El silencio es la mejor venganza

Cuando Amelia descolgó el teléfono para escuchar que su hijo había muerto, soltó el auricular y se echó a llorar. Sintió ganas de morirse. La noticia le arrancó la respiración para luego desfondarse en medio de la sala, como si le hubieran amputado una parte de sí misma. Trató de encontrar consuelo entre sus lágrimas, sin ningún éxito. Carlos, su único hijo, había decidido quitarse la vida tomando una sobredosis de raticida.

No le dio tiempo de pensar en nada. Lloró desconsolada, como si el suicidio de su hijo hubiera sido su culpa. “Si le hubiera puesto más atención cuando… ”, se repetía Amelia sin resignación, histérica, tratando de encontrar una justificación para el peor día de su vida. Quería matarse para acompañar a su hijo pero era tan cobarde que ni siquiera se atrevía a intentarlo. Envidiaba a Carlos y su determinación para arrancarse la vida de un solo tajo, en un solo suspiro. Se odió a sí misma, profundamente, lamentándose por tener que vivir en carne propia el suicidio de un hijo, ese dolor insondable que le cortaba los intestinos. Cuando Enrique la vio tirada junto al sillón, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Un oscuro presagio. Su hijo había muerto y no podía evitarlo. El momento esperado finalmente había llegado, luego de aquella vez en que Carlos planteó por primera vez la posibilidad de quitarse la vida y acabar con todo de golpe. Desde entonces, Enrique sabía que su hijo estaba predispuesto para la fatalidad. Lo demás era cuestión de tiempo. Preguntó a Amelia qué ocurría, sólo para despejar cualquier duda. Carlos había muerto por una sobredosis de raticida. ¿Era tan difícil de entender?

Los días siguientes a la muerte de su hijo, Amelia y Enrique no lograron conciliar el sueño. Tuvieron que pasar dos días para que trasladar el cuerpo desde Monterrey. Enrique llenaba los formularios de forma mecánica, extraviado en los recuerdos de su hijo muerto. Ya no había nada qué hacer.

Pero quizá lo más insoportable, era el silencio que mediaba entre Enrique y Amelia. No se dirigían la palabra. Apenas y se volteaban a ver, salvo que fuera absolutamente necesario. Ambos se culpaban mutuamente por el suicidio de su hijo. Si tan sólo Amelia no hubiera sido tan fría. Si tan sólo Enrique hubiera sido más tolerante. Ya nada de eso importaba. Su hijo había muerto, y junto con él, toda posibilidad de que sus padres volvieran a quererse. Dejaron de fingir, pero siguieron casados, no por amor sino por costumbre. Tuvieron que pasar varios años para que la muerte los separara. Cuando Enrique cayó al hospital por un coágulo en el cerebro, Amelia dibujó una leve sonrisa. Su venganza llena de silencio cobraba sus frutos después de tantos años. Apenas pudo disimular una suave sonrisa cuando los doctores le comunicaron que su esposo había muerto. Se sintió aliviada. Su hijo ahora podría descansar en paz.

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Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 25 marzo, 2015 en Cuentos. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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