Archivos Mensuales: mayo 2017

La belleza del orgasmo femenino con un toque literario

Hace ya un rato que vi este video, pero hoy por azares del destino, salió a colación en una plática y aproveché para postearlo por estos rumbos. Siempre me ha maravillado lo mucho que le cambia el rostro a una mujer al hacer el amor. Ya no se diga la voz quebradiza, los temblores repentinos. Y si es con un poco de literatura de por medio, mejor aún.

 

Ahí, ahora

 

Estar,
solamente estar,
estar presente
en el ahora,
respirar, mirar, reír,
solamente vivir
sumergido en el instante.

Estar,
sin nada por hacer,
sólo estar ahí,
sin nada qué decir
más allá de disfrutar
un bello atardecer
sobre la mesa de un café.
::.

Pinchado: la batalla interna que uno libra consigo mismo

Pinched, un corto de DreamWorks sobre cómo luchan algunas personas para dejar de ver monstruos por todas partes.

 

La otra nostalgia

 

 

Rafagueantes y solemnes
se fueron marchitando las palabras
en la pertinencia de mudarse a otro cuerpo
cuando la soledad aprieta
y no puede más.

Es la ingobernable apetencia
de quien le canta al amor
cuando las flores no germinan,
porque la vida también es querer
sin ser correspondido.

Son las palabras de quien freneció
rumiando sospechas,
ese sentimiento bucólico
de respirar la verde alegría de los campos.

Era como encontrar la verdad
bajo una piedra junto al mar,
lejos de todo rastro de bondad y de maldad,
solo personas procurando no ahogarse
en el lío de la vida,
como las flores que no son malas ni buenas
aunque estén llenas de veneno.

La fantasía es un azar de la memoria,
es una enredadera cobijando un árbol,
como la selva que se abre paso
entre el árido concreto,
trepando edificios.

Yo no hacía más que escribir
para seguir viviendo,
no hacía sino beberme
esa nostalgia tan mía y tan tuya
en las cantinas
para curtirme el alma a chingadazos.

¿De dónde nacerá ese extraño placer
de morirse recordando lo que nunca ocurrió,
de morirse olvidando lo que nos marcó de por vida?

Ahí van dos corazones despoblados
como tulipanes amarillos
brotando entre la nieve
y la humareda rosa del volcán
imaginando ser una nube.

Es la secreta melancolía
que nos hace palidecer frente al espejo
llegada la hora.

Y así se me fueron las ganas de ver el mar
escurrirse a pinceladas,
así se fueron silbando las luciérnagas,
así se fue royendo el corazón
como la temblorosa flama de una vela
que ilumina pero no calienta.

Somos un huerto de ataúdes y tumbas,
por eso preferimos un jardinero
antes que un sepulturero,
porque la tierra más fértil para hacer el amor
es donde se ha labrado la alegría
bajo el monzón del verano,
los gusanos, el estiércol,
y la luna llena derramada en tus ojos felinos.

La oscuridad que nos habita
es fresca y dentellada,
es la misma calma fría y silenciosa
que yace en el fondo de una cueva,
como estalactitas que gotean
en el tiempo subterráneo.

Yo no enfermé de tanto dormir,
a mi la enfermedad me vino de lejos,
en la humedad de una canción
y las cuerdas de la guitarra
que apretaban y dejaban marcas
de asfixia en la insensatez de una caricia,
un corazón caliente
que no sabe sino remar a contracorriente
y decir groserías porque sí.

No soy sino una hemorragia ambulante
vagando de cama en cama,
una mancha de sangre fermentada
volando a cielo abierto,
un aullido que se evapora
entre las piernas de una mujer,
un cúmulo de estrellas haciendo explosión
hace apenas un segundo,
o quizá un millón de años luz.

Yo me sentaba a disfrutar
de la tarde boscosa y lacustre
junto a ti,
una tarde sofocada por un ligero ventarrón
que mecía los recuerdos y el aire imperturbable.

Dirán que yo no sé de lo que hablo
y puede que tengan razón,
pero yo no sé sino cantar
lo que me va dictando la vida al oído.

Las etiquetas siempre salen sobrando
cuando uno sabe quién es.

Esta no es una nostalgia como las otras,
es una nostalgia alegre y necesaria,
como la anhelada soledad
de encontrarse consigo mismo.

Por eso hoy te pido:
cuéntame un verso que todavía no conozco,
dime si me equivoco cuando digo
que para mirarse hacia adentro
no se necesita abrir los ojos,
tan sólo es preciso
dejarse envolver en el misterio
y disfrutar la función.

Así se escriben los grandes dramas,
las grandes comedias,
las grandes pasiones
de la vida breve que se va
entre sueños y ficciones,
ladridos del alma que nunca podrán
domesticarse.
::.

¿Ha usted intentado convencer a alguien?

Una pequeña reflexión a partir de un interesante texto del filósofo Agustín Vicente, publicado en el Huffpost, titulado: Los hechos nos dan igual cuando contradicen nuestra identidad.

Two knight on a chessboard. Confrontation.

¿Ha intentado convencer a alguien sobre cualquier tema? En los últimos tiempos (por no decir que siempre) enfrascarme fácilmente en discusiones sobre política, asuntos de género, futbol, etcétera. Y no deja de sorprenderme, la manera en que cada quien cree lo que quiere creer, lo increíblemente cerrada que es la gente. Yo reconozco que también soy necio, pero a diferencia de la mayoría, me interesa más tratar de entender por qué ocurren las cosas antes que emitir juicios sumarios e irrefutables. Por eso también me suelen tachar de “posmoderno”, de relativismo exagerado.

Supongo que, en el fondo, soy más curioso que necio. ¿Pero cómo se hace entonces para no terminar sacándonos los ojos unos a otros entre tantos desacuerdos, tantas visiones posibles del mundo? Más que tratar de entendernos unos a otros, el único camino posible es amar a los demás, como bien dijo un carpintero nazareno hace unos miles de años atrás, lo cual implica aceptar nuestras diferencias y la imposibilidad de que alguien pueda tener “la razón” sobre algún tema. Por eso me parecen extremadamente aburridas las discusiones donde la gente pelea por tener la razón, en lugar de compartir alguna experiencia o tratar de descubrir alguna verdad velada sobre la existencia humana a través el diálogo.

La diferencia radical entre explorar e imponer, es una cuestión de actitud. Despertar esa curiosidad por el otro: ¿qué hizo que el otro piense como piensa? Y aún así es complicado. “¡No me analices!“, me han reprochado en más de una ocasión. Pero supongo que el amor, en alguna medida, también es eso: un intento de descubrir y reconocernos en esa otra persona.

::.

Así te conocí

 

La vida se abre
y es como una herida
que va perfumando las horas
de días y flores,
así te conocí,
bella y rebelde,
con tu pelo de hojarasca
donde se perdieron las miradas
que nunca volvieron,
y mi corazón era una pequeña flama
que apenas alumbra
como si fuera una vela,
¿acaso dormirán mis labios
en la superficie de tu sueño?
eran las hojas de un árbol
cayendo a la deriva
sobre tu pecho,
y la mañana fría
era un sorbo de agua fresca,
una fotografía amarilla,
y el cuchillo con el pan sobre la mesa,
el vino tan dispuesto
a dejarnos morir de amor
una tarde soleada
de tranvías y deseo,
como un rayo de luna, palabras azules,
la tibia angustia de un abrazo
tan breve y distante,
como las horas que se fueron pasajeras
en las cosas de siempre,
pensando en ti,
¿a dónde fueron a parar todas las risas?
¿a dónde se fueron a llorar tus lindos ojos negros?
¿a dónde se fueron aquellas caricias sucias?
yo me quedé tan descansado de quererte
como un recuerdo lejano
que se iba disolviendo en el aire pastel,
un cielo pintado de acuarela,
una fría despedida
en la que nadie dijo adiós,
como la sangre del verano
que no deja de llover
sobre mis ganas de escribirte canciones
por la pura costumbre de extrañarte,
un par de canciones bandoleras
que van y vienen de la eternidad
a ninguna parte,
como el sofocante encierro de las palabras
que nunca dije,
una habitación sin ventanas,
la muerte tan sedienta
y los peces flotando en el aire,
respirando los versos que no se quedaron
a vernos llorar,
versos libres y llenos de nostalgia
como quien se ha roto por dentro,
versos que se van acumulando
en el costado,
versos tristes
que se van sin despedirse…
y me recuerdan tanto a ti.
::.

La vida zombi

 

Mi próximo proyecto de vida
será tratar de convertirme
en zombi,
y andar por la vida como ausente,
asintiendo con la cabeza en silencio,
repitiendo frases desgastadas
y pensando las mismas ideas desechables que los demás,
por eso ahora que comience
mi nueva vida zombi
iré a una oficina de gobierno
a recoger mi número de serie
para ya no tener que llevarle la contra a nadie
y abandonar esa grosera costumbre
de tener una opinión propia,
y vestiré a la moda con el mismo peinado,
los mismos bigotes,
la misma oquedad de los demás,
y soñaré los mismos sueños comerciales
que anuncian en la tele
y me drogaré con azúcar,
cafeína, ropa nueva
y chismes de la farándula,
y no me bajaré nunca
del adorado tren del mame
sin importarme un pito
a dónde vaya, a dónde me lleve,
y dejaré que los demás decidan por mí
para evitarme la molesta costumbre
de equivocarse
y opinaré de manera instantánea
sobre el último suceso noticioso
mucho antes de siquiera
tratar de entender
qué carajos pasa
y le iré agarrando gustito
a comer mierda todos los días,
a la rutinaria maquila,
al hastío de levantarse siempre cansado
y me moveré por la pura inercia
rumbo a una fosa
sin siquiera darme cuenta,
y me encerraré en la prisión de mi propio cuerpo
para impedir que el alma inquieta
siga dándose sus rondines por la eternidad
y dejaré también de sentir
la maravillosa y terrible
amplitud del mundo
en todas sus formas,
así será la vida zombi
de ahora en adelante,
monótona y gris,
tan confortable,
así se irán las horas
masticando carroña
con el hambre siempre insatisfecha,
así será la vida zombi
transcurriendo entre mordidas,
tan ajena al dolor y la risa
de saberse vivo,
como los muertos
cuando caminan dormidos.
::.

La raíz de la violencia (o de cómo la injusticia engendra monstruos)

Para entender la violencia en México hay que explorar sus causas más profundas. Y para ello, es indispensable comprender la diferencia entre justicia y venganza.

Spanish activist Jil Love and Mexican activist Julia Klug perform with tapes and fake blood during a protest against femicide and violence against women in Mexico City, Mexico

Manuel Hernández Borbolla

Una familia viaja por la carretera México-Puebla. El padre siente deseos de orinar y estaciona la camioneta en la que viaja junto a su esposa, su sobrina (una adolescente de 14 años) y su hijo, un bebé de dos años. La familia es sorprendida por una banda de asaltantes que intenta despojarlos del vehículo. Los ocho agresores golpean al padre, violan a la madre y la hija, y asesinan al bebé. Un día después, el cadáver de una mujer de 25 años es encontrado en Ciudad Universitaria, amarrada por el cuello a una caseta telefónica junto a la Facultad de Química.

Dos casos cuya violencia no deja de estremecer, a pesar de que la crisis humanitaria que vive México desde hace una década pareciera haber convertido la crueldad y el horror en un asunto cotidiano, donde el hallazgo de fosas clandestinas y el recuento de asesinatos se ha vuelto algo normal, parte de la rutina noticiosa que nos ha ido arrebatando nuestra capacidad de asombro e indignación.

Los datos son contundentes. A una década de la llamada guerra contra el narcotráfico decretada por Felipe Calderón, el número de homicidios en el país se disparó desde 2007, registrando su pico más alto en 2011 y con un repunte en los últimos años, según datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Pero la tendencia se mantiene a la alza, ya que el primer trimestre de 2017 es ya el inicio de año más violento en la historia reciente de México. Un hecho que incluso ha sido reconocido por el presidente Enrique Peña Nieto, quien asegura que “los índices de criminalidad en diferentes entidades federativas nuevamente empezaron a regresar a escenarios del pasado”.

Homicidios

Pero no solo eso. De 2007 a la fecha, en México se han encontrado 855 fosas clandestinas con 1,548 cadáveres, según un informe reciente de la CNDH. Un país donde la guerra contra el narco provocó una crisis humanitaria con más de 30 mil desaparecidos, una ola de feminicidios y más de 35 mil desplazados. Además, México posee cinco de las 50 ciudades más violentas del planeta, según diversas fuentes. De este modo, el nivel de violencia, equiparable al de países en guerra civil, ha provocado que México sea considerado como el tercer país más peligroso del mundo.

Pero la contundencia de las cifras no es suficiente para comprender la magnitud del fenómeno de la violencia en México y otros países de América Latina, recién reconocida como la región más violenta del planeta. Una región donde el tráfico de las drogas, la pobreza y la desigualdad social no bastan para explicar los niveles de violencia registrados en los últimos años: desde el exterminio de migrantes en San Fernando y las mujeres violadas de Atenco, hasta el atentado y suicidio de un estudiante del Colegio Americano de Monterrey o el hallazgo de 249 cadáveres en una fosa de Veracruz, por mencionar algunos casos recientes.

“Este hombre me contaba, con mucha serenidad, cómo a una de sus víctimas le había abierto el pecho, sacado las costillas para poder arrancarle el corazón vivo y vio cómo se le agotaba el latido en sus manos”, relataba el periodista y corresponsal de guerra David Beriain hace unas semanas, al describir el impactante nivel de violencia de las pandillas en El Salvador.

“Cuando tú te sientas delante de ese al que llaman terrorista, asesino o narcotraficante, gente que mata gente, y no a uno ni a dos, te gustaría pensar que va a existir una distancia infinita entre tú y él, que va a pertenecer prácticamente a otra especie. ¿Y sabes qué es lo que pasa cuando te acercas? Es igual que tú. Y puedes reconocer muchas partes de ti en él. Y eso asusta”, me contaba Beriain en otra ocasión.

¿Pero, cuál es la raíz de la violencia? ¿Qué es lo que lleva a una persona común a realizar actos tan terribles como desollar viva a una persona o asesinar a un bebé de dos años para luego violar a su madre? ¿Qué es lo que ocurre en una sociedad donde continuamente se presentan actos de barbarie como estos? Son preguntas cuya explicación requiere una revisión profunda de la condición humana.

Aftermath Teachers Protest in Oaxaca

La venganza, el odio y la injusticia

Toda violencia es consecuencia de un dolor profundo que busca ser aliviado. Un dolor proveniente de viejas heridas que siguen abiertas y no terminan de sanar, o también, del miedo a ser lastimado otra vez. Y por ello, toda agresión representa, en realidad, un acto de venganza contra el mundo.

Para el investigador de la Universidad de Ámsterdam, Nico Frijda, el dolor, tanto físico como psíquico, es el motor del deseo de vengar el insulto, lesión, pérdida, desprecio, sometimiento o humillación ocasionados por otra persona o grupo social, al existir “un alivio del dolor, a través del ejercicio de un poder elemental sobre el ofensor”, según sostiene en su libro The Lex Talionis: On Vengeance. En un sentido similar, la psiquiatra británica Felicity de Zuleta, autora del libro From Pain to Violence: The Traumatic Roots of Destructiveness, sostiene que las personas particularmente violentas suelen ser aquellas que sufren algún tipo de abuso a edades tempranas y recrean ese mismo patrón siendo adultos: víctimas que se transforman en victimarios.

De ahí que la venganza y la justicia son dos formas de curar el dolor que se genera cuando una persona ha sido lastimada por otra. Y este es un factor clave para comprender las repercusiones sociales de la violencia.

La venganza es un dolor que busca alivio en el dolor ajeno. Que el otro sienta el mismo dolor que yo siento, como un mecanismo de compensación: no se trata de quién nos la hizo, sino de quién nos la paga. Esto explica también el placer momentáneo que produce la venganza. Pero esta necesidad de satisfacer el dolor con el dolor de otro, suele generar un circulo vicioso que conduce a la crueldad, palabra cuyo sentido original hace referencia a algo que se “recrea en la sangre”. Una patología social que puede manifestarse en conductas psicópatas (que no siente culpa por hacer daño) o sadomasoquistas (quien siente placer con el dolor). Es decir, una forma de violencia que se reproduce y multiplica sistemáticamente con consecuencias autodestructivas, pues como bien sugiere aquella bella frase atribuida lo mismo a Shakespeare que a Buda: “La ira es el veneno que uno toma esperando que el otro se muera”.

La venganza y la justicia son dos formas de curar el dolor que se genera cuando una persona ha sido lastimada por otra.

Esto bien podría explicar cómo es que surgen casos como El Ponchis, el niño sicario que mató a cuatro personas a los 14 años, o El Pozolero, el albañil que terminó disolviendo cadáveres para el crimen organizado. Personajes emblemáticos de la galería del horror mexicana que surgen de un contexto social hostil donde la violencia se reproduce en múltiples formas: marginación, abandono, pobreza, abusos, frustración, etcétera. Un ambiente hostil que también ayuda a entender otros fenómenos, como la violencia en los estadios de futbol o la violencia durante protestas políticas. Toda rebelión surge de una furia incontenible.

La justicia, en cambio, busca lidiar con el dolor mediante una compensación del daño recibido. Por ello, la justicia busca restablecer el equilibrio perdido de manera armónica en relación con el orden natural de las cosas o con algún código moral expresado en la cultura. De este modo, el castigo de las malas acciones, ya sea por mandato humano o divino (un castigo de Dios, la ley del karma), suele estar asociado a un sentimiento de justicia. Y este sentimiento de justicia puede ser trastocado cuando las acciones condenables generan una sensación de gozo para quien las lleva a cabo. Un asunto que bien nos podría ayudar a entender el repudio popular que causó la burlona sonrisa del exgobernador de Veracruz, Javier Duarte, tras ser detenido en Guatemala.

De ahí que la injusticia del Estado hace que la gente tenga que recurrir a otras expresiones de fuerza para defenderse de la violencia. Un ejemplo de esto, es la manera en que la impunidad sistemática y la complicidad del gobierno con el crimen organizado provocó que en 2013, un grupo de aguacateros y productores de limón se levantara en armas para constituir los grupos de Autodefensas en Michoacán, luego de que bandas delincuenciales extorsionaban a la población e incluso amenazaron con abusar sexualmente de sus esposas, hijas y madres.

Esta diferencia entre las nociones de justicia y venganza permite entender cómo es que la incapacidad del Estado para proveer seguridad y justicia a las víctimas de la violencia genera más violencia. Por ello, no es casualidad que la diáspora de la violencia en México esté íntimamente vinculada a una debilidad institucional provocada por altos niveles de corrupción e impunidad, que a su vez, ponen en entredicho la viabilidad misma del Estado como garante de la paz social.

Esta diferencia entre las nociones de justicia y venganza permite entender cómo es que la incapacidad del Estado para proveer seguridad y justicia a las víctimas de la violencia genera más violencia.

La justicia es un factor clave para que el Estado pueda ejercer el monopolio de la fuerza. Pero si el Estado mexicano es incapaz de impartir justicia, con niveles de impunidad del 99%, esto explica en buena medida la epidemia de violencia que existe en el país. La injusticia engendra monstruos.

“A mi juicio la violencia está en las instituciones políticas. La desigualdad ha estado aquí siempre y eso por sí solo no explica la violencia del narcotráfico”, me comentaba el historiador y politólogo Lorenzo Meyer en 2011, cuando lo entrevisté para un reportaje que exploraba las causas profundas de la violencia a partir del caso Monterrey, poco antes de que ocurriera el atentado contra el Casino Royale.

Por ello, no es casualidad que la violencia en México esté asociada a la violencia promovida desde las instituciones políticas, el sistema económico, la marginación social y el abuso como forma de vida, sin que existan los mecanismos sociales que permitan mitigar o revertir el daño causado.

La oscuridad es la sangre de las cosas heridas“, dijo alguna vez Jorge Luis Borges en un espléndido verso. No existe la maldad, solo un puñado de gente herida. He ahí la raíz de la violencia.

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Publicado originalmente en el Huffpost México

Estallido

 

Un estallido
es como un grito
de muchos rostros:
de rabia y de placer,
de ira y revuelta,
de calles, morteros
y una lluvia de piedras.

Un estallido
es una estampida
de sueños galopando
entre tambores
y besos prohibidos
emergiendo de la noche,
como un disturbio
de sangre y de flores.

Un estallido
es una ventolera
de fiebre y cerveza,
una ráfaga temblorosa,
un escalofrío en el alma
y algunos versos encendidos,
aleteando en el fiero día
que camina dormido.

Un estallido
es un rugido de balas
y ojos como vidrios,
es un pedazo de papel
remojado en tinta negra,
es la erosión de dos manos
llenas de esperanza
que siguen aplaudiendo
incandescentes,
para que vuelva a salir el sol.
::.

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