El país convertido en fosa común

México está caliente. La violencia sigue creciendo de manera sostenida y adoptando nuevos matices. El asesinato y desaparición de 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, Guerrero, a manos de la policía municipal de Iguala, ha sacudido al país. Los ríos de sangre que el gobierno mexicano pretende silenciar con ayuda de los medios de comunicación se ha vuelto inmanejable. El torrente sangriento ha derribado el cerco mediático. La cantidad de cadáveres apilados en múltiples fosas encontradas a lo largo y ancho del país han evidenciado ante los ojos del mundo a una nación desgarrada por la violencia con la que opera el narco-Estado mexicano. Un estado represor que utiliza la fuerza pública para asesinar estudiantes, luchadores sociales y disidentes de un régimen manejado por una élite político-empresarial que se ha empeñado en destruir el pacto social en aras de su desmesurada ambición.

“La policía en todos lados, la justicia en ningún lugar”, rezaba una manta presente en la protesta multitudinaria del pasado 8 de octubre en el Distrito Federal por la matanza de los normalistas de Ayotzinapa. La frase retrata a la perfección el momento que se vive en las calles. El país arde. Ya no es solo Michoacán, Tamaulipas, Veracruz, el Estado de México o Guerrero. Las secuelas de la guerra declarada del Estado mexicano contra la ciudadanía han provocado un cambio gradual en la espiral de violencia. Grupos guerrilleros como el Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente (ERPI) convocó a formar una brigada para cazar a los asesinos de los estudiantes, quienes fueron “cazados como perros”, según el testimonio de algunos sobrevivientes de la absurda matanza.  Ya no se trata de simples enfrentamientos entre cárteles de la droga disputándose el territorio nacional con la complicidad de los gobernantes de los tres niveles, como ocurrió durante la guerra idiota iniciada por el expresidente Felipe Calderón. La violencia de los últimos meses tiene un matiz diferente en el que la persecución contra los grupos disidentes al actual régimen van en aumento. El narco-Estado trata de mantener el control del país a través de la violencia a costa de su propia legitimidad. Y eso implica una mayor coerción. El círculo vicioso se reproduce cada vez con mayor fuerza. La desconfianza en las instituciones es directamente proporcional al aumento de la violencia promovida desde los aparatos de gobierno empeñados en aprobar reformas estructurales diseñadas para beneficiar a las élites de siempre pese a contar con un evidente rechazo popular.

La intensidad de las protestas sube de tono mientras el Estado se desfonda. Los estudiantes, maestros, campesinos y trabajadores no son ya los únicos inconformes con los intereses perversos que manejan el destino del país desde las sombras. Grupos conservadores que tradicionalmente han colaborado con el régimen, como los militares, la Iglesia y los empresarios empiezan a hacer cada vez más evidente su descontento. La bola de nieve crece. Las posturas se poralizan. El terreno para una guerra civil es fértil. La posibilidad de diálogo es nula. La vía institucional ha demostrado ser inútil hasta el cansancio. Los administradores del poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial han utilizado los aparatos del Estado para institucionalizar el abuso. Los inverosímiles niveles de impunidad 99%, reconocidos por el propio gobierno de Enrique Peña Nieto, hablan de la magnitud de la crisis. El Estado fallido a la mexicana es una verdad incuestionable. Y si el Estado no cumple con su parte del contrato social, no hay razón alguna que siga existiendo. El vacío de poder intentará llenarse de algún modo. La disputa entre los grupos desencadenará una guerra civil. La mesa está puesta para que esto ocurra en cualquier momento, ante la ceguera cómplice de los medios de comunicación y una clase intelectual cortesana, diseñada para mantener intactos los privilegios imperiales de las élites.

Los brotes de violencia e inconformidad diseminados a lo largo y ancho del país no son ya focos rojos, sino advertencias concretas de que una guerra en busca de justicia se cocina en las entrañas de este México desgarrado. El baño de sangre es inevitable, tristemente, dolorosamente. El abuso insaciable de las mediocres élites que controlan los hilos del país no puede durar eternamente, como ingenuamente creen los señores de la ignominia. Los frívolos delirios de grandeza de la clase política a costa del sufrimiento de millones no puede prolongarse indefinidamente sin que existan repercusiones en las calles. Basta revisar la historia del hombre para confirmar la hipótesis. Y el problema es que la explosión furiosa de las masas no suele ser racional.

En tiempos de oscuridad como los actuales, construir la esperanza es el más sublime acto revolucionario. La noche de la ignominia no es eterna. Tarde o temprano saldrá el sol. Y los cadáveres de inocentes arrojados sobre fosas comunes serán la semilla que habrá de convertir la muerte en vida, el odio en amor.

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Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 14 octubre, 2014 en Política y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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