La tierra prometida

 

Miren cabrones, ahí está el otro lado”, exclamó el chofer de la camioneta mientras veíamos como una fría e interminable línea de lámina roja delimitaba simétricamente dos mundos opuestos, contrastantes.
“Tan cerca y a la vez tan lejos”, me decía a mí mismo en voz baja mientras contemplaba los rostros sombríos de las otras personas que viajaban junto a nosotros, llenos de asombro y cansancio, con cierto aire de tristeza, luego del largo viaje que al parecer llegaría pronto a su fin.
El ambiente en la parte posterior de la camioneta cambió rápidamente. Por fin habíamos llegado a la frontera. El trato con el pollero estaba arreglado y saldríamos por la mañana, o al menos eso era lo que nos había dicho en un principio.
“Ya no hay marcha atrás”, pensaba mientras intentaba controlar las manos temblorosas y el viento helado del desierto nos cortaba la cara al caer la noche. Estábamos ahí, desprotegidos y vulnerables en ese lejano punto perdido del mapa. La incertidumbre era tan profunda como la noche misma.

—Tengo miedo— comentó Jorge, mi cuñado, quien apenas alcanzaba los veinte años de edad.
—Lo sé. Yo también— respondí sin saber qué contestar. Después de todo, él fue quien quiso venir hasta acá. Hubiera preferido que se quedara con María y la chiquita, pero lamentablemente ésta es la única forma de no morirnos de hambre. Si las cosas salen como nos contó Pepe y nos dan trabajo en la pizca de cebolla o en cualquier otro lugar, quizá hasta podamos hacernos con una camioneta en un par de añitos.
Sólo podíamos soñar y alentarnos a nosotros mismos para contrarrestar el miedo. Empezábamos a sentirnos solos, tan lejos de todo y de todos. Nos invadió una amarga nostalgia a pesar de que todavía no iniciábamos el recorrido final por el desierto. Sólo hasta ese momento comprendimos el riesgo que implicaba cruzar hacia los Estados Unidos. Podían pasar muchas cosas en el camino, la gente muere todos los días en lugares como estos sin que nadie se entere. Podría ser el hambre, la sed, el cansancio o ser detenidos por la migra en el menos peor de los casos.
Algunas lágrimas brotaron del señor que permanecía callado frente a mí. El cansancio era evidente en los ojos del resto de la gente que se encontraba nerviosa y con las piernas entumidas tras el largo y cansado trayecto de más de dos horas.
Por fin llegamos a una pequeña casa, ubicada en las afueras de Tijuana. Ahí descansaríamos un tiempo hasta que el pollero decidiera que era hora de partir. Así estuvimos un par de días, comiendo algunos sangüiches y tomando refrescos mientras pensábamos en nuestras familias. Éramos cerca de quince personas, entre las cuales había tres mujeres. Nadie hablaba mucho, con excepeción de un tal Ramón, a quien no le paraba el pico. Había personas de todo el país y algunos otros de Centroamérica. Todos parecíamos tener un rasgo común: habíamos dejado todo con tal de cumplir con la meta, con le esperanza de llegar allá en buenas condiciones y materializar el dichoso sueño americano.
Permanecimos ahí, ansiosos, intentando dormir en el suelo con algunas cobijas y chamarras encima para mitigar el frío.
—Es hora, nos vamos en la madrugada, por eso de las dos— comentó el pollero un par de días después de nuestro arribo a Tijuana.
Partimos en la noche. Estábamos cansados y mal dormidos, pero ni modo, teníamos que acoplarnos a las circunstancias. Pensé una vez más en María y la chiquita. Pensé en todos los días que había esperado este momento y el miedo que sentía ahora. Me costaba trabajo creer que todo fuera real.
Viajamos en camioneta hasta entrar a un camino de terracería. Al llegar a un pronunciado cerro lleno de huizaches, tuvimos que seguir a pie.
El pollero nos había dado algunas instrucciones antes de iniciar la aventura. Nos dijo que a unos diez kilómetros estaría otra camioneta esperándonos.
Miré a Jorge, quien ahora estaba ahí, convirtiéndose en hombre y jugándose la vida en medio del desierto.
—¿Listo?—, le pregunté mientras el muchacho asentía con la cabeza y los ojos vidriosos.
Iniciamos la caminata con problemas. La cerrada noche nos impedía ver por dónde pisábamos. Teníamos que caminar a ciegas y en silencio, mientras el pollero revisaba la ruta buscando algunas luces que indicaran la presencia de la Border Patrol. Seguimos la travesía hasta el amanecer. Me parecía que habíamos caminado 20 kilómetros después un par de horas después, pero el miedo empezó a hacer que el corazón se agitara violentamente, como si quisiera escapar del pecho. Tras un largo trecho andado, el pollero comentó que aún no íbamos ni a la mitad.
El sol empezaba a despuntar. Llevábamos algunas botellas de agua que poco a poco se fueron terminando mientras la boca se secaba con mayor rapidez. Una de las mujeres que iba con nosotros se quedó atrás. Algunos pidieron al pollero que esperara a la mujer pero no quiso, ya que según él. esperarla significaría poner en riesgo la vida de los demás. Algunos se quedaron con ella intentando que recobrara las fuerzas. Nunca volvimos a saber de ellos.
Entrada la mañana, con casi nueve horas de recorrido, los zapatos empezaban a lastimar las plantas de los pies. Las ampollas no me dejaban caminar bien. La arena del desierto es pegajosa. El sofocante calor empezaba a hacer estragos en nuestra fuerza de voluntad hasta que finalmente terminé por irme de frente contra el suelo, debido a una ligera insolación. Jorge me levantó y me dio lo poco que aún le quedaba de agua. Sabíamos que detenernos, significaría una muerte segura, perdidos y en medio del desierto.
—Shhhhht… cállense, creo que oí algo— comentó el pollero, quien detuvo la marcha intempestivamente mientras revisaba el terreno.
Permanecimos inmóviles y atentos a lo que pasaba a nuestro alrededor hasta que pasó la falsa alarma. Continuamos la larga caminata hasta que entrada la tarde, se alcanzaban a observar algunos pequeños edificios a lo lejos.
—Mira Francisco, Estados Unidos— sonrió mi cuñado al tiempo que me detuve para respirar un poco y descansar las piernas.
—Sí, por fin—, le contesté nada más para hacerlo sentir un poco mejor.
Nos escondimos atrás de unos huizaches llenos de espinas en donde el pollero nos prometió que volvería con la camioneta.
-No mames cabrón, tú nos prometiste que caminaríamos diez kilómetros y llevamos más de medio día y además de todo ¿piensas dejarnos aquí esperando mientras te largas por la camioneta?— repuso un tipo robusto y moreno mientras manoteaba violentamente frente al pollero.
Un disparo selló la conversación. Con la garganta seca, quedamos inmóviles, sorprendidos y aterrados. Era la migra. Cada uno salió corriendo a toda velocidad a través del accidentado terreno mientras los patrulleros daban órdenes por el altavoz que nadie alcanzaba a entender.
Me arrojé entre algunos arbustos rodeados de piedras para esconderme hasta que pasara el peligro. Empecé a llorar cuando me percaté de que había perdido a Jorge en la corretiza. Sonó otro disparo, acompañado de un grito. Miré a través de las ramas y alcancé a observar un cuerpo que rodaba como trapo cuesta abajo por la ladera hasta que finalmente quedó en el suelo, inerte, con un aire fúnebre y desolador, mientras un estrecho río carmesí comenzaba a escurrirle por la pierna hasta desembocar en un pequeño charco de sangre. Me dieron ganas de gritar, de salir de ahí corriendo, pero el temor me lo impidió. Permanecí quieto varias horas después de que se marcharon los patrulleros. El aire caliente asfixiaba. Solo me quedó un amargo y profundo sentimiento de soledad mientras permanecía escondido en medio de la nada, ahogado en remordimientos y culpas por no haber salido a buscar a Jorge.
Me duelen las piernas, pero no hay remedio. Estoy sediento y exhausto. La noche se avecina y no conozco el camino. ¿Qué habrá sido de Jorge? ¿Lo habrá agarrado la migra? ¿Estará ya en el otro lado? ¿Estará muerto? Pensé lo que le diría a María la próxima vez que hablara con ella y cómo le explicaría que había perdido a su hermano en una redada. Desde aquí, la tierra prometida aún se ve muy lejos.

::.

Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 9 febrero, 2014 en Cuentos. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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