Archivos Mensuales: julio 2016

La diferencia entre ahogarse o flotar en el impredecible mar de la vida

Sobre el uso de drogas, dice Joseph Campbell, que la diferencia entre el derrumbe psicológico y la experiencia mística radica en que el loco se ahoga en las aguas donde el místico nada tranquilamente. Para Campbell, los mitos son esa estructura espiritual que nos ayuda a mantenernos a flote en el turbulento y misterioso mar de la vida. La diferencia entre ahogarse y flotar en el agua consiste en la fortaleza del espíritu. Y si el mundo entero pareciera derrumbarse frente a nuestros ojos, no es sino por la desacralización del mundo y su falta de espiritualidad. Vivimos en un lugar sagrado al que tratamos como si fuera algo desechable, lo cual explica muchas cosas, incluyendo esa irracional explotación de la naturaleza y el ser humano con el único fin de acumular riqueza. Recuperar el proceder mágico de las garras del determinismo científico, recuperar las bondades del misterio por encima de las falsas certezas, es una misión que habremos de encomendarnos nosotros los poetas para restablecer el equilibrio perdido del mundo.
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El sentido del sueño

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Compré un calamar con la idea de que estaba muerto. Medía poco más de dos metros. Como no tenía dónde ponerlo, lo arrojé en el piso del baño, justo debajo del lavabo. Sin saber por qué, lo bañé con agua fría y un poco de hielo. Comenzó a moverse. Esperaba que muriera de asfixia, pero no ocurrió. Su afilada boca causaba en mí un miedo tan natural como la muerte. Sabía que debía matarlo, pero no me atreví. Comenzó a convulsionarse. Cuando me di cuenta, el calamar se había salido de control. Rebotaba en las paredes, frenético, rozando el techo, dando latigazos en el aire con sus monstruosos tentáculos, tirando todo lo que se interponía a su paso. Desperté. Me tomó algunos minutos reponerme del susto. Todo había sido una pesadilla. No era la primera vez que me despertaba con algún sobresalto al filo de la madrugada tras experimentar la angustia del sueño. En la última semana había soñado con topos gigantes de ojos rojos, una batalla campal en un partido de futbol, el asesinato de un dibujante en el edificio donde vivía una exnovia. Sueños que, de modo sutil o explícito, me acechaban cada madrugada y me hacían despertar sumergido en aquel extraño sopor que sirve de frontera entre la realidad y el sueño. Por eso me levantaba cansado todos los días, con los ojos desechos, tras pasar muchas horas apretando el cuerpo a la hora de dormir. Quizá aquella racha de extraños sueños pudiera justificar la aplastante presión que sentía durante el día. O, por el contrario, aquellos sueños eran tan sólo el reflejo de la angustia que se me adhería al alma como una sanguijuela. “Contigo todo es difícil”, me dijo Claudia la noche en que acordamos dejar de vernos. Tenía razón. Siempre terminaba complicándolo todo. Por más que trataba de descifrar el origen de aquella extraña sensación, las cosas siempre terminaban saliendo mal. Entre más buscaba respuesta a aquellas preguntas, más confundido me sentía, sobre todo, en aquellos momentos de ingenuidad en que pensaba que finalmente había encontrado la anhelada respuesta a mi reiterada crisis existencial. ¿De dónde provenía aquella angustia que me asaltaba durante el sueño? Pensé que tendría que ver con algún trauma de la infancia. Pero entre más escarbaba dentro de mí, el mundo a mi alrededor parecía salirse completamente de control. Así me pasó con Claudia. Cuando pensaba que las cosas marchaban bien, todo se fue a la mierda. A pesar de la atracción que sentía hacia ella, un extraño bloqueo me llegaba de pronto en el momento preciso de hacerle el amor.

—¿Qué pasa? ¿Acaso no te gusto?— me decía desconcertada, con los ojos tristes.

—No es eso— respondía yo sin saber qué decir o qué hacer para no sentirme un completo imbécil.

A partir de ese momento, todo se vino abajo. Como si yo mismo hubiera planeado un autosabotaje. Inventé mil explicaciones para tratar de justificar mi repentina falta de apetito sexual, pero fue inútil. El latigazo que los dos sentimos la primera noche que salimos por unas cervezas y nos besamos en una calle empedrada bajo la tenue luz de una farola se fue diluyendo poco a poco. Las risas se convirtieron en discusiones y enojos demasiado recurrentes, demasiado pronto. Apenas había pasado un mes de relación y ambos llevábamos sobre nosotros una pesada carga, como si hubieran pasado ya varios años de conocernos y hacernos daño. Una relación breve pero intensa, demasiado intensa como para que pudiera durar mucho tiempo. No podía creer que me pasara eso a la hora de compartir cama junto a una mujer hermosa, inteligente y compasiva. Llevaba meses esperando a que regresara de Europa para hablar con ella. Justo antes de que partiera al otro lado del mundo, seis meses atrás, la había invitado a salir, sin saber que ya por ese entonces ella estaba enamorada de otro. De eso me enteré después de pasar la primera noche en su casa, la noche en que me pidió que me detuviera a la hora de besarla mientras permanecía recostada sobre la cama, pensando en el periodista francés a quien tanto amaba sin ser correspondida, sumergida en uno de esos amores efervescentes tan típicos de la adolescencia y que rara vez terminan bien. Fue tan extraño todo. A la semana siguiente nos vimos de nuevo en una fiesta. Cuando llegó, se sentó al otro lado de la mesa, en el bar donde nos quedamos de ver con algunos amigos en común, y no fue sino hasta mucho tiempo después que comenzamos a hablar. Esa noche todo transcurrió de manera fácil, sin darle tantas vueltas, dejando que las emociones fluyeran de forma natural, eléctrica, misteriosa. La tomé de la mano para sacarla a bailar y de pronto estábamos devorándonos a besos, con sus brazos rodeando mi cuello mientras yo la tomaba por la cintura y algunos amigos suyos le tomaban fotos comprometedoras con el teléfono celular para molestarla, uno de los tantos modos posibles para expresar los celos que sentían al saber que la chica que les gustaba secretamente se estuviera besando con otro. Pedimos un taxi y nos marchamos juntos para escapar del acoso fotográfico y refugiarnos del frío en un ambiente más acogedor. Luego de algunas complicaciones iniciales, hicimos el amor como desesperados, poco después de llegar a mi departamento. La manera en que gritaba de placer aumentaba mi deseo de poseerla, de transgredirla, de romperla. No podía detenerme. Su piel morena y el aroma agrio de su vagina producían en mí un efecto enloquecedor. “Así, así… hasta adentro”, gritaba de placer mientras desfallecía entre las sábanas y me dibujaba con las uñas un fiero zarpazo que me atravesaba la espalda. Terminamos exhaustos. A la mañana siguiente desayunamos juntos y pasamos horas hablando sobre cómo cambiar el mundo. Aún cuándo solíamos discutir mucho por la manera tan diferente en que entendíamos las cosas, cierto brillo en sus ojos daba cuenta de que ella también sentía algo por mí. Quizá no fuera amor, (todavía seguía pensando en el periodista francés) pero ambos sentíamos una extraña necesidad de seguirnos viendo y pasar el tiempo juntos para ahuyentar la soledad o simplemente compartir los pequeños gustos de la vida con alguien más. Todo parecía marchar bien. Era uno de esos extraños momentos en la vida en que todo pareciera tener sentido, como si todas las cosas que poblaban el mundo convivieran de manera armónica. Pero los sueños que me despertaban por las noches continuaban. Casi como una advertencia de que aquel efímero amor estuviera condenado a extinguirse demasiado pronto.

A los pocos días comenzaron a sucederme varias cosas. Una mañana, tras uno de esos sueños que nunca pude recordar, desperté y un gato negro me miraba fijamente con sus grandes ojos verdes, montado sobre mi cama, a unos pocos centímetros de mi rostro. Pegué un brinco del susto y el gato salió corriendo por la ventana que permaneció abierta toda la noche. Todo ese día fui perseguido por la muerte. Tras el incidente con el gato, me arreglé para ir a la Facultad de Letras y Humanidades para dar la clase de cada lunes a mis alumnos de la licenciatura en letras hispanas. Tenía previsto dedicar la sesión de ese día a la poesía de Baudelaire. En mi camino de todos los días, el metro iba un poco más lleno de lo habitual. Yo iba parado sobre el pasillo cuando una señora de edad avanzada que viajaba sentada a pocos metros de mí, comenzó a respirar con dificultad y a toser de manera escandalosa. Algunas personas que se encontraban a su alrededor intentaron ayudarla. “¡Qué tiene señora!”, gritaba una mujer que daba palmadas a la anciana sin saber qué hacer para socorrerla. La señora se tiró sobre el piso y a los pocos segundos dejó de hacer ruido. Estaba muerta. Aquello provocó una gran conmoción al interior del vagón. Un pasajero jaló la palanca de emergencia y el tren se detuvo en la próxima estación. Cuando llegaron los policías ya era demasiado tarde. Parecía como si la señora se hubiera ahogado con algo. Pasaron varios minutos antes de que pudiera salir del vagón, impactado por aquel extraño suceso. Llegué retrasado a la Facultad. Al subir las escaleras de la explanada, noté un número inusual de gente parada en círculo, como observando algo. Cuando me acerqué, noté que en medio había un cuerpo tendido sobre el suelo cubierto por una sábana. Un estudiante había muerto de manera súbita, en medio de la explanada central, tras haber experimentado breves convulsiones. No lo podía creer. Me había tocado presenciar dos muertes en cuestión de minutos. El retraso y la impresión que aquel acontecimiento causó en mis alumnos hizo que la clase se suspendiera. Todavía desconcertado por tan extraño día, decidí cambiar la ruta y viajar en autobús. De regreso a casa, el cielo se cerró y comenzó a llover. En el camino me tocó presenciar un aparatoso accidente de un motociclista que resbaló sobre el asfalto mojado y salió volando tras chocar con una camioneta. Aunque traía el casco puesto, la caída con la nuca fue fatal. El tercer deceso que me tocaba presenciar en un solo día. Me sentí acorralado por el frío suspiro de la muerte. Aterrado, corrí a casa en medio del diluvio hasta llegar a mi casa. Tuvieron que pasar varias horas para que el miedo se disipara un poco. Las manos me temblaban. Estaba ansioso. Me tomé un vaso con whisky y saqué de la mochila la antología con poemas de Baudelaire, con la esperanza de que la lectura me ayudara a recobrar la calma. “¡Quiero dormir! ¡Dormir más que vivir! En un sueño, como la muerte, dulce”, decían algunos versos del poeta francés en su poema El leteo. Así me sentía yo, cansado de todo, con ganas de dormir la eternidad. Fue entonces que miré por la ventana de mi habitación. Ahí estaba otra vez. Ahí estaba el gato negro, observándome en silencio al otro lado del vidrio, con sus penetrantes ojos verdes. Esta vez no se trataba de un sueño.

***

A veces me da un ligero mareo acompañado de esa sensación de que todo se mueve, como si todos los problemas de la vida fueran una gigantesca y nauseabunda masa de agua que nos lleva de arriba a abajo y hace que todo a nuestro alrededor dé vueltas. Así me sentí el día que tuve que ir a declarar al juzgado por la denuncia que presenté por robo a casa habitación. Un domingo por la tarde llegué a mi departamento y no había nada. Vaciaron la casa. Los ladrones forzaron la cerradura y se llevaron todo cuanto pudieron: aparatos electrónicos, la computadora con todos mis archivos, el poco dinero que había podido ahorrar, incluso algunos libros. Tras varios meses de infructuosa investigación, comparecencias inútiles y mucho papeleo, el agente del ministerio público encargado de llevar el caso decidió mandar el expediente a reserva, al no encontrar más elementos para dar con los tipos que me habían dejado en la ruina, aquellos que en una sola tarde se habían llevado todas las cosas que había logrado reunir con mucho esfuerzo a lo largo de una vida. “No es que cerremos el caso. Simplemente lo mandaremos a la reserva hasta que tengamos alguna nueva pista”, me comentó la empleada de la fiscalía encargada del trámite. Una gorda con el maquillaje abultado que escribía mi declaración con faltas de ortografía y términos legales que hacían imposible reconocer mi voz en aquel masacote de palabras con las que mostraba mi conformidad de guardar el expediente en un archivero condenado al olvido, entre los muchos crímenes sin resolver que existen en este país devorado por la impunidad. A estas alturas me daba igual. Prefería finiquitar aquello en lugar de seguir dando vueltas inútiles a la procuraduría para responder preguntas que nunca serían respondidas. Las cámaras de vigilancia ubicadas en la esquina de mi casa no captaron nada, según constaba en el voluminoso expediente. “Es mejor así, para que descanse un poco de lo sucedido”, me dijo el abogado que me fue asignado como asesor jurídico. Un tal Obdulio No-sé-qué, un cincuentón que trataba de disfrazar su calvicie con largos cabellos negros que le brotaban del costado y se peinaba de lado, cubriendo el área baldía de la cabeza. Un tipo de rostro cansado, tranquilo, quien portaba un traje café que le quedaba grande, cosa que no parecía tener la menor importancia para él, tan placenteramente habituado a la asfixiante rutina. “¿Soltero o felizmente casado?”, preguntó la agente del ministerio público mientras tecleaba datos absurdos en la comparecencia de mi supuesto abogado, quien ni siquiera echó un ojo al expediente del robo. “Después de 20 años de matrimonio viene dando lo mismo”, respondió el licenciado Obdulio Algo en tono de broma. El aire lúgubre del juzgado, aunado al sofocante calor del lugar, comenzaba a provocarme un ligero dolor de cabeza. Firmé los papeles y me retiré con la certeza de que nunca atraparían a los ladrones que habrían de disfrutar impunemente el fruto de mi trabajo de muchos años.

El resto del día transcurrió con normalidad. Regresé exhausto de la oficina. Tomé una cerveza, escuché un poco de música y caí rendido sobre la cama. El sabor de la sal me despertó. Soñé que tragaba agua de mar. La sensación del agua salada atorada en el fondo de la garganta me sacó del letargo. Me quedé quieto durante un par de minutos en la delgada frontera del sueño, mientras trataba de entender qué había pasado. Me volví a dormir sin mucho problema. A la mañana siguiente desperté con la almohada bañada en sangre. La enorme mancha carmesí me produjo un pequeño sobresalto. Me levanté de la cama y corrí al baño en busca de un espejo. Tenía la boca llena de sangre. Al parecer, me había mordido el labio con tal fuerza que me empezó a brotar sangre, misma que había tragado durante la noche pensando que se trataba de las salinas aguas del mar. Quité las sábanas ensangrentadas y las metí a la lavadora. Eché dos tapas de jabón líquido y me quedé un rato observando la manera en que el agua iba llenando lentamente el interior del contenedor. Me acordé de Claudia. La extrañaba mucho, aunque ya no tuviera sentido seguirla evocando. La última vez que nos vimos todo salió mal. Sólo que en esta última ocasión fue diferente a otras veces. La tensión emocional de otras veces se había convertido en llana indiferencia. Noté su fastidio en el tono de sus labios, sus manos frías, sus palabras cortas. Se había enojado conmigo porque no supe leer el mapa y nos perdimos antes de llegar a un pequeño bosque ubicado a las afueras de la ciudad. Había pensado pasar el día con ella, siendo que por aquellos días ella era lo único que me hacía olvidarme de todos los problemas. Tenía la necesidad de salir al campo para respirar aire limpio y pasar un día tranquilo. Pero desde la noche anterior en que le marqué para ponernos de acuerdo, noté que algo andaba mal, no tanto por lo que dijo, sino por cómo lo dijo. Su tono molesto se reprodujo al día siguiente. Lo del mapa era solo un pretexto para manifestar su descontento. Desde entonces no la he vuelto a ver. Supongo que fue lo mejor. Demasiadas complicaciones al mismo tiempo. Apenas podía con mis muchos problemas para estar triste todo el día a causa de un amor no correspondido. En eso estaba cuando alguien tocó la puerta del departamento. Abrí la puerta. Ahí estaba otra vez. Era el gato negro de ojos verdes.

“Lo importante está en el alma”, me dijo el gato antes de dar media vuelta y marcharse por las escaleras del edificio.

No supe qué hacer. Pensé que me había vuelto loco. ¿Qué carajos significaba aquello? La última vez que el gato se me apareció, me tocó presenciar tres muertes en el mismo día. Por protección, decidí no salir de casa. Nada ocurrió ese día, salvo que estuve inquieto en mi apartamento que lucía vacío con lo poco que todavía quedaba luego del robo. “Lo importante está en el alma”, repetía el gato con su voz grave, como un eco que resonaba una y otra vez dentro de mi cabeza. ¿Qué quería decir? Durante un buen tiempo me quedé pensando en lo extraño que se había vuelto todo en las últimas semanas. La única conclusión a la que pude llegar es que me había vuelto loco. Necesitaba contárselo a alguien. Pero el terror de salir de casa me lo impidió. Estaba exhausto. Al cabo de unas horas me quedé dormido. Inmerso en el sueño, platiqué con un hombre de gabán oscuro y sombrero.

—¿Quién eres tú?— le pregunté sin saber qué esperar.

—Eso no es importa. Lo importante está en el alma— dijo repitiendo la frase que ya me había dicho el gato.

—¿Es esto un sueño?— pregunté de nuevo.

—No podría decírtelo. De la realidad al sueño existe solo un pequeño paso. No me corresponde a mí decirte si esto es real o no. Es tu decisión— dijo en tono solemne.

Ante la falta de respuestas, abandoné la habitación. De pronto me encontraba yo dentro de una camioneta. Al frente iba mi padre conduciendo junto a mi madre. En la parte posterior viajaba yo junto a mis dos hermanas. Cuando el vehículo estaba por detenerse frente a un semáforo, advertí que un hombre con pistola se acercaba hacia nosotros. “¡Acelera, acelera, trae pistola!”, le grité a mi padre, quien sin darle muchas vueltas se pasó la luz roja esquivando con dificultad algunos coches. Pasamos también un par de retenes policiales cuando noté que empezaron a disparar a la camioneta en que viajábamos. No pasó mucho tiempo para sentir el fulminante rugido de la metralla sobre la nuca. Apenas pude percibir un ligero cosquilleo antes de sentir cómo entraban y salían las balas de mi cuerpo, regándolo todo de sangre caliente. La imagen se congeló. Nos habían masacrado a todos. Desperté exaltado para escapar de aquella pesadilla en la que experimenté la angustia de la muerte de una manera tan vívida que durante algunos segundos me hizo cuestionarme si en realidad habría muerto durante la balacera o no. Aquello no fue real, pero la angustia que fue real, tan real como para dudar si estaba muerto o no. Y entonces recordé las palabras del hombre de gabán oscuro. Comprendí que no existen fronteras entre el sueño y realidad. Todo se reduce al problema de la elección. Cada quien decide lo que es sueño y es realidad, pues la realidad está hecha de sueños y los sueños de aquellas experiencias que vivimos despiertos, dentro de la realidad. Recordé entonces el miedo que sentí al ver el calamar retorciéndose entre las paredes de mi apartamento, el momento preciso en que habían comenzado a suceder cosas raras, la sensación de asfixia, los problemas con Claudia, el robo, los encuentros con el gato negro que se me aparecía siempre como un extraño presagio de la muerte. Entendí que todo aquello había sido un invento mío. Aquellos extraños sueños se alimentaban de mi realidad y mi realidad se alimentaba de mis sueños. Dimensiones paralelas que formaban parte de la misma película. Y entonces pensé que quizá existiera una salida de aquel interminable ciclo de repeticiones en el que había quedado atrapado. “Es tu decisión”, según me dijo el hombre del gabán. Imaginé que podía cambiar la realidad desde el sueño. Me propuse soñar en otro tono, como si aquel estado emocional que uno experimenta justo antes de dormir fuera la clave para cambiar el curso de los sueños, el curso de la vida.

Salí de la casa para comer algo. El miedo se había ido. No había nada a qué temer. “Lo importante está en el alma”, me dijo el gato. Tenía razón. La crudeza del mundo empezaba a florecer. Esa noche soñé que veía un rosado atardecer desde las faldas de un volcán, al lado de Claudia. Y los árboles cantaban canciones en su lengua secreta y el agua del río refrescaba este corazón caliente que trabajaba a marchas forzadas, como una máquina a punto de estallar, y comíamos frutos dulces mientras nos devorábamos a besos. Me sentí tranquilo, como si nada en el mundo pudiera hacerme daño. Un sueño afable, como hacía mucho tiempo no tenía. Un sueño en el que me hubiera gustado vivir toda la vida. Y de pronto todo se hizo más fácil. Las nubes grises se habían ido para que finalmente pudiera respirar la claridad del cielo, la transparencia del aire. Me sentía más ligero, como si todo lo malo que hubiera experimentado se hubiera quedado atrás. Al poco tiempo, todo comenzó a mejorar. Nunca regresé con Claudia, pero poco importó. Entendí al fin que el sueño no es sino una forma de sentir la vida, pues la vida está hecha de sueños y soñar es vivir.

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La torre y el laberinto

La torre y el laberinto

Cuentan que, antes de morir, el viejo Tanus escondió el secreto de la vida eterna en lo alto de una torre cuyo interior albergaba un laberinto. Era lo menos que podía hacer para mantener a salvo el secreto legado por los antiguos maestros y de paso, consumar su anhelada venganza contra el tirano rey que le arrancó los ojos con un hierro caliente.

Nadie sabe con certeza de dónde provino aquel extraño viejo. Se dice que llegó de un pueblo lejano al este de Moravia, un lugar perdido en las montañas del que nadie había escuchado jamás y cuyo nombre ya nadie recuerda. Una tarde se presentó ante la corte el rey Ullrich para ofrecer sus servicios como consejero, a cambio de que el monarca financiara la construcción de un enorme reloj capaz de medir ciclos cósmicos y anunciar el comienzo de la nueva era que estaba aún por nacer. Maravillado con la idea, Ullrich accedió a la propuesta del viejo, convencido de que aquella fascinante máquina extendería por el mundo la fama del reino de Chequia y despertaría la envidia de sus enemigos. Los años posteriores a la llegada de Tanus, el pueblo vivió una época de prosperidad. Las cosechas eran abundantes y la relativa calma que se respiraba en la aldea propició el florecimiento de las artes. Por consejo de Tanus, el rey emprendió grandes obras de ingeniería para garantizar el abastecimiento de agua y fortalecer las defensas del reino. En aquel entonces, nadie hubiera imaginado que la dicha sería tan efímera. La paz del reino permitió a Tanus trabajar con esmero y sigilo en la construcción del reloj. Ensamblar cada pieza de la formidable máquina requería varios meses de meticuloso esfuerzo y planeación. Había que medir la posición de los astros y hacer elaborados cálculos antes de forjar artesanalmente cada engranaje de la compleja maquinaria, para luego ponerla a prueba, corregir errores y repetir todo el proceso, el cual se llevaba a cabo con la ayuda de Patricio, un muchacho pobre del pueblo a quien Tanus adoptó como aprendiz. Largos años tuvieron que pasar antes de que la magnífica obra estuviera lista, pese a la impaciencia del rey, quien a menudo cuestionaba la lentitud de Tanus en el desarrollo del proyecto. Una noche de invierno, fechada por los historiadores en el 21 de diciembre del año 1415, el reloj quedó terminado. Todo el pueblo se reunió afuera de la torre para presenciar por vez primera aquel milagro de la ciencia. Las manecillas del reloj iniciaron su interminable recorrido justo al entrar la media noche, con la llegada del equinoccio de invierno. El asombro de los pueblerinos se convirtió en noches de júbilo y verbena. Todos en el pueblo hablaban de las maravillas de aquel prodigio de la inventiva humana, concedida a Tanus por la gracia de los dioses. Además de la hora, el reloj era capaz de medir los meses del año, los ciclos lunares y hasta el movimiento del sol en su milenario y rítmico vaivén por la bóveda celeste. El rey quedó tan fascinado y orgulloso con el resultado, que a las pocas semanas ya había ordenado a un grupo de juglares y emisarios del reino difundir la noticia dentro y fuera de las fronteras de Chequia. Aquello fue suficiente para revivir rencillas y alimentar viejos rencores en los reinos vecinos. La disputa por los territorios de Dujanska y Hummené, sumada a las fuertes heladas que trajo consigo la hambruna, reactivaron las tensiones políticas que conducirían a la guerra. El rey Ullrich asestaría el primer golpe al invadir el reino de Brezno con más de veinte mil hombres. A pesar de la feroz resistencia, los enemigos de Ullrich fueron cayendo uno por uno. Trece años más tarde, tras la conquista de la ciudad de Mijavya pondría fin a la guerra. Ullrich se convirtió en amo y señor de una extensa porción de tierra que sus ancestros ni siquiera se hubieran atrevido a soñar. A medida que el poder de Ullrich aumentaba, también lo hacía su yugo contra los pueblos vecinos. Su famosa crueldad pronto le valió ser conocido como Ullrich ‘El sanguinario‘. El rey era capaz de arrasar con pueblos enteros, asesinando mujeres, niños y ancianos indefensos, solo para sembrar un profundo temor en el corazón de sus adversarios. Los métodos utilizados por Ullrich lo fueron distanciando de Tanus, quien pasaba largas noches en vela al interior de la torre, preparándose para abandonar Chequia a la menor oportunidad. Los planes del viejo llegaron a oídos del rey. Temeroso de que los secretos del reloj, símbolo de su grandeza, pudieran ser utilizados para reproducir semejante prodigio de la ciencia fuera de sus dominios, Ullrich mandó llamar al mago. El tirano le reprochó al viejo una supuesta falta de gratitud, al mismo tiempo que Tanus condenaba la actuación del monarca, alegando que el rey había sido corrompido por su insaciable ambición de poder. Tras una breve y fuerte discusión, Ullrich ordenó a los guardias arrancarle los ojos a Tanus, con el fin de imposibilitarlo para construir otro maravilloso artificio que pudiera eclipsar o siquiera cuestionar el poderío y la grandeza de Ullrich. Uno de los guardias tomó un hierro caliente para cumplir con la orden. El mago maldijo al rey antes de quedar ciego, jurando vengarse del tirano antes de ser echado del castillo. Con ayuda de su discípulo, Tanus ascendió a lo alto de la torre, dio algunas instrucciones a Patricio para luego salir por la cornisa, recitar a todo pulmón una frase pronunciada en una lengua antigua y arrojarse desde el último piso para morir justo frente al reloj que tantos años le tomó construir. “Tyranni morietur in carcere corpore suo”, fueron las palabras que pronunció Tanus justo antes de morir, las cuales podrían traducirse como “el tirano morirá en la prisión de su cuerpo”. Las palabras del mago fueron interpretadas por algunos como una maldición contra el rey, versión que se difundió entre los aldeanos hasta convertirse en verdad incuestionable dentro del imaginario popular. El cadáver de Tanus fue recogido y quemado en la plaza pública por órdenes de Ullrich, quien utilizó la tragedia del mago para reafirmar su tiranía ante los ojos de la muchedumbre. El deceso de Tanus causó un gran impacto en el pueblo, lo cual contribuyó a hacer más evidente el descontento contra el rey y su recurrente aumento de impuestos, mismos que servían para financiar las constantes guerras con las que había logrado someter a sus detractores, quienes pagaban cualquier expresión de inconformidad con su cabeza, la hoguera o la horca. A pesar de las muchas batallas ganadas, una espesa sombra se asentó en el reino de Chequia. La peste y las heladas de los años siguientes agudizó la agonía del pueblo y la tiranía del rey. Los aldeanos comentaban que los malos tiempos comenzaron justo con la muerte de Tanus, de la cual culpaban al monarca y su insaciable ambición. Agobiado por los muchos problemas que aquejaban al reino y las continuas disputas al interior de la corte, la salud de Ullrich se deterioró de manera notable en poco tiempo. Se veía pálido y ojeroso, demacrado, como si fuera un simple cuerpo sin alma, un cadáver movido por la podrida inercia del poder. Los insoportables dolores y los continuos vómitos hicieron que el rey se fuera consumiendo lentamente, como una hedionda vela, con lo cual optó por recluirse dentro de su castillo, refugiándose en su propia amargura, una forma de justificarse y evadir los muchos problemas que debía afrontar para mantener a flote el reino. Al mismo tiempo, la angustia de no haber dejado descendencia lo iba devorando por dentro. Los dos hijos que Ullrich tuvo con la reina Constanza murieron a los pocos días de nacidos tras sufrir enfermedades extrañas. Agobiada por tales sucesos, una noche, la reina tomó un potente veneno para quitarse la vida, lo cual hizo que el carácter de Ullrich se volviera aún más umbrío.

Pasaron muchos años de desgracias e infortunios hasta que una mañana, apareció Patricio ante las puertas del castillo para solicitar una audiencia con el rey. “Dígale que le traigo un mensaje de Tanus”, dijo el muchacho a uno de los guardias que custodiaban la entrada principal del castillo. La visita tomó por sorpresa al monarca. ¿Un mensaje de Tanus? ¿Cómo era eso posible si estaba muerto? Él mismo había visto arder su cadáver en la plaza central desde lo alto del castillo. Intrigado por aquella extraña noticia, Ullrich ordenó que dejaran pasar al muchacho. Una vez frente al rey, Patricio entregó una carta dentro de un sobre, firmada con sangre por el mismo Tanus. La carta decía así: “Pasarán los años Ullrich, los campos se secarán, morirán de hambre los niños y la desgracia del pueblo será también tu desgracia. La tiranía y la sed de sangre tienen un precio, mismo que pagarás con tu vida. Si estás leyendo esto ahora significa que llevas años pudriéndote en la miseria que tú mismo has provocado. Pero nada es para siempre, ni siquiera la muerte. Por eso he escondido el secreto de la vida eterna en lo alto de la torre, la cura contra todos tus dolores, algo que tú y sólo tú serás capaz de descifrar. ¡Tómalo si te atreves, oh maldito rey, marcado por el sino imborrable de la podredumbre humana!”. La advertencia de Tanus encerraba una especie de reto y una amenaza. Colérico, Ullrich rompió la carta y mandó encerrar a Patricio. Tuvieron que pasar algunas semanas para que, ante una nueva racha de dolores insoportables, Ullrich encomendara a un grupo de hombres encontrar el supuesto remedio para su malestar, escondido en lo alto de la torre. Los hombres regresaron sin éxito, alegando que en el cuarto ubicado en el último piso de la torre sólo había una serie de imágenes e inscripciones pintadas sobre la pared. Ullrich pidió a sus súbditos que le describieran a detalle cada palabra, cada imagen pintada con esmero en lo que alguna vez fue el laboratorio del mago. Los guardias explicaron al rey que las imágenes parecían contar alguna historia demoniaca, pues entre otras muchas figuras, aparecía una hombre desnudo con cuernos gigantes sosteniendo un cráneo con una flor en su interior. “Lo más extraño es que aquel hombre retratado en la pared tenía un enorme parecido con vuestra majestad”, según confesó con cierto temor y vergüenza el capitán de la guardia real. Aquella imagen, además, estaba decorada con escenas de viejos cuentos populares, donde la aparición de gente riendo o llorando solían mezclarse con toda clase de personajes fantásticos que parecían relatar una historia. Intrigado con semejante descripción, Ullrich desestimó las amenazas del mago y pidió que lo llevaran a lo alto de la torre. Debido a su maltrecho estado de salud, aquello representó todo una odisea. El rey fue cargado por su servidumbre hasta la entrada de la torre, cuyo descuidado reloj marcaba las coordenadas cósmicas de aquel nublado 21 de junio de 1432. Como las escaleras eran demasiado estrechas, Ullrich tuvo que subir por sí mismo hasta lo alto de la torre, ayudado por sus sirvientes. Tras tomarse varios minutos de descanso y experimentar insoportables dolores que le hacían palidecer como si se tratara de un espectro, Ullrich finalmente subió el último peldaño que lo conduciría al secreto de la vida eterna. Al entrar a la habitación, el rey pudo percibir la presencia de Tanus. Era como si aquel cuarto estuviera impregnado con la esencia del mago, quizá por aquel olor a incienso que solía identificar con el mago o por alguna otra misteriosa razón. Luego de mirar el imponente mural que decoraba el recinto, Ullrich se sintió sorprendido por el detalle de las imágenes. Lo observó con cautela y un agudo sentido analítico, casi como si se tratara de un mapa de guerra. La historia relatada en la pintura parecía relatar lo que había sido la historia del reino de Chequia tras la muerte de Tanus, como si el mago supiera de antemano lo que sucedería luego de su muerte. La mirada de Ullrich se detuvo en el centro del muro, donde aparecía su retrato con grandes cuernos, sentado sobre su trono, sosteniendo con su mano derecha un cráneo del cual brotaba un tulipán amarillo y su mano izquierda señalaba sutilmente a un perro doberman, erguido, en cuyo hocico parecía tener restos del cuerpo de dos niños recién nacidos que yacían sobre el piso. De inmediato Ullrich relacionó dicha imagen con la muerte de sus hijos. A un costado del perro, una mujer cuyo rostro permanecía oculto entre sus cabellos rojizos se derramaba una copa con un líquido rojo que lo mismo podía ser vino o sangre. También aparecía un retrato de Tanus, sin ojos y sonriente, sosteniendo un pergamino que decía la misma frase que recitó antes de morir, la misma frase con la que había maldecido al rey: Tyranni morietur in carcere corpore suo. La anhelada venganza del mago había sido finalmente consumada. El monarca comenzó a temblar de rabia al mismo tiempo que sintió un ardor que le recorría todo el cuerpo. Escupió sobre la imagen y arrojó un mazo de hierro sobre la pared de piedra, misma que, para sorpresa de todos, hizo un agujero sobre la misma. La falsa pared de piedra conducía a un estrecho y lúgubre pasillo que conectaba con una puerta de madera custodiada por un gran candado. A la entrada podía leerse otra inscripción escrita en latín: “Risum, occulto elixir vitae”, algo que podría interpretarse como “reír, el secreto elixir de la vida”. Ullrich, quien tomó aquello como una burla, dio la orden de forzar la puerta. Pasaron algunos minutos hasta que los guardias lograron su cometido. Ullrich, acompañado por un pequeño grupo de no más de cinco personas, ingresó con sigilo a la cámara secreta, en donde habían otras cinco puertas. Abrieron una por una hasta descubrir que cada puerta conectaba a una habitación con otras cinco puertas que a su vez conectaba con otras cinco puertas y así sucesivamente hasta el infinito. Ullrich había caído en la trampa. Sin saberlo, había sido conducido por el mago hasta un secreto laberinto que se ocultaba en lo alto de la torre. Cuando finalmente el rey se dio cuenta de ello, quiso regresar por donde había venido, pero para ese entonces, era ya demasiado tarde. Nunca más se volvió a saber nada de Ullrich, quien fue devorado por el laberinto. Los guardias que permanecieron al pie de la falsa pared de piedra en espera de su rey pasaron muchas noches esperando el regreso del tirano. Algunos grupos salieron en la búsqueda del cruel gobernante, pero fue inútil. Ullrich había desaparecido sin dejar rastro. Conforme pasaban los días, la ausencia del tirano se hizo cada vez más evidente al interior del reino. Al no dejar descendientes, las disputas por el trono entre los miembros de la corte hicieron aún más profunda la crisis interna que ya de por sí enfrentaba el reino de Chequia. Los pueblos sometidos aprovecharon la coyuntura para rebelarse contra sus opresores y reducir a cenizas lo que alguna vez fue un enorme imperio. Lo único que sobrevivió de aquellos tiempos fue la torre del reloj, cuyas manecillas permanecieron inmóviles durante varias décadas, casi como si aquello fuera una alegoría del tiempo perdido entre tanta sangre inútil. Un día de invierno, el reloj comenzó a funcionar con normalidad hasta el día de hoy. Si uno visita el lugar para contemplar aquel misterioso prodigio de la inventiva humana, la gente dice que Ullrich sigue vagando en lo alto de la torre, atrapado en el laberinto de su ambición, tratando de encontrar la salida al insoportable dolor de su miserable existencia.

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El alucinante legado de Michael Jackson, fundador de su propia estética (en formato led)

Si existe un estado sublime en el mundo del arte, es el momento en el que un artista funda una nueva estética, una nueva manera de percibir y sentir el mundo. En la música mainstream, pocos artistas han logrado algo como lo hecho por Michael Jackson, cuya obra derrocha una originalidad única, irrepetible, siempre imitable. Quizá por eso resulta particularmente notable la manera en que la estética michaeljacksoniana es particularmente perceptible aún cuando es interpretada por sombras equipadas con leds. El bailarín y cantante fundó una nueva manera de mover el cuerpo que sigue y seguirá vigente en las décadas venideras. El siguiente ejemplo es tan sólo una muestra de que los seres inmortales se mantienen vivos a pesar de la caducidad de la carne.

El negocio de la censura

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Si el derecho a la información en verdad fuera considerado un derecho humano, la censura tendría que ser sancionada de alguna forma por un auténtico Estado de derecho. No ocurre así. Por el contrario, los oligarcas de los medios de comunicación administran la información a conveniencia, como si se tratara de una mercancía. En su reciente informe,  Medios de comunciación: los oligarcas se van de comrpas, Reporteros Sin Frontera documenta al menos cinco formas en que los dueños de los medios practican la censuran el derecho a la información de manera sistemática: 1) Poner su imperio mediático al servicio del régimen; 2) Cambiar información por entretenimiento; 3) Usar su medio de comunicación contra los opositores; 4) Censurar todo lo que vaya contra sus intereses; 5) Comprarse un medio de comunicación para corromper el poder.

Si uno de los principios elementales de la democracia es el derecho a la información como condición elemental para que los pueblos puedan ejercer su soberanía, la situación de la prensa global a merced de los intereses mercantilistas del capitalismo y los intereses privados por encima del interés público, representan uno de los ejes para explicar la crisis de confianza que existe en las llamadas democracias liberales que se constituyen como el modelo de gobierno hegemónico a nivel global.

Si bien en todo el mundo estas prácticas son cosa de todos los días, en países como México la censura mediática ha alcanzado niveles tales, que el más reciente informa de RSF de 2016 sitúa a México en el lugar 149 de un total de 180 países en términos de libertad de prensa, por debajo de países como Rusia, Etiopía o Bangladesh. Algo que contradice el derecho a la información que pregonan las autoridades mexicanas, lo cual no hace sino evidenciar el simulacro democrático en que vivimos, que no es otra cosa que una oligarquía con disfraz de populismo. Basta ver lo acontecido en las últimas semanas con el acoso judicial de los aliados del gobierno de Enrique Peña Nieto contra periodistas e investigadores críticos al actual régimen como Carmen Aristegui y Sergio Aguayo, para entender que el derecho a la información, en el mejor de los casos, no es sino un indicador para medir la calidad de una democracia. Un indicador en el que México sale irremediablemente reprobado.

La culturación de la naturaleza

Un video introductorio sobre la ecología cultural, un enfoque antropológico que rastrea y trata de entender la interrelación entre el entorno ambiental y el pensamiento simbólico en el que se basa toda cultura. La naturaleza y la cultura son dos facetas de la existencia humana que no pueden concebirse una sin la otra. Es por ello que solucionar problemas complejos como el cambio climático pasa más por un cambio en las estructuras cognitivas que en un mayor desarrollo científico y tecnológico anclado en una visión obsoleta del mundo. Toda noción de naturaleza es consecuencia de un imaginario sobre el ser humano y su entorno. Un chévere video desarrollado por la Universidad Nacional de Educación a Distancia de España.

El pollito pío o el poder expresivo de la gestualidad humana

Hace poco volví a ver este video y me sigue maravillando el tremendo poder expresivo del rostro y cuerpo humano. Resulta curioso lo gracioso que puede resultar un video con un tipo que sólo hace gestos con una canción de fondo. Imperdible.

Una cuerda, ritmo y mucha actitud

Siempre me ha impresionado este video. Cuando el ritmo y la música se trae dentro, basta una simple cuerda en una guitarra desvencijada para prender a la banda. Vaya manera de hacer música con tan pocos recursos materiales a la mano. La creatividad humana es sorprendente.

Habría que…

Habría que buscar
alguna luz
en aquel torrente
de sangre púrpura
con sabor a vino.

Habría que buscarte
en el latido nervioso
de este corazón trasnochado
que nada dice
y sólo suspira canciones.

Habría entonces
que arrancarte el vestido negro
de un fiero zarpazo
y enterrarme dentro de ti,
enterrarme en tu alma
y en el eco de tu risa,
para que no te vayas nunca.
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Si te dijera

Era una de esas noches
en que todo es posible.

Si te dijera que te amo,
¿qué pensarías?
¿qué tan lejos correrías?

A ti que no te gusta
la clavadez,
qué dirás de mí,
que soy un clavadista de altura
y suelo clavarme
como cuchillo bajo tu piel
para explorar los misterios azules
que dormitaban en tu pecho,
en el fondo del lecho submarino,
y pueda entonces
mudarme a la intimidad de tu sueño
y respirar en tus pechos diurnos
como dos soles que se escurren
entre mi lengua y mi boca,
y tus manos ansiosas
rasguñaban mi espalda
para aferrarse al mundo
mientras te evaporabas
en los gemidos de la luna,
empapada de amor,
deseosa de olvido.
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