El joven del nombre mutante

El Coqui es un tipo peculiar. Cambia de nombre todos los días. “No quiero ser encapsulado en una cosa”, argumentaba en su legítima defensa. A veces miraba al cielo y dependiendo del color, lo asumía como parte de su identidad. “Hoy me llamaré Gris Lluvia”, aseguraba con una ecuanimidad inquietante.

Por supuesto, no todos estaban habituados a las excentricidades del Coqui. Para nosotros, que llevábamos años de convivir con él, ese tipo de arrebatos artístico-conceptuales se habían convertido en algo cotidiano. Pero nunca faltaba alguien incapaz de comprender la naturaleza estrambótica del Coqui.

—¡Eso es una estupidez hermano!— exclamaba Servando, un gordo necio que discutía airadamente con Coqui durante una borrachera. Le resultaba inconcebible que alguien despertara un día cualquiera y decidiera llamarse XZ39YB. Aquello rompía con todos sus parámetros sociales. Y con unas cervezas encima, las cosas parecían más difíciles de procesar.

—Si yo te pregunto, ¿cómo te llamas? — afemía Servando mientras se dirigía a su amigo que observaba con sorna aquella plática de ebrios—, simplemente respondes “Pancho” y se acabó, no hay por qué complicarlo todo.

Era entonces cuando el Coqui contraatacaba.

—¿Y como te sientes sobre eso? Algo muere dentro de mí cada vez que me preguntan mi nombre. Es una etiqueta que nos imponemos en este mundo perverso de los adultos para tratarnos como cosas. Los nombres nos encierran en algo que no somos— exclamaba el Coqui.

Sus interlocutores se miraban con asombro. La charla tenía un aire difuso, incomprensible. Aquello parecía una obra de teatro del absurdo montada en un patio trasero una noche de primavera, justo en medio de una fiesta de universitarios. Pero el Coqui tenía un cierto modo de expresarse que hacía difícil rebatir sus argumentos.

Al igual que los taoístas pensaban que el Tao que se pronuncia no es el verdadero Tao, el Coqui explicaba que su yo interior tampoco debía ajustarse a una nomenclatura que no era sino el resultado de un largo proceso cultural con el que no estaba de acuerdo.

Servando se jalaba los cabellos de desesperación ante la imposibilidad de comprender a su interlocutor. Trataba de convencer al Coqui que todo aquello era un disparate. Pero fue inútil. La discusión se prolongó varios minutos. La desproporcionada disertación existencial del Coqui, influenciada por el existencialismo de Sartre, no surtían efecto sobre la cerrazón de Servando, quien iba inhabilitando neuronas a una velocidad directamente proporcional a la velocidad con la que bebía litros enteros de cerveza de un solo sorbo. Cuando todo parecía perdido, la luz de la razón humana iluminó la noche. Ambos habían llegado a la misma conclusión.

—¡A este paso nunca tendré novia!— afirmó el Coqui con ironía.

Al borde de trompicarse contra el suelo, producto del alcohol, Servando finalmente estuvo de acuerdo con el Coqui, quien aquel día había decidido llamarse simplemente Ñrwhj.

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Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 19 agosto, 2014 en Cuentos. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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