Archivos diarios: 10 diciembre, 2013

La dignidad perdida

DIGNIDAD

Dignidad. Algo que este país perdió hace un buen rato. El momento actual evidencia la farsa. Un presidente que viaja a Sudáfrica para homenajear a Mandela al mismo tiempo que sus serviles legisladores del PRI y PAN aprueban el saqueo de la renta petrolera a través de una reforma energética muy útil para que un selecto grupo de bandidos se llenen los bolsillos mientras administran la miseria de millones de personas. ¡Vaya hipocresía! ¡Vaya bajeza! ¡Vaya cinismo! La tibieza de los medios también tiene ese tufo patético, vulgar. Muy pocos son los que están dispuestos a contradecir la voluntad todopoderosa del régimen. “No hay que morder la mano que nos da de comer”, se repiten a sí mismos los virreyes de la desinformación. Lo mismo una intelectualidad plácidamente acomodada en el dispendio oneroso de la compra de conciencias. Mejor el silencio cómplice, la cómoda indiferencia. Es el país de la servidumbre voluntaria, donde nada fluye por su propia cuenta si no es bajo el cobijo de la corrupción. Un país hecho mierda. Esta es la patria dolorida que nos han dejado. ¿Esto habremos de legarles a nuestros hijos? El futuro como sinónimo del apocalipsis. ¿Hasta dónde se puede tensar la liga sin romperse? ¿Hasta cuándo habremos de seguir soportando las limosnas que nos obsequian nuestros señores feudales con sus programas de beneficencia en tiempos electorales? La urgencia de una revolución se hace más evidente con el paso de los días. La sociedad civil debe construir un proyecto de nación distinto al que plantea una clase política sumergida en su propia inmundicia. Fortalecer el debate con miras a la conformación de un nuevo Congreso Constituyente para la construcción de una nueva Constitución y un nuevo reparto de poderes entre los diversos grupos sociales, un nuevo pacto social más equitativo, más justo, que traiga paz a este país desangrado por la avaricia ilimitada. Un nuevo acuerdo para la construcción de un nuevo país. Ese debe ser el objetivo. Y para ello es indispensable darle forma a la revolución: empezar a imaginarla, empezar a nombrarla, empezar a construirla. Sin miedo. De manera firme, sin rencor. Una revolución donde el amor sea nuestra guía. Solo así podremos detener esta barbarie de todos contra todos.

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