Derivaciones

 

Resonaba la nada
derramada en el mundo,
en esta amalgama
de corazones abatidos,
el aire se escondía
en la ventana
y el sol enrejado apenas
brillaba en la atmósfera gris,
había que abrirse las alas,
como una diáspora de palabras
obscenas
mientras la lluvia palpitaba
en la calle encharcada
que se filtra por la carne
y la memoria,
y estallaba la tarde
sobre la baranda,
las campanas temblaban
en otra órbita
y yo me dejaba ir,
mientras el cielo
gritaba sus ganas
de ser la noche
y el tiempo sin orillas,
como un río caudaloso
que volvía a ser la asfixia
mineral de la montaña
que se recuesta en el camposanto
donde habrán de dolerse
los cuerpos de tanta fatiga,
tanta dulzura despiadada
que se iba acumulando
en el alma petrificada
y la retina sin nudos
donde se oculta el origen
de todo poema,
ensanchando los bordes
acaecidos de la mansa muerte
que se queda quieta,
en el hilo suspendido
que se hace hierba
y se hace hebra
y se hace un cúmulo
de besos y mangos,
como la sangre fósil
que sudaba la tierra,
volviendo siempre al comienzo,
a la llama primigenia
que arde, quema y calienta
como una lengua seca
germinando en el aire solitario,
una lengua erosionada
que se iba volando en la cortedad
del habla,
en la insistencia del deseo
fumándose la incertidumbre de la vida
y el alma migratoria que desaparece
en el eco de la ciudad silente,
una querella en blanco y negro,
el tráfico, el hastío de las flores,
la luna que goteaba sobre el parque
y mi voz incandescente iba trepando
el cielo anclado en cada estrella,
y mi voz austral iba recitando
epifanías
en la brevedad del aire
que brotaba de los pulmones,
y las palabras enrolladas
se fueron desalando de recuerdos
en la lírica del lirio
que oxigenaba el agua turbia,
mientras yo dejaba constancia
de mi tránsito terrestre,
pues nada transcurre fuera del
abrasivo libro de los vívidos versos
manchados de ironía,
versos cirujanos que extirpaban
la podredumbre de la calle,
mientras mi risa expansiva
iba robándole caricias
a la tarde,
arrebatando besos
en el exceso de la tinta
que evocaba tu cuerpo desnudo,
la necesidad de volverse eterno
en la totalidad invisible de la palabra,
como las raíces que se hunden
en todas las voces
amasadas por la cultura
y los zorzales que se decantaban
en el silencio,
como un viajero solitario
que bailaba en la fragilidad
del puente que conecta
todas las lenguas,
el viaje es salir hacia dentro,
es transformarse en aquello que siempre
hemos sido,
es vaciarse y volver a llenarse de gracia,
es hallar ese impulso que nos sopla
como si fuéramos canto,
pues la imaginación es semilla
y es también aurora,
es realidad enlatada,
es pensamiento deshilachado,
voy a arrancarme el silencio
de la muerte amurallada
en mi piel,
voy a romper el cascarón
del huevo dorado del que
naceremos como Brahma,
el comienzo de todo,
girando noche y día
en las vibraciones de la energía
universal que lo impregna todo,
celebrando esta pagana resurrección
del alborozo
y el milagroso bocado que quita
el hambre de tanto amarte,
ardiendo como el aceite oscuro
de una límpida lámpara
que se enciende y se alarga
en el aliento herbal de las plantas
o una rima desgastada como llantas lisas
o una antigua fe masacrada por los clérigos
o una estancia de de ausencias sin sustancia,
un mar encrispado por los vientos del sur,
un mapa con fronteras delineadas por el hambre,
una selva de suspiros y ojos abiertos,
una llaga que siempre llega
con olas de mil años
forjadas en el cántaro insondable
donde reposa el agua viva,
no se puede develar el misterio de la existencia
pero se puede beber de sus aguas,
hay que saber que no sabemos nada
más que sentir,
no sabemos sino dolernos y alegrarnos
a la menor provocación,
no sabemos sino sumergirnos
en las honduras de la risa y el llanto,
no sabemos sino respirar el sol
como si superamos un racimo de abejas,
como una cuita atornillada en la memoria
y el regocijo cabalgando
en la campiña de los huesos olvidados,
y tu corazón lleno de fantasmas
iba arrastrándose a ras de luna,
en el prodigio de las palabras fugitivas
que huían del cautiverio del aire
y el robusto hueco que se yergue
tierra adentro en la ruina del cuerpo,
como una hoguera de pájaros muertos,
como una ternura secreta de manos desnudas,
un alud de rebeldía que no logra
entrar en la violenta y azarosa
franja del sueño
que dejaba su huella mortecina
en los hervores del alba
y la bella suciedad del polvo
que va pintando tulipanes a la deriva
y varias puertas sin cerrojo,
como las yemas de mis dedos que se preguntan
por la sutil inexistencia de los árboles,
la nave-nube-nieve que va y viene
a ninguna parte,
subo a la cúspide de tus labios rojos
y me arrojo sin paracaídas al fondo de tu alma
y me quedo varado en la mitad de algo
que nunca ocurrió,
y recurro a una bocanada de versos
para mantenerme a flote,
una rebanada de tu vida
cerrada tras los portones,
la rareza de nuestros cuerpos disonantes
sepultados en el bosque,
derivaciones del invierno disfrazado
de pez sin escamas,
la impotencia del olvido,
las ganas de prenderle fuego
a tu fotografía de tonos amarillos
y el declive de mi voz
que nada dice.
::.

Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 6 mayo, 2016 en Poemas. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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