La noche dolorida se escribió en mi sueño

Soñé que descendía
de un paracaídas,
y alunizaba de pronto en la pradera
y su blanco rumor de nieve.

Había que cantarle a la noche
que germinaba en mi interior,
la noche asesina
y su infusión de sangre oscura
que brotaba del misterio y la memoria,
como quien se ha roto por dentro.

La noche astillada
es un tanque de gasolina
enamorada de un incendio,
es un bosque ardiendo
entre ciervos espantados
y la tibia soledad del exilio.

Y es entonces que
apareces esporádica,
como arrancada de mi propia carne,
como una lumbre vehemente
que se entierra en la levedad del sueño.

El cielo es una galería
de esperanzas que se hacen humo
y se hacen aire mientras duermo
en la intimidad
de la fría montaña,
ese vertedero de espinas
donde habremos de cubrir
nuestra desnudez con retazos
de un alma desgarrada
por el fiero zarpazo del tigre.

Soy un astronauta
explorando un planeta remoto,
colmado de yermas caricias
y tumbas de anónima muerte
impregnadas de silencio.

Es la noche dolorosa
que me mira sin saberlo,
la noche que me observa fugitiva
desde el cautiverio de la nada
y sus campos de lavanda
arrullados en el viento,
como quien persigue una quimera,
como quien se ha quedado solo.

Yo sé muy bien que de tus huesos
brotaba el tiempo adormilado,
oh tibia noche que respiras
el aire seco de mi pecho,
eres la canción
que se desenreda
de la crin violeta de un caballo
y sus cascos pasajeros resonando
en el árido camino,
una elegía fluorescente
floreciendo en la abigarrada conciencia,
cantos primitivos que me hablan
de la edad temprana,
de cuando éramos niños
inventando monstruos para
sobrellevar esta ausencia terrestre
que nos devora sin saberlo,
esta fiebre de anhelos
salpicados de excremento
y el amargo aroma del almizcle,
anhelos que se evaporan
en el suceder de las hojas de los árboles
que se pintan de amarillo
para desprenderse
de la transparencia del cielo
y besar la tierra.

Mi alma es hoy un mausoleo a donde
llegan todas las cartas sin remitente
ni sellos postales,
todas las cartas celebrando
la demencia epistolar de los enamorados
que pueblan el mundo,
con su corazón caliente y abatido
en el dolor de una guerra inútil,
un grito de mil cadáveres amarillos
varados en la más profunda indiferencia
de su amada,
gente dispuesta a beber azufre
y arrancarse la boca
antes que volver
a morir de sed y desamor
en las intermitencias de la noche.
::.

Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 25 enero, 2016 en Poemas. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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