La terrible enfermedad de Luca

Su enfermedad era incurable. La familia ya lo había intentado todo, sin éxito alguno. Todos los tratamientos conocidos por la medicina moderna habían fallado. Visitaron doctores, psicólogos, loqueros, proctólogos, chamanes, curanderos, herbolarios, educadores, al padre Juan, homeópatas, centros esotéricos y grupos de autoayuda. Nada había funcionado. La esperanza se había extinguido gradualmente hasta apagarse casi en su totalidad. No había remedio. Sólo quedaba la pronta resignación. Luca estaba enfermo y así tendría que vivir el resto de sus días. Lo que más preocupaba a sus padres eran las dificultades que tendría su hijo para encontrar un trabajo estable debido a su padecimiento. A sus 22 años de edad, el panorama que enfrentaba Luca no parecía nada prometedor. Sus padres procuraban no hablar con sus conocidos sobre el extraño padecimiento de su hijo. En el fondo sentían vergüenza y cierta dosis de culpa. Se reprochaban mutuamente por no haber actuado con la suficiente celeridad cuando su hijo apenas desarrollaba los primeros síntomas. Si hubieran sido menos negligentes, su hijo quizá no hubiera desarrollado la enfermedad y podría planear una vida normal.

Luca, en cambio, parecía no darle demasiada importancia a su condición. Aunque se sabía diferente a los demás, no le resultaba algo grave, algo lo suficientemente trascendente como para manejarse con discreción cuando en la plática salía a relucir su particular estado. A Luca le importaba un carajo lo que pudieran pensar sobre él. Sin embargo, en momentos difíciles también reconocía que quizá sería mejor ser no estar enfermo y poder llevar una vida más ligera y sin las múltiples preocupaciones que a diario le aquejaban. Por eso ya no peleaba con sus padres. Simplemente asentía con la cabeza cuando la discusión por cualquier tema terminaba convirtiéndose en batalla campal, esos momentos en los que, aún sin quererlo, su padre vociferaba y arremetía contra el mal que terminaría por arrebatarle a su propio hijo tarde o temprano, ese día inevitable en que sus respectivos caminos los distanciaría de manera definitiva.

Fuera de mejorar, la salud de Luca empeoró con el paso de los años. Al salir de la universidad, su condición se hizo más evidente, aún cuando siempre mostró un buen talante. Tuvo varios empleos pero en ninguno de ellos duró mucho tiempo, algo que contribuyó de manera determinante a agravar los síntomas de su enfermedad. Desesperados, los padres de Luca lucían demacrados. Un amiga de su madre le recomendó a un doctor con estudios sobresalientes en la Johns Hopkins University de Maryland y radicado en Guadalajara, cuya basta experiencia y agudo ojo clínico quizá podría salvar al desafortunado hijo de su amiga y curarlo de aquella terrible enfermedad que lo estaba devorando por dentro. El tipo era una eminencia. Y así cobraba.

Los padres de Luca tenían algunos ahorros y decidieron apostarlo todo, no sin antes hacer lo posible por conseguir algún descuento. Se pusieron en contacto con el consultorio del doctor Getulio Beltrán y agendaron una cita para el 28 de noviembre de 2013. Pero había un problema. Luca nunca accedería a ver a un médico por su propia cuenta. Le fastidiaba perder el tiempo viendo especialistas que lo único que sabían hacer era “inventar padecimientos y remedios milagrosos para sacarle dinero a la gente”. Además, Luca siempre andaba sonriente y aseguraba que buscar cura para su padecimiento era absurdo, si él se sentía bien. A sus padres, en cambio, les preocupaba que Luca no fuera conciente de cómo su enfermedad empeoraba rápidamente. Decidieron que tratar de convencerlo sería inútil y optaron por tenderle una trampa. De la nada, se inventaron una vacación a Guadalajara. Aún así, fue complicado que Luca pudiera darse un tiempo para darse una escapada sin tener que abandonar momentáneamente el taller de narrativa que tanto amaba. Sin embargo, le pareció una buena oportunidad para tomar fotos, aún cuando le parecía un tanto extraño el repentino viaje. Aceptó sin darle más vueltas al asunto, siempre de buena gana, como acostumbraba.

Visitaron la catedral y el Hospicio Cabañas, luego de hacer una breve parada en Tlaquepaque. El atardecer y la comida resultaron espectaculares. Se hospedaron en un pequeño hotel sencillo y cerca del centro. Al segundo día de vacación, los padres de Luca terminaron por revelarle la verdadera motivación del viaje. El muchacho se sintió molesto y burlado, con justa razón. Con lágrimas en sus ojos, su madre le suplicó que fuera a ver al médico. “¡Hazlo por mí mijito, por favor, nos costó mucho venir aquí!”, sollozaba la madre con un tonito artificial digno de cualquier melodrama barato del canal dos.

A regañadientes, Luca aceptó ver al médico. El consultorio del doctor Beltrán era amplio y cómodo, parecido a un hotel de lujo. En la pared colgaban decenas de diplomas de las más afamadas instituciones, incluyendo algún par de fotografías con personalidades de la farándula, de esas que aparecían en las revistas de chismes que se amontonaban en la mesa principal de la sala de espera. Diez minutos después de haber llegado, el doctor Getulio Beltrán salió a recibirlos con el carácter bonachón que le caracterizaba. Un viejo regordete, de cachete tupido, igual que el bigote, nariz redonda, ojos vivaces y una pelona reluciente apenas custodiada por dos mechones de canas arriba de las orejas. Además de ser reconocido como una eminencia médica, tenía fama de alburero entre sus amigos, pero procuraba siempre tener un trato respetuoso con sus clientes, o mejor dicho sus pacientes, aún cuando de vez en vez dejaba salir por ahí algún chascarrillo con el fin de generar un ambiente cordial durante las consultas.

—Hola Luca, es un placer conocerte, pasa por aquí—, dijo el doctor Beltrán tras estrechar la mano de los padres de Luca, quienes tuvieron que permanecer en la sala de espera durante la consulta, luego de que su hijo pusiera dicha condición para visitar al médico. Luca tomó asiento frente al escritorio mientras el galeno consultaba el expediente.

—Platícame Luca, ¿cómo te sientes?—, preguntó el médico.

—Muy bien, muchas gracias— respondió el muchacho en tono cordial.

El doctor inspeccionó a Luca con un examen de rutina. Revisó sus pupilas y le pidió a la enfermera que le tomara la presión. Luego vino la tanda de preguntas. “¿Desde cuándo comenzó a sentirse así? ¿Cómo fue que se empezaron a desarrollar los síntomas?”, eran algunas de las interrogantes que el galeno intentaba dilucidar. Beltrán miraba fijamente a Luca mientras el muchacho respondía con soltura y un dejo de sarcasmo. “¡Pero eso es muy grave, oiga!”, exclamaba ocasionalmente el médico, horrorizado, mientras hacía anotaciones en su libreta y escuchaba atento el relato de un enfermo terminal. De vez en cuando meneaba la cabeza en señal de negación, visiblemente preocupado. Había poco por hacer. La enfermedad estaba demasiado avanzada.

—¡Lo que usted tiene, amigo, es exceso de imaginación!—, soltó el médico. El diagnóstico resultó peor de lo esperado: “anomia crónica con episodios repentinos de rebeldía, posiblemente provocados por una sobredosis de información”. Una enfermedad terrible para la cual no existía cura, según los cánones de la medicina moderna.

Luca era un disidente y así tendría que vivir el resto de sus días, como un inadaptado, un tipo incapaz de acostumbrarse al placer material de la rutina y la enajenación como pasatiempo predilecto. Jamás podría tener un trabajo decente en una oficina. Jamás podría ir de shopping los domingos, ni viajar en primera clase, ni acceder a la zona VIP de los antros de moda, ni tener un automóvil del año con el cual pudiera transportar a su novia, ni comprarle joyas, ni vestidos, ni cenas en los restaurantes más chic de la ciudad. ¡Pobre Luca! ¿Qué futuro le esperaba así? ¿Cómo podría integrarse al mundo de la gente normal? Siempre había sido un chico raro, pero sus padres nunca perdieron la esperanza de que algún día cambiara y se diera cuenta que su carrera de filósofo sólo le serviría para acabar de “maestrito” en la UNAM y morirse de hambre. Tan joven y resignado al fracaso. Y sin embargo, él permanecía tan entero, tan inconciente del terrible mal que le aquejaba. Andar por la vida protestando por todo, hasta por las cosas más elementales, como comer carne o comprarse unos zapatos. Que no fuera a la iglesia y renegara de Dios era entendible hasta cierto punto, ya que ni siquiera su propia familia era lo suficientemente santurrona como para ir a misa todos los domingos, pero decir que el bautizo no era sino una absurda ceremonia de afiliación recaudatoria orquestada por la iglesia, y que los centros comerciales eran los nuevos templos para adorar al consumismo convertido en deidad, era demasiado.

En la escuela siempre tuvo problemas por respondón. Lo mismo le pasaba en el trabajo. ¿Quién querría contratar a un revoltoso? Luca salió del consultorio tranquilo. La noticia fue fulminante para sus padres. El viaje, el dinero de la consulta. Todo había resultado en vano. Su hijo estaba condenado a tener una vida inestable y llena de miseria. Desmoronados, sus padres optaron por regresar a casa. En el trayecto de vuelta, todo fue silencio al interior del coche.

Dos meses más tarde, Luca renunciaría a su empleo para tomar la mochila y salir de viaje. No tenía un itinerario ni fecha de regreso, tampoco dinero. Su objetivo era recorrer el sur de México y llegar hasta Guatemala haciendo dedo y quedándose a dormir con desconocidos mientras escribía poemas en sus ratos libres. Sus padres apenas podían dirigirse la mirada. Los miedos de todo una vida se hicieron en realidad. Luca nunca se recuperó de su terrible enfermedad. Y vivió feliz.

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Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 18 noviembre, 2013 en Cuentos y etiquetado en , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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