La boda fantasma

 

Hugo no podía recordar el día de su boda. Ni siquiera podía recordar el nombre de su primera esposa. Se sentía angustiado. ¿Cómo era posible que no pudiera recordar un hecho tan trascendente? Era cómo encarnar un sueño difuminado entre la memoria y el tiempo. Las imágenes de aquel día comenzaron a brotar con cierta claridad desde las profundidades de su subconsciente. Apenas unos flashazos, borrosas postales que aparecían intempestivas dentro de su cabeza. No podía recordar con exactitud aquel día, pero conforme iba reconstruyendo la escena pieza por pieza, todo empezaba a tomar forma. La imagen se volvía cada vez más real, como real era ese extraño sentimiento de descubrir un episodio extraviado de su propia vida, y que sin embargo, no parecía tener conexión alguna con el resto de sus días. Algo no encajaba. Y sin embargo, nunca dudó de la veracidad de aquellas imágenes. La sensación era real. ¿Habría sido tan solo un sueño? Finalmente despertó. Se sentía aturdido pero hizo un esfuerzo por recordar aquel día. Se vio a sí mismo más joven, de unos veintidós años, con el cabello corto y la cara afeitada. Apenas y podía reconocerse en medio de aquel jardín, mientras aquella bella mujer con el vestido de novia, varios años mayor que él, discutía con sus padres. Una postal tan vívida, tan palpable, que le costaba trabajo pensar que nada de eso hubiera sido pasado. Volvió a tener esa extraña certeza de que todo terminaría por irse al carajo, como si se tratara de un deja vú. No podía explicar si el recuerdo de aquella soleada mañana en un jardín de Cuernavaca emergía repentinamente de su memoria o si todo era producto de su imaginación. Cualquiera de las dos posibilidades lo angustiaba. No poder recordar una parte de su vida o tener síntomas de esquizofrenia. Ser incapaz de distinguir la realidad y un sueño diluido. Esa era su manera de visualizar ese día lejano y remoto al que era arrojado en los resquicios de su propia mente, conducido por un vago sentimiento de desasosiego al que se aferraba con insistencia para escarbar en su memoria y encontrar respuestas. Trataba de recordar el nombre de la novia. Aurora… ¿Fernández? Quiso llamar a su madre para corroborar la hipótesis. Comenzó a marcar los números del teléfono pero no quiso asustar a su madre con preguntas extrañas que le harían sospechar que su hijo había perdido la razón. Colgó el teléfono. Decidió buscar el nombre de aquella mujer en lo que alguna vez fue Facebook. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo al descubrir que la tenía agregada entre sus amigos. Le sorprendió no haberse percatado que la tenía entre sus contactos desde hace tiempo. No recordaba haber tenido trato alguno con aquella mujer. ¿La habría bloqueado? Una fotografía de claroscuros en blanco y negro fue suficiente para reconstruir su rostro a detalle: sus ojos felinos color aceituna, su rostro afilado, su cabello castaño tenuemente recogido, su cuello alargado, su boca entreabierta y mortal. Fue como ver un fantasma. Buscó alguna pista en el perfil de la mujer, pero no pasó mucho tiempo para que descubriera que se trataba de una cuenta abandonada. Los últimos rastros de actividad databan del 2011. Catorce años después, nada de esto parecía tener sentido. ¿Por qué la tenía agregada? ¿Quién era ella? ¿Dónde se habían conocido? ¿Por qué era incapaz de recordarla?

Se puso los zapatos para evitar el frío tacto del piso y se dirigió al baño. Estaba aturdido, desorientado. Abrió la llave del lavabo y se echó agua sobre el rostro. Se miró al espejo y vio cómo las gotas de agua le escurrían por toda cara. Todo era tan absurdo. Se miró fijamente, directo a los ojos, buscando respuestas a sus propias preguntas para así desentrañar la ficción o el pasado. Extendió su mano derecha hasta tocar su rostro en el reflejo del espejo para asirse a algo o para no sentirse abandonado a su suerte, solo y confundido.

Se dirigió a la cocina y prendió la cafetera. Los minutos se evaporaron rápidamente mientras hacía un esfuerzo por entender. ¿Entender qué? Era la pregunta que más le angustiaba. Las manos le temblaban ligeramente mientras permanecía absorto en sus propios pensamientos. “Fue solo un sueño”, se repetía a sí mismo para tratar de calmarse. ¿Y el perfil de Facebook? ¿También había sido un sueño? ¿Bibiana Fernández era real? Tenía una extraña sensación de que el recuerdo de su boda era verdadero, pero no podía explicarlo. Las imágenes del jardín irrumpían de nueva cuenta en su cabeza. Ahí estaba él, con su traje gris claro, esperando al fotógrafo que aún no llegaba. Ahí estaba su familia, su madre, sus hermanas, sus tíos y algunos primos, todos sentados sobre las sillas de una gran carpa, callados, con los rostros alargados, presagiando el anunciado final de algo que no terminaba por materializarse. Ahí estaba ella, nerviosa, con sus penetrantes ojos color aceituna viéndolo de frente mientras sus dedos alargados se aferraban a la copa de vino blanco para ocultar el llanto que le ahogaba detrás de aquella máscara de maquillaje. Todo era tan nítido. Le costaba trabajo pensar que pudiera imaginar aquella escena con tal lujo de detalle.

Veintidós años. ¿Qué era de su vida en aquel entonces? Miró en su pasado para encontrar alguna pista para desentrañar el misterio. Recordó los días en que asisitía con regularidad a la escuela de leyes y bebía como desesperado cada fin de semana en compañía de sus amigos, con quienes tejía, trago a trago, aquellas desventuras que sólo son posibles bajo el resguardo de la noche, en esa fiebre insaciable propia de la juventud. Por aquel tiempo, Maldonado vivía en un pequeño cuarto de azotea en la colonia Narvarte, el cual pertenecía a unos amigos de la infancia, quienes no le cobraban alquiler. Trabajaba como becario por las tardes en un despacho de abogados para ganarse la vida luego de que su padrastro lo corriera de casa. Por aquellos días apenas y tenía dinero para comer, ir al cine una vez por semana y tomarse un par de cervezas con los amigos de la escuela. Ninguna boda parecía encajar en el rompecabezas. El humo de la cafetera lo despertó de su letargo. Se sirvió una taza de café bien cargado, le dio algunos soplos y se la bebió en pocos minutos. Conforme iba adentrándose en su rutina diaria, la idea de una supuesta boda en sus años de mozos parecía cada vez más descabellada. El compromiso no era lo suyo. Nunca lo fue. La manera en que Gabriela lo abandonó para irse con otro parecía confirmar su teoría. Se sintió estúpido por dejar que un tonto sueño le robara la calma aquella nublada mañana de domingo. Encendió el televisor y se recostó sobre el sofá, mirando el techo durante un largo rato. Se sentía pesado. La angustia que le provocó el recuerdo de una boda inexistente lo tenía exhausto. Cuando miró el reloj no podía creer lo rápido que habían transcurrido las horas. Ya casi era hora de comer. Había quedado en comer con su madre antes de ir a casa de Fabiola y pasar la noche viendo películas.

Ni siquiera se duchó. Se miró las profundas ojeras negras y se dio un par de palmadas en las mejillas antes de tomar el abrigo y salir con rumbo a casa de su madre. En el trayecto no podía evitar pensar en Aurora. Había algo en su rostro que le intrigaba. Mientras miraba por la ventana del autobús, se imaginaba cómo hubiera sido su vida al lado de una mujer como Aurora.

La comida estaba casi lista cuando llegó a casa de su madre. La anciana notó de inmediato el tono melancólico de su hijo.

—¿Qué tienes?— preguntó la madre.

—Nada. Solo un sueño raro que tuve hoy por la mañana, que me dejó pensando— respondió.

La madre parecía no prestarle demasiada importancia al tema pero pidió a su hijo que le contara aquel extraño sueño que lo tenía tan apesadumbrado. Le pareció divertido imaginar a su hijo el día de su boda. Una fantasía a la cual había renunciado hace tiempo, ante la incapacidad de su hijo a mantener una relación seria con alguna muchacha que valiera la pena.

Hugo describió la escena del jardín, la copa de vino, los ojos verdes de su novia vestida de blanco.

—Su nombre era Aurora— dijo.

El rostro de su madre se endureció de manera instantánea, como si invocara a un demonio. Hugo notó el cambio repentino en la actitud de su madre.

—¿Qué pasa?— preguntó.

—¿Cómo es posible que no te acuerdes?— dijo la madre con la voz entumecida.

Se quedó congelado. Los ojos de su madre empezaban a llenarse de lágrimas. No entendía nada. La inquietud que sintió por la mañana se apoderó de su cuerpo una vez más. El vértigo de una certeza terrible hizo que su corazón se detuviera un instante.

—¿Acordarme de qué?— preguntó irritado.

— El aborto y todo eso…

Sintió que un cuchillo lo atravesaba por la mitad. Una puerta se abrió de pronto en el confuso laberinto de la memoria y sin embargo, no podía recordar los detalles. Apenas unas vagas insinuaciones. Borrosas estampas que se desplegaban en desorden frente a sus ojos. Lo había bloqueado por completo. No podía recordar. Quizá hubiera sido mejor dejarlo así. Ahora se sentía culpable y no lo podía evitar. Los recuerdos sumergidos comenzaban a salir a la superficie. La boda nunca existió pero las sensaciones, los personajes… todo fue real. Se sintió miserable. Hay cosas que es mejor dejarlas enterradas para siempre.

::.

Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 2 marzo, 2014 en Cuentos. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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