La unidad nacional no se construye por decreto: se construye cuando nos ponemos en los zapatos del otro

Suena el teléfono. Es mi madre. “Mijo, vamos a la marcha del domingo”, me dice de pronto. La propuesta me toma por sorpresa. Mi madre nunca ha sido de ir a marchas. Es más, nunca en su vida ha ido a una sola marcha. Pero de pronto, en medio de esta efervescencia tan propia de estos tiempos convulsos, se escucha emocionada de salir a la calle para expresar lo que siente frente a la difícil situación que vive el país, el mundo entero. Me dice que mi tía, que tampoco ha ido nunca a una marcha, también quiere ir. “¿Sí vamos?”, me pregunta con insistencia. Le digo que sí, vamos a la marcha pues, aunque sinceramente no tenía la menor intención de asistir a una marcha cuyos objetivos reflejan la enorme confusión que vivimos a diario, la misma confusión que explica la profunda crisis que padece México.

Por un lado, los grupos que convocan a la movilización, señalan que el objetivo principal de la movilización denominada #VibraMéxico es “manifestar nuestro rechazo e indignación ante las pretensiones del Presidente Trump, a la vez de contribuir a la búsqueda de soluciones concretas ante el reto que ellas implican”. Lo paradójico, es que muchas de las organizaciones y grupos convocantes son los mismos que provocaron la actual crisis que ahora vivimos, al apostar por un proyecto político y económico de corte neoliberal que no ha hecho sino profundizar la desigualdad entre clases sociales, lo cual ayuda a entender la profunda división que existe en México. De ahí que revistas como Letras Libres o Nexos, y un buen número de organizaciones civiles identificadas con las políticas libre mercado, hayan convocado a marchar contra Trump. No en balde, la iniciativa surgió precisamente de un programa de debate realizado en Televisa, por recomendación de dos de los intelectuales del actual régimen: Enrique Krauze y Héctor Aguilar Camín. Casi tan absurdo como ver a una organización como Coparmex convocar a marchas cuando los grandes empresarios de este país han recibido enormes privilegios fiscales y jugosas ganancias mediante la precarización de las condiciones de los trabajadores, como ocurrió con la reforma laboral, por ejemplo. O que los grupos que históricamente han apoyado medidas neoliberales como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte promuevan ahora un discurso nacionalista que hasta hace poco calificaban de populista y retrógrada. De ahí el absurdo que, aquellos que con tanto ahínco han celebrado la privatización del sector público y la llegada de inversión extranjera vía las grandes trasnacionales, hagan ahora un llamado a defender la apedreada soberanía nacional. En resumen, resulta por demás contradictorio que aquellos que se han beneficiado con el actual desastre de país en que vivimos, ahora convoquen a protestar contra la ruina de país que ellos mismos llevan años promoviendo, al mismo tiempo que estos grupos cupulares que antes calificaban a un personaje como Andrés Manuel López Obrador como un “peligro para México”, digan ahora que es la mejor opción para el país. Casi tan absurdo como entregar los recursos estratégicos a intereses extranjeros para luego reprochar la alta dependencia de México a la economía estadounidense, tal como ha ocurrido con el gasolinazo ocasionado por la liberalización de los precios del combustible.

Del otro lado se encuentran los sectores que han denostado y criticado a la marcha como una maniobra de la derecha para frenar una transformación profunda del país. Un sector más identificado con la izquierda que le reprocha a las clases acomodadas su falta de congruencia a la hora de convocar a la unidad nacional ante la amenaza Trump. Esto, aún cuando dicho sector ha sido incapaz de siquiera expresar una dosis mínima de empatía por la profunda crisis humanitaria que vive México ante un proyecto político y económico en el que las clases dominantes se han valido de medios legales y coercitivos de toda índole para promover el despojo, el exterminio, la marginación y la pobreza como una forma de ejercer su dominio sobre los sectores sociales más vulnerables. De ahí que el reproche de la izquierda sea precisamente ese: ¿dónde estaban estos grupos que ahora piden la unidad nacional, cuando nosotros hemos sido masacrados, humillados y reprimidos? ¿Por qué nunca alzaron la voz cuando violaban a nuestras madres, asesinaban a nuestros hermanos o desaparecían a nuestros hijos? El reclamo de la izquierda puede traducirse de ese modo: ¿con qué derecho piden unidad aquellos que nunca se dolieron con nuestro dolor, aquellos que nunca demostraron la más mínima empatía por nuestro dolor? ¿Por qué el dolor de los ricos sí sale en la tele y el de nosotros es brutalmente silenciado en el olvido? ¿Por qué habríamos de luchar por aquellos que nunca han luchado por nosotros? ¿Por qué cuando los ricos convocan a marchas acaparan todos los reflectores mientras nuestra voz se ahoga irremediablemente en la más repugnante indiferencia? ¿Por qué habríamos de sumarnos a la causa de quienes han promovido nuestra miseria? ¿Por qué habríamos de marchar junto a aquellos que intentan mantener sus privilegios a costa de nuestro sufrimiento?

Ambas posturas expresan diferencias de clae que explican la profunda fractura social que padece México, un país dividido por 30 años de políticas neoliberales que no han hecho sino hacer más profunda la desigualdad entre ricos y pobres, entre patrones y empleados, entre capitalistas y asalariados, gobernantes y gobernados, blancos y morenos, fresas y nacos, juniors y chairos. Y aunque es cierto que dentro de estos dos polos existen muchos matices ideológicos en el medio, esta polaridad ideológica permite entender el ambiente de encono social que a su vez explica la debilidad del Estado mexicano y fenómenos como la epidemia de violencia que padecemos hace más de una década.

Por eso resulta aún más absurdo que nuestra deleznable clase política, plagada de arribistas, cínicos y sinvergüenzas de la peor calaña, quieran aprovechar la amenaza que representa Donald Trump para convocar a la unidad nacional mientras sus acciones siguen promoviendo todo lo contrario. Es justo lo que pasa en estos momentos con la manera en que la clase política busca aprobar la Ley de Seguridad Interior pese al evidente repudio de dicha medida por parte de académicos y organizaciones civiles que han sido burdamente ignoradas por los mismos canallas que llaman a la unidad nacional, como si la unidad nacional pudiera darse por decreto o imposición, como si les hubiera importado un carajo la unidad nacional cuando aprobaban sus reformas pese al repudio de la mayoría, como si a los próceres de la corruptocracia les hubiera importado una chingada la unidad nacional al convertir la desgracia de millones en jugoso negocio, como si la unidad nacional les hubiera valido un pito a la hora de hacer negocios privados con el patrimonio nacional.

Yo por mi parte, he de confesar que este asunto de la marcha del domingo 12 de febrero me deja con sentimientos encontrados. Tengo amigos y conocidos que nunca han ido a una marcha y quieren participar, quieren gritar, experimentar qué se siente tomar la calle por primera vez para protestar por aquello que está mal. Y tengo también muchos amigos que, al igual que yo, llevamos años sobrellevando la frustración de marchar y marchar sin que nada mejore, viendo cómo todo se va a la mierda lentamente y teniendo que soportar las quejas estúpidas de aquellos que, lejos de estar dispuestos a realizar un mínimo sacrificio para mejorar al país, vociferan una y otra vez contra aquellos que toman las calles para tratar de cambiar las cosas.

Y en estos momentos de confusión, me queda claro que más allá de que uno pueda asistir a la marcha o no, las cosas en México no cambiarán mientras no hagamos un esfuerzo por ponernos en el lugar del otro, mientras no nos duela el dolor del otro, mientras no nos importe lo que pueda pasarle al otro. La empatía con el otro es lo único que podrá salvarnos y ayudarnos a construir la anhelada unidad nacional. Que los muchos dolores desparramados sean uno solo. Que las muchas tristezas se conviertan en una sola tristeza, la tristeza de todos. Buscar similitudes en nuestras muchas diferencias, vernos reflejados en el rostro del otro, reír con la risa del otro, llorar con el llanto del otro, abrazarnos mutuamente. La unidad nacional no se construye con retórica barata, ni mezquindades, ni rencores. La unidad se construye cuando hacemos un esfuerzo por entender al otro, y nos damos cuenta que en el fondo somos iguales, porque nos duelen las mismas cosas, porque a nadie nos gusta senitrnos solos, ni sentirnos tristes, y todos queremos reír y sentirnos libres y sentirnos completos y sentirnos amados. En el fondo todas las personas buscamos las mismas cosas, a pesar de venir de contextos sociales diferentes. Y la única de hacer empatía es ponerse en el lugar del otro, tratar de ver con sus ojos, sentir con su corazón. La unidad del espíritu sólo puede ser posible cuando un alma es capaz de reflejarse en todas las almas, y una persona es capaz de ser todas las personas, cuando el amor por una persona puede convertirse en amor por todos los seres y todas las cosas, darse cuenta de que nuestras diferencias no son sino una mera ilusión, porque todos compartimos un mismo origen terrestre y todos habremos también de morir llegada la hora. La unidad es cobrar conciencia de que no estamos solos, desprenderse del odio para sumergirse en el misterio, el milagro de la vida que nos desgarra por dentro y nos ayuda a mirar con otros ojos: el maravilloso arte de amar al otro sin justificación alguna. Amar al otro más allá del odio. Sólo entonces, cuando seamos capaces de entender eso, seremos merecedores de compartir también la alegría.
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Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 10 febrero, 2017 en Otros desvaríos. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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