La torre y el laberinto

La torre y el laberinto

Cuentan que, antes de morir, el viejo Tanus escondió el secreto de la vida eterna en lo alto de una torre cuyo interior albergaba un laberinto. Era lo menos que podía hacer para mantener a salvo el secreto legado por los antiguos maestros y de paso, consumar su anhelada venganza contra el tirano rey que le arrancó los ojos con un hierro caliente.

Nadie sabe con certeza de dónde provino aquel extraño viejo. Se dice que llegó de un pueblo lejano al este de Moravia, un lugar perdido en las montañas del que nadie había escuchado jamás y cuyo nombre ya nadie recuerda. Una tarde se presentó ante la corte el rey Ullrich para ofrecer sus servicios como consejero, a cambio de que el monarca financiara la construcción de un enorme reloj capaz de medir ciclos cósmicos y anunciar el comienzo de la nueva era que estaba aún por nacer. Maravillado con la idea, Ullrich accedió a la propuesta del viejo, convencido de que aquella fascinante máquina extendería por el mundo la fama del reino de Chequia y despertaría la envidia de sus enemigos. Los años posteriores a la llegada de Tanus, el pueblo vivió una época de prosperidad. Las cosechas eran abundantes y la relativa calma que se respiraba en la aldea propició el florecimiento de las artes. Por consejo de Tanus, el rey emprendió grandes obras de ingeniería para garantizar el abastecimiento de agua y fortalecer las defensas del reino. En aquel entonces, nadie hubiera imaginado que la dicha sería tan efímera. La paz del reino permitió a Tanus trabajar con esmero y sigilo en la construcción del reloj. Ensamblar cada pieza de la formidable máquina requería varios meses de meticuloso esfuerzo y planeación. Había que medir la posición de los astros y hacer elaborados cálculos antes de forjar artesanalmente cada engranaje de la compleja maquinaria, para luego ponerla a prueba, corregir errores y repetir todo el proceso, el cual se llevaba a cabo con la ayuda de Patricio, un muchacho pobre del pueblo a quien Tanus adoptó como aprendiz. Largos años tuvieron que pasar antes de que la magnífica obra estuviera lista, pese a la impaciencia del rey, quien a menudo cuestionaba la lentitud de Tanus en el desarrollo del proyecto. Una noche de invierno, fechada por los historiadores en el 21 de diciembre del año 1415, el reloj quedó terminado. Todo el pueblo se reunió afuera de la torre para presenciar por vez primera aquel milagro de la ciencia. Las manecillas del reloj iniciaron su interminable recorrido justo al entrar la media noche, con la llegada del equinoccio de invierno. El asombro de los pueblerinos se convirtió en noches de júbilo y verbena. Todos en el pueblo hablaban de las maravillas de aquel prodigio de la inventiva humana, concedida a Tanus por la gracia de los dioses. Además de la hora, el reloj era capaz de medir los meses del año, los ciclos lunares y hasta el movimiento del sol en su milenario y rítmico vaivén por la bóveda celeste. El rey quedó tan fascinado y orgulloso con el resultado, que a las pocas semanas ya había ordenado a un grupo de juglares y emisarios del reino difundir la noticia dentro y fuera de las fronteras de Chequia. Aquello fue suficiente para revivir rencillas y alimentar viejos rencores en los reinos vecinos. La disputa por los territorios de Dujanska y Hummené, sumada a las fuertes heladas que trajo consigo la hambruna, reactivaron las tensiones políticas que conducirían a la guerra. El rey Ullrich asestaría el primer golpe al invadir el reino de Brezno con más de veinte mil hombres. A pesar de la feroz resistencia, los enemigos de Ullrich fueron cayendo uno por uno. Trece años más tarde, tras la conquista de la ciudad de Mijavya pondría fin a la guerra. Ullrich se convirtió en amo y señor de una extensa porción de tierra que sus ancestros ni siquiera se hubieran atrevido a soñar. A medida que el poder de Ullrich aumentaba, también lo hacía su yugo contra los pueblos vecinos. Su famosa crueldad pronto le valió ser conocido como Ullrich ‘El sanguinario‘. El rey era capaz de arrasar con pueblos enteros, asesinando mujeres, niños y ancianos indefensos, solo para sembrar un profundo temor en el corazón de sus adversarios. Los métodos utilizados por Ullrich lo fueron distanciando de Tanus, quien pasaba largas noches en vela al interior de la torre, preparándose para abandonar Chequia a la menor oportunidad. Los planes del viejo llegaron a oídos del rey. Temeroso de que los secretos del reloj, símbolo de su grandeza, pudieran ser utilizados para reproducir semejante prodigio de la ciencia fuera de sus dominios, Ullrich mandó llamar al mago. El tirano le reprochó al viejo una supuesta falta de gratitud, al mismo tiempo que Tanus condenaba la actuación del monarca, alegando que el rey había sido corrompido por su insaciable ambición de poder. Tras una breve y fuerte discusión, Ullrich ordenó a los guardias arrancarle los ojos a Tanus, con el fin de imposibilitarlo para construir otro maravilloso artificio que pudiera eclipsar o siquiera cuestionar el poderío y la grandeza de Ullrich. Uno de los guardias tomó un hierro caliente para cumplir con la orden. El mago maldijo al rey antes de quedar ciego, jurando vengarse del tirano antes de ser echado del castillo. Con ayuda de su discípulo, Tanus ascendió a lo alto de la torre, dio algunas instrucciones a Patricio para luego salir por la cornisa, recitar a todo pulmón una frase pronunciada en una lengua antigua y arrojarse desde el último piso para morir justo frente al reloj que tantos años le tomó construir. “Tyranni morietur in carcere corpore suo”, fueron las palabras que pronunció Tanus justo antes de morir, las cuales podrían traducirse como “el tirano morirá en la prisión de su cuerpo”. Las palabras del mago fueron interpretadas por algunos como una maldición contra el rey, versión que se difundió entre los aldeanos hasta convertirse en verdad incuestionable dentro del imaginario popular. El cadáver de Tanus fue recogido y quemado en la plaza pública por órdenes de Ullrich, quien utilizó la tragedia del mago para reafirmar su tiranía ante los ojos de la muchedumbre. El deceso de Tanus causó un gran impacto en el pueblo, lo cual contribuyó a hacer más evidente el descontento contra el rey y su recurrente aumento de impuestos, mismos que servían para financiar las constantes guerras con las que había logrado someter a sus detractores, quienes pagaban cualquier expresión de inconformidad con su cabeza, la hoguera o la horca. A pesar de las muchas batallas ganadas, una espesa sombra se asentó en el reino de Chequia. La peste y las heladas de los años siguientes agudizó la agonía del pueblo y la tiranía del rey. Los aldeanos comentaban que los malos tiempos comenzaron justo con la muerte de Tanus, de la cual culpaban al monarca y su insaciable ambición. Agobiado por los muchos problemas que aquejaban al reino y las continuas disputas al interior de la corte, la salud de Ullrich se deterioró de manera notable en poco tiempo. Se veía pálido y ojeroso, demacrado, como si fuera un simple cuerpo sin alma, un cadáver movido por la podrida inercia del poder. Los insoportables dolores y los continuos vómitos hicieron que el rey se fuera consumiendo lentamente, como una hedionda vela, con lo cual optó por recluirse dentro de su castillo, refugiándose en su propia amargura, una forma de justificarse y evadir los muchos problemas que debía afrontar para mantener a flote el reino. Al mismo tiempo, la angustia de no haber dejado descendencia lo iba devorando por dentro. Los dos hijos que Ullrich tuvo con la reina Constanza murieron a los pocos días de nacidos tras sufrir enfermedades extrañas. Agobiada por tales sucesos, una noche, la reina tomó un potente veneno para quitarse la vida, lo cual hizo que el carácter de Ullrich se volviera aún más umbrío.

Pasaron muchos años de desgracias e infortunios hasta que una mañana, apareció Patricio ante las puertas del castillo para solicitar una audiencia con el rey. “Dígale que le traigo un mensaje de Tanus”, dijo el muchacho a uno de los guardias que custodiaban la entrada principal del castillo. La visita tomó por sorpresa al monarca. ¿Un mensaje de Tanus? ¿Cómo era eso posible si estaba muerto? Él mismo había visto arder su cadáver en la plaza central desde lo alto del castillo. Intrigado por aquella extraña noticia, Ullrich ordenó que dejaran pasar al muchacho. Una vez frente al rey, Patricio entregó una carta dentro de un sobre, firmada con sangre por el mismo Tanus. La carta decía así: “Pasarán los años Ullrich, los campos se secarán, morirán de hambre los niños y la desgracia del pueblo será también tu desgracia. La tiranía y la sed de sangre tienen un precio, mismo que pagarás con tu vida. Si estás leyendo esto ahora significa que llevas años pudriéndote en la miseria que tú mismo has provocado. Pero nada es para siempre, ni siquiera la muerte. Por eso he escondido el secreto de la vida eterna en lo alto de la torre, la cura contra todos tus dolores, algo que tú y sólo tú serás capaz de descifrar. ¡Tómalo si te atreves, oh maldito rey, marcado por el sino imborrable de la podredumbre humana!”. La advertencia de Tanus encerraba una especie de reto y una amenaza. Colérico, Ullrich rompió la carta y mandó encerrar a Patricio. Tuvieron que pasar algunas semanas para que, ante una nueva racha de dolores insoportables, Ullrich encomendara a un grupo de hombres encontrar el supuesto remedio para su malestar, escondido en lo alto de la torre. Los hombres regresaron sin éxito, alegando que en el cuarto ubicado en el último piso de la torre sólo había una serie de imágenes e inscripciones pintadas sobre la pared. Ullrich pidió a sus súbditos que le describieran a detalle cada palabra, cada imagen pintada con esmero en lo que alguna vez fue el laboratorio del mago. Los guardias explicaron al rey que las imágenes parecían contar alguna historia demoniaca, pues entre otras muchas figuras, aparecía una hombre desnudo con cuernos gigantes sosteniendo un cráneo con una flor en su interior. “Lo más extraño es que aquel hombre retratado en la pared tenía un enorme parecido con vuestra majestad”, según confesó con cierto temor y vergüenza el capitán de la guardia real. Aquella imagen, además, estaba decorada con escenas de viejos cuentos populares, donde la aparición de gente riendo o llorando solían mezclarse con toda clase de personajes fantásticos que parecían relatar una historia. Intrigado con semejante descripción, Ullrich desestimó las amenazas del mago y pidió que lo llevaran a lo alto de la torre. Debido a su maltrecho estado de salud, aquello representó todo una odisea. El rey fue cargado por su servidumbre hasta la entrada de la torre, cuyo descuidado reloj marcaba las coordenadas cósmicas de aquel nublado 21 de junio de 1432. Como las escaleras eran demasiado estrechas, Ullrich tuvo que subir por sí mismo hasta lo alto de la torre, ayudado por sus sirvientes. Tras tomarse varios minutos de descanso y experimentar insoportables dolores que le hacían palidecer como si se tratara de un espectro, Ullrich finalmente subió el último peldaño que lo conduciría al secreto de la vida eterna. Al entrar a la habitación, el rey pudo percibir la presencia de Tanus. Era como si aquel cuarto estuviera impregnado con la esencia del mago, quizá por aquel olor a incienso que solía identificar con el mago o por alguna otra misteriosa razón. Luego de mirar el imponente mural que decoraba el recinto, Ullrich se sintió sorprendido por el detalle de las imágenes. Lo observó con cautela y un agudo sentido analítico, casi como si se tratara de un mapa de guerra. La historia relatada en la pintura parecía relatar lo que había sido la historia del reino de Chequia tras la muerte de Tanus, como si el mago supiera de antemano lo que sucedería luego de su muerte. La mirada de Ullrich se detuvo en el centro del muro, donde aparecía su retrato con grandes cuernos, sentado sobre su trono, sosteniendo con su mano derecha un cráneo del cual brotaba un tulipán amarillo y su mano izquierda señalaba sutilmente a un perro doberman, erguido, en cuyo hocico parecía tener restos del cuerpo de dos niños recién nacidos que yacían sobre el piso. De inmediato Ullrich relacionó dicha imagen con la muerte de sus hijos. A un costado del perro, una mujer cuyo rostro permanecía oculto entre sus cabellos rojizos se derramaba una copa con un líquido rojo que lo mismo podía ser vino o sangre. También aparecía un retrato de Tanus, sin ojos y sonriente, sosteniendo un pergamino que decía la misma frase que recitó antes de morir, la misma frase con la que había maldecido al rey: Tyranni morietur in carcere corpore suo. La anhelada venganza del mago había sido finalmente consumada. El monarca comenzó a temblar de rabia al mismo tiempo que sintió un ardor que le recorría todo el cuerpo. Escupió sobre la imagen y arrojó un mazo de hierro sobre la pared de piedra, misma que, para sorpresa de todos, hizo un agujero sobre la misma. La falsa pared de piedra conducía a un estrecho y lúgubre pasillo que conectaba con una puerta de madera custodiada por un gran candado. A la entrada podía leerse otra inscripción escrita en latín: “Risum, occulto elixir vitae”, algo que podría interpretarse como “reír, el secreto elixir de la vida”. Ullrich, quien tomó aquello como una burla, dio la orden de forzar la puerta. Pasaron algunos minutos hasta que los guardias lograron su cometido. Ullrich, acompañado por un pequeño grupo de no más de cinco personas, ingresó con sigilo a la cámara secreta, en donde habían otras cinco puertas. Abrieron una por una hasta descubrir que cada puerta conectaba a una habitación con otras cinco puertas que a su vez conectaba con otras cinco puertas y así sucesivamente hasta el infinito. Ullrich había caído en la trampa. Sin saberlo, había sido conducido por el mago hasta un secreto laberinto que se ocultaba en lo alto de la torre. Cuando finalmente el rey se dio cuenta de ello, quiso regresar por donde había venido, pero para ese entonces, era ya demasiado tarde. Nunca más se volvió a saber nada de Ullrich, quien fue devorado por el laberinto. Los guardias que permanecieron al pie de la falsa pared de piedra en espera de su rey pasaron muchas noches esperando el regreso del tirano. Algunos grupos salieron en la búsqueda del cruel gobernante, pero fue inútil. Ullrich había desaparecido sin dejar rastro. Conforme pasaban los días, la ausencia del tirano se hizo cada vez más evidente al interior del reino. Al no dejar descendientes, las disputas por el trono entre los miembros de la corte hicieron aún más profunda la crisis interna que ya de por sí enfrentaba el reino de Chequia. Los pueblos sometidos aprovecharon la coyuntura para rebelarse contra sus opresores y reducir a cenizas lo que alguna vez fue un enorme imperio. Lo único que sobrevivió de aquellos tiempos fue la torre del reloj, cuyas manecillas permanecieron inmóviles durante varias décadas, casi como si aquello fuera una alegoría del tiempo perdido entre tanta sangre inútil. Un día de invierno, el reloj comenzó a funcionar con normalidad hasta el día de hoy. Si uno visita el lugar para contemplar aquel misterioso prodigio de la inventiva humana, la gente dice que Ullrich sigue vagando en lo alto de la torre, atrapado en el laberinto de su ambición, tratando de encontrar la salida al insoportable dolor de su miserable existencia.

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Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 29 julio, 2016 en Cuentos y etiquetado en , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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