastío en todo siento

 

Hastío en todo huelo,

hastío en todo cuanto toco,

monótono es el tiempo gris

donde se mueren las hojas del otoño,

estiaje de canciones derramadas

entre alcohol y la añoranza

de tu castaña vedeja contra el viento,

danzando como remolino

en la premura del invierno,

 

azucarado veneno de

manos frías y cadavéricas,

luengas horas de apatía y desaliento

nublan mi corazón

y se dilatan las sombras

que cuelgan de mis cuencas oculares

hastío en todo cuanto siento,

hastío en cada flor advierto,

 

como las grietas del yeso en la pared

cayéndose hasta el suelo,

vespertino resplandor de las lilas

permeando el blanco velo de mi ventana,

quebranto repentino,

rumor de luna coagulando

bajo la tibia luz de la farola,

hastío en todo lo que sangra, tiento,

hastío en cada verso moribundo y soñoliento.

 

::.

De cuando el corazón echa raíces para pintar la eternidad

Por fin lo comprende mi corazón:
escucho un canto,
contemplo una flor.
¡Ojalá no se marchiten!*

Nezahualcóyotl

Invisible como el viento,

escribo desde la humedad

del tiempo inexorable

para cantarle a las flores

que enmudecieron bajo el agua

y purificar mi sangre

en la espesa negrura del monte,

y quitarme las escamas

en el reflejo de la carne,

luna animal,

devoradora de hombres,

máscara de blanquecina sombra

donde se ocultan los misterios

de la muerte,

eres el pedernal donde se quema

la noche,

la lluvia que inunda mis ojos

mientras camino descalzo

por el sendero de los vivos,

ahora comprendo

la palabra sagrada:

el corazón verdadero

echará raíces

para elevar su canto al cielo

y pintar con su sueño tornasol

la eternidad.

::.

*Un poema que sirvió de inspiración para el presente texto. Los versos fueron extraídos de una bella antología del rey poeta de Tezcoco y una luminosa introducción del erudito Miguel León-Portilla, quien al respecto comenta: “Fortaleciendo el corazón, Nezahualcóyotl afirma haber descubierto el significado profundo de ‘flor y canto’, expresión náhuatl del arte y el símbolo, para poder acercarse gracias a él, desde tlaltipac (la tierra), a la realidad de ‘lo que está sobre nosotros y la región de los dioses y los muertos’”. [Miguel León Portilla. Nezahualcóyotl/Poesía. Instituto Mexiquense de Cultura. México, 2012. Quinta edición, página 25].

Esperar de ti

 

Nunca me digas cómo volver

ni qué esperar de ti,

lo sé, simplemente lo sé,

desde el primer instante

en que se cruzaron las miradas

y los minutos se hicieron agua

en mi obsesión de tu boca,

entreabierta y mortal,

como los días que se sucedieron

tristes en el borde de mi cama,

acompañando el silencio roto

en el bullicio de la calle,

pensando en mi prisa

de encontrarte

en esta inmensidad

de caras desconocidas,

y saciar mis recuerdos próximos

de ti, siempre de ti,

mi certeza más incierta,

porque algún día

habrás de florecer

en el jardín de mi casa

o en el panteón,

para poblar la eternidad

de ti, de mi impaciencia de ti,

como gotera colgando del techo

hasta mojarlo todo,

y escribirte amordazado

con este grito marino

que te invoca a ti,

lumbrera de mi oscuridad,

remanente de mi soledad primera,

a ti que te ocultas en la niebla,

donde habré de encontrarte

para descubrirte y procurarte

y amarte y desnudarte,

desde la superficie lunar

hasta el fondo de la tierra,

quiero sumergirme en tu sueño

y mitigar mis ganas de ti, mujer,

que emergerás del misterio

como la evocación de una fe perdida

con la que habré de llegar hasta ti,

aunque me tome la vida entera,

por eso no quiero que me digas

qué esperar de ti,

de algún modo siempre lo supe,

y por lo mismo, no espero nada.

::.

La terrible enfermedad de Luca

Su enfermedad era incurable. La familia ya lo había intentado todo, sin éxito alguno. Todos los tratamientos conocidos por la medicina moderna habían fallado. Visitaron doctores, psicólogos, loqueros, proctólogos, chamanes, curanderos, herbolarios, educadores, al padre Juan, homeópatas, centros esotéricos y grupos de autoayuda. Nada había funcionado. La esperanza se había extinguido gradualmente hasta apagarse casi en su totalidad. No había remedio. Sólo quedaba la pronta resignación. Luca estaba enfermo y así tendría que vivir el resto de sus días. Lo que más preocupaba a sus padres eran las dificultades que tendría su hijo para encontrar un trabajo estable debido a su padecimiento. A sus 22 años de edad, el panorama que enfrentaba Luca no parecía nada prometedor. Sus padres procuraban no hablar con sus conocidos sobre el extraño padecimiento de su hijo. En el fondo sentían vergüenza y cierta dosis de culpa. Se reprochaban mutuamente por no haber actuado con la suficiente celeridad cuando su hijo apenas desarrollaba los primeros síntomas. Si hubieran sido menos negligentes, su hijo quizá no hubiera desarrollado la enfermedad y podría planear una vida normal.

Luca, en cambio, parecía no darle demasiada importancia a su condición. Aunque se sabía diferente a los demás, no le resultaba algo grave, algo lo suficientemente trascendente como para manejarse con discreción cuando en la plática salía a relucir su particular estado. A Luca le importaba un carajo lo que pudieran pensar sobre él. Sin embargo, en momentos difíciles también reconocía que quizá sería mejor ser no estar enfermo y poder llevar una vida más ligera y sin las múltiples preocupaciones que a diario le aquejaban. Por eso ya no peleaba con sus padres. Simplemente asentía con la cabeza cuando la discusión por cualquier tema terminaba convirtiéndose en batalla campal, esos momentos en los que, aún sin quererlo, su padre vociferaba y arremetía contra el mal que terminaría por arrebatarle a su propio hijo tarde o temprano, ese día inevitable en que sus respectivos caminos los distanciaría de manera definitiva.

Fuera de mejorar, la salud de Luca empeoró con el paso de los años. Al salir de la universidad, su condición se hizo más evidente, aún cuando siempre mostró un buen talante. Tuvo varios empleos pero en ninguno de ellos duró mucho tiempo, algo que contribuyó de manera determinante a agravar los síntomas de su enfermedad. Desesperados, los padres de Luca lucían demacrados. Un amiga de su madre le recomendó a un doctor con estudios sobresalientes en la Johns Hopkins University de Maryland y radicado en Guadalajara, cuya basta experiencia y agudo ojo clínico quizá podría salvar al desafortunado hijo de su amiga y curarlo de aquella terrible enfermedad que lo estaba devorando por dentro. El tipo era una eminencia. Y así cobraba.

Los padres de Luca tenían algunos ahorros y decidieron apostarlo todo, no sin antes hacer lo posible por conseguir algún descuento. Se pusieron en contacto con el consultorio del doctor Getulio Beltrán y agendaron una cita para el 28 de noviembre de 2013. Pero había un problema. Luca nunca accedería a ver a un médico por su propia cuenta. Le fastidiaba perder el tiempo viendo especialistas que lo único que sabían hacer era “inventar padecimientos y remedios milagrosos para sacarle dinero a la gente”. Además, Luca siempre andaba sonriente y aseguraba que buscar cura para su padecimiento era absurdo, si él se sentía bien. A sus padres, en cambio, les preocupaba que Luca no fuera conciente de cómo su enfermedad empeoraba rápidamente. Decidieron que tratar de convencerlo sería inútil y optaron por tenderle una trampa. De la nada, se inventaron una vacación a Guadalajara. Aún así, fue complicado que Luca pudiera darse un tiempo para darse una escapada sin tener que abandonar momentáneamente el taller de narrativa que tanto amaba. Sin embargo, le pareció una buena oportunidad para tomar fotos, aún cuando le parecía un tanto extraño el repentino viaje. Aceptó sin darle más vueltas al asunto, siempre de buena gana, como acostumbraba.

Visitaron la catedral y el Hospicio Cabañas, luego de hacer una breve parada en Tlaquepaque. El atardecer y la comida resultaron espectaculares. Se hospedaron en un pequeño hotel sencillo y cerca del centro. Al segundo día de vacación, los padres de Luca terminaron por revelarle la verdadera motivación del viaje. El muchacho se sintió molesto y burlado, con justa razón. Con lágrimas en sus ojos, su madre le suplicó que fuera a ver al médico. “¡Hazlo por mí mijito, por favor, nos costó mucho venir aquí!”, sollozaba la madre con un tonito artificial digno de cualquier melodrama barato del canal dos.

A regañadientes, Luca aceptó ver al médico. El consultorio del doctor Beltrán era amplio y cómodo, parecido a un hotel de lujo. En la pared colgaban decenas de diplomas de las más afamadas instituciones, incluyendo algún par de fotografías con personalidades de la farándula, de esas que aparecían en las revistas de chismes que se amontonaban en la mesa principal de la sala de espera. Diez minutos después de haber llegado, el doctor Getulio Beltrán salió a recibirlos con el carácter bonachón que le caracterizaba. Un viejo regordete, de cachete tupido, igual que el bigote, nariz redonda, ojos vivaces y una pelona reluciente apenas custodiada por dos mechones de canas arriba de las orejas. Además de ser reconocido como una eminencia médica, tenía fama de alburero entre sus amigos, pero procuraba siempre tener un trato respetuoso con sus clientes, o mejor dicho sus pacientes, aún cuando de vez en vez dejaba salir por ahí algún chascarrillo con el fin de generar un ambiente cordial durante las consultas.

—Hola Luca, es un placer conocerte, pasa por aquí—, dijo el doctor Beltrán tras estrechar la mano de los padres de Luca, quienes tuvieron que permanecer en la sala de espera durante la consulta, luego de que su hijo pusiera dicha condición para visitar al médico. Luca tomó asiento frente al escritorio mientras el galeno consultaba el expediente.

—Platícame Luca, ¿cómo te sientes?—, preguntó el médico.

—Muy bien, muchas gracias— respondió el muchacho en tono cordial.

El doctor inspeccionó a Luca con un examen de rutina. Revisó sus pupilas y le pidió a la enfermera que le tomara la presión. Luego vino la tanda de preguntas. “¿Desde cuándo comenzó a sentirse así? ¿Cómo fue que se empezaron a desarrollar los síntomas?”, eran algunas de las interrogantes que el galeno intentaba dilucidar. Beltrán miraba fijamente a Luca mientras el muchacho respondía con soltura y un dejo de sarcasmo. “¡Pero eso es muy grave, oiga!”, exclamaba ocasionalmente el médico, horrorizado, mientras hacía anotaciones en su libreta y escuchaba atento el relato de un enfermo terminal. De vez en cuando meneaba la cabeza en señal de negación, visiblemente preocupado. Había poco por hacer. La enfermedad estaba demasiado avanzada.

—¡Lo que usted tiene, amigo, es exceso de imaginación!—, soltó el médico. El diagnóstico resultó peor de lo esperado: “anomia crónica con episodios repentinos de rebeldía, posiblemente provocados por una sobredosis de información”. Una enfermedad terrible para la cual no existía cura, según los cánones de la medicina moderna.

Luca era un disidente y así tendría que vivir el resto de sus días, como un inadaptado, un tipo incapaz de acostumbrarse al placer material de la rutina y la enajenación como pasatiempo predilecto. Jamás podría tener un trabajo decente en una oficina. Jamás podría ir de shopping los domingos, ni viajar en primera clase, ni acceder a la zona VIP de los antros de moda, ni tener un automóvil del año con el cual pudiera transportar a su novia, ni comprarle joyas, ni vestidos, ni cenas en los restaurantes más chic de la ciudad. ¡Pobre Luca! ¿Qué futuro le esperaba así? ¿Cómo podría integrarse al mundo de la gente normal? Siempre había sido un chico raro, pero sus padres nunca perdieron la esperanza de que algún día cambiara y se diera cuenta que su carrera de filósofo sólo le serviría para acabar de “maestrito” en la UNAM y morirse de hambre. Tan joven y resignado al fracaso. Y sin embargo, él permanecía tan entero, tan inconciente del terrible mal que le aquejaba. Andar por la vida protestando por todo, hasta por las cosas más elementales, como comer carne o comprarse unos zapatos. Que no fuera a la iglesia y renegara de Dios era entendible hasta cierto punto, ya que ni siquiera su propia familia era lo suficientemente santurrona como para ir a misa todos los domingos, pero decir que el bautizo no era sino una absurda ceremonia de afiliación recaudatoria orquestada por la iglesia, y que los centros comerciales eran los nuevos templos para adorar al consumismo convertido en deidad, era demasiado.

En la escuela siempre tuvo problemas por respondón. Lo mismo le pasaba en el trabajo. ¿Quién querría contratar a un revoltoso? Luca salió del consultorio tranquilo. La noticia fue fulminante para sus padres. El viaje, el dinero de la consulta. Todo había resultado en vano. Su hijo estaba condenado a tener una vida inestable y llena de miseria. Desmoronados, sus padres optaron por regresar a casa. En el trayecto de vuelta, todo fue silencio al interior del coche.

Dos meses más tarde, Luca renunciaría a su empleo para tomar la mochila y salir de viaje. No tenía un itinerario ni fecha de regreso, tampoco dinero. Su objetivo era recorrer el sur de México y llegar hasta Guatemala haciendo dedo y quedándose a dormir con desconocidos mientras escribía poemas en sus ratos libres. Sus padres apenas podían dirigirse la mirada. Los miedos de todo una vida se hicieron en realidad. Luca nunca se recuperó de su terrible enfermedad. Y vivió feliz.

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Antes de partir… el reflejo del hombre en el espejo de la tribu

Jimmy Nelson

El trabajo fotográfico de Jimmy Nelson resulta impactante. Conocer más sobre las costumbres de otros pueblos nos hace comprendernos mejor a nosotros mismos, ya que nos permite develar esa esencia común que compartimos todos los seres humanos que pueblan los rincones más recónditos de este planeta. Es como vernos a nosotros mismos con otros ojos. Por eso los padres de la antropología moderna, como Levi Strauss y Clifford Geertz, coinciden en que la cultura es un mensaje que habla de las relaciones humanas al interior de un grupo y que puede ser decodificado a través del lenguaje. La cultura es una simbolización de la mente humana en colectividad, ya que como sostiene Geertz, la función social de la cultura es dotar de sentido al mundo. ¿Cuántas cosas que ignoramos están contenidas en el saber milenario de estos pueblos?

Mirar al otro para imaginar otras posibilidades de la existencia humana. Mirar al otro para reconocernos en su reflejo. Eso es precisamente lo que ofrece el espectacular trabajo titulado Before they pass away, cortesía del fotógrafo británico. Muy recomendable echarse una vuelta por su sitio web.

jimmy nelson 2

 

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Fuisoyseré

 

El que fui no soy

el que soy no seré

el que fui no podré ser

seré lo que nunca fui

soy lo que soy

fui lo que fue

seré lo que será.

 

Seamos como somos,

aquí, ahora, hoy, aún,

siempre.

::.

Nieve

 

Siento tu frío

derramado en un mar

de espesa blancura,

y la luna decantada sobre tus ojos,

claridad que desuella,

luz silenciosa ahogada en soledad,

regando campos albinos

de tacto invisible,

sueño boreal donde se borran

todas las cicatrices…

habrá que retener aquel instante

de témpanos azules,

la transparencia invernal

dibujada en tu rostro

de labios tenues

esbozando una sonrisa…

detrás de tus ojos habita la noche,

debajo de tu piel rompen las ganas,

y a tu espalda duerme el mundo,

remoto e insondable,

como los días que se suceden,

taciturnos,

en este vertedero de ausencias y

corazones solitarios despuntando

en lo profundo del abismo:

tulipanes amarillos

floreciendo entre la nieve.

::.

Absolutamente nada

 

Todo se vuelve pasivo:

pinceladas discretas,

flores que no revientan,

noches lisas como terciopelo.

¿Y luego qué?

Uno se va sintiendo como personaje

en novela de Camus,

como extranjero en su propia tierra,

aburrido de dormir y estar despierto,

aburrido de vivir y estar muerto.

Es el miedo de irse secando por dentro

mientras se alargan los silencios.

La carne ya no tiembla.

Inercia.

Todo es inercia.

Moverse por la pura costumbre.

La sangre bombea a cuentagotas.

Nada se mueve.

El viento esculpe los cerros.

Estática.

Calma.

La siempre bien portada calma,

recatada y somnífera.

Yo quiero arder.

Soy una explosión que se ahoga en pólvora mojada,

una cama de sábanas restiradas y frías,

párpados que caen por gravedad.

Fingir el orgasmo o fingir el olvido, da igual.

Rueda el polvo.

La angustia y la risa dan lo mismo,

siempre lo mismo.

Todo se vuelve reiterativo, lento, cansino.

Las horas avanzan en reversa.

Y no pasa nada.

Absolutamente nada.

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Anuncios publicitarios que incitan a la terca imaginación

Una de esas historias chéveres con fines publicitarios que toman por sorpresa a más de uno. Aunque el objetivo del cortometraje sea vender refrescos, no deja de incitarnos a imaginar lo que podría pasar en un universo paralelo donde un veterano basquetbolista termina haciendo jugadas de fantasía en un partido callejero.

Y ya que andamos con estos rollos de la publicidad sonsacadora comparto un par de anuncios más que por extraño que parezca, tienen algo que decir. El primero es un cineminuto sobre la realización de los sueños desde el sueño mismo, cortesía de una marca de whisky. El otro, un comercial de quesos un tanto perturbador, que sustituye nuestra concepción de los osos pandas como animales juguetones y adorables por un psicópata e introvertido que no sabe aceptar una negativa como respuesta, pero que por eso mismo resulta particularmente divertido. Las buenas historias siguen siendo entretenidas e inspiradoras aún cuando detrás de ellas existan intereses de mercado.

Experimentar la fotografía ‘hyperlapse’ en Google Sreet

La fotografía de hiperlapso es llevada a otro nivel por +labs, basados en la tecnología de Google Street desarrollada por el gigante informático. Una aplicación lúdica a las posibilidades tecnológicas del internet. Las endebles fronteras entre el video y la fotografía parecen borrarse a lo largo de la cinta asfáltica mientras la cámara nos hace dar vueltas como en un giroscopio.

Microficción: Rostro de artificio

Las cirugías, el fotoshop y el maquillaje convirtieron su rostro en una máscara.

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(Después de escribir esta minificción al estilo dinosáurico de Tito Monterroso, inspirada en una fotografía que vi en el metro, me topé con un interesante video alusivo. Se los comparto):

La construcción de la fe (a través de la duda)

La fe se construye con reflexión y duda. No es una creencia, una suposición vaga condicionada por el dogma, como convenientemente han hecho creer las instituciones religiosas con el objetivo de cultivar el fanatismo y fortalecer sus aparatos de control. Fe es tener certeza, la absoluta seguridad de que las cosas pasarán como deben pasar, tarde o temprano. Algo que sólo puede aprender quien duda de todo para irse descubriendo a sí mismo.

De la serie: Delirios de lucidez

Micropoema sobre la muerte y el tiempo

La muerte

o la trampa del tiempo.

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Corregir a Descartes

Habrá que enmendarle la plana a Descartes. “Pienso, luego existo”, afirma categórico el pensador y matemático francés en su célebre disertación filosófica que para muchos marca el principio de la modernidad. La existencia no es una consecuencia del pensamiento. La existencia es simultánea al acto de pensar. Yo prefiero simplemente decir que solo ‘existo cuando pienso’. Pensar y existir son sinónimos.

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