Crónicas de un suave despertar a la luz del sueño: cuento psiconáutico en tres actos

I

Baja frecuencia con un toque de tensión electrocardiaca. Será el extractivismo psíquico de los últimos días, los espejos cavernosos en los que uno suele extraviarse de vez en cuando. El ansia de vivir a ciegas. Todo sereno por fuera, ebullición por dentro. La vibra del día.

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II

Somos la carne y el símbolo: la energía que fluye entre la materia y los sueños. Tendemos al equilibrio: buscamos el placer para compensar el dolor del mundo y hacemos daño para compensar el daño recibido. Dar es recibir, y viceversa. Por eso hay que aprender a dar y también hay que aprender a recibir. Uno es lo que es, no lo que otros quieren que uno sea. Que el instinto sea nuestro guía y la sabiduría la luz que alumbre el camino. No hay que tener miedo de mirarse desnudo y lleno de cicatrices. El dolor es también un maestro si estamos dispuestos a aprender, a cambiar, a transformarnos. Y el amor… aquello que nos permite vincularnos con todas las cosas, aquello capaz de pegar los pedazos rotos para fundirnos en uno solo ser, aquello que otorga sentido al milagro de vivir. Reflexiones vespertinas en la apacible musicalidad de un café.

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III

El cuento de los últimos días. A veces uno anda buscando respuestas con los oídos tapados. Para quitarse la sordera, hay que lavarse las orejas a fondo para escuchar la voz interna. Pero pasa que a veces uno le da demasiadas vueltas a las cosas, las piensa demasiado, construye esquemas, arma y desarma incontables veces el rompecabezas al que a veces le faltan o le sobran piezas. Y después de mucho estudiarse a sí mismo, llega la conclusión abrumadora: ¡eres un pendejo! ¡Justo la respuesta que andaba buscando sin saberlo! El mundo se derrumba. Emerge algo nuevo desde las profundidades del inconsciente, ese mar gigantesco lleno de misterios. La revelación de manifiesta de la manera más inesperada, sorpresiva, apabullante. La respuesta siempre estuvo justo frente a nuestras narices, pero no la podíamos ver porque habíamos decidido arrancarnos los ojos. Algo bueno habrá hecho uno en la vida para rodearse de gente maravillosa que lo ayuda a uno a salir del atolladero en el momento preciso. Reinterpretando a Freire en términos budistas se puede concluir que “nadie ilumina a nadie, ni nadie se ilumina solo; el ser humano se ilumina en comunión”. Hoy me siento invencible por una sencilla razón: hoy no tengo que pelearme con el mundo. Hoy bailo a su ritmo, en completa sintonía y correspondencia. Sin conflicto, la relación de vencedor y derrotado pierde todo su sentido. Y uno se da cuenta que la supuesta individualidad del alma es la estupidez más grande de nuestra cultura, raíz de todas las patologías sociales que padecemos a diario. El alma tiene un carácter exógeno. Una parte del alma nos pertenece a nosotros como organismo autonómo, y otra parte de nuestra alma la depositamos en nuestros amores, nuestra familia, nuestros amigos. La completud del alma se da cuando nos damos cuenta que una parte de nosotros vive en todas personas que amamos. Y la soledad se hace humo, la oscuridad se enciende, los nudos llenos de silencio se transforman en canto. Y ya no necesitamos andar juntando los pedazos que vamos dejando por ahí como si estuviéramos rotos. Basta un enorme abrazo para ensanchar el alma, hacernos uno y hacernos todos. Y uno se siente bendecido de estar completamente loco. Hoy, fiel al foreverismo existencial que me caracteriza, les mando un enorme abrazo a todas las personas que conozco y amo de todos los modos posibles, imaginables. Saben muy bien de quienes hablo, a quienes les hablo. Gracias a todos por compartir este viaje alucinante y efervescente que es estar vivo.

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Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 24 junio, 2015 en Otros desvaríos y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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