Los comensales

Mientras esperaba mesa, saqué de la mochila mi libro de Paul Auster y comencé a leer. El restaurante estaba lleno. Los comensales no paraban de hablar mientras bebían sus jarras de agua de horchata, como buenos godínez. Cinco alegres oficinistas salieron del local.
—Pasen por favor— dijo un mesero a otras cinco perdonas que esperaban en la calle. —¿Quién de ustedes sigue?— preguntó de pronto, dirigiéndose hacia mí.
—Ella— dije haciendo referencia a una guapa joven que, al igual que yo, esperaba su turno para comer.
El hambre no me hizo perder la paciencia. En ocasiones miraba de reojo a la atractiva mujer. Me llamó la atención que estuviera sola. Era realmente hermosa. El sol de la tarde imprimía unos reflejos dorados en su cabello castaño que caía justo a la altura de su cuello. Tenía la nariz ligeramente redonda, lo cual parecía acentuar su encantadora sonrisa. Llevaba una falda de flores rojas hasta las rodillas y una blusa blanca, ideal para el verano. De vez en cuando sacaba el teléfono del bolso como si estuviera esperando una llamada o algún mensaje. Quizá había quedado de verse con alguien para comer. No le di mayor importancia y continué con la lectura.
—Se va a desocupar una mesa grande. ¿Les importaría compartir mesa?— preguntó el mesero.
—Por mí está bien— respondí.
La mujer asintió suavemente con la cabeza antes de entrar a la abarrotada fonda. Me gustaba comer ahí porque la comida tenía un buen sazón y el trato era amable. Lo único que detestaba era tener que hacer fila cuando los godínez de los edificios aledaños salían en estampida para abarrotar todos los locales de comida. Pero en esta ocasión no me importó en lo más mínimo. Al salir de casa nunca hubiera imaginado que terminaría comiendo con una linda mujer así, de la nada. Nos sentamos junto a la barra. El mesero dejó una jarra con una agua de jamaica artificial y dos juegos de cubiertos enrollados en sus respectivas servilletas. La miré de reojo. Ella sonrió por cortesía. Tomé la jarra de agua y la serví en dos vasos. Estaba dulcísima.
—¿Vienes seguido por aquí?— le pregunté sólo por decir algo.
—No, en realidad estoy aquí de visita y es la primera vez que vengo a este lugar. Me estoy quedando en el departamento de una amiga que vive cerca de aquí, pero trabaja a estas horas. Ella me recomendó el lugar.
Mis sospechas se habían confirmado. Su acento extranjero era inconfundible. O al menos eso creí.
—¿Española, verdad?
—Casi. Barcelonesa—, aclaró tajante, como buena catalana.
—Ya veo. ¿Y qué te parece el DF hasta ahora? ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Acabo de llegar hace tres días. Hasta ahora no he visto mucho. Sólo el centro de la ciudad y algunos bares de la Condesa.
Ambos ordenamos sopa de brócoli con papas y arroz de segundo tiempo. Ella pidió ensalada de atún y yo tortitas de espinaca. Me contó que estaría sólo unos días en México. Había venido por una cuestión de trabajo pero aprovechó el viaje para tomarse algunos días libres. Era economista y trabajaba para una organización no gubernamental. Estuvo aquí por la realización de un foro sobre cómo acabar con el hambre en el mundo. Y a pesar de que parecía que llevaba una buena vida, daba la impresión de llevar un velo que la atormentaba, algo que la hacía entumecer el rostro esporádicamente para disimular la tristeza.
—Suena interesante tu trabajo. Y sin embargo pareciera que no estás disfrutando la vacación.
—¿Eso parece?— preguntó.
—Sí, al menos esa impresión me da. Disculpa por meterme en lo que no me importa.
—Es curioso que lo digas. Unas semanas antes de venir para acá corté con mi novio. Supongo que todavía se me nota, así que no te preocupes.
Intenté cambiar el curso de la plática para no hacerla sentir mal. Le pregunté por sus pasatiempos, si le gustaba leer y qué tipo de música escuchaba, ese tipo de cosas que ayudan a romper el hielo. Me contó que le apasionaba leer novelas francesas del siglo XIX y que le gustaba escuchar música electrónica. Hablamos un poco de literatura, sobre algunos autores que no conocía. Mientras hablaba y comía, su rostro triste dejaba escapar su bella sonrisa de vez en cuando. Me dió la impresión de que no le resultaba yo del todo desagradable. Pedimos el postre y seguimos conversando durante algunos minutos más antes de pedir la cuenta.
—¿Qué harás hoy?— pregunté como preámbulo de la inminente despedida.
—No sé, cuando mi amiga regrese del trabajo quizá salgamos por una cerveza.
—Conozco un lugar anecdótico para ir a bailar, estilo Méxican kitsch. Podemos ir con tu amiga, si te animas.
—Me encantaría. Deja lo comento con ella y te aviso.
Intercambiamos números de teléfono y cuentas de Facebook. Nos dimos un beso en la mejilla, caminamos un par de cuadras y cada quien tomó su propio rumbo. Camino a casa no dejaba de parecerme algo fantástico el hecho de acabar ligando a una extranjera en una fonda de comida corrida. Llegué a mi casa y me puse a leer un rato, antes de revisar el correo y vagar un par de horas en internet. Mientras perdía el tiempo en no hacer nada, no podía evitar imaginar lo que ocurriría horas más tarde, en caso de que Marta —así se llamaba— y su amiga decidieran ir a bailar salsa para aprovechar el folclórico caos de una ciudad como esta. Llegó la noche y todavía no había señales de Marta. Decidí mandarle un mensaje.
—Hola, cómo vas? Siempre sí se animan a echar el baile o qué rollo?— pregunté.
Pasaron varios minutos de incertidumbre antes de recibir una fría respuesta.
—Hola, mi amiga llegó cansada y no tiene muchas ganas de salir y yo tampoco. Muchas gracias por la invitación. 🙂
—Vale, me parece bien. Pero deberías aprovechar la vacación. Te propongo una cosa, paso por ti y vamos a echar unos tragos nada más para que regreses temprano a casa de tu amiga.
—Bueno, nos vemos en media hora?
Me pasó su dirección. Afortunadamente, la casa de su amiga no estaba tan lejos de mi casa. Al llegar al portón del edificio toqué el timbre.
—Hola, vengo con Marta.
—Un momento— respondió una voz de mujer al otro lado del interfón.
Tras unos minutos, apareció por la puerta. Se veía sonriente y bien vestida, pero sin exagerar su arreglo personal. Vagamos un rato por las calles mientras buscábamos algún bar cercano, hasta que finalmente, aterrizamos en un pub. Conforme íbamos platicando y añadiendo cervezas a la cuenta, la sentí más ligera, cómoda. Se reía con mis bromas estúpidas, luego de contarme un poco sobre el drama con su exnovio. Luego de la media noche pedimos la cuenta y regresamos a casa de su amiga, ebrios y sonrientes. Al cruzar un parque en medio de la oscuridad, la tomé de la mano e intenté besarla. Dobló ligeramente la cabeza como esquivando el golpe pero finalmente cedió. Fue un beso largo, lo suficiente para cambiar el curso de la noche. En lugar de regresar a casa de su amiga fuimos a mi departamento. Apenas cruzamos el umbral de la entrada, le besé el cuello de manera torpe y apresurada mientras nos despojábamos de las ropas. Entramos a mi habitación, se desabotonó la blusa y le quité las pantaletas. Cogimos como desesperados toda la noche hasta que finalmente nos quedamos dormidos unos minutos antes del amanecer, exhaustos, liberados de todas las ataduras. Cuando desperté, ella estaba mirándome fijamente, con los ojos húmedos y sin decir palabra alguna. Le pregunté si todo estaba bien y asintió levemente con la cabeza. “Sí, sólo me da un poco de pena no haber llegado anoche a casa de Judit”, dijo en voz baja. La besé despacio, luego de retirar algunos cabellos que le cubrían parte el rostro. Nos quedamos abrazados varios minutos antes de levantarnos. Esa noche tampoco volvió a casa de Marta. Luego de desayunar pasamos la mayor parte del día recorriendo Chapultepec, hasta que finalmente regresamos a mi departamento. Durante el día, hablamos de lo ocurrido, la manera tan extraña en que dos desconocidos que por azares del destino compartieron mesa en una fonda acabarían acostándose la misma noche. Quién lo diría. Seguro el mesero se sorprendería si supiera de sus dotes de cupido. Al llegar a mi casa, nos besamos una vez más, pero estábamos exhaustos. Nos quedamos profundamente dormidos en el sillón de la sala. A la mañana siguiente la acompañé a casa de su amiga para recoger sus maletas y acompañarla al aeropuerto. La amiga se veía a la vez molesta y sorprendida. A Marta parecía importarle poco. Se despidieron de manera fría y quedaron de mensajearse una vez que Marta llegara a Barcelona. Mientras eso ocurría, hablé por teléfono para conseguir un taxi. Camino al aeropuerto nos quedamos callados, como si no supiéramos qué decirnos. Luego de dos días de locura, la aventura llegaba a su fin. Nos tomamos de la mano, mirándonos en silencio. Documentó su equipaje en la sala de Iberia y la acompañé hasta la terminal de salidas internacionales. Nos besamos por última vez y quedamos de buscarnos para un próximo encuentro cuando yo viajara a Europa o ella regresara a México. Su encantadora sonrisa parecía borrar cualquier rastro de tristeza en su rostro.
Pasamos meses chateando por Facebook, hasta que finalmente, nos quedamos sin nada que decirnos uno al otro. Algunos años después, ella viajó a Cancún con sus amigas para su despedida de soltera. Quedamos de vernos una vez más, antes de que ella terminara casándose con su exnovio, el mismo con el que había roto antes de conocernos. Hice lo posible por viajar a Cancún pero cuando estaba a punto de comprar el boleto de avión, algo me detuvo. Ahora que lo veo en retrospectiva, creo que no me sentía con fuerzas para verla una vez más sabiendo que no pasaría de una simple aventura, como la última vez. Nunca nos volvimos a ver.
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Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 15 agosto, 2015 en Cuentos. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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