La etílica fiebre pambolera de Gucho

El plan era tan descabellado que podría funcionar. Beber cerveza hasta lograr el sueño de ir al Mundial de futbol en Brasil.  Estaba dispuesto a todo, a beberse el hígado si fuera necesario. La sugerente publicidad cervecera surtió un efecto esperanzador en él. Había ahorrado dinero con perseverancia durante dos años para acudir puntual a su cita en Brasil. Nadie pudo prever que unos meses antes de acabar el año perdería su trabajo. El dinero que juntó se fue por la coladera en un parpadeo. Los gastos empezaron a ahorcarlo. El teléfono, el alquiler, el transporte, la comida… todos le parecían gastos superficiales comparados con el goce inconmesurable de asistir al Mundial. Pero cuando el hambre aprieta y la comida del refrigerador comienza a escasear, la perspectiva de las cosas suele cambiar un poco. Aunque comprendió que en la vida existen necesidades más inmediatas que el fútbol, la pronta resignación nunca llegó. Se imaginaba ebrio en las playas de Copacabana junto a una espectacular brasileña de carnaval y todos los clichés posibles gracias a la magia de la televisión. Decidió encomendarse a un milagro: el milagro del marketing en la víspera mundialista. La revelación se produjo en la jornada tres del torneo de clausura del balompié nacional, durante el medio tiempo de un somnífero encuentro entre Chivas y Puebla. En un anuncio de televisión, una afamada cervecería que en otros tiempos había sido motivo del orgullo nacional y que había sido recientemente vendida a una empresa belga, prometía llevar a miles de aficionados a la fiesta mundialista con la única consigna de juntar las tapas marcadas y salir sorteado. De inmediato supo que el llamado era para él. Era justo lo que necesitaba. Beber hasta la perdición para cumplir su sueño mundialista.

Gucho emprendió la aventura un domingo de fiebre pambolera. Se levantó del sillón para buscar la cartera. El dinero en su interior no era mucho pero sí el suficiente para emprender la aventura. Bajó con la desesperación típica de un aficionado cuyo equipo es asediado por la escuadra rival en los últimos minutos de un encuentro de vida o muerte en la lucha por el no descenso. Recorrió dos cuadras hasta llegar a la tienda. Llegó exhausto. El aire le faltaba pero eso no le impidió comprar cinco caguamas. Por un breve momento, trató de convencerse de que su plan era una estupidez, pero un gol tempranero en el segundo tiempo proyectado en el televisor de la tienda borró definitivamente cualquier rastro de prudencia. Regresó a casa entusiasmado. Metió las botellas de cerveza al refrigerador y destapó la primera. Se bebió la mitad de un solo jalón. Acorralado por el calor infernal de recorrer dos cuadras, el refrescante y helado sorbo de su dorada chela le supo a gloria. El éxtasis fue tal, que Incluso olvidó constatar si la corcholata estaba marcada con la clave que habría de registrar a través de internet. Se sintió aliviado al ver el código HX79G3 al reverso de la tapa. Tomó el resto de su cerveza sentado en el sillón, haciendo cuentas de cuánta cerveza necesitaría consumir semanalmente para asegurar su boleto a Brasil. Si hacía un esfuerzo considerable y se bebía al menos tres caguamas al día, tan solo en un mes conseguiría chuparse noventa y tantas chelas. El proyecto resultó por demás estimulante. La inercia se encargó del resto.

A los pocos días consiguió un empleo como supervisor de un call center. La remuneración no era mucha pero sí la suficiente para garantizar el necesario suministro de alcohol. Como desperdiciaba toda la mañana trabajando, se bebía religiosamente sus tres caguamas en el transcurso de la tarde-noche. Al término de cada extenuante jornada de mareos embrutecedores y anhelos pamboleros, Gucho se iba a dormir aliviado y con la conciencia tranquila de que había hecho todo lo posible por materializar su sueño. Con el paso de los días fue adquiriendo condición para el trago mientras se le iba hinchando la barriga. Sus amigos notaron el cambio físico que experimentaba Gucho con su peculiar proyecto. Algunos de ellos decidieron ayudarlo con la esperanza de que aquel cerro de corcholatas que había logrado juntar el pinche Gucho con el paso de las semanas, los hiciera merecedores de ocupar el puesto de acompañante en el viaje todo pagado a Brasil que continuamente prometía la cervecería durante el resumen televisivo de la jornada futbolera, justo después de que se transmitiera una no tan breve cápsula con las últimas adecuaciones realizadas por el ‘Piojo’ Herrera en el dibujo táctico de la decepción nacional. Los fines de semana se hicieron demoledores. Las botellas vacías se iban acumulando en la cocina de manera exponencial, con música a todo volumen de fondo y efervescentes discusiones filosóficas de gran calado para dilucidar quién de los dos, Messi o Cristiano Ronaldo, debía hacerse acreedor al título de mejor jugador del planeta. La necedad podía alcanzar niveles de insensatez extraordinarios. En alguna ocasión, el Calaco, uno de sus mejores amigos, afirmó con una certeza absoluta que el único equipo capaz de vencer al Barcelona de Pep Guardiola era el América de Zague, aquel equipo con el que los americanistas revivían en sus mentes la gloria ochentera. Una declaración infame que solo un seguidor recalcitrante del americanismo podría enunciar. Tal disparate desató una epidemia de carcajadas que duró semanas. El Botarga incluso estuvo punto de echar cerveza por la nariz con la aberrante y descomunal afirmación del Calaco. Así pasaban todos los fines de semana, repasando los videos en YouTube con las mejores jugadas de Zidane y Ronaldo en sus buenos tiempos. A menudo, aquellas extenuantes jornadas de vicio y cruda pambolera terminaban con una o más personas tendidas sobre el suelo o desparramados en el sofá de la estancia, con ocasionales espasmos de expulsión chelera por la vía oral. Aquello era un desastre. Vasos por toda la estancia, algunos con colillas de cigarro dentro, charcos pegajosos en el piso, muebles desvencijados hechos pedazos y hasta una ventana rota. Eso no impedía que aquella cuadrilla de ebrios se levantaran a las doce del día para ir por una pancita bien condimentada al mercado de los domingos y sudar la cruda armando la reta en el polvorín donde se juntaba la banda para echar patadas emulando a sus ídolos. Por supuesto, el final de la reta era coronada por una obligada tanda de chelas. El resultado no importaba. Sí ganaban, celebrarían el triunfo chupando. Sí perdían, había que curar las penas con unas frías. Nunca sobran justificaciones para conectar la peda. El plan comenzaba a desdibujarse. Ya nadie se acordaba de juntar las corcholatas marcadas y mucho menos registrarlas en internet como los cánones del merchandasing ordenaban.

La víspera mundialista se evaporó en un parpadeo. Cuando Gucho recordó que tenía un cerro de tapas marcadas era demasiado tarde. La promoción había expirado. El sueño mundialista se derrumbaba ante sus ojos. Ya no bailaría samba junto a las hermosas mulatas en las coloradas arenas de Copacabana. Se sintió como un completo imbécil. El plan fracasó estrepitosamente. Los lunes de faltar al trabajo, sus pocos ingresos invertidos en cerveza. Todo fue en vano. La cuenta regresiva llegó a su fin. La fiesta mundialista inició con una espectacular celebración. Un festín de colores y música afroamericana aderezada con nostalgia futbolera. Se deprimió profundamente. Pero había que recobrar el ánimo lo antes posible. El Tri necesitaría toda la ayuda posible para realizar una hazaña luego de una desastrosa eliminatoria. Los amigos de Gucho quedaron de reunirse en casa para ver el partido de México ante Camerún. El Calaco tenía un buen presentimiento. El hecho de que el Piojo Herrera hubiera llegado al Mundial con un América reforzado debía interpretarse como un buen presagio. Un chicharrón le cayó en el ojo. El árbitro pitó el inicio del encuentro. Las emociones fueron pocas, pero llenas de intensidad. Un par de disparos a puerta y una salvada del portero impidieron que el Tri se pusiera al frente. Luego vino la mala suerte. El gol de los africanos vino acompañado de un silencio espeso. Todos voltearon a ver al Calaco. Otra fritura le dio en la cara. La tensión se alargaba conforme iban transcurriendo los minutos. Una derrota en el partido inicial significaba una eliminación segura. El equipo no se encontraba sobre el terreno de juego. Mucha entrega acompañada de muchas imprecisiones hacían mella. Las mentadas de madre comenzaban a subir de tono. Y de pronto el milagro. Un gol de último minuto de los mexicanos hizo que el entrenador nacional reviviera sus viejas glorias de súper sayayin. El grito de gol se regó por las calles de todo el país. El golazo del “Horrible” Peralta prendió la mecha. Fin del partido. Un empate con sabor a triunfo.

“Les dije que tenía un buen presentimiento”, afemía el Calaco. La euforia era total. Gucho decidió que aquella cardíaca igualada era digna de celebrarse en el Ángel de la Independencia. Varios miles de aficionados pensaban lo mismo. El resultado es irrelevante para justificar la fiesta. Aquello era una fiesta atípica por un empate. Gucho y su once titular llegaron a la glorieta de Reforma ebrios de gloria mundialista. Recordó entonces su plan para asistir al Mundial, pero no le importó. La satisfacción de aquella cuasi victoria al lado de los suyos no tenía precio. Total, podía esperar otros cuatro años para viajar a Rusia y festejar como un poseído junto a unas güeras bien chidas al otro lado del mundo. Pero no era momento de pensar en eso. El Tri consiguió un empate de película y eso era todo lo que importaba. Lo suficiente para ponerse una peda de antología. Nada en el mundo podía superar ese inexplicable derroche de alegría llamado futbol.

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Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 6 abril, 2014 en Cuentos y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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