Archivos Mensuales: febrero 2014

El adiós de Paco de Lucía: el mundo no volverá a sonar igual

Hoy se fue uno de los grandes músicos de este tiempo. Un hombre que llevó las posibilidades expresivas de la guitarra a alturas insospechadas y reinventó la manera de tocar flamenco. Cuenta la leyenda que su padre lo amarraba a la cama y le impedía salir de casa hasta que no terminara de practicar 10 o 12 horas al día. Desde los nueve años, la guitarra se convirtió para él en un salvavidas. El mundo no volverá a sonar igual tras la partida de Paco de Lucía.

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La captura del ‘Chapo’ Guzmán, la (falsa) solución a todos nuestros problemas

Ahora México podrá dormir tranquilo, el mal ha sido erradicado con la captura de Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán (ajá, cómo no), el “delincuente más buscado del mundo”, según dicen reiteradamente en las noticieros de televisión mientras se difundían las primeras imágenes oficiales sobre la captura del líder del Cártel del Pacífico. La noticia se difundió como pólvora luego de que la agencia estadounidense AP diera a conocer la noticia alrededor de las 9:45 horas. El país enteró se paralizó. No era para menos. La fama del capo mexicano se fortaleció desde hace un par de años con una intensa publicidad promovida desde el gobierno de Estados Unidos en su afán de construir enemigos públicos como parte de una añeja tradición política.

En México, la noticia inicial provocó desconfianza (¿por qué será?). La imagen del ‘Chapo’ Guzmán con el rostro golpeado circuló con virulencia por Twitter y las redes sociales. Las confirmaciones extraoficiales de dicha información en los medios de comunicación iban acabando con la incredulidad. Noticia bomba. Alrededor de las 13:42 horas, Enrique Peña Nieto confirmaba la noticia a través de su cuenta de Twitter. Minutos más tarde, casi en punto de las 14:00 horas, el gabinete de seguridad del gobierno mexicano daría a conocer los pormenores de la captura. El procurador Jesús Murillo Karam, acompañado de los secretarios de la Defensa Nacional y la Marina, explicó que el narcotraficante fue capturado a las 6:40 de la mañana, en la ciudad costera de Mazatlán, Sinaloa, tras varios días de seguirle la pista. La historia de las siete casas del capo mexicano, conectadas a través de túneles y sistemas de drenaje, además de equipadas con puertas de hierro, aderezaban el escueto relato del procurador. Finalmente, el ‘Chapo’ salió de un hangar del Aeropuerto de la Ciudad de México para desfilar frente a la prensa y subir a un helicóptero de la Policía Federal.

Los comentarios no se hicieron esperar. Y pese a la estridente cobertura sobre la captura del líder de la mayor organización de tráfico de drogas en el planeta, la noticia está muy lejos de convertirse en la solución de todos nuestros problemas. Cómo estará la situación en el país que el gobierno de Peña estaba urgido de un golpe mediático como este, como en su momento fue Elba Esther Gordillo, para tratar de construir gobernabilidad a base de noticas bomba. En esta ocasión le tocó al Chapo ser el sacrificado en esta ruleta del poder. ¿Con esto se debilitan las estructuras criminales que sostienen al narcotráfico en México? ¿Se debilitaron los Zetas con el supuesto asesinato del Heriberto Lazcano ‘El Lazca’ o la captura de Miguel Treviño Morales, mejor conocido como el ‘Z-40’? Preguntas difíciles de responder con precisión. No sabemos hasta qué punto Guzmán seguía controlando los hilos del cártel del Pacifico. Desde hace unos días, me llamó la atención un análisis realizado por la agencia Insight Crime, especializada en temas de crimen organizado, en el cual se aseguraba que Ismael ‘Mayo’ Zambada —uno de los tres líderes del Cártel del Pacífico junto con Guzmán y Juan José Esparragoza ‘El Azul’— había perdido fuerza, tal como lo evidenciaban las capturas de varios familiares y colaboradores cercanos. Tal parece que ese fue el hilo que condujo a la aprehensión del Chapo.

¿Por qué se dio la detención en este momento? Es algo que no queda claro, sobre todo, tomando en cuenta las relaciones que existen entre las organizaciones criminales y el gobierno, tal como sostiene el exoficial de inteligencia de la DEA, Phil Jordan, en una declaración atípica con la cadena Univisión, en la que afirma que informes de la inteligencia estadounidense tienen conocimiento de que el ‘Chapo’ Guzmán financió parte de la campaña presidencial de Enrique Peña Nieto:

Esto coincide con algunas investigaciones de la prensa estadounidense e información filtrada a través del sitio WikiLeaks, ya que de acuerdo con información de la agencia Sratfor, especializada en asuntos de inteligencia y preveedora de información del gobierno estadounidense, la DEA tuvo en la mira al ‘Chapo’ Guzmán en 2010 pero le perdonó la vida debido a una orden proveniente de altos funcionarios del gobierno de Barack Obama para no hacerlo, según un reportaje escrito por Douglas Lucas y publicado en el sitio de investigación WhoWhatWhy?

Desde luego, la captura funcionará muy bien para fortalecer al actual régimen. El mensaje es muy claro: el PRI volverá a administrar el crimen organizado como en los viejos tiempos luego de la ineptitud de los panistas y su docena trágica. Los tricolores se consolidan como los dueños de la baraja, serán ellos quien repartan el botín, al mismo tiempo que recibirán su palmadita en la espalda por parte del gobierno de Estados Unidos. Ahora las portadas no solo serán en la revista Time, sino también en The New York Times o el Washington Post, así como el primetime en la cadena NBC y demás. La noticia ya se ha difundido con fuerza en los principales diarios del planeta. Aplausos por doquier para el gobierno mexicano. Fuegos artificiales cuyo impacto real dista mucho de esa otra realidad que a diario se vive en las calles. El mercado de la droga seguirá siendo igual de lucrativo con o sin la participación del ‘Chapo’ Guzmán. Quizá cambien los dueños de la empresa, pero el negocio seguirá intacto. El gobierno mexicano ha sido muy eficaz para capturar a aquellos personajes que afectan los intereses del grupo en el poder, pero eso no necesariamente significa que el gobierno mexicano esté dispuesto a acabar de fondo con el problema del crimen organizado. El desinterés que ha mostrado la presente administración por construir un andamiaje institucional que permita disminuir el problema de la corrupción es un claro ejemplo de ello. Y esto se debe a que la falta de controles institucionales facilita muchas de las tareas con las cuales los grupos políticos buscan mantener el poder: desvío de recursos, lavado de dinero, inyección de recursos ilícitos en las campañas electorales y un largo, largo etcétera. El problema estructural del narcotráfico seguirá ahí, intacto. Será sólo cuestión de tiempo para que surjan varias réplicas del ‘Chapo’ Guzmán. Y ahí estará el actual régimen, intentando administrar al crimen organizado para reafirmar su poder a costa de las libertades y derechos que la ciudadanía pierde a diario con tal de satisfacer los intereses de las élites. Por supuesto, no faltarán los millones de ingenuos que caerán en la trampa.

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El indigente brasileño que escribía poemas

Una historia chévere sobre poesía y abandono con final feliz. Después de 35 años de escribir versos y vivir en la calle, Raimundo Arrunda Sobrinho está próximo a realizar su sueño. Las sorpresas de esta vida son increíbles. Al paso que voy no tardaré mucho en emular a Raimundo y montar mi “isla” en algún camellón de la Ciudad de México. Ya saben dónde pueden buscarme ora que me desaparezca repentinamente.

El vertiginoso derretimiento del Ártico

La velocidad a la que el calentamiento global ha disminuido la densidad del hielo del Ártico en los últimos 32 años es cercana al 8%, de acuerdo con un estudio realizado entre 1979 y 2011, publicado este lunes en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences. “La energía extra absorbida es tan grande que es aproximadamente una cuarta parte del efecto invernadero total causado por el dióxido de carbono”, dijo el autor principal del estudio, Ian Eisenman, climatólogo en el Instituto Scripps de Oceanografía en California, a la agencia de noticias AP.

En otras palabras, lo que sugiere el investigador es que la pérdida de hielo en el Polo Norte podría acelerar el proceso de calentamiento terrestre de manera exponencial. Y mientras esto ocurre, la humanidad seguirá depositando enormes cantidades de dióxido de carbono en la atmósfera ante la incapacidad de los gobiernos del mundo a la hora de lograr un acuerdo global para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y tratar de mitigar los efectos del cambio climático. Las imágenes de la La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por sus siglas en inglés), recabadas de 1987 a 2013 resultan aún más elocuentes que los datos.

La industria de la muerte

Impactante fragmento de la película Samsara, sobre el aroma cadavérico que predomina en la industria alimenticia. Desde hace unos meses decidí no participar en esta industria de la muerte. Una cosa es matar para comer y otra muy distinta es fomentar el asesinato sistemático a través de lo que comemos. Me gusta la carne, pero desde hacía un tiempo me causaba conflicto comerla. El placer se fue convirtiendo paulatinamente en sentimiento de culpa. “¿Por qué como carne? Porque me gusta”, era la pregunta y respuesta que yo mismo me hacía. La culpa venía de saber cómo un simple capricho podía ocasionar tanto sufrimiento inncesesario. Luego vino la revelación: me gusta la carne, sí, pero me gusta más saber que no hago daño. Ahí se terminó el conflicto. Decidí dejar de comer carne definitivamente desde hace 9 meses, luego de haber bajado drásticamente mi consumo de carne desde hace un par de años. “El conocimiento nos hace responsables”, decía el Che. Creo que algo así me pasó. Después de saber lo que sé (las múltiples consecuencias ecológicas-médicas-trascendentales de comer carne a diario) no podía seguir actuando del mismo modo. Decidí cambiar. Me alivia saber que mis acciones cotidianas contribuyen en algo a mitigar el gran sufrimiento que existe en este mundo. Una acción pequeña, aparentemente insignificante, cuya trascendencia no puede pasar inadvertida en esta enorme rueda de la vida. “Empuja hoy y serás empujado mañana”, según la ley del karma.

Un reguero de sangre

 
Un reguero de sangre
toca a mi puerta.

Miro por el orificio,
y no le abro.

Grito desde mi ventana
para alertar a los vecinos.

Y no escuchan.

El volumen de la tele está
muy alto.

Son tiempos de
sordera voluntaria y anestesia.

Un reguero de sangre
toca a mi puerta.

Y no le abro.

Permanece callado,
con el cuchillo dispuesto
para mitigar la sed.

Lo escucho atravesar el pasillo
arrastrando sus fúnebres pasos.

Un reguero de sangre
toca el timbre del vecino
para inundar su casa
y pintar sus paredes de rojo.

El adormilado vecino
se aproxima a la puerta.

Un reguero de sangre
le espera.

Ojalá no abra.

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El cobarde asesinato de Gregorio Jiménez: el intento de callar la puta realidad de un país que grita de dolor

 

El asesinato cobarde del periodista veracruzano Gregorio Jiménez dice mucho del México actual. Un lugar donde los administradores de la desgracia nacional pretenden callar con sangre y anestesia mediática los gritos de un país que grita de dolor. Ahora las autoridades pretenden hacernos creer que el asesinato de Jiménez fue un hecho aislado que nada tenía que ver ni con el crimen organizado ni con la labor de un periodista victimado por la criminalidad con al que operan los grupos delictivos de Veracruz encabezados por el gobernador Javier Duarte, quien además de todo fue premiado por defender la libertad de expresión. Solo en un país hecho pedazos como este pueden gestarse escenas tan grotescas. Como siempre, el gobierno pretende utilizar su aplanadora mediática para disfrazar esta puta realidad producto de la ambición desmedida y la miseria humana en su máxima expresión, amparados siempre con el argumento idiota del “nadie sabe, nadie supo”. Ahí está también Alfredo Castillo, el comisionado por el gobierno federal para “poner orden” en Michoacán, haciendo malabares discursivos para tratar de justificar el encuentro que sostuvo en días recientes con un lugarteniente del cártel de los Valencia. En cualquier país con un Estado de derecho de medio pelo, Castillo habría tenido que poner su renuncia sobre la mesa luego de la patética explicación que dio al periódico Reforma, en la cual asegura que aunque Juan José Farías alias ‘El Abuelo’ le pidió ayuda por la investigación que existe en su contra por vínculos con el crimen organizado, no lo detuvieron porque “no tenían orden de aprehensión”. Complicidad o ineptitud, da lo mismo. Lo increíble es que nos quieran tratar como estúpidos, aún cuando el hecho de que el crimen organizado operó a favor del actual “gobernador” de Michoacán, Fausto Vallejo, durante el proceso electoral de 2011 es un secreto a voces que circula con fuerza dentro de los callejones del poder en los que se desenvuelve nuestra deleznable clase política, tan dispuesta a callar para conseguir su tajada del botín. Así se juega en el pútrido ajedrez de la política mexicana, donde las mayorías siempre terminan por joderse mientras el abuso de la élite sigue in crescendo. Ejemplos sobran. Ahí están las alabadas reformas estructurales que tanto celebran los siervos del actual régimen. Ahí está la reforma laboral, el saqueo del petróleo, el aumento de impuestos imbéciles y su impacto en la inflación, la alza de delitos como el secuestro y la extorsión, el robo de cuello blanco como política de Estado. Los resultados están a la vista: un país donde la única posibilidad de acceder a la justicia es tomarla en mano propia, tal como han demostrado los grupos de autodefensa.

Cualquier apasionado de la historia podrá constatar que el abuso sistemático de unos contra otros no puede durar eternamente. El imperio romano terminó por caer, devorado por la corrupción y las disputas internas. A Luis XVI le cortaron la cabeza. Lo mismo ocurrió con la Rusia zarista y la revolución bolchevique. No se necesita ser un erudito para darse cuenta de que en México están dadas las condiciones para que estalle un conflicto armado de gran envergadura. Lo único que puede detener los ríos de sangre que están gestándose actualmente en las entrañas del actual régimen es una revolución: desbordar las calles con protestas y derrocar al actual gobierno, construir un nuevo pacto social y redistribuir equitativamente el poder político entre los diversos grupos sociales para devolverle la paz a México. Por supuesto, nuestra clase política, tan acostumbrada al lujo criminal y la manipulación como sustituto de la realidad, no cederá fácilmente. Los tambores de guerra suenan cada vez con mayor fuerza. Solo el pueblo organizado podrá detener la carnicería. ¿Cuántos periodistas más tendrán que morir en este doloroso camino? ¿Cuántos políticos criminales permanecerán impunes? ¿Cuánto tiempo pasará para que la verdad termine por alumbrar este país de tinieblas? ¿Cuánto sufrimiento más habremos de soportar antes de convertirnos en autores de nuestro propio destino? ¿Cuántas lágrimas, cuánto rencor acumulado, cuánta sangre inútil, cuánto odio habrá de ser derramado en esta guerra estúpida de todos contra todos? ¿Cuánto tiempo pasará para que podamos aprender a convivir sin someter al otro? ¿Cuándo abriremos los ojos y el corazón para cobrar conciencia de este dolor imbécil? ¿Cuántos más habremos de morir por hablar mientras otros esconden la cabeza en el suelo y se muerden la lengua por miedo? Por eso hay que gritar, hay que señalar, hay que denunciar, hay que luchar, defender con uñas y dientes la posibilidad de un presente y futuro mejor. Aunque nos vaya la vida de por medio. Como Goyo.

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La tierra prometida

 

Miren cabrones, ahí está el otro lado”, exclamó el chofer de la camioneta mientras veíamos como una fría e interminable línea de lámina roja delimitaba simétricamente dos mundos opuestos, contrastantes.
“Tan cerca y a la vez tan lejos”, me decía a mí mismo en voz baja mientras contemplaba los rostros sombríos de las otras personas que viajaban junto a nosotros, llenos de asombro y cansancio, con cierto aire de tristeza, luego del largo viaje que al parecer llegaría pronto a su fin.
El ambiente en la parte posterior de la camioneta cambió rápidamente. Por fin habíamos llegado a la frontera. El trato con el pollero estaba arreglado y saldríamos por la mañana, o al menos eso era lo que nos había dicho en un principio.
“Ya no hay marcha atrás”, pensaba mientras intentaba controlar las manos temblorosas y el viento helado del desierto nos cortaba la cara al caer la noche. Estábamos ahí, desprotegidos y vulnerables en ese lejano punto perdido del mapa. La incertidumbre era tan profunda como la noche misma.

—Tengo miedo— comentó Jorge, mi cuñado, quien apenas alcanzaba los veinte años de edad.
—Lo sé. Yo también— respondí sin saber qué contestar. Después de todo, él fue quien quiso venir hasta acá. Hubiera preferido que se quedara con María y la chiquita, pero lamentablemente ésta es la única forma de no morirnos de hambre. Si las cosas salen como nos contó Pepe y nos dan trabajo en la pizca de cebolla o en cualquier otro lugar, quizá hasta podamos hacernos con una camioneta en un par de añitos.
Sólo podíamos soñar y alentarnos a nosotros mismos para contrarrestar el miedo. Empezábamos a sentirnos solos, tan lejos de todo y de todos. Nos invadió una amarga nostalgia a pesar de que todavía no iniciábamos el recorrido final por el desierto. Sólo hasta ese momento comprendimos el riesgo que implicaba cruzar hacia los Estados Unidos. Podían pasar muchas cosas en el camino, la gente muere todos los días en lugares como estos sin que nadie se entere. Podría ser el hambre, la sed, el cansancio o ser detenidos por la migra en el menos peor de los casos.
Algunas lágrimas brotaron del señor que permanecía callado frente a mí. El cansancio era evidente en los ojos del resto de la gente que se encontraba nerviosa y con las piernas entumidas tras el largo y cansado trayecto de más de dos horas.
Por fin llegamos a una pequeña casa, ubicada en las afueras de Tijuana. Ahí descansaríamos un tiempo hasta que el pollero decidiera que era hora de partir. Así estuvimos un par de días, comiendo algunos sangüiches y tomando refrescos mientras pensábamos en nuestras familias. Éramos cerca de quince personas, entre las cuales había tres mujeres. Nadie hablaba mucho, con excepeción de un tal Ramón, a quien no le paraba el pico. Había personas de todo el país y algunos otros de Centroamérica. Todos parecíamos tener un rasgo común: habíamos dejado todo con tal de cumplir con la meta, con le esperanza de llegar allá en buenas condiciones y materializar el dichoso sueño americano.
Permanecimos ahí, ansiosos, intentando dormir en el suelo con algunas cobijas y chamarras encima para mitigar el frío.
—Es hora, nos vamos en la madrugada, por eso de las dos— comentó el pollero un par de días después de nuestro arribo a Tijuana.
Partimos en la noche. Estábamos cansados y mal dormidos, pero ni modo, teníamos que acoplarnos a las circunstancias. Pensé una vez más en María y la chiquita. Pensé en todos los días que había esperado este momento y el miedo que sentía ahora. Me costaba trabajo creer que todo fuera real.
Viajamos en camioneta hasta entrar a un camino de terracería. Al llegar a un pronunciado cerro lleno de huizaches, tuvimos que seguir a pie.
El pollero nos había dado algunas instrucciones antes de iniciar la aventura. Nos dijo que a unos diez kilómetros estaría otra camioneta esperándonos.
Miré a Jorge, quien ahora estaba ahí, convirtiéndose en hombre y jugándose la vida en medio del desierto.
—¿Listo?—, le pregunté mientras el muchacho asentía con la cabeza y los ojos vidriosos.
Iniciamos la caminata con problemas. La cerrada noche nos impedía ver por dónde pisábamos. Teníamos que caminar a ciegas y en silencio, mientras el pollero revisaba la ruta buscando algunas luces que indicaran la presencia de la Border Patrol. Seguimos la travesía hasta el amanecer. Me parecía que habíamos caminado 20 kilómetros después un par de horas después, pero el miedo empezó a hacer que el corazón se agitara violentamente, como si quisiera escapar del pecho. Tras un largo trecho andado, el pollero comentó que aún no íbamos ni a la mitad.
El sol empezaba a despuntar. Llevábamos algunas botellas de agua que poco a poco se fueron terminando mientras la boca se secaba con mayor rapidez. Una de las mujeres que iba con nosotros se quedó atrás. Algunos pidieron al pollero que esperara a la mujer pero no quiso, ya que según él. esperarla significaría poner en riesgo la vida de los demás. Algunos se quedaron con ella intentando que recobrara las fuerzas. Nunca volvimos a saber de ellos.
Entrada la mañana, con casi nueve horas de recorrido, los zapatos empezaban a lastimar las plantas de los pies. Las ampollas no me dejaban caminar bien. La arena del desierto es pegajosa. El sofocante calor empezaba a hacer estragos en nuestra fuerza de voluntad hasta que finalmente terminé por irme de frente contra el suelo, debido a una ligera insolación. Jorge me levantó y me dio lo poco que aún le quedaba de agua. Sabíamos que detenernos, significaría una muerte segura, perdidos y en medio del desierto.
—Shhhhht… cállense, creo que oí algo— comentó el pollero, quien detuvo la marcha intempestivamente mientras revisaba el terreno.
Permanecimos inmóviles y atentos a lo que pasaba a nuestro alrededor hasta que pasó la falsa alarma. Continuamos la larga caminata hasta que entrada la tarde, se alcanzaban a observar algunos pequeños edificios a lo lejos.
—Mira Francisco, Estados Unidos— sonrió mi cuñado al tiempo que me detuve para respirar un poco y descansar las piernas.
—Sí, por fin—, le contesté nada más para hacerlo sentir un poco mejor.
Nos escondimos atrás de unos huizaches llenos de espinas en donde el pollero nos prometió que volvería con la camioneta.
-No mames cabrón, tú nos prometiste que caminaríamos diez kilómetros y llevamos más de medio día y además de todo ¿piensas dejarnos aquí esperando mientras te largas por la camioneta?— repuso un tipo robusto y moreno mientras manoteaba violentamente frente al pollero.
Un disparo selló la conversación. Con la garganta seca, quedamos inmóviles, sorprendidos y aterrados. Era la migra. Cada uno salió corriendo a toda velocidad a través del accidentado terreno mientras los patrulleros daban órdenes por el altavoz que nadie alcanzaba a entender.
Me arrojé entre algunos arbustos rodeados de piedras para esconderme hasta que pasara el peligro. Empecé a llorar cuando me percaté de que había perdido a Jorge en la corretiza. Sonó otro disparo, acompañado de un grito. Miré a través de las ramas y alcancé a observar un cuerpo que rodaba como trapo cuesta abajo por la ladera hasta que finalmente quedó en el suelo, inerte, con un aire fúnebre y desolador, mientras un estrecho río carmesí comenzaba a escurrirle por la pierna hasta desembocar en un pequeño charco de sangre. Me dieron ganas de gritar, de salir de ahí corriendo, pero el temor me lo impidió. Permanecí quieto varias horas después de que se marcharon los patrulleros. El aire caliente asfixiaba. Solo me quedó un amargo y profundo sentimiento de soledad mientras permanecía escondido en medio de la nada, ahogado en remordimientos y culpas por no haber salido a buscar a Jorge.
Me duelen las piernas, pero no hay remedio. Estoy sediento y exhausto. La noche se avecina y no conozco el camino. ¿Qué habrá sido de Jorge? ¿Lo habrá agarrado la migra? ¿Estará ya en el otro lado? ¿Estará muerto? Pensé lo que le diría a María la próxima vez que hablara con ella y cómo le explicaría que había perdido a su hermano en una redada. Desde aquí, la tierra prometida aún se ve muy lejos.

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No tengo nada

 

No tengo dinero

pero tengo muchas otras cosas.

Tengo un corazón despierto

y delirante,

tengo mis causas por las cuales luchar

y varias cosas por decir,

tengo mi disidencia

frente a este mundo enfermo,

tengo mis versos

y un par de canciones en la guitarra,

tengo un cuerpo sano

que me ha soportado en las buenas

y en las malas,

tengo a los míos a mi lado,

a mis amigos y a mi familia

a quienes tanto quiero,

tengo esa extraña ansiedad de vivir

que me hace caminar y caminar lejos,

cantar y bailar

hasta que el cerebro duerma

y deje hablar al corazón,

tengo la imaginación caliente,

desbordada,

tengo de amor llena la lengua y la sangre,

tengo la verdad oculta dentro de mi,

tengo mis propios traumas

y mis momentos de extravío,

la esperanza intacta,

tengo los días contados

plagados de alegría y tormenta,

tengo un par de ideas como globos

que me hacen volar hasta la estratósfera,

tengo los pies descalzos en el murmullo de la tierra,

tengo la suerte del que busca,

tengo manos que dibujan solas.

Y sin embargo, no tengo nada.

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Desinfectante

 

Me horroriza la asepsia de tu voz.

Tan estéril.

¿Y el cólera?

¿Y el fuego?

¿Dónde quedó el drama de los vivos?

Todo es tan light en los tiempos

del jabón antibacterial.

Quiero vomitar en la blanca pulcritud

de tu inmaculada decencia,

declararte culpable en el tierno delito

de la inocencia.

¿El agua de junio apagará este incendio?

No. Este incendio nunca se apaga.

Por eso vivimos aferrados

a la imagen de nuestra obra,

para intentar saciar

esta megalomaniaca sed de eternidad.

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La imposibilidad de tus ojos

 
Habito la imposibilidad de tus ojos tristes.

Dices que me quieres
pero te ocultas en el fondo de la máscara.

Luego sonríes. Te divierte mi dolor.
Lo sé. Te excita verme sufrir.

Ignoro los secretos que esconde tu cama,
las historias que habrás de contarte
en la intimidad del sueño.

Hoy se me ha convidado un pedazo
de oscuridad para extrañarte.

No sé por qué he de
encontrarme siempre a la muerte
en las comisuras de tu boca.

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Duras miradas de acuarela que se desprenden del pincel

Vagando por el internet, me topé con algunos trabajos de la artista plástica italiana Agnes-Cecile (Silvia Pelissero) y de inmediato me engancharon sus retratos, la dureza y profundidad en las miradas de sus personajes contrastan con la sutileza de sus trazos, que parecieran irse desperdigando por la blanca humedad del papel. Sus pinturas tienen una fuerza tremenda. Les dejo aquí una muestra de su trabajo para que le echen un ojo.

My opinion about you (make sure about what you’re saying)

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La última rola de Humberto

 

Sonó el teléfono y contesté todavía medio dormido. “Hola Flavio, aquí Marco. Solo para avisarte que Humberto murió”, alcancé a escuchar por el auricular. Deduje todo lo demás. Me levanté de la cama despacio, sin hacer ruido, para no despertarla. Me puse el pantalón y la camisa a medio abrochar, con los zapatos en la mano para ponérmelos al salir de la habitación
—¿A dónde vas a esta hora?— me preguntó Alicia con la voz ronca y cierto enfado. No era la primera vez que discutíamos por cosas como esta.
—Humberto está muerto. Debo ir al funeral— contesté mientras ella abría los ojos llenos de sorpresa y se levantaba ligeramente hasta recargar su espalda contra la pared.
Regresé y me despedí con un beso, mientras se cubría el cuerpo entre las sábanas, iluminadas con los primeros rayos solares que penetraban a través del ventanal.
Salí con prisa. Ya casi era hora de la ceremonia y aún tenía que pasar a mi casa por algunas cosas antes de arribar a la funeraria. Mientras el autobús caminaba lentamente por calles repletas de autos inmóviles, no pude evitar pensar en Humberto Ramírez. Siempre había despertado en mí cierta admiración, a pesar de su alcoholismo, sus excesos y sus estupideces. Todavía corría por el barrio aquella anécdota de cuando lo tuvieron que sacar de un congal minutos antes de que empezara la función. Estaba inconsciente, ahogado en ron, recostado sobre uno de los sillones que aún olían a sexo. Tuvieron que ponerle hielo en los testículos y darle una taza de café para revivirlo. Lo lanzaron al escenario sin que supiera qué demonios pasaba. Aún así, tocó como si todo hubiera sido parte de un plan minuciosamente diseñado, como si fuera la última vez que pisaba un escenario con una guitarra entre los brazos y la voz hecha pedazos, resquebrajándose en melancólicas canciones que penetraban hasta el interior de cada uno de los asistentes al concierto. Ahora estaba muerto.
Cuando llegué a la funeraria estaba irreconocible. Era otra persona en comparación a la última vez que lo vi. Ahí estaba, frío, rígido, callado, con el rostro reconstruido por gruesas capas de maquillaje y un leve rubor en las mejillas, delimitado por una placa de cristal que impedía todo contacto físico entre el mundo de los vivos y los muertos.
“Pocos como él”, pensé mientras observaba a las personas que desfilaban en silencio a través de los largos pasillos de la funeraria para darle un último adiós. No había mucha gente. Sólo algunos familiares y amigos de antaño, que esporádicamente soltaban una risa sutil cuando rememoraban aquellas interminables giras por centro y Sudamérica, aquellas épicas travesías llenas de aventuras, amores pasajeros y recuerdos que se iban acumulando en cada pueblo, cada pequeña ciudad que recorrían arriba de aquella destartalada casa rodante que presenció tantas cosas, como la vez en que Humberto padeció un par cardiorrespiratorio por un pasón de cocaína. Quién diría que, contra todo pronóstico, el cabrón viviría varias décadas más hasta llegar a los 83 años. Todo una hazaña, dado su singular estilo de vida.
A un costado del féretro yacía una fotografía en blanco y negro junto a una veladora y algunos arreglos florales. Él hubiera querido que embalsamaran junto a su guitarra, su verdadero amor en la vida, ese viejo pedazo de madera roída por el tiempo que lo había acompañado fielmente durante una vida entera llena de todo tipo de excesos.
Empecé a tocar la guitarra por él. Aún recuerdo la primera vez que lo vi tocar de noche, a las afueras de un bar, sobre una banqueta inmunda junto a las putas que desfilaban cada noche en Sullivan. Estaba sentado en el piso, con la luz de neón pegándole de lleno en la cara mientras ejecutaba con maestría esos lascivos acordes que le salían tan bien, aquellas notas precisas que llenaban el espacio y cortaban por dentro, como un fiero cuchillo. La escena hubiera sido absolutamente lastimera de no ser por la manera en que se apoderaba de la atención de los transeúntes. Tocaba movido por la inercia, como poseído, con una lumbre que le quemaba las entrañas y lo hacía vomitar todo ese dolor acumulado durante tantos años, el mismo que terminó por matarlo una noche gris de otoño. Apenas y podía sostenerse. Se aferraba a su guitarra como si no tuviera otro punto de anclaje para mantenerse con vida. Su único mundo posible.
Quien lo conoció bien, cuenta que en los últimos años de su vida se convirtió en mejor músico, a pesar de estar medio loco y medio enfermo. Era como si su alma se hubiera despojado de todo peso y quedara ahí, expuesta, desnuda y sensible a todo. Sus arrebatos imbéciles fueron sustituidos por un diálogo cada vez más íntimo entre él y su guitarra. La fluidez de sus dedos resbalaba hipnóticamente por el diapasón, sin prisa, dándole a cada nota el tiempo necesario para respirar, al mismo tiempo que se desgarraba el alma cantando tristezas con su voz aguardientosa, áspera y titubeante, maldiciendo a las mujeres que lo ignoraron hasta el cansancio o simplemente no supieron quererlo de la manera en que él quería.
Lo había tenido todo y lo perdió todo. Así, nada más. La fama y el poco dinero que juntó en su juventud se escurrieron por el caño. Cuando supo que su esposa esperaba un hijo de otro, comenzó el anunciado final. Era el pretexto idóneo para materializar ese plan absurdo y autodestructivo que tenía en mente desde hacía años. Matarse lentamente, la respuesta a todos sus problemas. Se bebió todo lo que tenía, incluida la dignidad. Intentó suicidarse en un par de ocasiones, pero no lo consiguió. Era demasiado cobarde. No tenía la sangre fría como para atreverse a tanto. Siempre le faltaron güevos para dar el último paso, el definitivo, el que terminaría abriéndole de golpe las anheladas puertas de la inmortalidad. Terminó viejo y solitario, desecho por dentro con una cirrosis crónica que le aquejaba desde hacía años. Nadie se explicaba cómo pudo vivir tanto en semejantes condiciones.
Ahí estaba yo, recordando la vida de aquel hombre, quien había sido mi mentor, mi primer guía en ese fantástico descubrimiento de la guitarra cuando acorralado por la pobreza intentó dedicarse a la enseñanza de escolares durante un breve periodo de tiempo. Yo cursaba la preparatoria en aquel entonces. Tomé mis cosas y me marché. Fui a una de las tantas cantinas que frecuentaba casi a diario para escuchar sus viejas anécdotas. Pinche Humberto. Intenté curar mi ansiedad con un vaso de ron. Me acerqué a la rocola, saqué una moneda y puse una de sus canciones in memoriam, a manera de despedida. Las primeras notas me arrebataron un leve suspiro. Con su propia voz lloró su muerte.

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El luchador taxista

 

Caminé dos cuadras, hasta llegar a la esquina de la avenida central buscando un taxi hasta que por fin abordé uno.
—Quién sabe de dónde venga toda esa gente— dijo el taxista mientras atravesábamos algunas calles de la Lagunilla para dar vuelta rumbo a Chapultepec.
—Vienen de las luchas. Hubo función en la Arena Coliseo— respondí.
El taxista ahogó un suspiro mientras miraba la desolada calle con el semáforo en rojo y un cielo gris, amenazante.
—De haber sabido que los luchadores tendrían tanto éxito no me hubiera— confesó con un sutil aire de nostalgia.
—¿Y qué pasó?— pregunté con sorpresa ante la revelación.
Hubo un silencio profundo, incómodo. Eché un vistazo por la ventana mientras atravesábamos Eje Central.
—El alcohol— dijo solemnemente mientras agitaba la mano con el pulgar y el meñique extendidos, simulando una botella.
“Sí, suele pasar”, pensé.
Me contó sobre su suegro, o mejor dicho su ex suegro, y el tío de la que fue su mujer. También eran luchadores.
Empezó a revivir en su cabeza aquellos combates en las arenas semiprofesionales del centro histórico de la Ciudad de México, aquellos personajes legendarios con los que alguna vez se topó en el camino por causalidad o accidente.
Me contó de Orfeo II, su sobrenombre dentro de los encordados, y de cómo naufragó en su intento por conseguir alguna lucha importante mientras duró el sueño. Confesó que no le gustaban los nombres de los luchadores actuales, quienes ahora tienen que usar nombres rimbombantes para atraer al público y no caer en convencionalismos fáciles, según decía.
—Es un riesgo ser luchador… pero también lo es manejar un taxi.
—Debe serlo— contesté con la voz baja, cómplice de la nostalgia del chofer, mientras pensaba que usar máscara y maravillar al público debería ser más interesante que pasar horas atrapado en alguno de esos embotellamientos tan comunes en una ciudad caótica como ésta. O por lo menos, debería ser más divertido.
En eso llegamos a las afueras del metro Sevilla. Bajé del taxi y pagué la tarifa que aparecía en el parquímetro sin reclamar por la vuelta de más que dimos al pasar por alto la salida a Chapultepec mientras se deleitaba platicándome sus anécdotas y deambulando en aquel onírico viaje por el pasado, por los años en que llevaba puesta una máscara.
—Gracias— me despedí con un poco de prisa, lamentándome no poder escuchar el final de la historia.
—Gracias a ti— respondió con los ojos húmedos de añoranza.

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Impresión 3D: ¿una nueva revolución industrial en la era de la información?

Las posibilidades son infinitas. ¿Qué pasará cuando la revolución industrial sea igual de accesible que un teléfono inteligente? Es lo que se plantea actualmente el mundo de la tecnología digital ante el vertiginoso avance de la impresión en 3D. El cambio de paradigma no es menor. Dicen los postulados de la teoría marxista que el poder de la burguesía se basa en la apropiación de los medios de producción. ¿Qué pasará cuando los medios de producción puedan ser accesibles a las mayorías? ¿Qué pasará cuando una cooperativa decida comprar su propia impresora 3D para fabricar sus propias impresoras 3D de bajo costo? ¿Qué pasará con las reglas que articulan al sistema capitalista actual? ¿Cómo influirá esto en la conformación de nuevas relaciones de poder al interior de los sistemas políticos? ¿Qué pasará cuándo grupos opositores utilicen esta tecnología para imprimir armas? Preguntas para las cuales no existe una respuesta determinada, pero que incitan a la imaginación, a la utopía y por supuesto, al apocalipsis, como bien ha ocurrido en la historia cada vez que la tecnología da un paso lo suficientemente grande para poner en entre dicho el mundo como lo conocemos.

Lo más interesante del asunto, es que la revolución del 3D no es un hecho aislado, sino que por el contrario, se suma a la ola de revoluciones tecnológicas de las últimas dos décadas: la informática, la genética y la nanotecnología. ¿Qué pasará cuándo en internet estén disponibles archivos al alcance de un clic para imprimir todas las piezas necesarias para construir tu propio avión, tu propio iPhone, tu propio corazón artificial? ¿Qué descubrimientos e innovaciones iremos descubriendo en el camino? ¿Qué consecuencias traerá consigo? Por supuesto que da vértigo pensar en todas esas implicaciones, peor no por ello dejaremos de explorar las nuevas posibilidades que se presentan a partir de avances tecnológicos como este. Será una aventura emocionante.

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