Archivos Mensuales: enero 2018

La palabra será siempre mi amada forma de resistencia

(Un texto que escribí hace exactamente un año, en enero de 2017, y que sigue vigente hasta nuestros días).

Sin título

Resulta curioso, por decirlo de algún modo, que algunos medios de comunicación nacidos en la era digital sigan defendiendo posturas del siglo XIX como el de “objetividad”, “imparcialidad” y otros términos caducos, que a estas alturas de la historia, dan flojera.

Nadie les avisó a los jerarcas de los medios que hace más de cien años Kant en su crítica a la razón pura o los filósofos de la sospecha (Marx, Nietzsche, Freud) pusieron en duda la objetividad positivista que regía el pensamiento occidental, o que el mito de la razón absoluta de la modernidad fue destruido por la Dialéctica del Iluminismo de Adorno y Horkheimer o la Filosofía de las formas simbólicas de Ernst Cassirer o la teoría de la acción de Weber o la fenomenología que va de Brentano a Bachelard (pasando por Husserl) o la hermenéutica de Heidegger, Gadamer y Ricoeur o la arqueología del saber de Michel Foucault o los paradigmas de Kuhn o la construcción social de la realidad de Berger y Luckmann o la antropología comparada de Frazer, Malinowski, Geertz y Campbell o los estudios de religión de Eliade o la lógica de Wittgenstein. Ni qué decir de los planteamientos en el campo de la física cuántica, los teoremas de la incompletud de Gödel que deshicieron el proyecto totalizador de la matemática o el principio de incertidumbre de Heisenberg o los estudios del lenguaje desde Pierce hasta Eco. Ya no digamos los aportes de la neurobiología y la psicología de las emociones desde la década de 1990.

No señores. Por increíble que nos pueda parecer a algunos, los jerarcas de los medios se quedaron instalados en lo más temprano del siglo XIX, y siguen hablando sobre la necesidad de retratar la realidad objetivamente con un grado de pureza solo asequible para la metafísica o la literatura del género fantástico. Lástima que les pasó de noche el último siglo y medio en la historia de las ideas, y que sigan creyendo que el milagro del lenguaje y la escritura es posible sin dejar pedazos del alma en cada línea del texto y sigan creyendo que se puede escribir sin adjetivos y sin juicios de valor, como si eso fuera posible, como si el lenguaje no estuviera siempre cargado de emotividad. ¡Qué lástima que quienes pretenden escribir la Historia desde el presente lean tantos informes del FMI y tan poca filosofía, tan poca literatura que habla de esa otra realidad más duradera que un efímero tuit!

Para todos aquellos que siguen pensando que la Tierra es plana, lamento informarles que la cosa no va por ahí. Los seres humanos estamos hechos de historias, vivimos inmersos en narrativas y nos explicamos el mundo a través de ficciones que creemos verdaderas. Sí, señoras y señores: la realidad está hecha de creencias. La realidad está hecha de poesía. Y lamento también informarles que no existen creencias ni poemas químicamente “objetivos”. ¿Nadie les habrá notificado que la objetividad es un consenso social que puede modificarse? Nuestra sociedad todavía no ha logrado curarse de ese enfermizo tufo de racionalidad a la europea que alguna vez pretendió colonizar el mundo en la utopía imbécil del libre mercado. No señores, la Tierra no es plana ni estática ni tampoco el centro del universo, como se creía en el medievo. “¡Y sin embargo se mueve!”, dijo Galileo cuando trataron de imponerle una verdad podrida.

Es por ello que para sobrevivir en esta continua guerra por el control de la realidad, hay que tener el corazón hinchado, la imaginación arborescente, la lengua sensual y la pluma feroz, los sueños siempre dispuestos, la risa fácil y hay también que aprender a ensuciarse para bailar en el lodo. Pero aunque algunos busquen aferrarse a la ruina de los viejos dogmas, aquí estamos los poetas para derribar los muros de esa atrofia existencial que aprisiona la mente, aquí estamos para cantarle al nuevo mundo que abreva en cada palabra que nos brota del corazón, el mundo nuevo que habremos de inventar para inventar también una nueva forma de la felicidad que no cabe en los viejos moldes ni en el amargo yermo de la vanidad. El sueño se hace verdad, del mismo modo que alguna vez el verbo se hizo carne y se hizo canto y se hizo eterno. El universo entero cabe en un verso: y la verdad es un poema.
::.

Otra vez

 

Duele siempre
tener que romper la barrera
que separa el principio y el fin.

Pero la vida es también eso:
romper el cerco de la muerte
y volver a empezar otra vez.
::.

Respirar

 

Respirar:
la metáfora fundamental.

Entrar, salir,
retener y soltar.

Toda la existencia humana
cabe en un abrir y cerrar
de los pulmones.

El oxígeno para saciar
la sed del cuerpo.

La meditación para aliviar
la ansiedad de la mente.

Inhalar, exhalar:
es entender el origen
de la vida.

Inhalar, exhalar:
es comprender el principio
de todas las cosas.

Inhalar, exhalar:
es entrar en nosotros
para salir al mundo.

Inhalar, exhalar:
luego soñar y reír y llorar,
aprender y crecer.

Inhalar, exhalar,
ser el aire y dejar de añorar,
cerrar los ojos y volver a comenzar.

Inhalar, exhalar,
es la pregunta y la respuesta.

Respirar es dialogar
con el todo.

Respirar:
el poema elemental.
::.

Fumarola

 

La fresca noche y su música,
una lluvia solemne,
una bocanada de cielo.

Creer o no creer:
si todo da igual
¿tiene caso decir algo?

Luces minerales,
un destello silencioso,
el destino como sustituto de la suerte,
el placer y la hojarasca
como sustituto de la muerte.

Un viento ligero,
una tonada de jazz electrónico
me hincha la sangre,
un caudal de tenues sonrisas
navegando en la meseta del sueño.

La fresca noche y su música,
la piel adormilada,
la mirada que se filtra
entre las grietas de la luna.

Una fumarola de versos
todavía por nacer.
::.

Abono

 

Somos prisioneros de nuestras obsesiones
hasta que nos decidimos a romper los barrotes:
un pedazo de cartón,
una linda fotografía,
las cuentas pendientes
que hemos decidido no cobrar.

Son los vicios de la mente delirante,
el deseo que no cesa,
la sed que no escampa,
devoradores del alma
que habrán de morir en mi filosa guadaña
hecha de olvido, viento y ceniza.

Lo mío no es andar
umbrío por la pena,
lo mío es otra cosa:
disidente de la decadencia humana,
soy un propagador de alegrías,
barrendero de la tristeza caducifolia,
un brujo sonriente
que ha aprendido a beberse
sus propias pociones mágicas:
un sorbito de música vinícola,
algún dibujo arrumbado en un cajón,
un poema-medicina para remediar
la pendejez,
un hilito que se rompe,
manzanas podridas que abonarán la tierra
donde habrá de crecer
un nuevo amor arborescente.
::.

Mariposeaba

 

Para Miriam Ortiz, a quien le gusta inventar palabras.

Mariposeaba el corazón
tan desvelado,
dormitando en la curvatura del aire pasajero,
un aire sinuoso y sediento
que se alargaba
como se alarga la carretera, el
vino y la montaña,
el romance peligroso del viento helado
y la razón desbocada,
las maneras azules
de ser hombre y ser mujer
pariendo el mundo en una cueva,
madriguera de risas y espantos,
un campo amarillo perfumado de girasoles
donde se alarga también la dicha,
esas ganas de estar vivo
y volver a nacer de entre la tierra,
echando raíces en el cielo estrellado y nocturno,
un cielo impaciente de ser alba,
tan elocuente como tus pasos melancólicos caminando
cual reptiles vagabundos
sobre la arena de mi sueño:
el corazón es una fruta roja
que recita versos a escondidas.
::.

Desde las entrañas de la selva lacandona

(Una crónica de 2013 que nunca terminé y ahora se me hace injusto seguir escribiéndola cuando la experiencia ha perdido frescura en mi mente. Pero como el relato de Ulises es digno de la posteridad, me tomaré la libertad de publicar este retazo de crónica inacabada).

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Algunas noches pueden escucharse silbidos como si se tratara de personas, pero no lo son. “Es un jaguar buscando a su presa”, me explica Ulises, indígena lacandón quien funge como nuestro guía en un paseo nocturno por la espesa selva de Lacanjá, localidad ubicada dentro de la reserva de Montes Azules, Chiapas. La luna llena se filtra entre los árboles y pintar de un tenue azul las innumerables cascadas que se van pintando a lo largo del camino. Si uno permanece quieto un instante, puede percibir el sonido de pesados objetos cayendo al suelo. “Es tiempo de la fruta y los micos tiran ramas al comer”, cuenta Ulises, enfundado en su túnica blanca y una sudadera al estilo occidental para mitigar la fresca brisa de la noche.

El grupo de turistas que formamos parte de la expedición empieza a evidenciar síntomas de cansancio. Llevamos cerca de tres horas caminando en medio de la selva negra. De regreso al campamento, Ulises me cuenta la historia de su abuelo Kin, quien hace no mucho tiempo superó los cien años de edad. El relato es increíble. Cuenta Ulises que cuando su abuelo era joven no conocía el dinero. Vivía en lo profundo del monte “cuando no había nada”. Cambiaba de casa todo el tiempo, cultivando maíz y cazando animales para comer. Caminaba mucho. Sus pies habían sido curtidos por la tierra, entre espinas y piedras. Recorría grandes distancias sin zapatos. A veces caminaba semanas enteras hasta llegar a lugares remotos como Palenque o San Cristobal de las Casas. En las noches sin luna, inmerso en la penumbra, era capaz de seguir su camino siguiendo la tenue luz de las luciérnagas. Conoció el dinero ya entrado en años, haciendo trueque con gente proveniente de Campeche en busca de árbol de chicle. “Un peso vale mucho, se pueden comprar muchas cosas con eso”, solía decir Kin, maravillado de los alcances del dinero.

Cuenta Ulises que cuando sus abuelos veían avionetas cruzando el cielo de la Selva Lacandona, solían ocultarse temerosos entre los árboles, creyendo que se trataba de una águila gigante capaz de descender al suelo para capturar presas de gran tamaño. En una ocasión, Kin caminó con rumbo a San Cristobal, cruzando montañas durante varios días. Al llegar al pueblo, visitó a un amigo, el antropólogo danés Frans Blom, apasionado de la cultura maya. Sorprendido por el trayecto de 335 kilómetros en coche que habitualmente tenía que recorrer Blom para llegar a Lacnajá, el antropólogo se ofreció a llevar a Kin de regreso a casa en su avioneta, aprovechando una pequeña e improvisada pista de aterrizaje ubicada dentro de la selva lacandona. Kin se sintió maravillado al surcar el cielo y llegar a su destino en cosa de minutos.

Ulises no puede ocultar su emoción al relatar las aventuras de su abuelo, invadido por la nostalgia de un pasado mítico que no le tocó vivir. Bastó una generación para que la vida de los lacandones diera un giro radical. Antes sembraban maíz, papaya, piña y camote, comían changos y otros animales que cada vez es más difícil encontrar en lo profundo del monte. Ahora se dedican al ecoturismo. De acuerdo con los lacandones, otras etnias vecinas, principalmente choles y tzetzales, han decidido desmontar sus parcelas para criar vacas. “A veces creen que metiendo ganado van a ganar dinero. No siempre es así. Luego quieren entrar aquí a la selva y no los dejamos. Por eso luego hay problemas”, explica Ulises al retratar el dilema que enfrenta la gente de aquella región para hacer frente a la pobreza y preservar uno de los últimos mechones de selva tropical que todavía existen en México. En las últimas décadas, el acelerado ritmo de deforestación de la selva lacandona ha puesto en peligro crítico a especies como el águila arpía, la guacamaya roja o el tapir, por mencionar algunas. Hace 40 años la selva lacandona tenía 1.8 millones de hectáreas. Hoy quedan solamente 500 mil, debido principalmente a actividades como el desmonte para pastizales o la siembra de palma africana, productos que han detonado la deforestación de un ecosistema que alberga al 24.8% de las especies de mamíferos de México, 33% de aves, 40% de mariposas diurnas y entre el 15-20% de las plantas vasculares.

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Lejos de aquí

 

Arrástrame fuera del mundo,
allá,
lejos,
a lo alto
de la estratósfera,
hasta la cumbre
de aquella montaña
hecha de nubes.

Arrástrame lejos,
a la última orilla del viento
remando aguas arriba
para escapar
de ese doloroso caudal
del tiempo embravecido,
el tiempo de la ira
que me ha mordido el rostro
y las palabras.

Arrástrame lejos,
que hoy solo quiero respirar
una bocanada de aire limpio
y fingir que nada importa…
ya la paz irá tomando su cauce
y los riachuelos se formarán
en las escarpadas laderas
donde se ahogaron todos los gritos,
todos los navíos de madera
que iban diambulando
de sueño en sueño
hasta cruzar la aurora,
como un suspiro derramado
en el aire negro
de la mansa noche.
::.

Cálido despertar

 

Despertar
con un baño caliente
un café caliente
la imaginación caliente.

Arderé y arderá
mi lengua incendiaria
con palabras calientes
en esa prisión invisible
que es el crudo invierno.
::.

Zambullida

 

Era una época de épicas batallas,
de cuando los hombres dejaron de ser simples mortales
para convertirse en propagadores de la alegría,
eran los tiempos del infortunio
y su doble máscara,
una balada de nieve y carnívoro fuego
resonando en la fría soledad del invierno.

Dormirán mis deseos en tus senos
como dos tibios ataúdes,
como una orgía de flores
gimiendo de placer
en la fiesta de tu cuerpo,
esa fiebre viciosa de imaginarte a todas horas
danzando bajo el agua.

Eran dos manos desnudas
copulando en el aire
como libélulas en las intermitencias del sueño,
un vaso de vino roto
y el corazón a la intemperie,
como la muerte deliberada
y entreabierta que se filtra por los poros
jugando a ser cuchillo y ser raíz,
como tus ojos húmedos de añoranza,
tus ojos negros de obsidiana
que lo decían todo
sin necesidad de decir nada.
::.

La democracia NO existe

LA DEMOCRACIA NO EXISTE

La democracia es una aspiración, una meta, un ideal. Pero, contrario a lo que nos han hecho creer, la democracia como sistema de gobierno simple y sencillamente no existe. Y esto se debe a que desde el origen de la civilización, el ejercicio del poder político ha sido siempre oligárquico.

El término oligarquía se define como una “forma de gobierno en la cual el poder político es ejercido por un grupo minoritario”. Una situación que de hecho, viene ocurriendo desde la creación del Estado, cuyo antecedente más lejano se remonta a la construcción de las primeras ciudades sumerias que poblaron Mesopotamia alrededor del año 3000 a.C.

Desde entonces, el ejercicio del poder político dentro de la civilización ha estado marcado por la imposición de un pequeño grupo lo suficientemente fuerte para imponerse frente a otros grupos. Como bien advirtió Max Weber, una minoría organizada siempre termina imponiéndose a una mayoría desorganizada. Y es precisamente a partir de esta imposición de un pequeño grupo bien organizado por encima las masas desorganizadas lo que explica el surgimiento de las élites, que no es otra cosa que “la clase política” a la que aludía el politólogo Gaetano Mosca, lo mismo que Gramsci denominó como “bloque hegemónico”.

De ahí que algunos juristas adviertan que, más que un acuerdo fruto del consenso, toda Constitución expresa la correlación de fuerzas entre los diversos grupos que conforman una sociedad. Una ecuación donde unos ganan y otros pierden. Por ello el Estado, y todo conjunto de leyes que estructuran el marco normativo que fundamenta la existencia y funcionalidad del mismo, son siempre una manifestación de poder, que busca posicionar los intereses de un grupo por encima de otros. Un asunto que conoce bien todo buen analista político, quien al más puro estilo de Maquiavelo, sabe que el real ejercicio del poder está siempre orientado a intereses de grupos, más que dilemas morales sobre el bien y el mal. Intereses particulares que sin embargo, requieren de cierta resonancia entre las masas con el fin de construir legitimidad.

Aunque el papel de las mayorías será siempre un factor que incide y puede inclinar la balanza en la disputa que libran los distintos grupos políticos, no existe un solo ejemplo a lo largo de la historia de la civilización en que las masas hayan podido gobernarse sin mediación de estas élites, más allá de algunos breves y efímeros episodios de adorable anarquía.

El ejercicio del poder político es siempre oligárquico, pues ningún sistema de gobierno, sin importar que se trate de monarquía, totalitarismo o la llamada “democracia liberal”, ha podido sostenerse en pie sin la existencia de una “élite de poder”, como diría el sociólogo estadounidense Charles Wright Mills. De ahí que toda revolución, no sea otra cosa que un reacomodo de élites: quitar a unos para poner a otros.

Pero la historia también nos ha enseñado que, aunque el poder político sea siempre sectario, existen oligarquías más abusivas o más tolerantes que otras. Estas oligarquías más abiertas a la deliberación de los distintos sectores sociales es lo que nuestra cultura occidental ha denominado como “democracia”.

Una palabra cuyo origen y uso actual, remonta precisamente al uso de la razón como instrumento de lucha y resistencia contra el poder hegemónico cuya legitimidad radicaba en el carácter divino de los gobernantes. Esto permite entender cómo es que, en la antigua Grecia, el discurso de la democracia defendido por los primeros filósofos planteó una ruptura entre la razón y lo sagrado como forma de conocer e interpretar el mundo, un proceso que el filólogo español Carlos García Gual denominaría como una ruptura entre mythos y logos, entre emoción y la razón. Una ruptura que más allá de múltiples consideraciones existenciales y epistemológicas, tenía también un trasfondo político.

No en balde, el desarrollo del pensamiento científico durante el Renacimiento y la Ilustración traería como consecuencia el surgimiento de las democracias liberales con el inicio de la Revolución Francesa que más tarde se extendería a Estados Unidos y otras colonias americanas. Un proceso histórico donde la razón serviría como medio de lucha para tratar de contrarrestar los abusos de élites políticas cuya legitimidad estaba basada en la religión. Es por ello que para acabar con la monarquía, era necesario primero matar a Dios con las luces de la razón. Este proceso histórico, ocurrido a finales del siglo XVIII, marcaría el inicio formal de las democracias liberales, con la institución del Estado laico y el empoderamiento de una burguesía emergente que terminaría consolidando su carácter hegemónico con el florecimiento de la Revolución Industrial.

En esto consistió el proyecto de la Modernidad, del cual no logran escapar ni el liberalismo ni el socialismo más ortodoxo, toda vez que el proyecto ilustrado, basado en ideas como el progreso o el método científico como fundamento para conocer la realidad, deja de ser realizable sin una racionalidad que pretende negar la validez del mito. He ahí la paradoja que caracteriza al proyecto moderno, que trata de exterminar el mítico mundo de lo sagrado valiéndose de otro mito: el mito de la razón absoluta. De ahí que los límites de la racionalidad en el terreno científico, planteado en campos como la física teórica, pero principalmente en la lógica y las matemáticas (incapaces de funcionar sin proposiciones no demostrables racionalmente, conocidos como axiomas), ha dejado al descubierto los límites de la racionalidad, lo cual tiene también implicaciones políticas para los próceres de la democracia. Estos límites de la racionalidad en lo político han quedado evidenciados en los planteamientos de la hermenéutica, pero también en obras como Dialéctica del Iluminismo de Adorno y Horkheimer, y en las estructuras mitológicas del Estado descritas por Ernst Cassirer, quien brillantemente advertía que la raíz del pensamiento simbólico que condiciona el lenguaje es emotiva, más que racional. Antes que la lógica, fue la metáfora. Y esta crítica a la razón absoluta, que ya había sido planteada por Kant, implica también una dura crítica a la democracia liberal, que suele exaltar y exagerar las virtudes del diálogo, el consenso y la deliberación de los asuntos públicos, por encima del conflicto y el golpeteo político. Pero resulta que, los seres humanos somos más emotivos que racionales, seres impulsivos que ponen a la razón en un segundo plano a la hora de tomar sus decisiones. Sólo bajo este tenor puede entenderse no sólo la llegada de personajes como Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, sino también, el factor emotivo que juega un papel crucial en cualquier proceso electoral en cualquier país del mundo.

Desde una perspectiva histórica, el desarrollo de la modernidad significó avances sin precedentes en el campo tecnológico, el surgimiento del Estado-nación como forma de organización social y el predominio de la democracia como referente para la construcción de los sistemas de gobierno. Todos ellos, fenómenos que irían siempre ligados a una forma específica de entender e interpretar el mundo. Una forma de concebir la existencia humana que, a su vez, se traduce en formas concretas de ejercer el poder político y construir legitimidad, que no es otra cosa que una justificación discursiva para ostentar el poder con su respectiva validación por parte una sociedad. Esto permite entender la razón por la cual, la legitimidad está siempre anclada a una cosmovisión plasmada en la cultura. De este modo, las tradiciones y las mitologías de cada pueblo juegan un papel determinante en la legitimación de cualquier régimen político.

Y esto mismo ocurrió durante la Modernidad. La democracia moderna surge como un medio de resistencia y de lucha contra los abusos de una monarquía cuyo fundamento de legitimidad estaba basado en un supuesto vínculo divino entre Dios y el monarca. Un fenómeno cuyo trasfondo político era la disputa de la burguesía frente a la monarquía, donde la lucha ideológica trastocaría la legitimidad del antiguo régimen y abriría la puerta para una transformación conceptual de los sistemas de gobierno, lo cual representa el triunfo político de un grupo sobre otro: la instauración de la burguesía como parte de la nueva élite política moderna.

A partir de entonces, la idea de la democracia como forma de gobierno se ha propagado de generación en generación a lo largo de los últimos dos siglos y medio, facilitando que un puñado de oligarcas se ostenten como los legítimos representantes del pueblo. Cualquier paralelismo con los monarcas que antiguamente se ostentaban como los legítimos representantes de Dios en la Tierra no es mera casualidad.

La democracia no deja de pertenecer al terreno mítico. El mito de la democracia es el mito de nuestro tiempo. Una construcción ideal que encuentra muchos problemas para encajar en un mundo donde la continua disputa de unos contra otros es la regla no escrita de la política. Podemos aspirar a parecernos al ideal de la democracia, pero ese ideal será siempre inalcanzable, siempre irrealizable, por la sencilla razón de que el poder político dentro de los confines de la civilización, nunca ha podido ser ejercido sin élites, grupos minoritarios con la fuerza suficiente para imponer su visión del mundo por encima de otras visiones del mundo posibles. Un esquema de poder que se reproduce a través de los aparatos de control que operan en el imaginario, a través de la cultura, y un andamiaje institucional que replica el discurso hegemónico sobre el que se sostiene el poder de las élites.

Por eso la crisis de la democracia es al mismo tiempo una crisis de las élites en el poder, una crisis que surge a partir de las contradicciones cada vez más evidentes del discurso democrático, incapaz de cumplir con las promesas de igualdad, libertad y fraternidad que dieron sustento ideológico durante el surgimiento del Estado-nación. Esto explica en buena medida el desencanto democrático que pareciera prevalecer en varios rincones del planeta, luego de que fenómenos como el incremento de la desigualdad, el despojo a manos de empresas trasnacionales y la manera en que las instituciones del Estado tienden a favorecer a una minoría de ricos por encima de una mayoría de pobres, ha ido resquebrajando poco a poco la máscara democrática. Un disfraz con el cual, las oligarquías que controlan los mercados financieros globales tienen el poder suficiente para poner y quitar gobiernos a su antojo, aún en contra de la voluntad de los pueblos que se ven orillados a buscar otras formas de resistencia, frente a la voracidad y los abusos de una élite corrompida por su insaciable ambición que contrasta con los inéditos niveles de concentración de riqueza que prevalecen a lo largo y ancho del planeta. De ahí el extrañamiento que suscita la frase que suelen acuñar los zapatistas cuando dicen que un buen gobierno es aquel donde “el pueblo manda y el gobierno obedece”. Cosa que paradójicamente no ocurre en ninguna democracia del mundo. ¿O acaso alguien podría argumentar que existe un país ajeno a los intereses de los bancos, los fondos de inversión, las empresas trasnacionales o las élites financieras, que son en realidad los dueños del dinero del mundo? ¿Alguien en verdad podrá argumentar hoy que existe un país donde la gente es realmente la que manda sin que exista la mediación de una élite?

Quizá por ello, uno de los grandes retos de nuestro tiempo, para quienes soñamos con transformar el mundo, sea precisamente desmontar el mito de la democracia que hemos repetido incansablemente durante más de 200 años. Así como la burguesía tuvo que matar a Dios para tomar el poder, quizá hoy sea necesario matar a la democracia para acabar con los abusos de una minoría capitalista y rapaz, que promueve un modelo político y económico que favorece la concentración de la riqueza y que, entre muchos otros problemas, ha creado fenómenos como la crisis ambiental que explica también el cambio climático. Y para matar a la democracia como la conocemos, también es necesario derribar el mito de la supremacía de la razón sobre los otros ámbitos que conforman la rica diversidad de la existencia humana: destruir el mito de la racionalidad como único medio posible para concebir el mundo.

La democracia es una utopía, un referente, un ideal que en el mejor de los casos habrá de servir como guía para la construcción de un sistema político más equitativo. Pero la democracia, lamentablemente, no es, ni ha sido nunca, un proyecto realizable en la práctica.

::.

De qué hablarán…

 

De qué hablarán las canciones
si no es de laberintos y desamor,
con la boca espesa
de tanto murmurar
letanías antiguas
con sabor a la persona amada.

¿Cuántos aullidos nocturnos
debe aguantar el cuerpo
antes de hacer erupción?

¿Cuántas quimeras caben
en la maleta,
cuántas despedidas se requieren
para encender la luz y caminar a oscuras,
cuántas risas sobre la alfombra roja,
cuántas visiones
auténticamente absurdas
bebiéndose colores obscenos,
como pájaros repentinos…
::.

Tanta sangre en los periódicos

 

Y nos quedamos
sin saber qué decir
cuando el mundo ardía
empapado en oscura sangre.

No bastaron las palabras,
las buenas intenciones:
la lumbre, la ira y el dolor
corrían por todas partes.

Y yo no supe hacer otra cosa
que cerrar los ojos
y soñar que había soñado
tanta jodida muerte en los periódicos.
::.

Invernal bajo las sábanas

 

El nuestro fue un amor de invierno,
un amor calientito y bajo las sábanas
para quitarnos el frío del corazón
en la más helada ventisca.

Hoy siento
como si todo fuera posible,
incluyendo los besos que no nos dimos
cuando peleábamos por ver
quién tenía la razón.

Basta de tanta cordura tan innecesaria,
vamos a reírnos de nuestra pesadez
o a retozar en los desgastados colchones.

Quiero beberme un té color amarillo
sobre tus pechos diurnos,
mientras el corazón galopante
va tirando del sueño mojado
que se fue tejiendo
en el claridad de la noche.

Quiero comerte toda, amor,
como si no hubiera pasado el tiempo
como si no hubiera más remedio
que decir(te) todo lo que no ha sido dicho aún,
las canciones que cantaban
los espíritus ebrios en mi oído,
las primeras luces de la mañana,
un lunes bisiesto de pizza,
películas australianas
y drama absurdamente sentimental,
como cuento de Cortázar.

La belleza es también
una forma de mirar,
esa misteriosa atracción gravitacional
que se experimenta al lado
de la persona amada.
::.

Árbol hueco

 

 

Vestigios de una hoja,
fantasma arbóreo,
transparencia vegetal,
luz herbórea que trasciende
las noches y los días
de nubosa y espesa
desmesura,
las babas del sueño
buscando su nombre,
un solo beso tuyo.
::.

6 textos para desenmascarar a los “gigabancos” que dominan el mundo

 

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La concentración de riqueza y la desigualdad, uno de los grandes temas de nuestro tiempo, adquiere una nueva dimensión cuando se revisa minuciosamente. El capital financiero internacional parece haber quedado reducido a un puñado de fondos de inversión cuyo poder sobrepasa por mucho el Producto Interno Bruto de varios países: BlackRock, Vanguard, State Street y Fidelity.

Fondos de inversión que son dueños de los principales bancos comerciales y las empresas más grandes del planeta.

Un negocio donde las familias Goldman Sachs, Rockefeller, Lehman y Rothschild, así como otros personajes como George Soros y Warren Buffett, figuran siempre entre algunos de las dinastías más acaudaladas del mundo, pese a que sus nombres no son tan mediáticos como Jeff Bezos, Mark Zuckeberg, Bill Gates o Carlos Slim.

Familias que a su vez están cohesionadas en grupos como Bildeberg, que a su vez tiene un peso importante en las decisiones de organismos multilaterales como la OTAN.

Aquí mis apuntes y una pequeña guía para entender quién es quién en eso de la dominación global.

 

 

 

::.

Un hombre es también todos los hombres

 

Un hombre es lo que come
y los libros que lee,
los árboles que siembra,
el tiempo acumulado
en los claroscuros del alma,
los pasos silenciosos
que se van quedando
después del temblor.

Un hombre
es también todos los hombres
cuando la alegre soledad del mundo
canta en su interior.
::.

No sabía que Putin también bailaba música disco (con una canción sobre Rasputín)

Una verdadera delicia de video. No sólo por lo extraño del mismo, sino por los asombrosos pasos de baile que se avienta nada más y nada menos que Vladimir Putin a la hora de probar la resistencia de un par de zapatillas sobre la pista de baile, mientras interpreta un clásico de la música disco que alude a la historia del enigmático hechicero Rasputín. Así como lo oyen. Un mix proveniente del video diseñado por Slightly Left of Centre y el clásico de la música disco ochentera, Rasputin, interpretada por Boney M. Una delicia de vidio, para ahora que los rusos han vuelto a estar de moda por el #RusiaGate, la reedición de la Guerra Fría y el Mundial de Futbol 2018.

El tiempo es una trenza (poema)

 

Existe una armonía secreta
en la disonancia,
un orden invisible en el caos,
algo de azaroso en todo destino.

Es el universo que busca siempre
a su contraparte,
su otra mitad para sentirse completo.

Será por eso que andamos por ahí,
buscando aquello que nos hace falta
para reparar esas fiebres de incompletud
que nos pegan de pronto.

Yo no sabía que el tiempo es una trenza,
que se cruza y entrelaza
de manera caprichosa,
un tanto misteriosa,
y que es en esa epifanía invisible
donde los sueños maduran
y se ríen,
es en ese pequeño volcán junto al crepúsculo
donde flotan la ansiedad,
el tatuaje de tus manos
haciendo surcos
en el encharcado corazón.

Será que el tiempo no avisa
y se avecina de golpe,
y a veces, sólo a veces,
es que dos personas logran encontrarse
y mirarse a los ojos llenos
en este mar de extravíos,
naufragios y reencuentros,
ese mar insomne y silencioso,
como una bocanada de humo
que se eleva hasta disolverse en el aire,
una canción que nos recuerda
que nunca más estaremos solos.

Vino el cometa a romperse en mil pedazos,
fracturando el cielo,
como un nudo atorado en el alma,
agujereada y llena de esquirlas,
una bomba de fragmentación
que nos revienta en la mano
para sacudir la noche con su estruendo,
una explosión que emana
desde la intimidad del sueño,
eran nubes desnudas y arrebolinadas,
un poema-luciérnaga
flotando dulcemente en el aire,
el frío aliento de la hierba
cruzando el río en una balsa,
un lazo rojo bebiendo toloache
para remediar todo mal de amores,
un nostálgico tranvía
que se detiene a contemplar la tarde
donde abreva el corazón,
un sorbo de té
en el fondo de una cueva,
un fuego tenue para calentar el alma,
una voz que nos acaricia
y nos platica aquello que ocurrió
alguna vez en alguna galaxia remota,
un par de manos temblorosas,
tan susceptibles,
escribiendo palabras como soles
para alumbrar el caos que vive
dentro de nosotros
y cambiar para siempre
el curso del tiempo.

Los cometas no alcanzaron a decir
‘te quiero’.
::.

V de Verso Vicioso, Volcán y Viceversa

 

Virtud se escribe
con V de Venganza,
la misma letra
desVergonzada
que sirVe también
para escribir:
V de Voluntad
V de Valentía
V de Valioso
V de Volcán
V de Viajero
V de Vicio con Vitaminas
V de Violencia
V de Vejez
V de Vidrio Vigoroso
V de Viento Vagabundo
V de Vacío
V de Visión
V de Vocal
V de Virgen y Varón
V de Vanguardia y Viceversa
V de Vale-Verga-la-Vida.

¿Y si todas las palabras
estuvieran tejidas
por un Vínculo secreto
reVelado en el símbolo
que encierra a cada letra?

¿Qué relación habría entonces
entre las Voces Vespertinas
de las Víboras Voraces
que Vienen y Van desde algún lugar remoto
con aquellas otras Veces
en que terminamos Vomitando
las Viejas heridas
en un espléndido Verso?

¿Qué relación mágica
guardan entre sí
las Vacilaciones de un Vidente leVemente odioso
y una Viuda Vehemente
buscando Vencer la ansiedad
en el Valle sagrado de Vilcabamba?

¿Qué conexión misteriosa existe
entre los Vellos que se erizan
con el melódico lamento del Violín?

¿Entre el Vapor de una locomotora
y la nostalgia de una Veinteañera Viendo la Vida pasar
a traVés de la Ventana?

¿Qué relación existe
entre una botella de Vino Vacía
y una Vagina sedienta?

Son las notas secretas
que nos Vinculan con el todo.

Las letras como Vibraciones
que Vuelan Veloces por la Vía Láctea.

La magia de crear imágenes
a partir de las sonoridades del alma,
porque antes que concepto,
la palabra fue sonido.

Es ahí donde reVerbera
la música que lleVamos dentro,
la palabra que resuena a lo lejos
en toda letra que es también un dibujo
cantando todas las Vicisitudes del mundo
con su propia Voz,
su propia forma de Volar
y hacer Volar también el corazón.
::.

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