Reflexiones sobre el arte de contar la historia

La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

   Gabriel García Márquez

Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.

Jorge Luis Borges

Es un lugar común decir que la historia nació con la invención de la escritura. Y es cierto. Pero lo que no se dice, es que la escritura nació gracias a la necesidad humana de contar historias. Narración y lenguaje forman así una sola entidad articuladora del tiempo. Si el tiempo es una sucesión ordenada de acontecimientos albergados en la memoria, el tiempo no existiría si no hubiera alguien capaz de percibir dicha secuencia ordenada de hechos capaces de articular una historia. Por ello dice Paul Ricoeur que “el tiempo se hace tiempo humano en cuanto se articula de modo narrativo”,[1] y que de manera simultánea, “el mundo desplegado por toda obra narrativa es siempre un mundo temporal”.[2]

Si vivimos en el tiempo es gracias al lenguaje, que no es sino una manifestación de la experiencia humana situada en un momento y un lugar específicos. Si no pudiéramos percibir que las cosas a nuestro alrededor cambian, difícilmente podríamos entender el tiempo, toda vez que el tiempo es una sensación. El tiempo se percibe del mismo modo en que percibimos la cercanía de otras personas y otros seres con los que interactuamos a lo largo de la vida, como ocurre en cualquier acto comunicativo. Una vez más, se revela esta dicotomía entre tiempo y lenguaje. ¿Y qué es la historia sino el alquímico acto de convertir el pasado en presente? La historia es indagar en las huellas del hombre en su paso por el mundo, para reconstruir ese gran cuento de la humanidad que es la historia. Y es muy probable que, como refiere March Bloch, esta necesidad de reconstruir el pasado sea motivada por nuestra necesidad de comprender el presente, pues “la incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado”.[3] ¿Qué hacemos aquí? ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? Son algunas de las obligadas preguntas de corte existencial que tratan de responder los historiadores de manera implícita al tratar de reconstruir pieza por pieza ese enorme mosaico de posibilidades, acontecimientos, alegrías y fracasos que es la historia del ser humano. ¿Cómo indagar en el pasado? A través de los vestigios que el hombre va dejando en su propio relato.

Y en este contexto, la invención de la escritura permitió que la experiencia humana pudiera quedar fijada en el tiempo, ya que la escritura hace posible que cualquier grupo humano “pueda ‘situarse a sí mismo’ en el tiempo y el espacio”, como bien señala Giddens.[4] Si la historia es en esencia narración y lenguaje, esto convierte a la palabra en la materia prima para el trabajo del historiador, personaje encargado de relatar el pasado del ser humano.[5]

Pero resulta que el lenguaje, al ser siempre referencial y nunca absoluto, enfatiza algunas cosas y omite otras, por lo cual, toda narración, por definición, es siempre incompleta. De ahí que la utopía hegeliana de abarcar la totalidad de la historia a través de la razón resulte difícil de sostener a la luz del desarrollo de la historiografía como una disciplina que ha desarrollado un método para indagar en el misterio del pasado.

¿Pero cómo lograr la objetividad de la historia? Si la objetividad es un consenso construido de manera intersubjetiva creado para articular una realidad común a las múltiples formas posibles de experimentar el mundo, es necesario partir de ahí para reconstruir y documentar los hechos innegables, aquellos sucesos que nadie pueda cuestionar, para luego tratar de descubrir cómo se conectan hechos aparentemente aislados y construir así un relato histórico. Y en eso consiste todo relato: en explicar de un modo narrativo cómo están conectados unos hechos con otros. De ahí que el conocimiento de la historia siempre esté en constante cambio, pues siempre existirán modos nuevos de conexión que nos lleven a articular nuevas narrativas sobre ese enorme cuento de la humanidad que es la historia. Partimos de hechos incuestionables para articular nuestra historia que trate de explicar un determinado momento del pasado.

Por ello, una parte elemental de la labor del historiador consiste en buscar y encontrar datos, pistas, documentos o cualquier tipo de huella capaz de retratar una parte específica del pasado. El hallazgo de evidencia documental permite tener cierta fidelidad de un hecho concreto. La aparición de una carta, por ejemplo, puede revelar muchos datos desconocidos sobre las motivaciones de los personajes históricos, y por lo tanto, abren nuevas posibilidades de relación con el relato histórico existente. Y es al encontrar estas conexiones perdidas, que los acontecimientos históricos dejan de ser hechos aislados para insertarse en una compleja red de significaciones que nos permiten articular el relato histórico como algo más grande, una narración compuesta de muchas narraciones que van construyendo el tejido de la historia.

De ahí la importancia de saber qué preguntarle a los documentos. ¿Qué queremos saber? ¿Qué pieza falta en el rompecabezas? ¿Qué fue aquello que determinó que las cosas fueran de un modo y no de otro? ¿Por qué un determinado personaje actuó de cierta forma cuando tenía otras opciones? Y como suele ocurrir en cualquier trabajo de investigación, la pericia y el instinto del historiador es una parte fundamental para hacer que las cosas hablen por sí mismas. El historiador debe dejar que el archivo le cuente su propia historia, pero es sólo la interpretación del historiador la que podrá lograr que aquellas historias dispersas tengan sentido al vincularlas con otros acontecimientos que a su vez van dibujando un panorama más completo del pasado, dentro de las limitaciones propias de la condición humana.

La consistencia del relato histórico se logra a través de una argumentación sólida, donde las acciones de los personajes y las circunstancias en las que se desarrollan comparten líneas generales de sentido. Al igual que ocurre con un relato de ficción, donde la verosimilitud de la trama recae en una relación de sentido entre las acciones de los personajes de acuerdo a sus muy particulares circunstancias dictadas por las reglas implícitas en el juego de la ficción, la consistencia del relato histórico versa en poder demostrar líneas generales de sentido que ayuden a explicar por qué las cosas ocurren de un modo y no de otro. Los personajes de ficción, al igual que las personas, siempre actúan con motivos y fines determinados, como bien ha demostrado la teoría de la acción de Weber continuada por los trabajos de Schutz, por lo cual, comprender las motivaciones y fines de dichos personajes permite al historiador llenar el vacío documental inherente a toda investigación. Y este es un punto fundamental para reconstruir cualquier relato histórico, pues siempre quedarán preguntas por responder o piezas faltantes en ese gran rompecabezas que intenta armar el historiador.

Y en este sentido, el vacío de la razón será siempre llenado por la imaginación. Pero el hecho de que el historiador recurra a la imaginación no significa que manipule a su antojo el relato que los mismos acontecimientos le van sugiriendo. Por el contrario, el historiador tiene el deber de, una vez recolectada toda la información documental que le servirá como referentes en los cuales se anclará la consistencia del relato, buscará establecer conexiones de sentido que la evidencia documental por sí misma es incapaz de revelar. De este modo, la imaginación del historiador, fincada en su conocimiento del tema estudiado, sustituye los huecos de la historia a través de la interpretación. Ésta es una condición propia de la naturaleza humana, como bien ha demostrado la psicología de la Gestalt al documentar cómo es que el cerebro humano tiende a llenar los huecos de una imagen geométrica.

Para ser convincente, la estructura del relato histórico tiene que indagar a profundidad en los hechos que permitan sostener el argumento narrativo. Gracias a la teoría dramática, sabemos que toda historia tiene un principio, un nudo y un desenlace. Los relatos siempre comienzan en alguna parte, en algún momento específico, y es a partir de cómo se desarrollan una serie de acontecimientos que el historiador debe documentar, que se explica el nudo de la trama, lo cual permita explicar por qué las cosas pasaron como pasaron y no de otro modo, lo cual siempre tiene consecuencias, es decir, tiene repercusiones que marcan el final del relato. Pero la manera de abordar cada relato histórico es tan grande como la imaginación del historiador. La historia puede contarse desde diversas perspectivas, se le puede dar mayor énfasis a ciertos elementos que el historiador considera relevantes por encima de otros, puede destacar a ciertos personajes y relegar a otros, puede focalizarse en una región pequeña o abarcar varios países, puede centrarse en un episodio de unos cuantos días o cientos de años. La escala de observación depende siempre de la historia que se quiera contar. En algunas ocasiones, será necesario remontar varios siglos para encontrar las conexiones que permitan explicar el presente a través de una serie de acontecimientos que se fueron dando de manera única e irrepetible. Por ello el análisis historiográfico estudia hechos particulares para a partir de ahí, encontrar verdades generales sobre la existencia humana en el pasado.

Por eso, entender las motivaciones y los fines de los personajes, en medida de lo posible, permitirá clarificar la trama y llenar los vacíos. El historiador tiene por obligación, al igual que todo gran novelista, de adentrarse en la psique de los personajes, ponerse en sus zapatos, entender sus motivaciones, sus sueños, sus miedos, su contexto social, aquellos hechos biográficos que nos permitan ir dibujando cada vez con mayor precisión el perfil del personaje, para a partir de ahí, tratar de proyectarnos en su realidad, en sus circuntancias, meternos en su alma para tratar de comprender por qué actúo de un modo y no de otro. Por ello la historia también es diálogo, como señala Bloch, cuando dice que “toda información sobre cosas vistas está hecha en buena parte de cosas vistas por otro”.[6]

“Como explorador de la actualidad inmediata trato de sondear la opinión pública sobre los grandes problemas del momento: hago preguntas, anoto, compruebo y enumero las respuestas. ¿Y qué obtengo si no es la imagen que mis interlocutores tienen de lo que creen pensar o de lo que desean presentarme en su pensamiento? Ellos son los sujetos de mi experiencia (…) Porque en el inmenso tejido de los acontecimientos, de los gestos y de las palabras de que está compuesto el destino de un grupo humano, el individuo no percibe jamás sino un pequeño rincón, estrechamente limitado por sus sentidos y falta de atención”.[7]

Y en este sentido, el historiador debe ser un conocedor de la naturaleza humana para poder interpretar la vida de otras personas que vivieron en una época distinta, con un contexto social distinto. La única referencia para desentrañar el misterio de aquellas personas, además de los hechos documentales que permiten una aproximación más “tangible” de aquellos acontecimientos, es la misma esencia humana del historiador, aquella que comparte con las personas que estudia y le permite establecer interpretar el pasado a partir del presente. Ese es el vínculo comunicante entre la persona que protagoniza la historia y el narrador de la misma. Por ello afirma Bloch que “conscientemente o no, siempre tomamos de nuestras experiencias cotidianas, matizadas, donde es preciso, con nuevos tintes, los elementos que nos sirven para reconstruir el pasado”.[8]

Pero reconstruir la psique y el mundo en el que se desarrolló un determinado episodio de la historia no es tarea fácil. Para ello, es necesario comprender el conjunto de relaciones de significado que articulaban el pensamiento de una época específica, la episteme, diría Foucault, lo cual puede ayudarnos a tener una aproximación más precisa de las motivaciones que empujaron a los personajes de la historia a actuar de un modo específico. El momento histórico determina un cierto modo de ser, y por ello es importante entender la relación entre las particularidades de cada persona y el contexto en el que se desarrollan a la hora de hacer una interpretación histórica, tal como apunta Gadamer¨

“En realidad no es la historia la que nos pertenece, sino que somos nosotros los que pertenecemos a ella. Mucho antes que nosotros nos comprendamos a nosotros mismos en la reflexión, nos estamos comprendiendo ya de una manera autoevidente en la familia, la sociedad y el estado en que vivimos (…) Por eso los prejuicios de un individuo son, mucho más que sus prejuicios, la realidad histórica de su ser”.[9]

El historiador, como todo buen narrador, tiene la obligación de desarrollar a los personajes, explicar esa serie de circunstancias particulares que hicieron que una persona de características peculiares en un contexto específico e irrepetible pudiera convertirse en un personaje histórico, tal como ejemplifica a la perfección Friedrich Katz en su biografía de Pancho Villa. Y en esta búsqueda del personaje, el ser humano se revela. Eso es quizá lo que hace que los historiadores sientan fascinación con ciertos personajes cuya vida parece plagada de sucesos increíbles y anecdóticos, personajes que devuelven la capacidad de asombro sobre las posibilidades de la naturaleza humana.

Pero resulta que los humanos como la historia, suelen dar giros inesperados. Regularmente, las personas no se comportan como deberían. La vida es tan compleja que a veces factores casi imperceptibles pueden cambiar el curso de la de los acontecimientos y la historia. Y es precisamente la labor del historiador indagar en estas minucias que no saltan a la vista con sólo revisar los archivos. Los documentos son una guía, una señal, pero ninguna historia puede reconstruirse únicamente a través de documentos. Para que los documentos hablen necesitan ser interpretados, necesitan ser vinculados con otros sucesos y otros personajes para encontrar su lugar en esa narración de narraciones que construye la historia. Y también ocurre, que el hallazgo de nueva evidencia documental permite reescribir y reinterpretar el pasado a profundidad. De ahí que nuestro conocimiento del pasado esté siempre en constante cambio, pues como acertadamente señala Bloch, “el pasado es, por definición, un dato que ya nada habrá de modificar. Pero el conocimiento del pasado es algo que está en constante progreso, que se transforma y perfecciona sin cesar”.[10] O como señala Gilly: “En cada tiempo, la valoración de los humanos va cambiando”.[11]

La historia, al igual que ocurre con el lenguaje, está siempre viva porque es sólo a través de la gente que cuenta y vive inmerso en los relatos del pasado que el pasado se hace siempre presente. Y como todo organismo vivo, la historia siempre será susceptible de transformar nuestro entendimiento del pasado a partir del hallazgo de nuevas pistas que permitan conectar los acontecimientos del pasado de un modo distinto, para generar así nuevas interpretaciones.

El historiador es un coleccionista de cuentos, alguien que decide relatar la historia de ciertas personas a partir de los relatos que le cuentan otras personas. Por ello el historiador debe saber preguntar, debe sumergirse en las narraciones de los otros, antes de contar la misma historia desde la perspectiva del presente.

Historias de la revolución

Y dentro de ese gran cuento que es la historia, la lucha del ser humano contra el abuso de sus semejantes ha sido una constante. Más allá del sistema de gobierno imperante o de la moral propia de cada época, la defensa contra el abuso es quizá el tema predilecto de la historia, el relato de los seres humanos buscando la anhelada libertad, la felicidad que les ha sido arrebatada, prohibida. De ahí que Gilly considere que no es la pobreza el motor que alimenta a las revoluciones, sino el deseo de recuperar la dignidad perdida.

“La revolución es una explosión contra la humillación, y luego la pobreza, que es también una forma de humillación”, afirma Gilly.[12]

A lo largo de la historia del hombre, la disputa entre ricos y pobres ha sido permanente a lo largo de siglos y siglos de despojos, saqueos, abusos, manipulación. La historia es cíclica, como bien señala Nietzsche, y por eso tiende a repetirse, no con exactitud, pero sí en lo esencial. Por ello no sólo ocurre que la comprensión del presente nos permita una mejor interpretación del pasado, sino que también ocurre a la inversa: comprender el pasado para interpretar el presente.

Y en todos los casos, desde el despojo de tierras en Papantla detonado por una fiebre de la vainilla, la Revolución Mexicana, las revueltas rurales de la Francia revolucionaria, el arribo de los bolcheviques al y la creación de la Unión Soviética, la formación de la clase obrera en Inglaterra o la insurgencia del pueblo aymara contra el colonialismo, son historias que comparten un rasgo común: el del pueblo que se organiza para combatir la opresión.

Si bien cada una de estas historias obedece a momentos, circunstancias y desenlaces diferentes, todas ellas narran rebeliones populares cuya única posibilidad de generar un cambio real es a través de la organización social. Desde las asambleas de los campesinos del Tercer Estado francés o los sóviets de los trabajadores rusos, las revoluciones con posibilidades de triunfo suelen ser aquellas donde la cohesión social y el hartazgo logran articularse en torno a un fin común para generar un cambio de fondo que restablezca el equilibrio social, al menos durante un tiempo. Y en este proceso de lucha contra la opresión, el factor ideológico juega una pieza clave en el rompecabezas. Como bien escribió Trosky en su relato sobre la Revolución Rusa, ninguna revolución puede prosperar sin la participación de la gente, por más innovadora que sea la ideología defendida por la clase intelectual revolucionaria. Pero tampoco se puede negar que las ideas son un instrumento poderoso para hacer frente a la ignominia, pues a final de cuentas, las ideas fijan un rumbo, un horizonte al cual dirigir el hartazgo de un pueblo en busca de justicia. Al final de cuentas, la historia de los movimientos sociales bien podría reducirse a eso: un puñado de hombres en busca de justicia.

Y si la historia ha de servirnos para interpretar el presente, ¿dónde nos encontramos situados hoy, en un país como México donde todos los días aparecen actos de corrupción monumentales y donde todos los días nos enteramos de nuevas masacres que permanecen impunes? ¿A qué se debe esa inmovilidad del grueso de la población pese al recurrente y cada vez más cínico abuso de sus élites? Si alguna lección nos ha enseñado la historia, es que las cosas terminan ocurriendo cuando deben ocurrir, no antes ni después. Así como los primeros intentos de una revolución obrera en Rusia, o los primeros levantamientos armados contra el régimen porfirista fracasaron, tuvieron que pasar muchos años para que ese complejo entramado de relaciones sociales desembocara en revueltas sociales capaces de generar nuevas condiciones de convivencia.

En un sentido opuesto, a veces también es necesario redescubrir los fracasos del pasado para enmendar los errores y reivindicar la tradición, como ocurre con la reelaboración del relato histórico del pueblo boliviano en la obra de Thomson, lo cual es una muestra fehaciente de que, como bien advirtió George Orwell, el pasado puede transformarse desde el presente.

Por supuesto, ninguna revolución es garantía de un cambio permanente, pues como hemos visto, la historia es dinámica, está constantemente en movimiento. Pero eso no es una razón de peso suficiente como para que los seres humanos dejen de escribir la historia con cada acto de sus vidas.

::.

______________________________________________________________

[1] Paul Ricoeur. Tiempo y narración I. Configuración del tiempo en el relato histórico. Siglo XXI Editores. México, 2004. Quinta edición, p. 39.

[2] Ibídem.

[3] Marc Bloch. Introducción a la historia. Fondo de Cultura Económica. México, 2012, séptima reimpresión, p. 47.

[4] Anthony Giddens. Sociología. Alianza Universidad Textos. España, 1996. Segunda edición, segunda reimpresión, p. 74.

[5] “«Ciencia de los hombres», hemos dicho. La frase es demasiado vaga todavía. Hay que agregar: «de los hombres en el tiempo». El historiador piensa no sólo lo humano. La atmósfera en que su pensamiento respira naturalmente es la categoría de la duración”. March Bloch, Op. cit., p. 31.

[6] Bloch, p. 53.

[7] Ibídem, pp. 53-54.

[8] Ibídem, p. 48.

[9] Hans-Georg Gadamer. Verdad y método I: Fundamentos de una hermenéutica filosófica. Ediciones Sígueme. España, 1993, p. 344.

[10] Marc Bloch, Op. cit., p. 61.

[11] Adolfo Gilly. Seminario de Investigación y escritura de la historia. Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. México, 11 de marzo de 2015.

[12] Ibídem.

__________________________________________________________________

Bibliografía:

BLOCH, Marc. Introducción a la historia. Fondo de Cultura Económica. México, 2012, séptima reimpresión.

GADAMER, Hans-Georg. Verdad y método I: Fundamentos de una hermenéutica filosófica. Ediciones Sígueme. España, 1993. Quinta edición.

KATZ, Friedrich. Pancho Villa. Ediciones Era. México, 2000.

KOURÍ, Emilio. Un pueblo dividido: Comercio, propiedad y comunidad en Papantla, México. Fondo de Cultura Económica-El Colegio de México. México, 2013.

LEFEBVRE, Georges. El gran miedo de 1789: La revolución francesa y los campesinos. Ediciones Paidós. España, 1986.

RICOEUR, Paul. Tiempo y narración I. Configuración del tiempo en el relato histórico. Siglo XXI Editores. México, 2004. Quinta edición.

THOMPSON, E. P. Thompson. La formación de la clase obrera en Inglaterra. Crítica. España, 1989.

THOMSON, Sinclair. Cuando reinasen los indios: La política aymara en la era de la insurgencia. Muela del Diablo Editores. Bolivia, 2006.

TROSKY, Lev. Historia de la revolución rusa. Versión castellana de la Red Vasca Roja, 1998. Edición en línea.

::.

Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 7 junio, 2015 en Comunicación, Otros desvaríos y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: