El otoño iba muriendo…

 

Llegó el invierno
disfrazado de primavera
y la luz astral
se nos metió en el alma
como un baño de flores.

El canto de las aves
nos hinchaba el corazón
de transparencia
y una querencia descendía
desde las alturas celestes
de la sonriente montaña,
como si fuera
un caudaloso río
transportando el tiempo
malherido de amor.

Era el inefable placer
de volverse todo con la nada
y volverse nada con el lodo,
volverse aire en la risa de un niño
y volverse loco
en los pechos diurnos
de una mujer
arborescente y obscena
con ojos de pantera,
que va bebiéndose la vida entera
en una copa de vino,
y las dudas resbalaban
entre el vidrio y la sangre añeja
de la uva que cantaba
desde la cornisa de un prostíbulo
con sabor a redención,
una colección de fotografías
rancias y amarillas buscando
testigos que dieran cuenta
de los inconfesables ardores
sonámbulos que siempre
traen consigo el recuerdo
de un amor embalsamado
navegando entre ansiolíticos
y la densa niebla.

Era el rubor adolescente del invierno
que me anunció que llegabas
matutina y soleada,
como tirada de un puente
o de un sueño,
proveniente de un país remoto
y los recuerdos de aquellos fantasmas
que rondan mi cama
con el mortecino cuchillo
entre los dientes,
y las hortensias se iban muriendo
de frío y desamor en la sala,
contemplando su sobrada melancolía
desde la ventana,
mirando la calle que nunca se calla,
eran las flores escribiendo
su obituario
en una fúnebre jornada
de desvelo y extravío,
haciendo surcos en el alma enamorada,
acorralada por el agua caliente
de la bañera
y el sofocante abrazo de los lirios.

Es un amor que llega a hurtadillas
y no pregunta,
o la luna derretida en tu cuerpo
furibundo de mujer sedienta,
tú que vas cavando tumbas de cama en cama,
y te saboreabas la sangre que escurría de tu boca
y mi lengua recorría cada orilla
de tu cuerpo hecho de arena.

¿Escuchas?

Es la tibia noche
rumiando quimeras
entre las olas un mar abrasivo,
son las suaves dunas del deseo
abriendo sus puertas
a un cielo sin aduanas ni fronteras,
es la luz homicida de tus ojos
abrevando en la blanca ceguera del corazón,
tapizando de lila el amueblado panteón
de tus piernas entreabiertas,
y yo iba enjuagándome las ganas
en tus muslos
como si fueran dulce de guayaba
o los tranvías
que no pasaban por la estación
a la hora marcada
o las horas muertas que ya nada decían
o las risas cienagosas que se hundieron
en la repetida mueca del hartazgo
con que me mirabas de lejos,
y yo me sumergía mar adentro
en la oscura luz
que destilaban tus ojos.
::.

Me gustaMostrar más reacciones

Come

Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 2 diciembre, 2016 en Poemas. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: