La montaña sagrada, o el blanco sueño de la Mujer Dormida (crónica de un ascenso por el Iztaccíhuatl)

Iztaccíhuatl

En el México prehispánico, la cosmovisión de los pueblos indígenas consideraban lugares sagrados a los cerros, montañas y volcanes, pues representaban a los tlaloques, creadores de las nubes, la lluvia, el granizo y los rayos. Lugares llenos de misterio donde se conjugan lo maravilloso y lo terrible -las dos condiciones de lo sagrado desde la perspectiva de Mircea Eliade-. Lo mismo nos regalan hermosos paisajes que historias tristes con olor a muerte. Subir la montaña es un acto sagrado porque es una metáfora de la vida.

Para ascender a las alturas, cerca del sol, se tienen que vencer muchos desafíos: el cansancio, la escarpada orografía, lodo, arena, frío, viento, filosas rocas, resbaladizo hielo, barrancos mortales, el mal de altura… Para ascender al cielo, allá donde nacen las nubes, es necesario dominar el cuerpo y la mente. Hay que mantener la concentración en cada paso, respirar profundo y sin desesperarse, mantenerse tranquilo ante la adversidad, pues para caer por el precipicio hace falta apenas una ligera distracción, un paso en falso. Aunque el tiempo y el andar de los viajeros haya hecho surcos en el suelo y marcado ciertas rutas, cada quién es libre de decidir su camino, la manera en que habrá de alcanzar la cima tomando en cuenta sus propias fortalezas y debilidades. Subir la montaña es conocerse a sí mismo, poner a prueba sus propios límites.

Apenas este fin de semana tuve oportunidad de ascender al Iztaccíhuatl. Una experiencia inolvidable, tras casi 14 horas continuas de un extenuante esfuerzo físico y mental. Finalmente, Rockberto Velasco supo cómo convencerme para decidirme a subir la tercera cumbre más alta de México. Mis pretextos financieros no funcionaron.

-¿Vas a dejar de vivir la aventura de tu vida por varo?

El cuestionamiento fue tajante. Rara vez me niego a participar en una nueva aventura, y menos aún por cuestiones de dinero.

-Tienes razón, qué pendejo soy. Chingue su madre, ¡sí voy!- respondí sin darle más vueltas.

Conseguir el equipo necesario para el ascenso representó un reto, pero nada del otro mundo. Todo lo demás se fue dando de manera natural, sin forzar nada. Me preocupaba hacer el ascenso tras dos días de mal dormir y un pronóstico de un frío de -7 grados centígrados en la cima de la Mujer Dormida. Las estrellas tiritaban pese al incandescente resplandor de la ciudad. Al levantarme para iniciar el recorrido, a las 2:20 de la madrugada, apenas sentía los dedos de los pies. Fue solo hasta tomar la vereda e iniciar el recorrido cuesta arriba ayudado por una linterna, que el cuerpo comenzó a desentumirse, a liberar energía y emitir calor. Llegar hasta la rodilla del Iztaccíhuatl representó todo un reto. La expedición se quedó a dos horas de alcanzar la cima en los pechos de la Mujer Dormida, luego de que una densa capa de niebla amenazara con poner en riesgo la vida de los compañeros del grupo al emprender el regreso por una escarpada y rocosa ladera habitada de cruces e historias de muerte. Algunos montañistas relataron que en una ocasión, tres escaladores oriundos de Guadalajara perdieron la vida luego de que una cerrada niebla los obligara a acampar en la cima. Uno de ellos murió de hipotermia. Los otros cayeron al precipicio ante la nula visibilidad que facilitaba perder el camino y llegar a desfiladeros imposibles. En la vida como en la montaña, hay que tomar decisiones. Decidimos no arriesgarnos innecesariamente y emprender la vuelta a pesar de quedarnos con las ganas de recorrer la blanca piel de esa esa princesa de roca que sueña el regreso de su amado, y alunizar en sus pechos, la cumbre más alta. En el prematuro fin de nuestro camino no hubo lugar para la frustración. La conciencia estaba tranquila. No teníamos que demostrarnos nada más a nosotros mismos. La prueba había sido superada, aún cuando el regreso de casi cuatro horas hasta nuestro campamento en La Joyita, a las faldas del volcán, fue otra dura prueba de paciencia.

Aprendí mucho de mí mismo a lo largo del trayecto, fluir como un río en medio del abatimiento emocional, la pesada carga de vivir a contracorriente, vagar desnudo por los impredecibles corredores de la existencia.

La montaña es una metáfora del hombre. Adentrarse en la profundidad de la montaña es adentrarse en lo profundo del hombre, escalar la montaña es escalar la espiritualidad del hombre. La montaña me enseñó que la cumbre es solo un lugar de paso. Tras el ascenso viene el efímero goce viene la bajada. Tocar el cielo para regresar a casa con otros ojos, otra forma de mirar al mundo. La montaña lo cambia a uno. Lo mismo deja cicatrices que recuerdos felices. Desde siempre, el ser humano ha sentido una fascinación secreta y misteriosa por escalar altas pendientes, incluso a costa de su propia vida. Será que las montañas se parecen tanto a los hombres. ::.

Acenso al Iztaccíhuatl-39
Popocatépetl de noche

Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 27 enero, 2015 en Otros desvaríos y etiquetado en , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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