La robaperros


L
a bebé no dejaba de llorar. Ariana lo había intentado todo sin ningún resultado. Hunab miraba atento sin emitir ningún ladrido, contrario a su costumbre de hacer escándalo. La fiebre de dos días atrás había desaparecido pero las secuelas del cansancio seguían pasándole factura. La tomó en sus brazos y la arrulló hasta que finalmente la pequeña se quedó dormida. Ariana se sintió aliviada. Tendió a la bebé sobre la cama y se recostó a su lado. Estaba exhausta. Le bastaron unos cuantos parpadeos para dejarse caer en un profundo sueño. Pasaron varias horas hasta que el sol de la tarde se filtró por las cortinas de la habitación para pegarle en la cara. Despertó lentamente. La bebé comenzaba a moverse. Ariana se levantó de la cama para ir a la cocina y servirse un vaso de agua. Un trago del frío líquido ahuyentó el calor. Notó que Hunab no estaba en la estancia. En el patio tampoco.

“Seguro se salió el cabrón”, pensó. En ocasiones el Hunab aprovechaba cualquier ligera oportunidad para atravesar la reja y salir disparado al parque de dos calles abajo. Se sabía el camino de memoria. Ahí vagaba durante un par de horas oliendo las colas de otros perros hasta que regresaba a casa.

La bebé se despertó. Ariana la tomó en brazos. Salió al portón que daba a la calle y llamó al Hunab con un grito. No hubo respuesta. Un muchacho sentado sobre la banqueta miraba atento.

—¿No has visto a mi perro? Es uno chiquito, bigotón. Un schnauzer.

—Se lo llevó una señora que roba perros— respondió el muchacho, quien aún no alcanzaba la mayoría de edad.

—¿Cómo que se la llevó una señora?— preguntó angustiada.

—Sí, es una señora que sale a robar perros. Vive acá arriba, en La Campana. Hasta es famosa en la colonia.

La Campana es un barrio popular de Monterrey, conocido entre otras cosas por albergar delincuentes. De ahí que sea considerada como una de las llamadas favelas regiomontanas.

Apenas un par de cuadras separaban a la Campana de casa de Ariana. Se sintió mortificada cuando supo que tendría que ir a casa de la señora si quería recuperar a Hunab.

—¿Sabes dónde vive la señora?— preguntó al muchacho, quien por su rostro infantil evidenciaba que aún no cumplía la mayoría de edad.

—Al lado de la estética, casi entrando a La Campana.

“Menos mal”, pensó Ariana. Como su esposo tardaría varias horas en regresar del trabajo, decidió buscar a su perro por cuenta propia. Pidió al muchacho que la acompañara para no ir sola a casa de la señora. El muchacho no parecía muy convencido, pero finalmente aceptó. Con la niña en brazos, ambos emprendieron camino rumbo a las empinadas calles de La Campana. Preguntaron en la estética de al lado si por ahí vivía una señora que robaba perros.

—Sí, es aquí al lado— confirmó una de las trabajadoras de la estética, como si fuera lo más normal del mundo. No sería la primera ni última vez que alguien le preguntaba por la robaperros.

Más que casa, el edificio de al lado parecía una bodega. Todo lucía descuidado. Un portón despintado y lleno de grafitis coronaban la entrada. Ariana llamó a la puerta en un par de ocasiones sin éxito alguno. Notó que la puerta estaba abierta. Sin pensarlo mucho, depositó a la pequeña Lía en brazos del muchacho con cara de asustado y entró con paso decidido a la lóbrega casucha sin ventanas. El lugar estaba particularmente oscuro. “¡Buenas tardes!”, llamó un par de veces, con cierto sigilo. De aquella negrura emergió una silueta. Era la señora. Supo de inmediato que era ella por las ropas harapientas y su enredado pelo canoso, la obligada apariencia de una ladrona de perros. Unos pasos más allá estaba sentado su hijo, un gordo descomunal con cara de pocos amigos. Al otro lado de la habitación yacía lo que parecía ser el cadáver de un perro. Chiquito y bigotón, como el Hunab. El perro apenas respiraba. La impresión hizo que Ariana estuviera a punto de desmayarse.

—Por favor señora, devuélvame a mi perro.

—¿Tu perro? ¿Quién dice que es tuyo?— respondió la vieja con tono sarcástico.

Ariana quiso responder el cuestionamiento pero no supo qué decir. Vio de reojo al Hunab y dio un pequeño paso hacia el frente, intentando hacer un movimiento sorpresivo para correr hacia el perro y salir corriendo. El hijo de la señora se levantó de su asiento. El tatuaje de un tiburón que llevaba en el cuello y la cabeza rapada endurecían aún más la gravedad de su rostro. Pero no fue sino hasta vio el brillo de un cuchillo para carne en la punta de su mano derecha, que Ariana desistió en su intento de llevarse por la fuerza al Hunab. La mujer y su hijo avanzaban lentamente hacia la puerta de entrada. Un grito sordo proveniente del interior de la bodega hizo que Ariana huyera despavorida. De un solo movimiento arrebató a su hija de los brazos del muchacho que esperaba en la fachada del lugar y cruzaron la avenida sin mirar atrás. Poco les importó que un automóvil estuviera a punto de atropellar Ariana con la bebé en brazos. La adrenalina se convirtió en angustia un par de cuadras más abajo. “Pobre Hunab”, pensaba Ariana mientras un par de lágrimas le brotaban de los ojos. Pensó en llamar a la policía, pero sabía que aquello sería inútil. Tampoco quería exponer a su hija a las posibles represalias de la robaperros y su hijo. Se sintió culpable por no poder rescatar al Hunab, quien posiblemente para ese entonces ya estaba muerto.

Al doblar la esquina de su casa, se quedó sin aliento. Una visita sorpresa la aguardaba en la puerta de su casa. Ahí estaba el Hunab, moviendo la cola el muy cabrón, esperando a que alguien le abriera el portón de la entrada. No lo podía creer. Respiró profundamente y se secó las lágrimas. El muchacho observaba incrédulo aquel inesperado encuentro. Ambos se miraron desconcertados. Ariana dedujo que el perro que yacía tendido en aquella bodega, efectivamente, no era el suyo. Los ladridos nerviosos del Hunab los despertaron de aquel extraño trance. El sol se ocultaba en el horizonte cuando el Hunab concluyó su paseo vespertino. No entendía lo que pasaba, pero sabía una cosa: tenía hambre y alguien debía darle de comer.

::.

Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 6 mayo, 2014 en Cuentos y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Moca y Ponette envían sus saludos a Hunab.

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