Archivos Mensuales: octubre 2017

La historia se repite dos veces: Marx y el 18 Brumario de Luis Bonaparte

“La historia es un incesante volver a empezar”.

Tucídides

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Segundas partes nunca son buenas

Dice la sabiduría popular que segundas partes nunca son buenas. Algo que Marx tenía bien claro, tal como lo muestra al inicio de su libro ‘El 18 brumario de Luis Bonaparte’.

“Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”, expresó Marx como un preludio de lo que sería el recuento de los hechos que llevaron a tirar por la borda los ideales que promulgaba la Revolución Francesa, para instaurar de nueva cuenta una monarquía constitucional, y de paso, burlarse de las increíbles contradicciones de la historia, siempre dando vueltas en espiral, siempre cíclica.

El 18 de Brumario del año VIII de la República (9 de noviembre de 1799) Napoleón Bonaparte, aprovechó la debilidad política del Directorio Ejecutivo gobernante en Francia, para dar un sorprendente golpe de estado contando con el apoyo popular y del ejército (sabedores de sus hazañas y capacidades en las diferentes campañas de las Guerras Revolucionarias Francesas), junto a algunos ideólogos de la Revolución, estableciendo el Primer Imperio francés.

Años más tarde, el 2 de diciembre de 1852 para ser exactos, la historia se repetiría una vez más cuando Luis Napoleón Bonaparte impusiera un Segundo Imperio tras acceder al poder al abrirse paso en el intrincado mundo de la política al más puro estilo de Maquiavelo.

La plataforma de Luis Napoleón significaba para los electores la restauración del orden después de los meses de la agitación política, del gobierno fuerte, de la consolidación social y de la grandeza nacional, a los cuales él abrogó con todo el crédito de su nombre, especialmente con la memoria de su tío Napoleón I, ya héroe nacional de Francia.

El sobrino del caudillo galo supo aprovechar las circunstancias políticas de su país para ir escalando peldaños en la subida al poder. Pese a no ser un tipo brillante, Bonaparte era un político astuto, siempre listo a aprovechar una oportunidad cuando esta se presentara.

Al contar con el apoyo popular (haciendo uso de lo que implicaba llamarse Napoleón Bonaparte) logró acceder al poder tras presentarse como candidato en la elección presidencial, la primera al sufragio universal masculino en Francia. Luis-Napoleón ganó por abrumadora mayoría, en las elecciones celebradas el 10 de diciembre de 1848.

Su abrumadora victoria fue debida a la ayuda de las masas rurales, a las cuales el nombre de Bonaparte significó algo, contrariamente a los nombres de los otros competidores para la presidencia que eran desconocidos a las masas. Representaba entonces también la idea de rescatar el orden tradicional y la causa de la religión católica, amenazada por los liberales.

Así, Luis Bonaparte fue convenciendo de su viabilidad como gobernante a las masas y a las clases acomodadas convencidas de la necesidad de restablecer un gobernante único que resolviera el continuo caos económico, político y social que reinaba en Francia. Eliminó a la oposición y le fue restando poder al aparato legislativo para que de esta forma, pudiera proclamarse emperador del Segundo Imperio Francés.

Luis Napoleón da un golpe de estado, el 2 de diciembre de 1852, presentándose ante los franceses como defensor de la democracia y el sufragio universal frente a la Asamblea. La crisis es superada mediante la celebración de un plebiscito popular que le es favorable y que aumenta su autoritarismo, que ejerce contra los republicanos extremistas y los monárquicos legitimistas y orleanistas.

El 14 de enero de 1852 se promulga una nueva constitución que refuerza los poderes del ejecutivo —duración de la presidencia 10 años, reelegible— y disminuye el del legislativo que divide en tres cámaras: Asamblea, Senado y Consejo de Estado. Finalmente, mediante plebiscito celebrado en noviembre, Francia deviene un Imperio, que se proclama solemnemente el 2 de diciembre de 1852.

Sin embargo, durante el periodo en que Luis Bonaparte, conocido también como Napoleón III, Francia se vio envuelta en una serie de conflictos bélicos como consecuencia de su sed imperialista, trayendo consigo un periodo de inestabilidad política y económica que permitió el despegue de otras potencias europeas en la lucha por la hegemonía mundial, incluyendo a Inglaterra, cuna de la revolución industrial, y posteriormente la aparición de Alemania e Italia tras su unificación.

Y como siempre, cuando la ambición desmedida llega a un punto insostenible empieza la caída. Esto fue precisamente lo que le pasó a Luis Bonaparte y sus ansias de expansión, al iniciar primero, una incursión militar para apoderarse de México, misma que fracasaría de forma estrepitosa al igual que la guerra contra Prusia, la cual dibujaría el comienzo de una nueva disputa por el control geopolítico del globo y que terminaría colapsando tras un largo periodo en lo que sería la Primera Guerra Mundial.

 

Breve síntesis de las guerras del Segundo Imperio francés

La respuesta de Napoleón a la demanda de Rusia para influir en el imperio otomano llevó a una victoriosa participación de Francia en la Guerra de Crimea (marzo de 1854–marzo de 1856). También aprobó lanzar una expedición naval en 1858 para castigar a los vietnamitas y forzar a su corte real a aceptar una presencia francesa en el país. El 14 de enero de 1858 Napoleón escapó a otra tentativa de asesinato.

En mayo-julio de 1859 la intervención francesa asegura la derrota de Austria en Italia. Pero la invasión francesa de México (enero de 1862–marzo de 1867) terminó en derrota y en la ejecución del emperador de México Maximiliano apoyado por Francia.

En octubre de 1865 en (Biarritz), el canciller prusiano Otto von Bismarck obtuvo de Napoleón III que Francia se mantuviera al margen de un previsible conflicto austro-prusiano, mientras que Prusia se comprometía a apoyar al Reino de Italia para conseguir la anexión de Venecia, en manos austriacas. Napoleón pensó que el conflicto sería largo y le brindaría la oportunidad de actuar de mediador y tal vez conseguir ventajas territoriales. El emperador se comprometió a mediar ante los italianos, lo que se consiguió con la alianza ofensivo-defensiva contra Austria firmada en abril de 1866. Pero Prusia derrotó fácilmente a Austria en la Guerra de las Siete Semanas.

Forzado por la diplomacia del canciller alemán Otto von Bismarck, Napoleón declaró el inicio de las hostilidades en la Guerra franco-prusiana (1870) que resultó desastrosa para Francia y dio vía libre a la conformación del Segundo Reich. El Emperador fue preso en la Batalla de Sedán (2 de septiembre) y depuesto por las fuerzas de la Tercera República en París dos días después.

 

La visión de Marx

El autor del libro, hace una detallada crónica de lo sucedido, explicando de qué forma la lucha de clases interviene en la toma de poder y cómo la participación de algunos personajes decisivos sirve como catalizadores de la historia.

Pero cuando Marx se dispuso a analizar una sociedad puntual, como fue el caso de la Francia que había sido conmovida por el golpe de Estado de Luis Bonaparte en diciembre de 1851, tras la derrota de la insurrección de 1848, elaboró un análisis mucho más complejo.

Además de estos dos grandes personajes, la burguesía y el proletariado, Marx distingue en la formación social francesa toda una gama de segmentos sociales que también forman parte de la lucha de clases. Además, da cuenta del fraccionamiento que la burguesía sufre en medio de la lucha política. No es lo mismo, nos advierte Marx, la fracción burguesa dedicada a los negocios financieros, que la burguesía industrial. Y ninguna de estas dos fracciones es idéntica a la burguesía terrateniente. Entre los diversos fraccionamientos de las clases se tejen alianzas políticas, donde una de las fracciones dirige y arrastra al resto. La lucha de clases, entonces, concluye Marx en El 18 Brumario, no es plana y horizontal, sino fraccionada y transversal.

En El 18 Brumario Marx nos habla también de Luis Bonaparte, un dictador que encabeza un golpe de Estado y permanece dos décadas al frente del gobierno francés. Este dictador era un personaje secundario, que gracias al liderazgo del Ejército se convierte en determinado momento de Francia en una especie de “árbitro” de los conflictos sociales. Una especie de “juez equidistante”, que viene a solucionar y a moderar los conflictos.

En su análisis de Luis Bonaparte y de la situación francesa de aquel período, Marx plantea elementos fundamentales de su teoría política. Por ejemplo, sugiere que la mejor forma de dominación política de la burguesía, la más eficaz, es “la república parlamentaria”. Para Marx república parlamentaria no es sinónimo de democracia, como sugiere la filosofía política del liberalismo. La república parlamentaria no garantiza “la libertad” sino que constituye una forma de dominación. A diferencia de la monarquía o de la dictadura militar (donde un solo sector de la burguesía domina) en la república parlamentaria es el conjunto de la burguesía el que ejerce su dominio a través del Estado y sus instituciones “representativas”.

Según Marx, la república parlamentaria licua los intereses particulares de las distintas fracciones de la burguesía, alcanzando una especie de “promedio” de todos los intereses de la clase dominante en su conjunto y, de este modo, logra una dominación política general, esto es: anónima, impersonal y burocrática.

En El 18 Brumario, Marx además agrega que cuando la situación política “se desborda” por la indisciplina y la rebelión popular, la vieja maquinaria republicana (con sus partidos, su Parlamento, sus jueces, su prensa “independiente”; en suma: con todas sus instituciones) ya no alcanza para mantener la dominación. En esos momentos de crisis aguda, los viejos partidos políticos de la burguesía ya no representan a esa clase social. Quedan como “flotando en el aire” y girando en el vacío. Entonces, emerge otro tipo de liderazgo político para representar a la clase dominante: la burguesía deja de estar representada por los liberales, los constitucionalistas o los republicanos y pasa a estar representada por el Ejército y las fuerzas armadas que, de este modo, se constituyen en “El Partido del Orden”. el ejército, entonces, aparece en la arena política como si fuera a equilibrar la situación catastrófica.

Refiriéndose al viejo mecanismo del Estado, Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, concluyó que todas las revoluciones lo perfeccionaban en vez de destruirlo.

Conclusión fundamental que reafirma el carácter revolucionario, de principios y de actualidad del Marxismo sobre su teoría del Estado. Otra de las conclusiones a las que llega Marx en esta obra es el de la relación entre el proletariado y el carácter de aliado en que se ubica el campesinado, cuando históricamente éste llega a comprender bien sus intereses.

En suma esta obra, reafirma a través de su práctica que en el desarrollo de las sociedades y sus acontecimientos, la lucha de clases es una constante histórica que conduce a la revolución proletaria y a la dictadura del proletariado; que la existencia de los partidos políticos es por su naturaleza una necesidad de las clases sociales por sus intereses de clase; así como la esencia misma del bonapartismo y su incidencia en la historia de Francia y de Europa.

Marx lo resume de forma ejemplar a través de la figura de Napoleón III: “Bonaparte quisiera aparecer como el bienhechor patriarcal de todas las clases. Pero no puede dar nada a una sin quitárselo a la otra”, según deja ver casi al final de la obra a manera de conclusión.

 

Reflexiones finales

Al igual que ocurrió en la Francia de los Bonaparte, la historia siempre termina por repetirse, aunque tan sólo hayan pasado algunos años.

Así ha quedado claro en México. Las elecciones fraudulentas de 2006 fueron un claro ejemplo de ello, tal como sucedió en 1988. A pesar de que México tuvo cambios importantes en lo político durante este lapso, los paralelismos son inevitables, tal como lo confirman diversos estudios sobre el tema.

Pese a que el sistema electoral era completamente otro y que la jornada de 2006 transcurrió lejos de las irregularidades de su antecesora, las herramientas utilizadas por los que ejercen el poder no ha variado mucho.

Dicen los conocedores que cuando los extremos se enfrentan y la sociedad se polariza, lo de en medio sale sobrando. Nada más falso, ya que es precisamente que cuando en un duelo, la participación de un tercero siempre terminará inclinando la balanza.

Así pasó en el 88 cuando el PAN decidió negociar con el PRI la “legitimización” de Salinas de Gortari como presidente de la República sacando tajada de por medio pese a que los datos no oficiales señalan a Cárdenas como el ganador de la contienda. Así pasó en 2006, cuando PRI y PAN repitieron la dosis e impidieron que se abrieran las actas para comprobar el resultado de la elección y la posible victoria de López Obrador.

Así es como se repite la historia. Los mismos mecanismos del poder en turno que en su momento criticaba la oposición, ahora son las herramientas que utilizan para aferrarse al poder.

Sin embargo, este poder repetitivo de la historia tiene varias caras. Las condiciones parecen puestas para que el descontento popular se transforme en un movimiento social que reclame el poder. El fantasma de la Revolución Mexicana ronda el 2010. ¿Volverá a repetirse la historia?

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(Texto rescatado de los archivos universitarios de 2009)

Fuentes:

Karl Marx. El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Alianza Editorial, S.A., 1990, Buenos Aires.

Poema en tranvía, una mañana de octubre

 

Leer los periódicos,
viajar en tranvía,
la lluviosa calle convertida
en una triste acuarela.

Todo se vuelve insuficiente
cuando el desvelo
duerme sobre la almohada,
como una lumbre
que no se apaga.

Pero la mañana
se hace menos gris
cuando te pienso
y te evoca el frío,
en el cotidiano ritual
de la añoranza.
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Escapada

 

El tibio sol de la tarde
es una suerte de locos.

Es la alegría que se esconde
en las cosas diminutas:
los amigos y la carretera,
la espontánea certeza
de sentirse vivo.

Noches de efervescencia,
amaneceres lila
con sabor a aventura,
días de pulque y chorizo verde,
lentes oscuros y camastro,
furtivos encuentros
en la habitación de un hotel
con alberca,
pies descalzos en el agua helada:
hay que detenerse un minuto
para contemplar
la sutil belleza del mundo.

Ahora más que nunca…
suenan la cumbia y los timbales,
el alma vuela entre recuerdos
y el corazón, tan soñoliento:
canciones azules flotando en el aire
y la ciudad dibujada sobre el lienzo.

El tibio sol de la tarde
es una suerte de locos.
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Verse reflejado en el espejo del Che

Che

Termino de ver el documental de Paco Ignacio Taibo sobre Ernesto Che Guevara, y no puedo evitar sentirme profundamente conmovido. Abro el Facebook y aparece una foto mía de mi paso por Perú, de ese mágico día hace casi una década en que visité Machu Pichu y se desató dentro de mí el nudo de la poesía.

Mirarme entonces reflejado en la figura del Che se vuelve inevitable. Será que ambos compartimos siempre ese gusto de la lectura, esa fiebre de viajar harapientos, pasando hambres, con el corazón desbocado, tratando de entender de qué va el mundo en esta permanente lucha terrestre que es la vida. Nunca fui tan valiente como el Che y no me volví guerrillero. Hice del periodismo mi trinchera y ahí andamos, sobreviviendo, dando tumbos, peleando, incomodando a los corruptos de vez en cuando.

También me queda claro, que las circunstancias definen al personaje. Si el Che no hubiera estado presente en Guatemala cuando Estados Unidos da el golpe al gobierno de Árbenz, quizá no se hubiera detonado ahí la necesidad de pelear en Cuba. También me queda claro que si no hubiera triunfado en la revolución, cobijado por una voluntad de acero, la efervescencia popular y un poco de buena estrella, su historia hubiera podido ser otra muy distinta, más cercana quizá a la del impetuoso guerrero que murió asesinado en la selva boliviana cuando la buena suerte no le favoreció.

¿Qué es entonces lo que define al ser humano a la luz de la historia? Sus acciones. Y es entonces que uno se pregunta si en verdad ha hecho uno lo suficiente, si ha quedado a deber en esa gran película que es la historia de la humanidad o si no estará uno reprochándose cosas de más.

Al final del día, el ser humano busca siempre cómo sobrevivir y adaptarse a su entorno de la mejor manera que puede. Vivir es saber improvisar. Luego me viene a la mente alguna frase de Borges y me queda clara una cosa: el destino de un hombre es el destino de todos los hombres.
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Machu Pichu

Las revoluciones burguesas, una perspectiva histórica desde la mirada de Eric Hobsbawm

Todo poder excesivo dura poco”.

Lucio Anneo Séneca

 

REVOLUCIONES

Tras el desgaste del aparato absolutista, la aparición de las primeras revoluciones burguesas marcaron de forma significativa la historia de occidente. Esto representó un cambio radical en las estructuras políticas y económicas del mundo.

Dentro de este contexto, los aportes del historiador británico Eric Hobsbawm, pensador de corriente marxista, aporta una serie de elementos que permiten entender lo ocurrido con la construcción de las primeras Repúblicas modernas, tal como lo ha expresado en su libro ‘Las revoluciones burguesas’.

Quizá la aportación más importante del autor en este sentido es el haber establecido dos factores esenciales como ejes de dichos movimientos revolucionarios: la política y la economía, siendo dos de las principales potencias de la época, Francia e Inglaterra, las cunas en donde se gestarían los primeros cambios de una sociedad europea en busca de la modernidad.

Por ello, tanto la revolución francesa en lo político como la inglesa en lo económico, representan los dos acontecimientos más influyentes en la configuración de una nueva sociedad que desbanca al “antiguo régimen” y marca el inicio de una nueva era que a su vez daría pie a la creación de nuevas formas de organización social.

Desde el inicio, Hobsbawm quiere hacer notar la paulatina y creciente aparición de fuerzas que irían dotando a la nueva sociedad burguesa de diversas herramientas ideológicas y prácticas que lentamente irían forzando a la clase dominante a ceder el poder. Así lo ha dejado en claro al referir que estos nuevos elementos sociales se constituían esencialmente como “las fuerzas e ideas que buscaban la sustitución de la nueva sociedad triunfante”, materializando todos estos esfuerzos y llevándolos a sus últimas consecuencias a través de la reacción: el levantamiento armado y la justificación de la fuerza como una medida válida para tomar el poder y revertir los abusos de la clase gobernante. Esto sentó un referente único dentro de la historia moderna.

Sin embargo, para poder explicar la forma en que se fueron dando estos procesos, el autor hace una exhaustiva revisión de la situación que atravesaban las diversas clases sociales de la época, centrándose principalmente en las bases sociales de la colérica masa reaccionaria que terminaría por cambiar el rostro del sistema político. Estos dos grupos son el sector campesino y la naciente clase obrera.

El juicio general que le merece a Hobsbawm el panorama agrario es el de una minoritaria clase dominante, constituida en poco menos que casta cerrada, que se aprovecha del cultivador. Clase dominante que se constituye por la propiedad del medio de producción, la tierra.

“La condición de noble e hidalgo (que llevaba aparejados los privilegios sociales y políticos y era el único camino para acceder a los grandes puestos del Estado) era inconcebible sin una gran propiedad”. Completa el cuadro general con una baja nobleza, que según apunta el inglés, no constituye una clase media, sino un sector de la alta que comparte, si no su riqueza, sí su mentalidad al referir que “además de los magnates, otra clase de hidalgos rurales, de diferente magnitud y recursos económicos, expoliaba también a los campesinos”.

Sin embargo, Hobsbawm advierte que estas características generalizadas en prácticamente toda Europa Occidental, habían perdido empuje desde hacía algún tiempo en el seno social de Francia e Inglaterra.

Así lo manifiesta al declarar que “la sociedad rural occidental era muy diferente. El campesino había perdido mucho de su condición servil en los últimos tiempos de la Edad Media, aunque subsistieran a menudo muchos restos irritantes de dependencia legal”.

Las ideas de la ilustración, la aparición de la ciencia y las aportaciones ideológicas de diversos pensadores políticos de la talla de Maquiavelo, Hobbes o Descartes, fueron un antecedente importante para entender cómo fue que se empezó a producir un cambio de mentalidad en la Europa de aquella época. Estas ideas, que cuestionaban el poder absoluto y abogaban por una reconstrucción del sistema político, fueron permeado con fuerza al interior de la sociedad, sentando los cimientos de la ideología que habrían de asumir los líderes de la Revolución Francesa para finales del siglo XVIII.

Por ello, Hobsbawm cree que Francia era el terreno más propicio para que floreciera una revolución social como la que se venía gestando. Ante esto, el investigador inglés ha afirmado que “el conflicto entre el armazón oficial y los inconmovibles intereses del antiguo régimen y la subida de las nuevas fuerzas sociales era más agudo en Francia que en cualquier otro sitio”.

Entre las principales causas que explican la ascenso al poder de la burguesía esta “su fuerza, y ante todo, el evidente progreso de la producción y el comercio”.

Si bien la organización política de Francia osciló entre república, imperio y monarquía durante 71 años después de que la Primera República cayera tras el golpe de Estado de Napoleón Bonaparte, lo cierto es que la revolución marcó el final definitivo del absolutismo y dio a luz a un nuevo régimen donde la burguesía, y en algunas ocasiones las masas populares, se convirtieron en la fuerza política dominante en el país. La revolución socavó las bases del sistema monárquico como tal, más allá de sus estertores, en la medida que le derrocó con un discurso capaz de volverlo ilegítimo.

Por otra parte, en el segundo capítulo, el autor analiza el despertar de la industrialización en la Gran Bretaña y su desarrollo hasta la mitad del siglo XIX. De este modo esquemático, puede decirse que abarca la etapa en que la industria del algodón y la aparición del ferrocarril fueron los detonantes de la Revolución Industrial. De este periodo, Hobsbawm considera que “por primera vez en la historia humana, se liberó de sus cadenas al poder productivo de las sociedades humanas”, lo cual resulta un tanto exagerado si se toma en cuenta que la capacidad de producción del hombre no dejó de ser explotada por una minoría.

La economía basada en el trabajo manual fue reemplazada por otra dominada por la industria y la manufactura. La Revolución comenzó con la mecanización de las industrias textiles y el desarrollo de los procesos del hierro. La expansión del comercio fue favorecida por la mejora de las rutas de transportes y posteriormente por el nacimiento del ferrocarril. Las innovaciones tecnológicas más importantes fueron la máquina de vapor y la denominada Spinning Jenny, una potente máquina relacionada con la industria textil. Estas nuevas máquinas favorecieron enormes incrementos en la capacidad de producción. La producción y desarrollo de nuevos modelos de maquinaria en las dos primeras décadas del siglo XIX facilitó la manufactura en otras industrias e incrementó también su producción.

Para Hobsbawm, la transformación del comercio juega un papel decisivo en la forma en que la naciente burguesía industrial se hace del poder. El comercio interior pasa de comercio de feria a un mercado nacional integrado, debido a la desaparición de las aduanas interiores, el aumento de la demanda y la mejora de los transportes. El comercio exterior también benefició el progreso de la industria.

Asimismo, la Revolución Industrial determinó la aparición de dos nuevas clases sociales: la burguesía industrial (los dueños de las fábricas) y el proletariado industrial (los trabajadores).  Se los llamaba proletarios porque su única propiedad era su prole, o sea sus hijos, quienes, generalmente a partir de los cinco años, se incorporaban al trabajo.

En otras palabras, podría decirse que Hobsbawm considera que el desarrollo de la Revolución Industrial en Inglaterra respondió a una combinación particularmente favorable de múltiples factores. Uno de ellos fue la transformación que desde el siglo xv se venía produciendo en el ámbito rural al permitir el crecimiento de un sector dentro de la sociedad. Otro factor importante fue la formación de un mercado interno unificado. La expansión colonial es considerada decisiva en este proceso pues proporcionó mercados muy dinámicos que estimularon la producción manufacturera.

En el mismo tono, el Estado tuvo también un rol protagónico, no sólo como defensor de los intereses de comerciantes y productores, sino también como consumidor de la producción manufacturera.

 

Conclusiones

El balance de todo este periodo es, para Hobsbawm, la creación de una “fuerte clase media de pequeños propietarios, políticamente avanzada y económicamente retrógrada, que dificultará el desarrollo industrial, y con ello el ulterior avance de la revolución proletaria”. Han transcurrido muchos años, y con ellos la industrialización francesa, pero la augurada “revolución proletaria” ha sido lo que no ha avanzado. La visión de un acontecimiento histórico desde una perspectiva cargada de prejuicios motivados por razones ideológicas, sólo puede desembocar en una apreciación parcial con juicios erróneos, y a unas conclusiones que la misma Historia se encarga de desmentir.

Las conclusiones a las que llega el autor son dignas de una revisión más profunda. En términos generales, la tesis final de Hobsbawm señala que el período de las revoluciones burguesas cumple la función de preparar el terreno para las revoluciones proletarias de 1848, con la llegada del marxismo. Por una parte, porque “las condiciones de vida de las masas les impulsaban inevitablemente hacia la revolución social”, ya sea por odio a la riqueza o el utópico anhelo de un mundo mejor. Por otra parte, porque “el gran despertar de la Revolución Francesa les había enseñado que el pueblo llano no tiene porqué sufrir injusticias mansamente”.

Hobsbawm quiere así considerar a las masas populares como el auténtico protagonista que subyace en los acontecimientos estudiados. El pueblo llano no es visto como instrumento, sino como protagonista. “Suya, y casi sólo suya fue la fuerza que derribó los antiguos regímenes desde Palermo hasta las fronteras de Rusia”, según explica.

Sin embargo, y aunque hace un extenso análisis de los hechos principales del Periodo del Terror que se vivió en Francia tras la revolución, el autor parece no darle importancia suficiente a los líderes sociales como catalizadores de los movimientos sociales que produjeron cambios importantes en la época.

Tal parece que la importancia más trascendente de este análisis de la historia realizado por Hobsbawm radica en que el investigador inglés ve en estas revoluciones la fuerza impulsora de la tendencia predominante hacia el capitalismo liberal de hoy en día.

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(Texto de 2009 rescatado de los archivos)

El Estado absolutista, una revisión a la obra de Perry Anderson

 

“El poder político es simplemente el poder

organizado de una clase para oprimir a otra”

Karl Marx

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Quizá la famosa frase que define la figura del déspota ilustrado, L’êtat c’est rnoi (el estado soy yo) atribuida al monarca francés Luis XVI, no podía estar más lejos de la verdad, tal como lo enunciarían algunos estudios posteriores sobre el estado absolutista, ya que precisamente fue la creación del estado lo que terminó por precipitar la caída del sistema político que pretendía defender.  A pesar de que la mayoría de las definiciones del absolutismo enuncian como característica principal de esta etapa histórica, la concentración del poder en la figura del rey, lo cierto es que ocurrió todo lo contrario, ya que aunque el rey seguía ejerciendo un papel determinante al aglutinar a las fuerzas políticas dominantes de la época, la creación de diversas instituciones emanadas del surgimiento de los estados nacionales provocaron un deterioro lento y progresivo por parte del control de la nobleza, la cual terminaría por colapsarse con el ascenso al poder al término de las revoluciones burguesas de los siglos posteriores.

En su libro El estado absolutista, el historiador inglés Perry Anderson realizó un estudio minucioso y bien fundamentado estudio sobre las causas que provocaron un cambio radical en el sistema político y económico de la Europa feudal y que tras una serie de sucesos terminarían por poner los cimientos para que la burguesía accediera al poder algunos siglos después.

“Los cambios en las formas de explotación feudal que acaecieron al final de la época medieval no fueron en absoluto insignificantes; por el contrario, son precisamente esos cambios los que modifican las formas del Estado. El absolutismo fue esencialmente eso: un aparato reorganizado y potenciado de dominación feudal, destinado a mantener a las masas campesinas en su posición social tradicional, a pesar y en contra de las mejoras que habían conquistado por medio de la amplia conmutación de las cargas. Dicho de otra forma, el estado absolutista nunca fue un árbitro entre la aristocracia y la burguesía ni, mucho menos, un instrumento de la naciente burguesía contra la aristocracia: fue el nuevo caparazón político de una nobleza amenazada”.

Esta serie de cambios pueden explicarse a través de la crisis del sistema feudal, ya que la mejora de las técnicas agrícolas y el consiguiente incremento del comercio, a partir del siglo XIII, provocaron que una cada vez más poderosa clase burguesa comenzara a presionar a la nobleza en el poder para que se facilitara la apertura económica de los espacios cerrados de las urbes, se redujeran los tributos de peaje y se garantizaran formas de comercio seguro, factores que hicieron posible que la nobleza realizara algunos ajustes en el sistema político para mantener el control, tal como lo afirma Anderson al referir que el estado absolutista no es otra cosa que “un rediseño del aparato feudal de dominación con el fin de devolver a la masa campesina a su rol social original, luego de que ésta ganara la conmutación de cuotas”.

Debido a esto, la clase en el poder tuvo la necesidad de reorganizar su estructura política y económica, por lo que el viejo modelo de ciudades estado dominadas por un señor feudal se transformó en el surgimiento del estado nacional, luego de que entre las prioridades del poder estuviera la centralización de la administración pública, lo cual a su vez, provocó el surgimiento por parte de una serie de instituciones que hicieran más fácil la administración del estado, tal como lo evidencia Anderson al enunciar que “el estado absolutista fue una transición del poder entre la nobleza feudal y el sistema capitalista. Por ello, durante el absolutismo el sistema feudal presentó síntomas de crisis en el poder de clase: el advenimiento de las revoluciones burguesas y el surgimiento de los estados capitalistas”, y no un árbitro entre las dos clases, como pensaba Federico Engels.

Sin embargo este proceso de cambios radicales no estuvo exento de ironías, ya que por ejemplo, mientras garantizar la seguridad de la población se convirtió en una de las prioridades del estado, esto provocó que el señor feudal fuera perdiendo gradualmente el control absoluto de los vasallos, al tiempo que la creciente burguesía afianzaba su dominio sobre el sistema burocrático necesario para que el estado pudiera ejercer sus funciones, lo cual se traduciría, siglos más tarde, en la toma del poder político por parte de una fortalecida burguesía.

Entre las características más importantes de esta serie de transformaciones, se encuentra la creación de instituciones políticas tales como el ejército, sistema tributario, la burocracia, los tratados comerciales o la diplomacia, las cuales hicieron que el estado ganara peso en el poder y mayor legitimidad entre la sociedad al tiempo que solucionaban problemas de organización política.

Asimismo, esta serie de estructuras darán pie a la aparición y conformación del mercado interno y externo, uno de los puntos de apoyo más importantes para que la burguesía fuera ganando terreno dentro de la disputa de clases por el poder, ya que a partir de esta etapa, la burguesía jugaría un rol decisivo en el cambio de las políticas económicas del estado.

Aunque es cierto que dentro de esta etapa el mercantilismo y la acumulación de riqueza representó uno de los ejes del sistema económico, donde el estado regulaba la cantidad de importaciones y exportaciones mediante la imposición de aranceles, lo cierto es que a partir de entonces, el comercio sería la actividad económica que empezaría a marcar la pauta de lo que sucedería siglos más tarde hasta la actualidad, ya que desde entonces, la guerra sufriría una transformación sustancial, pues no sólo era un mecanismo de controlar el territorio y extraer riqueza, sino un medio para abrir nuevos mercados y por ende en una parte fundamental del sistema capitalista, a diferencia de lo que afirmara Anderson al señalar que, en aquel entonces, “la morfología del estado no corresponde a una racionalidad capitalista, sino a una creciente memoria medieval en cuanto a las funciones de la guerra”, ya que a pesar de que efectivamente, existía toda una estructura en torno a la guerra, ésta empezaba a tomar un rumbo diferente que se haría más notorio con el paso del tiempo.

Es por eso, que las alianzas entre señores eran más comunes, ya no tanto para la guerra, sino para permitir el desarrollo económico de sus respectivos territorios, donde la figura del rey fue el elemento aglutinador de dichas alianzas.

Por otra parte, a medida que el absolutismo político se impone y desarrolla la teorización sobre algunos problemas derivados de la justificación del poder, tales como el derecho divino de los reyes y la limitación de su poder, las bases de la sociedad política, el desarrollo de la conciencia nacional y su fundamento, justificación y límites incluida la reconsideración de la relación de la iglesia con el estado.

 

 

La ruptura en el pensamiento político

La percepción del poder y los gobernantes en occidente sufrió cambios importantes. La pujante clase burguesa empieza a cuestionar el poder del monarca conforme va subiendo en la escalera del poder. Para una sociedad donde la ciencia empezaba a dar sus primeros pasos, la religión dejó de ser válida para que los monarcas reinantes pudieran justificar el origen de su mandato.

Esta etapa fomentó la aparición de algunos de los primeros pensadores políticos modernos tales como Maquiavelo o Hobbes, cuyas ideas serían un antecedente importante para poder entender el desarrollo del pensamiento que dio origen a las revoluciones burguesas.

Para Nicolás Maquiavelo, padre de la ciencia política moderna, el asunto del poder estaba lejos del compromiso ético que en alguna ocasión plantearon los griegos clásicos como Platón o Aristóteles. Para Maquiavelo el poder es la capacidad de obligar a otros a la obediencia. En el ejercicio del poder rechaza cualquier norma ética o moral en favor de la razón de Estado y la eficacia. Todo es válido en la práctica del poder.

Maquiavelo, uno de los primeros analistas políticos de la historia, era partidario del Estado republicano, aunque consideraba que en situaciones difíciles es necesario acudir a un príncipe que mantenga el orden. La anarquía es el peor de los males, y un príncipe es preferible a la anarquía, además de que consideraba que existía un ciclo inevitable en las formas que adopta el Estado: monarquía, tiranía, aristocracia, oligarquía, democracia y anarquía, esta última fase ha de ser evitada con el recurso a un príncipe fuerte, con lo que se vuelve a la monarquía.

Por ello en su libro más famoso, El príncipe, Maquiavelo hace una serie de recomendaciones para mantener el poder a toda costa: estudiar lo que la gente quiere, emplear la violencia con medida y mantener al pueblo contento, para lo cual, si es necesario, ha de instrumentalizar la religión para conseguir sus fines políticos. También puede utilizar la censura para evitar que el pueblo se corrompa, y ha de proporcionarle: educación cívica y amor a la patria.

Uno de los puntos más innovadores del pensamiento maquiavélico es la construcción del concepto de Estado de Derecho, pues consideraba que un país es afortunado cuando tiene unas leyes que le hacen continuar como país, le sostiene y a las que todos están sometidos. Para ello, es necesaria la ley y la moral del pueblo, pero el príncipe está por encima de ella, en virtud de la razón de Estado y la eficacia política.

Estas aportaciones al pensamiento político de la época inicó una serie de cambios en los sistemas de poder. El aporte de Maquiavelo abrió camino a la modernidad en su concepción política y a la reestructuración social.

Asimismo, las aportaciones de Hobbes también representaron una ruptura con el pensamiento que justificaba al Estado Absolutista. Para Hobbes, el estado de naturaleza es un estado de guerra y de anarquía donde los hombres son iguales por naturaleza. No existe noción de los justo y de lo injusto, y tampoco la de propiedad. No hay industria, ni ciencia, ni sociedad. Hobbes se opone, con esta visión pesimista, a los teóricos del derecho natural y a todos aquellos que disciernen en el hombre una inclinación natural a la sociabilidad. Dentro de estos parámetros, las nociones de lo moral y lo inmoral, de lo justo y de lo injusto no tienen allí cabida. Donde no hay un poder común, no hay ley; y donde no hay ley, no hay injusticia.

Hobbes define al Estado como “una persona de cuyos actos, por mutuo acuerdo entre la multitud, cada componente de ésta se hace responsable, a fin de que dicha persona pueda utilizar los medios y la fuerza particular de cada uno como mejor le parezca, para lograr la paz y la seguridad de todos” y se dice que un Estado ha sido creado o instituido cuando “una multitud de hombre establece un convenio entre todos y cada uno de sus miembros, según el cual se le da a un hombre o a una asamblea de hombres, por mayoría, el derecho de personificar a todos, es decir, de representarlos”, según expresó el autor en su libro Leviatán.

Estos razonamientos revolucionarios resultan aún más contundentes luego de que el pensador inglés argumentara que “si los súbditos no pueden cambiar de forma de gobierno, y por lo tanto están sujetos a un monarca , pueden abolir la monarquía sin su aprobación y volver a la confusión propia de una multitud desunida”.

Estos preceptos sirvieron de base para la implementación de los primeros sistemas parlamentarios, un antecedente importante que buscaba limitar el poder del gobernante. El parlamentarismo surge en Inglaterra hacia 1640 (aunque existen referencias muy parecidas en el siglo XIII) y durante un breve plazo de tiempo, hasta que Cromwell instaura la dictadura en 1649. No obstante, ésta primera irrupción del modelo va a mostrar ya sus rasgos fundamentales. En primer lugar, el Parlamento era una asamblea popular elegida por los ciudadanos en igualdad de condiciones y que gozaba de todos los poderes del Estado, sin que fuera posible violentar su autonomía; en segundo lugar, lo que hoy conocemos como el poder ejecutivo estaba sometido plenamente a la asamblea; y en tercer lugar, el parlamento sólo podía ser disuelto por el propio pueblo que lo había elegido. El triunfo definitivo del régimen parlamentario ocurre con la Revolución Gloriosa en 1688, a partir del cual el Reino Unido aplicó el mismo de manera integral.

En el continente europeo se habrá de esperar hasta la Revolución Francesa para que se atisbe un modelo de representación democrático-parlamentario similar, que indisolublemente va unido a la división de poderes formulada por Montesquieu, dentro del periodo con el que inician las revoluciones burguesas.

La ironía más grande en que cayeron los monarcas durante el Estado Absolutista, es que al buscar las herramientas necesarias que les permitieran extender sus dominios y por ende, acrecentar su poder, abrieron la puerta para que la pujante clase burguesa adquiriera los conocimientos necesarios para administrar el Estado, tomando posiciones claves que decicidirían el curso de la historia occidental tras las primeras guerras por tomar el poder y reconstruir la visión del Estado moderno.

La soberbia de Luis XVI es un síntoma ineludible de la miopía política del monarca francés. El Estado no podía entenderse a través del monarca, sino a través de las diversas instituciones y estructuras sociales, políticas y administrativas que contribuyeron a que el poder absoluto se repartiera entre algunos más (no necesariamente de forma equitativa). Quizá en el momento no lo supo, pero al crearse las bases del Estado moderno, Luis XVI y el poder absoluto que representaba, terminaron cavando su propia tumba.

(Texto escrito en 2009 y rescatado del archivo personal).
Fuentes:

Perry Anderson. El Estado Absolutista. Siglo XXI. México. 1985.

Desatino

 

Mi sangre no está dormida,
bulle en el sueño
como una infusión
de risas y lamentos.

Como si de un cuenco
se tratase,
como si en un hueco
se mirase.

Quizá después de todo,
pudiéramos compartir
un destino.
::.

Sacudida

 

A nuestros muertos, a nuestros héroes,

a quienes quedaron con el alma temblorosa

después del terremoto.

 

En un país socavado entre los escombros

rugió la tierra una noche

entre la arborescencia

y se abrió una luz en el cielo,

un relámpago amarillo y violento,

una bola de fuego

que clamaba el fin de los tiempos:

el suelo crujía

mientras una lluvia de tejas asesinas

caía sobre la gente

y las casas se desplomaban

y la desgracia se regó por el Istmo,

desde Juchitán hasta la selva chiapaneca,

entre grietas con hedor a muerte,

y una tristeza profunda

se apoderó del sur

mientras los verdes loritos de la plaza

volaban inciertos en el aire movedizo

y famélicos cadáveres se arrastraban

entre piedras afiladas por el tiempo

y la bandera despuntaba solitaria

entre cerros de cascajo,

pero los gritos de auxilio

quedaron atrapados

en el viento sordo,

era apenas un eco lejano

que nos iba carcomiendo

el corazón a la distancia

mientras otros preferían simplemente

quedarse callados

o mirar hacia otro lado.

 

Pero ese toro furibundo

no se había ido,

vino la segunda embestida

y esta vez

retumbó la tierra en su centro,

y se convulsionó la primavera

en medio del otoño

y se desteñía el azul del cielo

y se marchitaron las flores por dentro

y se derrumbaron

antiguos templos de talavera

y los lamentos subterráneos

llegaron por fin

al ombligo de la luna.

 

Todo fueron gritos

cuando vino el terremoto

a romper el mundo

con un martillo.

 

Y se nos vino la muerte encima,

intempestiva y hambrienta,

en la violenta convulsión del cemento

y la sangre turbia por el polvo y la ruina,

la ciudad se convirtió de pronto

en fúnebre humareda

de paredes resquebrajadas

y maremotos lacustres

y gritos, muchos gritos,

alaridos de terror y de asombro

ante la furia incontenible

que brotaba del subsuelo,

el ruido insoportable de la ambulancia,

las ganas de arrancarse el cuerpo

para salir huyendo a sabrá la chingada dónde,

eran momentos de frenética angustia,

el miedo desnudo que se filtraba por los poros,

plegarias sordas para dioses iracundos,

muebles que azotaban contra el piso,

vidrios reventados en lo alto de los edificios

y una asfixia de penumbra

se nos iba adhiriendo a los pulmones,

se cimbraron los cables y los postes,

el suelo se abría, el techo caía de golpe,

eran segundos de apretar los dientes y el alma,

correr despavorido entre escaleras, laberintos,

oscuros corredores con sabor a sepultura,

eran segundos de golpearse la cabeza

y mantenerse despierto para seguir viviendo,

tomar entre los brazos a los hijos y los abuelos,

dando tumbos sobre la loza que caía como metralla,

había que destrabar las puertas y los cerrojos

para salir a la calle

y tratar de encontrar refugio en medio de la hecatombe,

aturdidos por el derrumbe del cuerpo y el mundo,

explosiones, escombros, nubes de arcilla gris,

gente vomitando el terror con los nervios destrozados

sin saber a dónde ir, ni qué hacer, ni qué decir.

 

No hay escapatoria

de la ira de la tierra.

 

Había que reaccionar,

salir del marasmo

y hacerle frente a la muerte

que habitaba entre edificios colapsados.

 

Mares de gente desbordaron las calles

y comenzaron a reconocerse unos a otros

en medio del desastre,

y se quedaron quietos un instante

y se miraron los ojos rojos, aterrados,

y vieron su dolor reflejado en el dolor del otro,

como si para verse y quererse y reencontrarse

la gente primero tuviera que dolerse,

tuviera que caerse,

tuviera que abrazarse.

 

Y ocurrió entonces

el milagro de la bondad humana.

 

Se derrumbaron escuelas, fábricas y hospitales,

y nos salió la fuerza de pronto,

se disiparon las dudas

y emergieron las manos, muchas manos,

miles manos jóvenes removiendo escombros,

levantando afiladas piedras,

arañando con los dientes

monstruosos amasijos de alambre y hormigón,

y se cimbraron los sueños entreabiertos

y se levantaron puños que anunciaban

prolongados silencios de zozobra y esperanza,

era la esperanza resonando

en voces diminutas bajo las rocas,

era el anhelo de encontrar al otro,

al caído, entre los pedazos,

arrancárselo de los brazos al señor del Mictlán

y traerlo de vuelta desde el inframundo.

 

La gente de a pie

tomó las riendas del rescate

ante la reiterada torpeza del mal gobierno

que sólo busca sacar provecho de la desgracia,

y se formaron brigadas,

se apuntalaron con madera edificios borrachos

y se acarreaba el agua de mano en mano

y los víveres cruzaron montañas

y se regaló la comida

y anhelábamos con el alma

que aquella niñita que nunca existió

siguiera con vida,

y justo en medio de la tragedia

emergieron los héroes:

los topos que escarbaban túneles imposibles

para encender una luz en la oscuridad,

y vimos al hombre exhausto

que se quedó dormido en los vagones del metro

con su casco y su pala,

al generoso ferretero que donó para la causa

todo su inventario de herramientas,

la señora que regaló la poca comida que no tenía,

los superhombres que removían cascajo

sin una pierna o piloteando una silla de ruedas,

los adorables perritos con sus visores y sus botitas

rescatando al amigo humano,

la líder que comandaba cuadrillas de entusiastas

con megáfono en mano y varias noches sin dormir,

los soldados que en su insaciable búsqueda

rompieron en llanto,

los que entonaron himnos solemnes

tras cumplir con su misión,

los magos informáticos que transformaban

algoritmos en ayuda,

los cronistas que componían odas

para cantar las grandes gestas de los nuestros,

los que dejaron el alma en cada piedra,

en cada suspiro lleno de nostalgia,

en cada bocanada de aire sabor esperanza.

 

Y nos dimos cuenta que México era posible,

y la utopía del amor a los demás

dejó de ser un noble acto de fe

para convertirse en imborrables momentos

de adorable anarquía,

a pesar de los ladrones

o la mezquindad de los políticos chupa-sangre

o los frívolos comentócratas

que opinaban idioteces sin pudor alguno,

como si todo el dolor

y el cansancio

y los gritos

y la angustia

y la ruina del corazón

fueran poca cosa.

 

Dirán que nos siguen doliendo nuestros muertos

y tendrán razón.

 

Pero en esta lucha terrestre por la supervivencia,

los mexicanos dieron una tunda a la muerte

en la amarga coincidencia de otro 19 de septiembre.

 

Porque en este país donde la muerte

lo mismo se viste

de sicario, feminicida o terremoto

no todo fue tristeza,

no todo fue una estampida de sangre,

no todo fueron ataúdes y fosas clandestinas,

también hubo gente dispuesta darlo todo

a cambio de nada,

hubo manos solidarias,

un llamado a no dejar de soñar.

 

Porque la vida y la historia

nos han enseñado

que ya vendrán otros terremotos, otros huracanes,

una próxima desgracia

a la cual habrá que hacerle frente

todos juntos,

y aquí seguirán también nuestros héroes,

encarando el odio homicida

que nos ha ensuciado el corazón,

aquí seguirán nuestros hombres y mujeres

haciendo germinar la alegría

como flores despuntando entre el cascajo.

 

Qué diferente sería todo

si como hoy,

rescatáramos también a nuestros niños

del hambre, la miseria y la soledad,

y se propagaran las risas por doquier.

 

Fueron necesarias muchas horas,

mucho esfuerzo, mucha sangre, muchos días,

hubo que estar dispuesto a jugarse la vida

a cambio de nada

para que hoy pudieras estar aquí, mexicano,

pues quizá no lo sepas pero estuviste muerto

hasta que tus hermanos salieron a buscarte

para recogerte y levantarte del cementerio,

te resucitaron de entre los muertos, mexicana,

y te trajeran de vuelta con nosotros

para nacer todos juntos en un gran abrazo,

fue la entrega de un pueblo que no dejó de luchar,

un pueblo que nunca perdió ni la fe ni la esperanza.

 

Hubieras visto los ojos húmedos y encendidos

de la gente

cuando los caídos iban reviviendo

uno a uno,

y nos quedamos

con el corazón desnudo y susceptible,

tan vulnerable,

con la alerta sísmica

resonando en el cuerpo y la almohada,

era el eco de la tragedia,

un acecho permanente tan adherido a la memoria,

presos de la angustia,

resaca de la tormenta

que nos hizo temblar de miedo y emoción,

y nos hizo darnos cuenta

que estamos vivos y despiertos,

listos para grandes hazañas,

las grandes batallas aún por venir.

 

Será que necesitábamos una sacudida

para abrir los ojos y darnos cuenta

y recordar que el amor a los demás

es también parte de la naturaleza humana,

será que necesitábamos una sacudida

para sacudirnos el amargo yugo de la indiferencia,

darnos fuerza unos a otros,

querernos unos a otros,

resucitarnos unos a otros.

 

Es el gran cisma

que dejó el sismo tras de sí.

 

Levántate del agujero, mexicano,

que todavía queda mucho camino por andar,

hay que abolir la injusticia en todas sus formas,

hay que repartir el pan y la tortilla,

hay que reconstruir un país socavado por la inmundicia,

hay que levantar un dolorido país entre las ruinas

con las manos desnudas y el corazón galopante,

hay que seguir andando, ligeros y sonrientes,

para volver a reencontrarnos en la calle

y seguir luchando contra la tiniebla

que se niega a partir,

hay que seguir de frente

caminando rumbo al sol,

porque no hay tristeza que dure para siempre

y del mismo modo,

querido mexicano, querida mexicana,

llegó el momento de hacer germinar

nuestros sueños

tras la fúnebre sacudida,

porque la vida es breve

y queremos seguir viviendo,

seguir riendo,

seguir soñando.

::.

Dibujo

Comenzabas a tomar color

en los trazos

y en los sueños,

como una bocanada de humo

y recuerdos

caminabas silenciosa

en los latidos del aire,

era la noche afilada

que gemía

y amenazaba con morder,

eran versos descompuestos

persiguiendo una tímida luz

en medio de la calle,

eran tus ojos lejanos

de estrella extraviada,

las dulces notas de tu voz

hacían agujeros

en la memoria del corazón

y la ruina de mi cuerpo,

eran las palabras que nunca fueron,

un pedazo de tierra mojada

temblando de agonía y de placer

a orillas del lago,

era la vida de manos frías

que se desnudaba

en la mirada celosa

del otoño,

era la luna menguante

derramando obscenas historias

de venganza y desamor

a la luz de las velas,

una puñalada de verdades,

un ataúd de secrecía,

un latigazo en el alma entreabierta,

un río revuelto en tempestades

y tierra removida,

una escalera de piedra

sin descanso ni retorno,

una cuchillada sin sangre

ni desvelo

anidando en mi solitario pecho,

una última parada

antes de tomar el tren

a ninguna parte,

serenata de silencios,

una no tan breve

despedida.

::.

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