El luchador taxista

 

Caminé dos cuadras, hasta llegar a la esquina de la avenida central buscando un taxi hasta que por fin abordé uno.
—Quién sabe de dónde venga toda esa gente— dijo el taxista mientras atravesábamos algunas calles de la Lagunilla para dar vuelta rumbo a Chapultepec.
—Vienen de las luchas. Hubo función en la Arena Coliseo— respondí.
El taxista ahogó un suspiro mientras miraba la desolada calle con el semáforo en rojo y un cielo gris, amenazante.
—De haber sabido que los luchadores tendrían tanto éxito no me hubiera— confesó con un sutil aire de nostalgia.
—¿Y qué pasó?— pregunté con sorpresa ante la revelación.
Hubo un silencio profundo, incómodo. Eché un vistazo por la ventana mientras atravesábamos Eje Central.
—El alcohol— dijo solemnemente mientras agitaba la mano con el pulgar y el meñique extendidos, simulando una botella.
“Sí, suele pasar”, pensé.
Me contó sobre su suegro, o mejor dicho su ex suegro, y el tío de la que fue su mujer. También eran luchadores.
Empezó a revivir en su cabeza aquellos combates en las arenas semiprofesionales del centro histórico de la Ciudad de México, aquellos personajes legendarios con los que alguna vez se topó en el camino por causalidad o accidente.
Me contó de Orfeo II, su sobrenombre dentro de los encordados, y de cómo naufragó en su intento por conseguir alguna lucha importante mientras duró el sueño. Confesó que no le gustaban los nombres de los luchadores actuales, quienes ahora tienen que usar nombres rimbombantes para atraer al público y no caer en convencionalismos fáciles, según decía.
—Es un riesgo ser luchador… pero también lo es manejar un taxi.
—Debe serlo— contesté con la voz baja, cómplice de la nostalgia del chofer, mientras pensaba que usar máscara y maravillar al público debería ser más interesante que pasar horas atrapado en alguno de esos embotellamientos tan comunes en una ciudad caótica como ésta. O por lo menos, debería ser más divertido.
En eso llegamos a las afueras del metro Sevilla. Bajé del taxi y pagué la tarifa que aparecía en el parquímetro sin reclamar por la vuelta de más que dimos al pasar por alto la salida a Chapultepec mientras se deleitaba platicándome sus anécdotas y deambulando en aquel onírico viaje por el pasado, por los años en que llevaba puesta una máscara.
—Gracias— me despedí con un poco de prisa, lamentándome no poder escuchar el final de la historia.
—Gracias a ti— respondió con los ojos húmedos de añoranza.

::.

Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 5 febrero, 2014 en Cuentos y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: