Archivos Mensuales: marzo 2014

Todo lo demás será silencio

 

La libertad debe ser una de las tantas formas de locura: tan solitaria, tan imposible…

Para vivir en la miseria es necesario aferrarse a una promesa, aunque nunca se cumpla… algunos lo llaman esperanza.

Me pica el corazón. Mi problema es que amo demasiado. Y el amor duele.

Dicen que el descanso del suicida es la certeza de la nada. Yo no lo sé.

Llegará un día en que nadie se acuerde que pasé por aquí. Y mi voz se confundirá con el aire. Todo lo demás será silencio.

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Disertación en 35mm sobre el drama de vivir para escribir

A veces las cosas ocurren donde menos se espera. Eso es justo lo que me pasó en mi más reciente viaje en autobús, lugar donde suele ser poco común encontrar películas sobre temas literarios. Dos excelentes maneras de abordar el atormentado periplo de todo escritor en busca del texto perfecto para mitigar el dolor de vivir.

Una de las películas en especial, llamó poderosamente mi atención. Pese a pasar prácticamente inadvertida en los festivales y ceremonias de premios, Ruby Sparks (La chica de mis sueños, en español) es sencillamente una obra maestra. La historia gira en torno a un joven escritor con un bloqueo creativo. Su psicoanalista le recomienda describir a la mujer de sus sueños en una hoja de papel para destrabar el nudo emocional que lo mantiene creativo. Luego comienzan a suceder cosas extraordinarias. Los límites entre la ficción y la realidad comienzan a disiparse para convertirse en un espejo de nuestras obsesiones más profundas: el sueño de controlarlo todo, incluso el amor. El resultado es sorprendente. Con actuaciones sólidas (con un brillante Paul Delano en el papel protagónico), una bella fotografía y la dirección de la dupla conformada por Jonathan Dayton y Valerie Faris (quienes saltaron a la fama por Little Miss Sunshine), quizá lo más destacado de la cinta es el inteligente guión escrito por Zoe Kazan, la otra protagonista de la película, quien logra convertir una comedia de humor negro en un drama existencial sobre lo corrosivo que puede llegar a ser escribir la narrativa de nuestras propias vidas cuando se enfrenta a la soledad.

Algo similar ocurre en The Words (traducida en México con el poco creativo título de El Gran Secreto), un escritor sin suerte enfrenta un dilema moral tras plagiar una emotiva novela perdida de un escritor anónimo. La historia, protagonizada por Bradley Cooper, Jeremy Irons y Dennis Quaid, es una travesía por los duros callejones del alma y la manera en que la palabra impresa puede convertirse en un salvavidas emocional, el pretexto ideal para hundirse en el lodo o que el cinismo puede convertirse también en una forma de sobrellevar la culpa. Un drama sobrio que evita hacer una apología cursi sobre la moral. Este es, quizá, el mayor acierto de la mancuerna conformada Brian Klugman –Lee Sternthal (quienes trabajaron juntos en Tron: legacy) a la hora de explorar lo difícil que puede llegar a ser aprender a vivir con las consecuencias de nuestras acciones.

 

Florecer es abrirse al mundo

El despertar de las flores en un time lapse realizado por la fotógrafa Katka Pruskova, con más de 7,100 fotografías y 730 horas de trabajo. El resultado es sorprendente.

El cerebro indoloro

 

El cerebro no siente dolor. Y sin embargo, administra y procesa el dolor de todo el cuerpo mediante señales que van y vienen por el sistema nervioso.  Es inmune al dolor y al mismo tiempo lo reparte a todo el organismo. Supongo que siempre es así. Los dispensadores de la desgracia ajena suelen vivir impunes a las leyes del hombre. Las víboras son inmunes a su propio veneno. Pero nadie escapa a la rueda de la vida. Uno siempre recibe lo que da. Es lo que todos quisiéramos pensar.

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Prohibido

 

Prohibido tocar

en este mundo

de prohibiciones,

prohibido mirar

sin permiso,

prohibido soñar,

prohibido decidir

y levantar la mano

prohibido ser feliz

prohibido ser yo

prohibido ser yo

prohibido ser yo

solo está permitido

asentir frente

a la desgracia

y poner “buena cara”

elegir el modo en que

habrán de desollarnos el alma,

prohibido llorar

prohibido reír

prohibido sentir

en este reino

de lo prohibido

donde solo se permite

la resignación y la tristeza,

las angustias largas,

prohibido gritar

prohibido el amor

prohibido morir

prohibido vivir

prohibido mirarse

para dentro,

prohibido enloquecer,

prohibir, prohibir,

el verbo predilecto

de nuestros captores

y las reglas de este juego

prohibido decir

prohibido pensar

prohibido hacer erupción

prohibido volar

prohibida la memoria

y la alegría

a manos llenas,

pero nunca prohibida

la censura ni el despojo,

el nudo en la lengua y

los lugares comúnes,

las personas huecas,

la estupidez como único

credo posible

o la mierda oficialista,

prohibido el cuerpo

prohibida el alma

prohibido comer

prohibido beber

prohibido arriesgarse

prohibido besar

prohibido leer

prohibida la esperanza

prohibido crecer

prohibido arrojarse de bruces

sobre las vías del metro,

prohibida mi boca

prohibido mi vientre

prohibido mi pelo

prohibida mi verga,

todo prohibido

en esta crónica

de mutilaciones

y éxodo forzado,

prohibida libertad

cuando se condiciona al espíritu

y se educa para la obediencia,

prohibido yo

prohibido ser yo

prohibido imaginarte desnuda

o inventar el Edén

que nos fue prohibido,

todo prohibido

en este mar

de inhibiciones…

todo está prohibido.

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Atardecer a orillas del mundo

 

Y de pronto

se apagó el sol,

como una naranja

con destellos guindas

en una extensa llanura

bañada por la sombra,

insinuaciones manantiales

y una tenue cordillera

emanada de la bruma.

 

Todos mis recuerdos

se erosionaron

en el descenso

y el calor se hizo frío

y la distancia se hizo

más próxima.

 

Un tajo marrón

encendió el horizonte

para dividir la oscuridad

en dos,

la del cielo y la tierra.

 

Mengua la luz

en la voracidad

de la noche que se levanta.

 

La ciudad simula ser

una galaxia terrestre,

una constelación eléctrica

buscando llenar el vacío

que dejó la tiniebla.

 

En cada estrella de luz opaca

habita el silencio,

un ácido  invisible que se ramifica

por el subsuelo

y escupe sangre.

 

Mañana brotará

otro fuego

desde el oriente

para iluminar al mundo

en el tibio resplandor

de la hierba.

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Banco Mundial: del control de las finanzas globales a la gestión de la verdad

Las acusaciones de la exabogada del Banco Mundial, Karen Hudes, sobre la manera en que dicha institución ejerce un control casi absoluto de muchos países a través de la deuda y otros mecanismos financieros, es digna de llamar la atención. Sin embargo, esto no ha sido razón suficiente para que las fuertes declaraciones de Hudes hayan encontrado un eco en los medios tradicionales, salvo en algunas emisiones televisivas afines al actual gobierno ruso (en lo que parece ser la secuela de la Guerra Fría). Nuevamente revive la fábula orwelliana. Resulta casi imposible verificar las acusaciones de Hudes cuando nuestros referentes de lo que significa “información oficial” son administrados por la parte acusada. Es así como se construye la paradoja del Panóptico de Bentham al que hace referencia mIchel Foucault a la hora de explicar los mecanismos a través de los cuales el poder en turno vigila y castiga sin siquiera ser percibido. Y eso es quizá, lo más aterrador del asunto: la manera en que los grupos encumbrados en el poder tienen la capacidad de controlar el sistema de creencias sobre el que se articula nuestra delimitada noción de la verdad y todo lo que esto implica. El terror de Orwell terminó convertido en nuestra realidad de todos los días. ¿Cómo resolver el problema? Evidenciando la manera en que operan nuestros celadores para despojarlos de su umbría máscara. Tomar conciencia de quiénes y para quiénes gobiernan los que gobiernan en el mundo implica reconstruir los equilibrios de poder hoy vigentes. La eterna batalla por la verdad.

Rededores de la muerte

Sé pronunciar

el dolor

para no

enunciar la muerte.

 

He aprendido

a sacarme los ojos

y vaciarme los oídos

para no matar con la lengua.

 

Y a pesar de todo,

muero en los rededores

de la cándida luz

que se cuela por mi ventana.

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Los gemidos de la luna

 

Todas las luces

se apagaron

en los gemidos

de la luna,

y estalló

la soledad

en el intermedio

de la noche etérea,

un soplo de muerte,

un murmullo meciendo

las ramas de los árboles,

una cruz de hierro

bajo el brazo

lastimando la entrepierna,

soliloquio de tempestades,

ataúd primero

donde pude adivinar

el signo de la muerte

salpicando el sueño

de los vivos,

intermitencias de la noche

cabalgando el precipicio.

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Solo quiero convertirme en el recuerdo de mi sombra

 

Beber es siempre

dejar que la bestia

ronde sola

por los roídos corredores

del alma,

es una dolencia

que se alarga toda la vida,

es mi alimento cotidiano,

un murmullo

una herida

una cuchillada silenciosa

que suspira

en la interminable noche,

es devorarse por dentro,

es irse convirtiendo

en un agujero

que florece

en el dolorido panteón

de los sueños,

es morderse el corazón

a media noche,

una herida abierta,

un cerro de carne inerte,

un silencio largo

que repite mi nombre

en el aullar de la penumbra,

gemido mortal

que corta los tendones

del habla,

es la soledad saciando su

nutrida sed de venganza,

es un llamado de auxilio,

un ahogado a orillas del mar

con la sal atorada en la garganta

y el desamor

claudicando entre las olas,

es un pacto homicida

sin retorno,

solo vestigios

de un alma dolorida,

gélido aliento de la muerte,

el victimario deseo

del cuchillo

siempre dispuesto

a lastimar…

la desnudez del sufrimiento

es una lumbre

que muerde

y habita todos los silencios

toda la sangre

que no ha sido derramada

en este vertedero

de ausencias,

esta sed

de estrangularse

y morir poco a poco,

y disminuirse

y acuartelarse y mutilarse,

degradarse

como las sombras

de la noche

entre las primeras

luces del alba,

umbrío recuerdo

de lo que nunca fue.

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Vacío elemental

 

Siento un vacío, elemental,
como el espacio que existe
entre los electrones y el núcleo
de un átomo,
la distancia entre mi desvelo
y el ancho de la calle,
tu sueño secuestrado por Morfeo
es una insinuación de pérdida,
un hueco de gravedad cero
que lo traga todo,
negrura etérea,
ábside submarino,
nadería crepuscular
donde se apagan las estrellas,
tengo una coordillera
en el pecho,
un tajo a cielo abierto
con anhelos de cicatriz,
un corazón lleno de parches
convertido en alfiletero,
en muñeca vudú,
una combustión estelar
donde se tuerce el tiempo
y revienta la sombra a contraluz.

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La estética del lenguaje y el sentimiento de la poesía, según Borges

“La luna es el espejo del tiempo”.
Metáfora persa

“El lenguaje es una creación estética”, afirma Jorge Luis Borges al explorar aquello que construye la belleza de lo poético en una de las célebres conferencias dictadas en el Teatro Coliseo de Buenos Aires en 1977 y recogidas en el libro Siete noches. “La poesía es algo que se siente”, agrega. Un deleite escuchar de viva voz al legendario genio argentino hablar sobre el fenómeno poético, esa misteriosa fuerza del lenguaje capaz de reinventar la realidad, la belleza y la verdad a través de las palabras.

La boda fantasma

 

Hugo no podía recordar el día de su boda. Ni siquiera podía recordar el nombre de su primera esposa. Se sentía angustiado. ¿Cómo era posible que no pudiera recordar un hecho tan trascendente? Era cómo encarnar un sueño difuminado entre la memoria y el tiempo. Las imágenes de aquel día comenzaron a brotar con cierta claridad desde las profundidades de su subconsciente. Apenas unos flashazos, borrosas postales que aparecían intempestivas dentro de su cabeza. No podía recordar con exactitud aquel día, pero conforme iba reconstruyendo la escena pieza por pieza, todo empezaba a tomar forma. La imagen se volvía cada vez más real, como real era ese extraño sentimiento de descubrir un episodio extraviado de su propia vida, y que sin embargo, no parecía tener conexión alguna con el resto de sus días. Algo no encajaba. Y sin embargo, nunca dudó de la veracidad de aquellas imágenes. La sensación era real. ¿Habría sido tan solo un sueño? Finalmente despertó. Se sentía aturdido pero hizo un esfuerzo por recordar aquel día. Se vio a sí mismo más joven, de unos veintidós años, con el cabello corto y la cara afeitada. Apenas y podía reconocerse en medio de aquel jardín, mientras aquella bella mujer con el vestido de novia, varios años mayor que él, discutía con sus padres. Una postal tan vívida, tan palpable, que le costaba trabajo pensar que nada de eso hubiera sido pasado. Volvió a tener esa extraña certeza de que todo terminaría por irse al carajo, como si se tratara de un deja vú. No podía explicar si el recuerdo de aquella soleada mañana en un jardín de Cuernavaca emergía repentinamente de su memoria o si todo era producto de su imaginación. Cualquiera de las dos posibilidades lo angustiaba. No poder recordar una parte de su vida o tener síntomas de esquizofrenia. Ser incapaz de distinguir la realidad y un sueño diluido. Esa era su manera de visualizar ese día lejano y remoto al que era arrojado en los resquicios de su propia mente, conducido por un vago sentimiento de desasosiego al que se aferraba con insistencia para escarbar en su memoria y encontrar respuestas. Trataba de recordar el nombre de la novia. Aurora… ¿Fernández? Quiso llamar a su madre para corroborar la hipótesis. Comenzó a marcar los números del teléfono pero no quiso asustar a su madre con preguntas extrañas que le harían sospechar que su hijo había perdido la razón. Colgó el teléfono. Decidió buscar el nombre de aquella mujer en lo que alguna vez fue Facebook. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo al descubrir que la tenía agregada entre sus amigos. Le sorprendió no haberse percatado que la tenía entre sus contactos desde hace tiempo. No recordaba haber tenido trato alguno con aquella mujer. ¿La habría bloqueado? Una fotografía de claroscuros en blanco y negro fue suficiente para reconstruir su rostro a detalle: sus ojos felinos color aceituna, su rostro afilado, su cabello castaño tenuemente recogido, su cuello alargado, su boca entreabierta y mortal. Fue como ver un fantasma. Buscó alguna pista en el perfil de la mujer, pero no pasó mucho tiempo para que descubriera que se trataba de una cuenta abandonada. Los últimos rastros de actividad databan del 2011. Catorce años después, nada de esto parecía tener sentido. ¿Por qué la tenía agregada? ¿Quién era ella? ¿Dónde se habían conocido? ¿Por qué era incapaz de recordarla?

Se puso los zapatos para evitar el frío tacto del piso y se dirigió al baño. Estaba aturdido, desorientado. Abrió la llave del lavabo y se echó agua sobre el rostro. Se miró al espejo y vio cómo las gotas de agua le escurrían por toda cara. Todo era tan absurdo. Se miró fijamente, directo a los ojos, buscando respuestas a sus propias preguntas para así desentrañar la ficción o el pasado. Extendió su mano derecha hasta tocar su rostro en el reflejo del espejo para asirse a algo o para no sentirse abandonado a su suerte, solo y confundido.

Se dirigió a la cocina y prendió la cafetera. Los minutos se evaporaron rápidamente mientras hacía un esfuerzo por entender. ¿Entender qué? Era la pregunta que más le angustiaba. Las manos le temblaban ligeramente mientras permanecía absorto en sus propios pensamientos. “Fue solo un sueño”, se repetía a sí mismo para tratar de calmarse. ¿Y el perfil de Facebook? ¿También había sido un sueño? ¿Bibiana Fernández era real? Tenía una extraña sensación de que el recuerdo de su boda era verdadero, pero no podía explicarlo. Las imágenes del jardín irrumpían de nueva cuenta en su cabeza. Ahí estaba él, con su traje gris claro, esperando al fotógrafo que aún no llegaba. Ahí estaba su familia, su madre, sus hermanas, sus tíos y algunos primos, todos sentados sobre las sillas de una gran carpa, callados, con los rostros alargados, presagiando el anunciado final de algo que no terminaba por materializarse. Ahí estaba ella, nerviosa, con sus penetrantes ojos color aceituna viéndolo de frente mientras sus dedos alargados se aferraban a la copa de vino blanco para ocultar el llanto que le ahogaba detrás de aquella máscara de maquillaje. Todo era tan nítido. Le costaba trabajo pensar que pudiera imaginar aquella escena con tal lujo de detalle.

Veintidós años. ¿Qué era de su vida en aquel entonces? Miró en su pasado para encontrar alguna pista para desentrañar el misterio. Recordó los días en que asisitía con regularidad a la escuela de leyes y bebía como desesperado cada fin de semana en compañía de sus amigos, con quienes tejía, trago a trago, aquellas desventuras que sólo son posibles bajo el resguardo de la noche, en esa fiebre insaciable propia de la juventud. Por aquel tiempo, Maldonado vivía en un pequeño cuarto de azotea en la colonia Narvarte, el cual pertenecía a unos amigos de la infancia, quienes no le cobraban alquiler. Trabajaba como becario por las tardes en un despacho de abogados para ganarse la vida luego de que su padrastro lo corriera de casa. Por aquellos días apenas y tenía dinero para comer, ir al cine una vez por semana y tomarse un par de cervezas con los amigos de la escuela. Ninguna boda parecía encajar en el rompecabezas. El humo de la cafetera lo despertó de su letargo. Se sirvió una taza de café bien cargado, le dio algunos soplos y se la bebió en pocos minutos. Conforme iba adentrándose en su rutina diaria, la idea de una supuesta boda en sus años de mozos parecía cada vez más descabellada. El compromiso no era lo suyo. Nunca lo fue. La manera en que Gabriela lo abandonó para irse con otro parecía confirmar su teoría. Se sintió estúpido por dejar que un tonto sueño le robara la calma aquella nublada mañana de domingo. Encendió el televisor y se recostó sobre el sofá, mirando el techo durante un largo rato. Se sentía pesado. La angustia que le provocó el recuerdo de una boda inexistente lo tenía exhausto. Cuando miró el reloj no podía creer lo rápido que habían transcurrido las horas. Ya casi era hora de comer. Había quedado en comer con su madre antes de ir a casa de Fabiola y pasar la noche viendo películas.

Ni siquiera se duchó. Se miró las profundas ojeras negras y se dio un par de palmadas en las mejillas antes de tomar el abrigo y salir con rumbo a casa de su madre. En el trayecto no podía evitar pensar en Aurora. Había algo en su rostro que le intrigaba. Mientras miraba por la ventana del autobús, se imaginaba cómo hubiera sido su vida al lado de una mujer como Aurora.

La comida estaba casi lista cuando llegó a casa de su madre. La anciana notó de inmediato el tono melancólico de su hijo.

—¿Qué tienes?— preguntó la madre.

—Nada. Solo un sueño raro que tuve hoy por la mañana, que me dejó pensando— respondió.

La madre parecía no prestarle demasiada importancia al tema pero pidió a su hijo que le contara aquel extraño sueño que lo tenía tan apesadumbrado. Le pareció divertido imaginar a su hijo el día de su boda. Una fantasía a la cual había renunciado hace tiempo, ante la incapacidad de su hijo a mantener una relación seria con alguna muchacha que valiera la pena.

Hugo describió la escena del jardín, la copa de vino, los ojos verdes de su novia vestida de blanco.

—Su nombre era Aurora— dijo.

El rostro de su madre se endureció de manera instantánea, como si invocara a un demonio. Hugo notó el cambio repentino en la actitud de su madre.

—¿Qué pasa?— preguntó.

—¿Cómo es posible que no te acuerdes?— dijo la madre con la voz entumecida.

Se quedó congelado. Los ojos de su madre empezaban a llenarse de lágrimas. No entendía nada. La inquietud que sintió por la mañana se apoderó de su cuerpo una vez más. El vértigo de una certeza terrible hizo que su corazón se detuviera un instante.

—¿Acordarme de qué?— preguntó irritado.

— El aborto y todo eso…

Sintió que un cuchillo lo atravesaba por la mitad. Una puerta se abrió de pronto en el confuso laberinto de la memoria y sin embargo, no podía recordar los detalles. Apenas unas vagas insinuaciones. Borrosas estampas que se desplegaban en desorden frente a sus ojos. Lo había bloqueado por completo. No podía recordar. Quizá hubiera sido mejor dejarlo así. Ahora se sentía culpable y no lo podía evitar. Los recuerdos sumergidos comenzaban a salir a la superficie. La boda nunca existió pero las sensaciones, los personajes… todo fue real. Se sintió miserable. Hay cosas que es mejor dejarlas enterradas para siempre.

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