México, país de la barbarie

Por definición, la civilización implica un acuerdo mínimo para garantizar la convivencia en sociedades complejas conformadas por personas provenientes de grupos culturalmente diversos. De ahí que el origen de la civilización tenga un origen común con la invención de la escritura y las primeras leyes plasmadas en piedra, lo cual permitió fijar en el tiempo y el espacio esos acuerdos mínimos de convivencia y cuya violación debe ser sancionada por la autoridad para mantener la paz dentro de un determinado grupo social. Lo que caracteriza a la civilización es la impartición justicia a través del respeto por la ley, lo cual no es sino un mecanismo social diseñado para garantizar la convivencia.

Todo lo contrario a lo que ocurre en México, país donde el hábito de la barbarie ha logrado imponerse sobre cualquier norma de convivencia, lo cual permite entender muchos de los comportamientos que vemos a diario en las calles, el resultado de una patología social que se ha venido gestando a lo largo de varias décadas debido al debilitamiento de las instituciones que sostienen al Estado mexicano.

No en balde, los índices de violencia en el país se han recrudecido a la par de la desconfianza en las instituciones y la erosión de los aparatos de impartición de justicia, vulnerados por la corrupción.

De acuerdo con el Índice del Estado de Derecho 2015, elaborado por el Proyecto de Justicia Mundial (WJP), México ocupa el lugar 79 de 102 países en cuanto al debido cumplimiento de su sistema de leyes. En casi todos los apartados de dicho indicador, México aparece por debajo del promedio de mundial y regional, siendo el caso más grave el de “Orden y justicia”, en el cual, México se ubica en el escaño 99, siendo el cuarto país peor evaluado, quedando por debajo de países como Honduras, Tanzania y Kenia. Algo similar ocurre en los apartados de “Justicia penal”, donde México se ubicó en el lugar 93, apenas nueve lugares por encima del peor calificado. También ocupó el lugar 88 en el factor “Ausencia de Corrupción”, y el lugar 82 en lo referente a la impartición de “Justicia Civil”. Los datos evidencian una verdad ya sabida: que en México no existe el respeto por la ley ni acceso a la impartición de justicia.

Otros estudios como el Índice Global de Impunidad 2015, realizado por la Universidad de las Américas de Puebla (UDLAP) y el Consejo Ciudadano de Seguridad y Justicia del estado (CCSPJP), ubican a México como el segundo país con mayor impunidad de 59 países analizados, sólo detrás de Filipinas. La falta de justicia ha derivado en una profunda crisis de legitimidad que se expresa en la desconfianza de los ciudadanos frente a instituciones corruptas.

En este sentido, el Informe de Justicia Cotidiana 2015, elaborado por el Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), concluye que la mayoría de los ciudadanos mexicanos carecen de medios y condiciones para solucionar sus conflictos a través de las instituciones. Según datos del Barómetro Global de Corrupción 2013, de Transparencia Internacional, más del 80% de los mexicanos perciben como muy corruptos a los partidos políticos, la policía, funcionarios públicos, Poder Legislativo y el Poder Judicial, lo cual habla de la magnitud de la crisis de legitimidad por la que atraviesa el Estado mexicano.

Y esto sin contar con los estudios recientes que documentan un crecimiento exponencial de la brecha entre ricos y pobres como consecuencia de un modelo económico que privilegia el abuso y la desigualdad social, tal como sostiene el estudio de Oxfam, Desigualdad extrema en México —realizado por Gerardo Esquivelel, investigador del Colegio de México—, en el cual se explica que mientras la fortuna de los 4 millonarios más ricos de México representa el 9% del Producto Interno Bruto mexicano, más de la mitad de la población permanece en pobreza. Una cifra que coincide con los 55.3 millones de pobres que existen en México según el más reciente informe del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval). Y no es casualidad que el aumento de la pobreza y la desigualdad sea consecuencia de la erosión de un Estado de bienestar diseñado originalmente para mitigar las desigualdades provocadas por el sistema económico.

Las cifras sólo confirman la barbarie que vivimos a diario. Un país donde el ejército masacra civiles y niños de manera impune, como ocurrió en Tlatlaya, Apatzingán y Ostula. Un país donde el crimen organizado ha demostrado una y otra vez ser más eficaz que los cuerpos de seguridad, como ocurrió con la fuga de Joaquín ‘Chapo’ Guzmán. Un país donde los escándalos de corrupción del presidente y su gabinete, poseedores de casas y riquezas inexplicables, no son sancionados o siquiera investigados por la autoridad. Un país donde las reformas a la ley están diseñadas para legalizar el abuso y el despojo de una élite insaciable que privatiza todos los bienes públicos sin tomarse la más mínima molestia de rendir cuentas o dar explicaciones por su reiterada incompetencia. Un país donde el sistema electoral privilegia a estructuras clientelares que se mantienen con dinero que los partidos políticos se roban del erario. Un país donde los grandes empresarios hacen negocios exorbitantes amparados en el tráfico de influencias. Un país donde el Poder Judicial sólo sirve para justificar con argumentos imbéciles los crímenes cometidos de la clase política. Un país donde se castiga a quien denuncia un crimen y se privilegia a quien lo comete. De ahí que no deba extrañarnos que el hábito de la barbarie sea una constante en la calle, donde el respeto a los derechos del otro son vejados rutinariamente en esa lucha idiota de todos contra todos.

Todo lo anterior permite entender cómo es que uno debe permanecer en constante estado de alerta para no ser atracado por la policía, el porqué un chofer de microbús puede pararse a media calle tras pasarse la luz roja del semáforo, el porqué un mirrey puede pasar un examen comprándole una botella de ron al maestro, el porqué un entrenador del representativo nacional de futbol puede golpear a un comentarista de manera burda y sin temor a ser castigado, el porqué 43 alumnos de la normal Isidro Burgos de Ayotzinapa pueden desaparecer de manera impune, el porqué existe desabasto de gasolina en varios estados de la República, el porqué el salario mínimo no alcanza para comer, el porqué los medios de comunicación han hecho del silencio un lucrativo negocio, el porqué la gente reacciona con violencia para sacar toda la frustración acumulada por una vida miserable donde la resignación ante la miseria pareciera ser la única posibilidad.

Casos que evidencian la manera en que los mexicanos han optado por abandonar casi cualquier vestigio de civilidad para sobrevivir en un país gobernado por la barbarie.

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Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 28 julio, 2015 en Política y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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