Apuntes sobre Chomsky y su crítica a los Estados canallas (o la política intervencionista de los Estados Unidos)

El poder sin límites, es un frenesí que arruina su propia autoridad“.

Fénelon

 

“La desobediencia hacia los prepotentes la he considerado siempre

como el único modo de usar el milagro de haber nacido”. 

Oriana Fallaci

 

 Chomsky

 

El mundo de la posguerra quedó marcado de forma profunda y significativa, luego de la aterradora herida que dejaron las imágenes la Segunda Guerra Mundial. Buscando que esta terrible experiencia nunca volviera a repetirse, gobiernos y organizaciones de todo el orbe, impulsado por las potencias vencedoras del conflicto, comenzaron a gestar lo que posteriormente se convertiría en la Organización de las Naciones Unidas (ONU), organismo que perseguía el ideal (lamentablemente utópico) de mantener la paz entre las naciones mediante la aplicación de la ley internacional plasmada en la Carta de las Naciones Unidas, la cual señalaba que la guerra, por definición, constituía un crimen basándose en las nuevas normas de derecho internacional. Es decir, la existencia de un régimen de derecho y de orden internacional que engloba a todos los estados, basado en la Carta de Naciones Unidas, las resoluciones subsecuentes y el Tribunal de Justicia. La amenaza o el uso de la fuerza están prohibidos a menos que estén explícitamente autorizados por el Consejo de Seguridad después de haber determinado que los medios pacíficos han fracasado, o en defensa propia contra un ataque armado hasta que el Consejo de Seguridad actúe.

Curiosamente, de manera paralela a la formación de la ONU, se gestaba otra realidad, cuando el mapa geopolítico fue redibujado por las dos superpotencias que polarizaron al mundo y que en poco tiempo derivaría en la aparición de la Guerra Fría.

No puede existir estabilidad política y una paz duradera, cuando la ley y el derecho internacional son quebrantados de manera impune una y otra vez por uno o varios de los miembros. Esto fue precisamente lo que pasó durante el largo tiempo en que EEUU y la extinta URSS, movían de manera estratégica las piezas del rompecabezas mundial para asegurar la hegemonía política del planeta, pasando por alto los tratados y pactos firmados con anterioridad ,que garantizaban el respeto a las instituciones encargadas de hacer cumplir la ley internacional, es decir, el Consejo de Seguridad de la ONU.

De este modo, las potencias ejercían una doble moral con un cinismo sin precedentes, cumpliendo la ley y desobedeciéndola según la situación se apegara a los intereses particulares de cada país.

Es precisamente en este contexto, que aparecen los primeros Estados canallas, capaces de promover guerras (ilegales, según la Carta de Naciones Unidas), manipular la situación política de países independientes e indefensos ante el poder aplastante de las potencias, o simplemente, violentar la soberanía de los estados independientes. El Estado canalla es, en síntesis, un criminal.

Con el paso del tiempo, el sistema socialista abanderado por la URSS, terminó por desplomarse a finales de los ochentas, luego de una serie de conflictos políticos, económicos y bélicos con su contraparte estadounidense. El mapa se redibujó de nueva cuenta. La Guerra Fría tenía un ganador, un sobreviviente y una única superpotencia capaz de establecer su voluntad por medio de la fuerza sin que existiera posibilidad alguna de evitarlo. EEUU se había convertido en el Estado canalla por excelencia.

Desde los años cincuentas, EEUU ha intervenido prácticamente en todos los rincones del planeta para salvaguardar sus intereses utilizando métodos ilegales y carentes de toda ética posible para lograr su cometido, sin importar la gran cantidad de gente que “tenga que ser sacrificada” o atropellada en el camino.

Samuel Huntington, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Harvard conocido por su análisis de la relación entre el gobierno civil y militar, su investigación acerca de los golpes de estado en países del tercer mundo y su tesis acerca de los conflictos sociales futuros , resume el problema del autoritarismo norteamericano explicando cómo es que EEUU se ha posicionado como el canalla por excelencia:

“A ojos del mundo (probablemente la mayor parte del mundo) EE.UU. está conviertiéndose en la superpotencia canalla y los demás estados lo consideran como la principal amenaza externa a sus sociedades. La teoría de las relaciones internacionales realista, argumenta, predice que pueden formarse coaliciones para contrarrestar a la superpotencia canalla”.[1]

Este hecho, ha repercutido en una severa crisis para la ONU, ya que uno de los principales métodos que ha utilizado EEUU para “justificar” sus acciones, se basa en descalificar y poner en duda la capacidad de Naciones Unidas para ejercer como intermediario y resolver los conflictos por la vía diplomática y pacífica, antes de ejecutar acciones militares.

Al mismo tiempo, el Estado canalla ha sabido utilizar eficazmente a los medios de comunicación para encubrir, distorsionar y legitimizar el accionar del gobierno norteamericano ante la opinión pública. La comunidad internacional ha guardado silencio o en algunos casos, ha hecho tímidas objeciones a los planes estadounidenses como la reciente invasión de Irak. El problema radica en que para la gran mayoría de la población global, desconoce a ciencia cierta la gran cantidad de crímenes que esta país ha efectuado de manera denigrante, ya que por lo regular, la ocupación e invasión estadounidense se realiza en países con poca presencia y repercusión en el mundo occidental, mismo que controla, de manera cuestionable, el destino del mundo.

Es así, que los estadounidenses se han enfundado ilegítimamente en el derecho de ejercer como procuradores de “justicia” del mundo, a pesar de que esta pase por encima de los organismos correspondientes, o de que el concepto de “justicia” que ejercen, no solo sea cuestionable o reprobable, sino ilegal, por irónico que suene.

Hedley Bull, professor de Relaciones Internacionales de la Australian National University, the London School of Economics, and the University of Oxford , señala que el grave peligro de efectuar estos procedimientos radica en que “los estados individuales, o grupos de estados que se presentan a sí mismos como los jueces autorizados del bien común mundial, sin considerar los puntos de vista de los demás, son, de hecho, una amenaza para el orden internacional y por lo tanto, para las acciones efectivas en este terreno”.[2]

Además, los constantes e hipócritas “argumentos” sobre la “intervención humanitaria” son otro de los pretextos predilectos de EEUU para justificar su incursión militar en diversos lugares, aunque siendo objetivos, el concepto canalla de “intervención humanitaria” solamente aplica para los casos en que se atenta contra los derechos humanos en poblaciones que afecten los intereses de la OTAN y los EEUU, ya que si fueran coherentes con su “doctrina humanitaria”, se habrían podido evitar miles de muertes en conflictos en los que el Consejo de Seguridad de la ONU, principalmente en los decidió intervenir e increíblemente, no contó con el apoyo del juez-policía del mundo. Los ejemplos son muchos. Mientras que la ONU decidió mandar un ejército que mantuviera la paz en inconmesurables actos genocidas como los ocurridos en Angola o Sierra Leona, los EEUU prefirieron intervenir de manera arbitrárea, en el conflicto entre Serbia y Kosovo, en donde Naciones Unidas, aún mantenía esperanzas de resolver el problema por la vía diplomática.

La constante intervención de Washington en una infinidad de países como Colombia, Bolivia, Laos, Camboya, Indonesia, Irán, Irak, Afganistán, El Salvador, Nicaragua o la ex Yugoslavia, por mencionar algunos casos, empieza a tener consecuencias de resonancia que están generando un severo ambiente de tensión y volatilidad en todo el mundo. Y es que si tomamos en cuenta que el famoso 11 de septiembre no se comparan en lo absoluto a la destrucción, la muerte, el hambre, la miseria y el rencor acumulado por generaciones que la aplanadora yankee ha dejado a lo largo de los años en todo el planeta, sirven como un claro ejemplo de lo que ocurre cuando un Estado que ha sido ultrajado de manera impune utiliza los propios métodos diseñados por el Estado canalla, y toma la justicia por propia mano, carente de un sentido y sustento legal y que además ha sido corrompido por un insaciable deseo de venganza. Los EEUU son presas de su propia política de pasar por encima del derecho internacional. Lo peor es que parece que Washington no aprende del pasado, ya que las recientes incursiones en Medio Oriente solo lograrán acentuar la crisis. Lo sorprendente de los atentados al WTC de Nueva York no es que se hayan consumado, sino que no se hayan realizado con anterioridad tomando en cuenta el enorme historial de los EEUU en este tipo de “operaciones militares”.

En el siguiente capítulo, analizaremos el caso de la invasión estadounidense a Panamá a fines de los ochentas, en el cual se ejemplifica a detalle cómo es que EEUU ha operado en lugares que parecieran ser remotos y no tener una importancia alguna en los intereses angloamericanos. Lamentablemente, cuando se tiene el firme objetivo de controlar al planeta, ningún sitio es lo suficientemente lejano como para permanecer fuera del alcance imperialista de EEUU y su decadente concepción de justicia.

 

El caso Panamá

 Panamá había sido un país dominado por una minoría de descendencia europea hasta que el general populista Omar Torrijos dio un golpe que permitió a los negros y mestizos pobres participar en un naciente proceso democrático.

EEUU siempre había mantenido un interés especial en Panamá, ya que hasta hace poco tiempo, era quien controlaba el “Canal de Panamá”, el cual representa un punto importante en los intereses norteamericanos, y desde hacía tiempo, estaba interesado en desestabilizar a Panamá y quitar a Torrijos del poder. En 1981 Torrijos resultó muerto en un misterioso accidente de aviación en el que muchos culparon al gobierno estadounidense.

Hacia 1983, Manuel Noriega, un criminal proveniente de la estructura militar panameña, con conocidos vínculos con el narcotráfico, llegó al poder con el beneplácito estadounidense, ya que durante mucho tiempo, Noriega formó parte de la nómina de los servicios de inteligencia norteamericanos.

Incluso en mayo de 1986 el director de la Agencia de la lucha contra la Droga elogió a Noriega por su «vigorosa política de lucha contra el tráfico de drogas». Un año después el director «Felicitaba nuestra estrecha asociación» con Noriega, mientras que el fiscal general Edwin Meese paró una investigación del Departamento de Justicia sobre las actividades criminales del personaje.

En agosto de 1987 una resolución del Senado condenó a Noriega como un narcotraficante que ponía en riesgo la seguridad interna de los EEUU. Cuando finalmente Noriega fue encausado en Miami en 1988, todos los cargos excepto uno eran relativos a actividades previas a 1984, irónicamente el tiempo que había trabajado para la CIA, ayudando en la guerra sucia contra Nicaragua y cometiendo fraude en las elecciones con aprobación de EEUU.

El rompimiento entre Noriega y el gobierno estadounidense, se debió a que el  independentismo de Noriega amenazaba con los intereses de Washington en el Canal de Panamá. El 1 de enero de 1990 gran parte de la administración del canal debía recaer en manos panameñas, y en el año 2000 debía estar terminado el proceso de transferencia.

La historia se repetía. Nuevamente, los aliados de EEUU se voltearon en contra suya, de manera que la CIA determinó que era necesario quitar a Noriega, a quien calificó como un brutal asesino, corrupto, criminal y narcotraficante que oprimía al pueblo panameño. Toda una encarnación del mal mismo.  Esta estrategia de descalificación y justificación de las futuras acciones de Washington utilizó de manera eficaz la versión mítica de la realidad de la que hablaba Lawrence LeShan en su “Psicología de la Guerra”.

Se intentó un golpe militar, pero falló. Ya en diciembre de 1989 Estados Unidos se aprestó a celebrar la caída del muro de Berlín y el final de la Guerra Fría invadiendo Panamá al margen de todo derecho internacional y matando cientos o miles de personas, (nadie sabe, y pocos se molestan en averiguarlo). La intervención tenía como objetivo “restaurar” la democracia en el país (misma que contribuyeron a destruir años atrás), así como restablecer el poder de la élite blanca rica, que había sido desplazada por el golpe de Torrijos, justo a tiempo de asegurar un gobierno lacayo antes de que se procediese al cambio de administración del Canal el 1 de enero de 1990, como no dejó de observar la prensa derechista europea.

Durante todo el proceso la prensa norteamericana no dejó de seguir las consignas de Washington seleccionando a los “malos” en base a las necesidades del momento. Acciones que anteriormente eran encubiertas por EEUU se convirtieron en crímenes imperdonables de la noche a la mañana.

Los medios de comunicación de la administración Reagan y sus aliados, los principales periódicos del país, se cuidaron muy mucho de criticar las elecciones fraudulentos perpretadas por Noriega en colaboración con la CIA, pero minimizaron y calumniaron las elecciones celebradas por los sandinistas en ese mismo ano, mucho mas honestas y libres más allá de cualquier duda, porque desconfiaban del resultado.

Los sectores marginales de Panamá fueron utilizados de manera infame como campo de práctica para probar el sofisticado armamento experimental que EEUU había desarrollado con miras a utilizarlo en la próxima incursión a Irak planeada para principios de los noventa y que sería conocida como la Guerra del Golfo.

Un número de víctimas inocentes fueron ejecutadas en Panamá, al tan condenable estilo de la Alemania nazi, en donde nuevamente, los complacientes medios de comunicación se convirtieron en cómplices del crímen, ya que la información proporcionada por Washington estaba totalmente trasgiversada y ajena a la realidad.

El mismo día, el de la invasión de Panamá, la Casa Blanca también anunció planes (que fueron llevados a cabo inmediatamente), para conceder créditos a Irak. El Departamento de Estado anunció, con su cara más seria, que esto se debía al intento «de incrementar las exportaciones norteamericanas y situarnos en una mejor posición para pactar con lrak su respeto a los derechos humanos.

El Departamento continuaba con su postura de ignorar la oposición democrática iraquí (banqueros, profesionales, etc,) y bloquear los esfuerzos del Congreso de condenar los atroces crímenes del antiguo amigo de Bush. Comparado con los colegas del presidente Bush en Bagdag y Pekín, Noriega parecía la Madre Teresa.

Después de la invasión, Bush anunció una ayuda de mil millones de dólares. De esta cantidad 400 millones consistieron en incentivos a la exportación norteamericana con destino Panamá, 150 millones tenían como fin pagar créditos bancarios y 65 millones fueron al sector privado y a garantizar las inversiones de EEUU en el país. En otra palabras la mitad de la ayuda fue un regalo de los contribuyentes norteamericanos a las grandes corporaciones, también norteamericanas.

A final de cuentas, el narcotráfico continúa, y EEUU logró su propósito. Ultrajó de manera denigrante, vil, pisoteando y abusando de su omnipotencia absoluta en el globo sin que pasara nada al respecto. Nadie hizo nada.

 

A manera de conclusión

El mundo no parece ser un lugar seguro en un lugar donde los crímenes de la guerra permanecen impunes y peor aún, en los que la comunidad internacional se ha acostumbrado. La guerra parece ser cosa de todos los días, algo normal que ya no impacta, y por lo tanto, no importa. Las esperanzas de que este conflicto se resuelva parecen lejanas, ya que los EEUU han logrado el tan anhelado objetivo de desestabilizar y descalificar a la ONU como el organismo encargado de resolver crisis internacionales. EEUU es el canalla, el terrorista por excelencia. Nadie ha pisoteado más los derechos humanos y la ley internacional que el Tío Sam, y sin embargo, el discurso denigrante, soberbio, hipócrita, cínico y lascivo del gobierno de las barras y las estrellas representa una burla a los países que ha pisoteado.

Pareciera que es cuestión de tiempo (en caso de que no haya comenzado ya) para que la violencia se salga por completo de control. Quizá el hombre esté destinado a tropezar en la misma piedra y necesite recordar o revivir el sufrimiento y el dolor de un acontecimiento igual o más devastador que el recuerdo de lo que fue Aushwitz, Stalingrado o Hiroshima. El recuerdo del presente, del infierno, de Ruanda, de Somalia, de Irak, de Camboya, de Guantánamo, de Afganistán, Indonesia, los Balcanes y todo lo que ha tocado la mano del canalla, de la violencia y de la injusticia. ¿Hasta cuando?

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Fuentes:

Chomsky, Noam. Estados canallas: El imperio de la fuerza en los asuntos mundiales. Ed. Paidós, España. 2001

[1] Samuel Huntington. Foreign Affaire, mazo- abril 1999.

[2] Hedley Bull. Justice in Internacional Relations. Hagey Lectures, Notario, Waterloo University, 1983, pp. 1-35.

Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 17 noviembre, 2017 en Política y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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