Archivos Mensuales: diciembre 2013

La danza de los libros

Lo que sucede en una librería cuando las luces se apagan. La fiesta de los colores que se desprende de las hojas de un libro.

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La carnicería impune: una metáfora visual de la criminalidad del poder, según Rocío Caballero

Hacía un tiempo que no salía de un museo con tan buen sabor de boca. La exposición de National Geographic sobre las 50 fotografías que cambiaron al mundo fue el pretexto para descubrir la obra de Rocío Caballero. En su exposición titulada De crimen y sin castigo, conformada por 10 cuadros de gran formato, la artista plástica explora el dilema moral de la corrupción planteado en la célebre novela de Dostoievski utilizando metáforas visuales dotadas de una carga simbólica que evidencia la podredumbre del mundo actual. De ahí que las reiteradas referencias al reino animal evoquen aquella granja retratada por George Orwell en su mítica fábula sobre las contradicciones del autoritarismo. Quizá por ello, una de las pinturas llamó particularmente mi atención. En Lección 9: Omnipotencia, Caballero evidencia la crudeza y arrogancia del poder político en todo su esplendor: un ejecutivo en medio de una carnicería. Un rostro impávido en medio del dolor del cuchillo. La metáfora perfecta para describir la impunidad criminal de las élites y su indiferencia ante un mundo cruel que intentan mantener a toda costa.

NOVIEMBRE-3

Algo similar ocurre en la serie La búsqueda de la ataraxia, en la cual, Caballero expresa la apatía funcionalista del hombre moderno a partir de contrastes: la dictadura infernal del reloj, la felicidad del tiempo libre o la vida terrenal como un mosaico de emociones y experiencias, tal como retrata puntualmente en Tarot.

La búsqueda de la ataraxia, Tarot

El drama de morirse por dentro en este juego de sombras donde la simulación y el engaño son una constante en este carnaval de la ignominia. ¿Cómo sobrevivir a este mortal carrusel de antifaces? Es la pregunta incómoda que hace Caballero en esta exposición altamente recomendable.

Espejo

¿Alguna vez

te has contemplado

a ti mismo

por dentro y por fuera

al mismo tiempo?

 

Yo sí.

 

De ahí se desprende

la enigmática fascinación

del espejo,

lugar donde puedo mirar

lo que soy en la

profundidad de mis ojos,

sentir mis entrañas

por la manera en que la luz

rebota en mis pupilas,

agujeros negros que se tragan

a sí mismos en el teatro

de la representación,

en la elocuencia del reflejo.

 

Ahí puedo reconocer

la fisonomía asimétrica

de mi rostro,

orografía de mis poros

que se abren

en el vapor de madrugada,

selvas inexploradas,

vasos sanguíneos que revientan

para teñir de rojo mis mejillas,

costra resiliente que anida

en mi cuerpo,

manchas que me devoran,

fantasía de queroseno

que me succiona como

el remolino sordo

del retrete,

arrastrando los desechos

de mi alma dolorida.

 

He de perfumar mi asfixia

con lavanda,

anclar mi carestía

en el zumbido de la calma

vomitando soledades,

displicencia transparente

que viaja en

la claridad de la noche,

rugir la noche desde el cielo

que no escampa.

 

Las máquinas se lanzan veloces

al lecho donde duerme

la certeza,

vestida con su piyama

marrón, para confundirse

con la aridez terrestre

donde se forman mis grietas,

premonición que se repite

en las agujas temblorosas

de un sismógrafo,

el manto gravitacional

donde las cosas siempre

suceden,

y terminan cayendo

por su propio peso,

como la lluvia

que moja el pensamiento,

fertilizando los rayos

de la aurora,

el punto cero de la realidad

lugar donde abreva

el mañana,

en este deslave discursivo

que permea

el tiempo como las

aguas subterráneas

que duermen

este sueño soterrado

de estalactitas y sal,

derrotero de ausencias,

microscopio cósmico

donde se desdobla mi existencia,

inmensidad total que se abre

en ambos lados de la frontera,

encordado cáñamo

que anuda nuestros cuerpos

tempranos

para descender la tarde

como papalotes

y ceniza volcánica,

atemperando una herida

que supura.

 

Mirarse los pliegues

de la carne es irse lejos,

es diluirse

en la noche pétrea

que nos abraza

como una madre

amorosa,

sin cuestionamientos

ni reproches,

una ceiba vestida con

espinas

hunde sus raíces

en la humedad del infierno

para contemplar su reflejo

en la luz de las estrellas

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La lengua de las serpientes

Sufro de revelaciones periódicas. Borges alguna vez describió un código secreto escrito por Dios en la piel del jaguar. Lo que no dijo el inolvidable escritor argentino, simplemente porque no le dio la gana, es que el mensaje tatuado en los rocetones del felino forma una pequeña parte de un poema infinito que se manifiesta en todas las cosas: el pentagrama que se forma en los pétalos de las orquídeas, los colores que se desprenden de la transparencia del agua, los penetrantes ojos de la lechuza o el torrente sanguíneo de las plantas. Formas simbólicas que hablan por sí mismas en el lienzo de la existencia. Así aprendí que el poeta es el único ser sobre la Tierra capaz de revelar el mundo a través de los sueños, la palabra y el amor. Yo me he pasado la vida entera tratando de descifrar los códigos. Empezó como un juego, pero terminó convirtiéndose en una obsesión, en mi proyecto de vida. Ahora estoy viejo y moriré pronto. Lo sé porque así viene escrito en la lengua bífida de las serpientes.

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Pepe Mujica, el soñador

Mujica

De vez en cuando, en el mundo aparecen personajes capaces de marcar a generaciones enteras. José Mujica, un luchador social a quien le tocó “esta changuita” de ser presidente de Uruguay, es uno de ellos. ¿Por qué los medios del planeta han volcado su atención en este adorable viejo, bonachón y siempre sonriente? En el capitalismo salvaje que impera en el planeta, un político humilde que vive con sobriedad pareciera salirse de toda ecuación. La sola existencia de Mujica representa una amenaza para un modelo civilizatorio viciado que opera desde la criminalidad de sus propias contradicciones. “Usted es un político que no parece político”, suelen decirle con insistencia. Don Pepe es el ejemplo viviente de un líder democrático. Su manera de entender la política como una herramienta capaz de buscar la felicidad colectiva más allá de las necesidades materiales, desenmascara la hipocresía de un sistema global basado en el beneficio de los pocos a costa del sufrimiento de los muchos. Mujica es el espejo donde se refleja la deformidad de una clase política envilecida en su propia ambición. Ningún hombre es capaz de resolver todos los problemas del mundo, de manera absoluta. Mujica lo sabe bien, y por eso se conforma con hacer su parte y nada más. Que un hombre sabio se convierta en líder de una nación y referente moral de lo que debiera ser la política, significa que algo interesante se está cocinando en dicho país. Es el caso de Uruguay, el primer país del mundo donde se legaliza la mariguana. “Sentido común”, afirma Mujica, quien descarta ser galardonado con el Nobel de la Paz. Su premio, dice, lo tiene al caminar por las calles de su país y abrazar a la gente. El brillo en su mirada lo delata.

La tristeza reiterada de un país dolorido y ausente

Otro día triste para el negro historial de este apedreado país. Privatización del petróleo, aprobación en lo ‘oscurito’ de una ley para contener la protesta en el DF mientras otros manifiestan su descontento por el alza al costo del metro. El autoritarismo avanza rápido. En poco más de un año, nos jodieron con la reforma laboral para abaratar el despido y acabar con las prestaciones en aras de la dichosa competitividad. Retrocesos en materia de transparencia. Las reformas en telecomunicaciones, la financiera y educativa fueron muy útiles para que el actual régimen le pusiera un ‘estate quieto’ a los poderes fácticos que se fortalecieron durante la docena trágica panista. Leyes que sirven muy bien para reafirmar el control político de un presidencialismo desempolvado con un toque ‘pop’. La reforma política solo servirá a los intereses de la partidocracia que tiene secuestrada al país. Un bipartidismo de derecha de un lado y una izquierda débil y fragmentada del otro. Una reforma fiscal que pretende recaudar más mientras la economía informal crece a ritmo sostenido ante un modelo económico que sigue sin dar resultados 30 años después de su implementación. Lo curioso es que el mismo gobierno lo reconoce, pero no está muy dispuesto a cambiar de rumbo. ¿Por qué? Porque ha sido muy efectivo para amasar fortunas inmensas a costa de precarizar el nivel de vida de las mayorías. Ironías de una transición democrática fallida. No en balde la pérdida de confianza de la ciudadanía en las instituciones mexicanas en casi cualquier encuesta de 2000 a la fecha. La violencia sigue derramándose a lo largo y ancho del país, aunque la cobertura mediática sobre el tema ha disminuido drásticamente. El Estado fallido es más que evidente en entidades como Michoacán, Tamaulipas y los estados colindantes con el llamado ‘triángulo dorado’. Y sin embargo, lo que más me aterra es lo normal que a muchos les parece este desastre. La ceguera voluntaria, comodina y conveniente. Habrá que comprarle un despertador más potente a la siempre aletargada conciencia. Habrá que gritar más fuerte, escribir con mayor agudeza, imaginar con mayor elocuencia para acorralar esta sombría promesa de un futuro inerte. Habrá que acorralar al enemigo, evidenciar sus contradicciones sin ceder a sus chantajes. Habrá que abrazar al enemigo para inflamar su corazón. Unir lo que un día fue separado. Y entonces un nuevo país florecerá entre el estiércol.

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La dignidad perdida

DIGNIDAD

Dignidad. Algo que este país perdió hace un buen rato. El momento actual evidencia la farsa. Un presidente que viaja a Sudáfrica para homenajear a Mandela al mismo tiempo que sus serviles legisladores del PRI y PAN aprueban el saqueo de la renta petrolera a través de una reforma energética muy útil para que un selecto grupo de bandidos se llenen los bolsillos mientras administran la miseria de millones de personas. ¡Vaya hipocresía! ¡Vaya bajeza! ¡Vaya cinismo! La tibieza de los medios también tiene ese tufo patético, vulgar. Muy pocos son los que están dispuestos a contradecir la voluntad todopoderosa del régimen. “No hay que morder la mano que nos da de comer”, se repiten a sí mismos los virreyes de la desinformación. Lo mismo una intelectualidad plácidamente acomodada en el dispendio oneroso de la compra de conciencias. Mejor el silencio cómplice, la cómoda indiferencia. Es el país de la servidumbre voluntaria, donde nada fluye por su propia cuenta si no es bajo el cobijo de la corrupción. Un país hecho mierda. Esta es la patria dolorida que nos han dejado. ¿Esto habremos de legarles a nuestros hijos? El futuro como sinónimo del apocalipsis. ¿Hasta dónde se puede tensar la liga sin romperse? ¿Hasta cuándo habremos de seguir soportando las limosnas que nos obsequian nuestros señores feudales con sus programas de beneficencia en tiempos electorales? La urgencia de una revolución se hace más evidente con el paso de los días. La sociedad civil debe construir un proyecto de nación distinto al que plantea una clase política sumergida en su propia inmundicia. Fortalecer el debate con miras a la conformación de un nuevo Congreso Constituyente para la construcción de una nueva Constitución y un nuevo reparto de poderes entre los diversos grupos sociales, un nuevo pacto social más equitativo, más justo, que traiga paz a este país desangrado por la avaricia ilimitada. Un nuevo acuerdo para la construcción de un nuevo país. Ese debe ser el objetivo. Y para ello es indispensable darle forma a la revolución: empezar a imaginarla, empezar a nombrarla, empezar a construirla. Sin miedo. De manera firme, sin rencor. Una revolución donde el amor sea nuestra guía. Solo así podremos detener esta barbarie de todos contra todos.

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