Trump y la democracia: ese ‘lamentable abuso de la estadística’

Tan improbable como impredecible, el triunfo del magnate neoyorquino sorprendió al mundo entero y representó un duro golpe al sistema político estadounidense.

Republican presidential candidate Trump gestures and declares "You're fired!" at a rally in Manchester

Había muchas razones para creer que Donald Trump no llegaría a la presidencia de los Estados Unidos. Pero el empresario neoyorquino no es un tipo de razones. Y la razón no fue impedimento para que tomara por asalto la Casa Blanca ante la sorpresa e incredulidad del mundo entero.

Las posibilidades de que un personaje como Trump llegara a la presidencia parecían un disparate hasta hace no mucho tiempo. Siempre le gustó mandar a sus anchas, con esa característica arrogancia que le salía tan bien en El aprendiz, el programa televisivo que ayudó a construir su imagen de empresario exitoso y que lo catapultó como líder de las masas educadas a través de la pantalla del televisor. “¡Estás despedido!” (You’re fired!), era la frase que repetía con gozo cada semana en dicha emisión. Una frase que se convertiría en su sello distintivo a la hora de entender y ejercer la política.

“Hacer grande a América otra vez” fue su lema de campaña: la siempre redituable apuesta por la nostalgia frente a un futuro adverso y lleno de incertidumbre. Un futuro incierto que abría las puertas a un tipo colmado de certezas, cuya imprudencia no da cabida para el más mínimo atisbo de duda razonable. Cansados de la retórica oficialista y políticamente correcta de Washington, sus seguidores vieron en él a un hombre de acción, un tipo exitoso en el voraz mundo de los negocios, un caudillo capaz de conducir a su pueblo a la grandeza original que paradójicamente les ha sido arrebatada por la tiranía de la globalización y el libre mercado, la misma que contribuyó a construir la fortuna de Trump.

Por más que la demócrata Hillary Clinton se esforzó en evidenciar las muchas contradicciones de Trump, esa nimiedad no lo perjudicó en lo más mínimo: la coherencia nunca formó parte de su oferta política. Le bastaba con lanzar improperios, descalificaciones e insultos para construir a los culpables de la tragedia estadounidense: los migrantes, las políticas de libre comercio, el establishment. De ahí que su irrupción en la escena pública resultara tan incómoda tanto para los republicanos como para los demócratas.

La democracia, como cualquier otra manifestación de la política, es más visceral de lo que estamos dispuestos a creer.

La incongruencia también fue parte esencial de su personaje: un magnate que defendía a la mayoría blanca y pobre olvidada por un gobierno más identificado con las minorías. Un empresario que de manera extraña era percibido como un peligro para Wall Street y que renegaba del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Un tipo burdo, acusado de misógino por denostar a las concursantes de Miss Universo y ser capaz de “agarrarle la vagina” a cualquier mujer que se deje sabrosear. Un gringo loco que pretende construir un muro fronterizo aún más grande para contener a los mexicanos “violadores y criminales” que migran hacia Estados Unidos, y que al mismo tiempo era recibido como jefe de estado en México aun antes de ser presidente, a expensas de la dignidad de los mexicanos.

Un showman denostado por los grandes medios de comunicación y las celebridades de Hollywood. Un tipo rudo al que, aseguran sus simpatizantes, no le tiembla la mano para declararle la guerra a otro país, mandar encarcelar a sus enemigos o expresar su simpatía por el presidente ruso Vladimir Putin. Un fascista que llega al poder con mayoría republicana en el Congreso gracias a las muchas contradicciones de la democracia.

Quizá por ello no deba sorprendernos que un tipo que se revolcaba arriba del cuadrilátero contra luchadores de la WWE tenga hoy el poder de desatar una guerra nuclear o decretar la inexistencia del cambio climático por puro capricho. Por eso Trump es capaz de despertar fervorosa admiración entre sus seguidores y terror en el resto del mundo. Poseedor de un carácter temperamental y volátil, su lengua enardecida y vehemencia retórica le ha valido también comparaciones con Adolf Hitler, el más célebre villano de la historia moderna.

El formidable escritor argentino Jorge Luis Borges alguna vez declaró que la democracia no era sino un “lamentable abuso de la estadística”. La idiotez masiva es peligrosa. Lo sabemos en México, lo saben en Alemania, países donde la demagogia de sus gobernantes ha hecho estragos.

A los estadounidenses no les bastó con haber elegido a un tipo como George Bush, autor de la conflictiva política en Medio Oriente que ha desatado una epidemia masiva de refugiados y actos terroristas en todo el mundo, responsable también de la crisis financiera de 2008 y buena parte del “desastre de país” criticado por Trump.

El cineasta y escritor Michael Moore tenía razón, al advertir que el desencanto y la frustración de los obreros en estados industriales que resultarían clave para la elección presidencial, tales como Michigan, Wisconsin, Ohio y Pennsylvania abrirían la puerta para el triunfo de Trump.

La victoria de Trump se sobrepuso también a los pronósticos adversos enunciados por los gurús de la estadística —los mismos que han fallado sus predicciones una y otra vez en México, el Brexit o el plebiscito para los acuerdos de paz en Colombia—, al llenar ese vacío de esperanza que no pudo llenar la vasta experiencia política de Hillary Clinton.

Todavía el mismo día de la elección, los números daban como favorita a Hillary. “No hay que ser alarmistas”, decían los analistas. Pero las personas no son estadísticas. Y su forma de ejercer pasiones secretas en las urnas no tardó mucho tiempo en darle a Trump una cómoda ventaja que nunca soltó y terminaría en nocaut. La democracia, como cualquier otra manifestación de la política, es más visceral de lo que estamos dispuestos a creer.

La llegada del empresario neoyorquino a la presidencia de Estados Unidos no es el fin del mundo, pero serán años difíciles ante la volatilidad del personaje frente a un escenario internacional sumamente complejo. Un mundo que requiere prudencia y un poco más de sabiduría para mantener esa frágil e hipócrita paz global que tanto trabajo ha costado construir.

Trump tenía todo para perder, pero ganó. Así de irracional puede ser la democracia. Furibundamente impredecible, como el mismo Donald Trump.

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Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 12 noviembre, 2016 en HuffPost y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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