La última rola de Humberto

 

Sonó el teléfono y contesté todavía medio dormido. “Hola Flavio, aquí Marco. Solo para avisarte que Humberto murió”, alcancé a escuchar por el auricular. Deduje todo lo demás. Me levanté de la cama despacio, sin hacer ruido, para no despertarla. Me puse el pantalón y la camisa a medio abrochar, con los zapatos en la mano para ponérmelos al salir de la habitación
—¿A dónde vas a esta hora?— me preguntó Alicia con la voz ronca y cierto enfado. No era la primera vez que discutíamos por cosas como esta.
—Humberto está muerto. Debo ir al funeral— contesté mientras ella abría los ojos llenos de sorpresa y se levantaba ligeramente hasta recargar su espalda contra la pared.
Regresé y me despedí con un beso, mientras se cubría el cuerpo entre las sábanas, iluminadas con los primeros rayos solares que penetraban a través del ventanal.
Salí con prisa. Ya casi era hora de la ceremonia y aún tenía que pasar a mi casa por algunas cosas antes de arribar a la funeraria. Mientras el autobús caminaba lentamente por calles repletas de autos inmóviles, no pude evitar pensar en Humberto Ramírez. Siempre había despertado en mí cierta admiración, a pesar de su alcoholismo, sus excesos y sus estupideces. Todavía corría por el barrio aquella anécdota de cuando lo tuvieron que sacar de un congal minutos antes de que empezara la función. Estaba inconsciente, ahogado en ron, recostado sobre uno de los sillones que aún olían a sexo. Tuvieron que ponerle hielo en los testículos y darle una taza de café para revivirlo. Lo lanzaron al escenario sin que supiera qué demonios pasaba. Aún así, tocó como si todo hubiera sido parte de un plan minuciosamente diseñado, como si fuera la última vez que pisaba un escenario con una guitarra entre los brazos y la voz hecha pedazos, resquebrajándose en melancólicas canciones que penetraban hasta el interior de cada uno de los asistentes al concierto. Ahora estaba muerto.
Cuando llegué a la funeraria estaba irreconocible. Era otra persona en comparación a la última vez que lo vi. Ahí estaba, frío, rígido, callado, con el rostro reconstruido por gruesas capas de maquillaje y un leve rubor en las mejillas, delimitado por una placa de cristal que impedía todo contacto físico entre el mundo de los vivos y los muertos.
“Pocos como él”, pensé mientras observaba a las personas que desfilaban en silencio a través de los largos pasillos de la funeraria para darle un último adiós. No había mucha gente. Sólo algunos familiares y amigos de antaño, que esporádicamente soltaban una risa sutil cuando rememoraban aquellas interminables giras por centro y Sudamérica, aquellas épicas travesías llenas de aventuras, amores pasajeros y recuerdos que se iban acumulando en cada pueblo, cada pequeña ciudad que recorrían arriba de aquella destartalada casa rodante que presenció tantas cosas, como la vez en que Humberto padeció un par cardiorrespiratorio por un pasón de cocaína. Quién diría que, contra todo pronóstico, el cabrón viviría varias décadas más hasta llegar a los 83 años. Todo una hazaña, dado su singular estilo de vida.
A un costado del féretro yacía una fotografía en blanco y negro junto a una veladora y algunos arreglos florales. Él hubiera querido que embalsamaran junto a su guitarra, su verdadero amor en la vida, ese viejo pedazo de madera roída por el tiempo que lo había acompañado fielmente durante una vida entera llena de todo tipo de excesos.
Empecé a tocar la guitarra por él. Aún recuerdo la primera vez que lo vi tocar de noche, a las afueras de un bar, sobre una banqueta inmunda junto a las putas que desfilaban cada noche en Sullivan. Estaba sentado en el piso, con la luz de neón pegándole de lleno en la cara mientras ejecutaba con maestría esos lascivos acordes que le salían tan bien, aquellas notas precisas que llenaban el espacio y cortaban por dentro, como un fiero cuchillo. La escena hubiera sido absolutamente lastimera de no ser por la manera en que se apoderaba de la atención de los transeúntes. Tocaba movido por la inercia, como poseído, con una lumbre que le quemaba las entrañas y lo hacía vomitar todo ese dolor acumulado durante tantos años, el mismo que terminó por matarlo una noche gris de otoño. Apenas y podía sostenerse. Se aferraba a su guitarra como si no tuviera otro punto de anclaje para mantenerse con vida. Su único mundo posible.
Quien lo conoció bien, cuenta que en los últimos años de su vida se convirtió en mejor músico, a pesar de estar medio loco y medio enfermo. Era como si su alma se hubiera despojado de todo peso y quedara ahí, expuesta, desnuda y sensible a todo. Sus arrebatos imbéciles fueron sustituidos por un diálogo cada vez más íntimo entre él y su guitarra. La fluidez de sus dedos resbalaba hipnóticamente por el diapasón, sin prisa, dándole a cada nota el tiempo necesario para respirar, al mismo tiempo que se desgarraba el alma cantando tristezas con su voz aguardientosa, áspera y titubeante, maldiciendo a las mujeres que lo ignoraron hasta el cansancio o simplemente no supieron quererlo de la manera en que él quería.
Lo había tenido todo y lo perdió todo. Así, nada más. La fama y el poco dinero que juntó en su juventud se escurrieron por el caño. Cuando supo que su esposa esperaba un hijo de otro, comenzó el anunciado final. Era el pretexto idóneo para materializar ese plan absurdo y autodestructivo que tenía en mente desde hacía años. Matarse lentamente, la respuesta a todos sus problemas. Se bebió todo lo que tenía, incluida la dignidad. Intentó suicidarse en un par de ocasiones, pero no lo consiguió. Era demasiado cobarde. No tenía la sangre fría como para atreverse a tanto. Siempre le faltaron güevos para dar el último paso, el definitivo, el que terminaría abriéndole de golpe las anheladas puertas de la inmortalidad. Terminó viejo y solitario, desecho por dentro con una cirrosis crónica que le aquejaba desde hacía años. Nadie se explicaba cómo pudo vivir tanto en semejantes condiciones.
Ahí estaba yo, recordando la vida de aquel hombre, quien había sido mi mentor, mi primer guía en ese fantástico descubrimiento de la guitarra cuando acorralado por la pobreza intentó dedicarse a la enseñanza de escolares durante un breve periodo de tiempo. Yo cursaba la preparatoria en aquel entonces. Tomé mis cosas y me marché. Fui a una de las tantas cantinas que frecuentaba casi a diario para escuchar sus viejas anécdotas. Pinche Humberto. Intenté curar mi ansiedad con un vaso de ron. Me acerqué a la rocola, saqué una moneda y puse una de sus canciones in memoriam, a manera de despedida. Las primeras notas me arrebataron un leve suspiro. Con su propia voz lloró su muerte.

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Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 6 febrero, 2014 en Cuentos y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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