Archivos Mensuales: noviembre 2018

Los tambores anuncian ya la batalla

 

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Si algo ha quedado claro en las últimas semanas, es que ni Peña ni Calderón gobernaban México. No eran sino simples títeres de los mercados financieros internacionales, coautores de la desgracia mexicana.

Desde Carlos Salinas de Gortari, los presidentes mexicanos han sido rebajados a burdos gerentes del capital financiero, vergonzosos títeres que han permitido que los mexicanos sean rehenes de la banca trasnacional. Durante tres décadas de proyecto neoliberal, los gestores del régimen político no hicieron otra cosa que seguir al pie de la letra los postulados económicos dictados desde Washington y Wall Street, postulados que han enriquecido a los ricos a niveles grotescos a costa de los más pobres.

La desgracia de los mexicanos ha dido un jugoso negocio para el capital financiero trasnacional. Ahí están los indicadores de la creciente desigualdad, ahí está la violencia sin precedentes, la corrupción solapada por los señores del dinero.

A los grandes inversionistas les importa un carajo el bienestar de la gente. Lo han demostrado hasta el cansancio. Por eso los mercados internacionales reaccionaron favorablemente cuando con el fraude que se gestó en Brasil y provocó la llegada al poder de Bolsonaro, un Hitler brasileño.

En el caso mexicano, ya se resiente la presión de los grandes capitales. Al menor intento por regular o limitar la cruel voracidad del sector financiero, los mercados reaccionan provocando turbulencias macroeconómicas, tirando las bolsas de valores, retirando capitales y devaluando la moneda.

Son las consecuencias del proyecto neoliberal que promovió a la
Inversión extranjera como motor de un supuesto desarrollo que, lejos de cumplir con sus promesas, agudizó las condiciones de missria de millones de personas para beneficio de las élites y su insultante riqueza basada en el despojo y el exterminio. Ahí está la devastación provocada por las mineras como un palpable ejemplo de esta situación.

Mientras despojaban de sus tierras a ejidos y comunidades para beneficio de la oligarquía, los mercados fueron felices. Mientras el país se desangraba en la famosa “guerra contra el narco” ls tecnócratas celebraban la “estabilidad macroeconómica” generada por instituciones sometidas al capital financiero internacional.

Ahora que por fin llega en México un gobierno popular, como consecuencia de la catástrofe neoliberal, los mercaderes de la muerte utilizan sus instrumentos para generar caos cuando un gobierno no accede a satisfacer sus intereses y mantener sus privilegios obtenidos con la desgracia de millones.

En esto consiste la profunda crisis estructural del Estado nación y las democracias liberales, rehenes de la insaciable voracidad del capital financiero trasnacional, los señores de la banca, los grandes y omnipotentes inversionistas, dueños del mundo, responsables directos de la actual crisis global.

A pesar de sus errores, Andrés Manuel López Obrador no es responsable de la catástrofe que se avecina. Son los tecnócratas neoliberales quienes pudieron al país en la actual situación de vulnerabilidad, a disposición del capital financiero trasnacional. Los responsables tienen nombre y apellido, aunque las estructuras sociales desarrolladas por la oligarquía traten de ocultar y distorsionar la verdad.

Lo que vemos hoy en México es consecuencia de un nuevo tipo de guerra global, una guerra donde la oligarquía financierista global busca mantener intactos sus privilegios a expensas de la miseria de millones.

Y como en toda guerra, hay que elegir partido. Por supuesto, algunas pobres ovejas, víctimas de la manipulación informativa, el fanatismo exacerbado y la enajenación más soez, defenderán hasta la muerte a sus verdugos, creyendo ingenuamente que los privilegios de las élites son también los suyos.

Y habemos, en cambio, quienes elegimos defender el interés de la gente, de esas grandes mayorías expulsadas del mundo que hoy luchan por tratar de encontrar un lugar en medio de la catástrofe global. Y así hemos de asumir alegres nuestro papel terrestre en esta guerra de todos contra todos: luchando incansables contra la injusticia, la estupidez y la maldad en todas sus formas.

Que suenen los tambores y se escondan los cobardes. Aquí seguiremos dando pelea en esta continua lucha por la supervivencia.
::.

Literatura es sueño: el arte de hipnotizar al lector según García Márquez

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Decía García Márquez que el truco de escribir consiste en hipnotizar al lector. Y eso se logra con ritmo, el ritmo de la respiración. Si se rompe, el lector despierta del trance. Quizá por eso Borges decía también que la literatura es un sueño dirigido. Habrá que escribir y escribir hasta volverse un encantador de serpientes.
::.

Pasan los días

Pasan los días,
rápidamente,
y se repiten
uno a uno
hasta el fin
de los tiempos.

Pasan los días,
intempestivos,
y tú sigues
despierta, mirando
el mundo-remolino
cuando aúlla.

Pasan los días
y los años
se hacen nada,
un parpadeo,
una luz
silenciosa.

Pasan los días,
como el humo
del cigarro
y la nostalgia,
una bocanada
de recuerdos.

Pasan los días
como fiebres,
la noche hiere
incandescente,
mirando a través
de la cortina.

Pasan los días
y todo da vueltas,
como mi cabeza
que viene y va
coleccionando
yerros y tristeza.

Pasan los días,
y la vida
se hace corta,
la espera
se vuelve tan larga
cuando callas.

Pasan los días,
y la piel
reverbera
en los colores
vespertinos
del otoño.

Pasan los días
y nada pasa,
salvo las flores,
un sorbo de vino
en la boca
del que sueña.

Pasan los días
como la sangre
temblorosa:
un par de rimas
iban lamiendo
las horas desnudas.

Pasan los días
y se repiten
como la noche
que se hace día
y los muertos
cuando resucitan.

Pasan los días
y sólo polvo
sobre las ruinas,
un eco de piedra
resonando
en las estrellas.
::.

Tantas veces

Eran tus manos como trillos
haciendo surcos
en al cordillera de mi cuerpo,
un cuerpo sordo
que aullaba delirante
en los pálidos ojos de la luna.

Dime a dónde irán
a curarse las penas,
las flores ebrias
que habrán de deshojarse
cada vez que te recuerdan.

Fueron purgando condena
las frías luces del alba,
y tú dormías reluciente
al ras de las sábanas blancas,
cual luciérnaga errante
que se niegan a partir.

Será que nunca fui certero,
dije umbrío,
tan sólo un río galopando
del sueño a la poesía
en un trago de cerveza,
un tranvía sin rumbo ni destino
lamiendo las vías que se pierden
en el incendio bermellón
del horizonte,
un terremoto bajo los pies
descalzos y heridos,
como una letanía,
el viejo y polvoriento desván
donde se refugian
los febriles y jóvenes amantes,
terriblemente ansiosos
de beberse la piel ajena
de un solo sorbo,
amargamente sordos,
irremediablemente taciturnos,
tan repentinos
como un relámpago silencioso,
un poseso sin exorcista,
una antología de ataúdes
que se esconde en un poema.

Ahora resuenan los tambores,
en la rítmica simetría de la sangre,
sangre de luna ribereña y hortaliza,
nacida del despojo
de tu cuerpo susceptible,
resurges de la noche
como una lluvia seca,
un graznido de cuervos
tatuado en la mirada,
un hervidero
de tentáculos rojos
y rastrojo
recorriendo tu desnudez
de nínfula obscena.

Mi sangre amarilla se ahoga
en la herida
de tanto evocarte,
en las horas más largas del otoño,
es un veneno sin sombra,
el luto alojado en las entrañas,
marcado por un hierro caliente
en el costado
y tus besos a mansalva,
como una sinfonía de corazones
entreabiertos
cospirando con vino
a la luz de las velas,
es una atadura, un amarre,
un apretado nudo que quema
y gravita en la órbita del sueño,
sombreros nocturnos
que palpitan como estrellas.

El alma a veces no basta,
es una luz que respira
caminando a tientas
en la más espesa oscuridad,
el alma tan corta
se vuelve amargamente insuficiente
cuando te pienso y no estás,
dime a dónde has ido,
infame afrodita
de piernas voladoras
y labios criminales,
dime a dónde irán
los pájaros tristes
que anidan entre los cables
y han decidido marcharse,
a dónde irán las palabras lentas,
todos los vicios
que te extrañan y te persiguen
cuando escriben esta trágica farsa
de hambre, pastillas y desvelos,
a dónde irán las horas desnudas
que se fueron para siempre
en la agonía de tu risa tenue,
esa tu voz de sirena,
tersa y ausente, tan delirante.

En los vidrios rotos
de tu habitación
encontré un cómplice,
en el teléfono idiota
que te marcaba con insistencia
mientras yo te imaginaba desnuda
cuando dormías,
cobijada por el enervante
canto de los grillos,
te imaginaba caminando,
radiante y despierta,
recorriendo laberintos
de puertas apagadas
con tus ojos morenos
que ni siquiera me miraban.

Un par de versos lejanos
huyeron de la triste voz
de la guitarra
para detenerse de golpe
en un oscuro y empedrado callejón
de besos y raíces.

Tantas veces que no hice
sino buscarte donde no debía,
célebre afrodita
de amores insulares,
sigue devorando lunas
más allá del cielo,
más allá de la tierra
y el crepúsculo,
sigue devorando canciones
en el arenal de la noche frenesí,
sigue devorando mis versos
a la otra orilla del tiempo,
a la otra orilla
de mis sueños profanos.
::.

Una luz insatisfecha

Iban tus labios entreabiertos
como un sueño desterrado
en el lánguido acento del violín
y su perfume tóxico
que te evocaba sin decirlo,
como la espuma del mar
que viene y va
desde hacía siempre
hacia ninguna parte,
como una colmena
de recuerdos apagados
en la simetría del tiempo
desnudando mis ansias
como el eco de la piedra,
rumor de agua y carne viva,
desvelo etéreo
donde duerme tu nombre
de piel insatisfecha,
alado pez que navegas
en la estratósfera del sueño sin retorno,
eres una sombra reflejada
en la claridad del agua,
un sorbo de luz y agonía
al compás de las sábanas,
un racimo de cuerpos delirantes
temblando de frío,
ceniza y viento,
una proyección
de anhelos desmembrados
sobre la pared,
ataúdes como manzanas
rabiando de sed,
las flores amarillas despiertan
en la tibia serenidad del ascensor,
manos rotas,
ojos turbios de tanto mirar y mirar
sin respuesta,
bocas donde sólo sucede el ahora,
días como relámpagos,
ríos de desasosiego,
eres una lámpara callada y obscena
retumbando en los gemidos
de la calle,
suciedad y desamparo,
una suerte de humareda y tempestad,
tu lengua desnuda y soleada
de tanto suspirar
fue para mí palidecer y recordar,
el áspero aliento rojo de la noche.
::.

Los cameos de Stan Lee

Tras la muerte de Stan Lee, célebre creador de Spiderman, Hulk y los X-Men, apareció este divertido video que le rinde tributo al padre del universo Marvel. Los superhéroes fueron reimaginados en buena medida, por este viejito simpático, extrovertido y capaz de imaginar universos enteros. Descanse en paz ese genio que siempre fue el buen Stan Lee.
¡Excélsior!

Monólogo de un hombre descarado

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¿Te ha pasado alguna vez que, por más que te mires al espejo no puedes reconocer tu propio rostro? A veces pasa. Me ocurrió a mí, una mañana que me levanté y no pude reconocerme en el reflejo de mis propios ojos. Había sido despojado de mi cara. Ahora sólo soy una carcaza en el cuerpo de un hombre, el retrato perfecto de un naufragio, un fantasma varado en un mar de indefiniciones.

Te preguntarás cómo fue que llegué a convertirme en un hombre sin rostro, incapaz de expresar cualquier tipo de emoción. Yo también me lo pregunto, pero todavía no he podido llegar a una respuesta concreta que logre dejarme satisfecho. Supongo que en algún momento de la vida uno adopta ciertos gestos, cierta incapacidad de reír, cierta rigidez gestual que se va solidificando con el paso del tiempo, hasta dejar las huellas de mil batallas esculpidas en el rostro, en esa mueca neutra con la que tratamos de hacer frente a las muchas adversidades que encierra el destino, esa jauría de lobos que amenaza permanentemente con morder. Es el rostro desfigurado de esta guerra infame de todos contra todos, donde invariablemente, uno se ve forzado a ser cazador o ser cazado. Y de pronto pasan los años y notas que ese rostro vacío ya no es tuyo. Es la mueca indiferente de otra persona, del personaje que uno va creando dentro de una rígida máscara, la piel de quien anda por ahí, deshabitado. Pero el verdadero problema viene cuando uno se vuelve incapaz de arrancarse el antifaz. Después de tanto encarnar un asqueroso papel, se vuelve difícil reconocerse a uno mismo. Supongo que eso es lo que me ha pasado a mí y le pasa también a mucha gente.

¿No los has visto? En el mundo existen por millones, esos seres viles e insignificantes, que repiten como autómatas las mismas lepras, las mismas frases desgastadas que oyen en la tele, esos seres insoportablemente normales que sueñan encontrar el amor en comerciales de jabón, seres incapaces de generar una idea propia, seres insípidos que se limitan a reproducir las mismas ideas caducas pensadas por otro.

Yo siempre me rehusé a ser como ellos y terminé convirtiéndome en uno más, uno entre tantos seres sin rostro que deambulan por la calle, tan urgidos de olvido, buscando con desesperación la absolución en las hojas de un billete de lotería, en las piernas de una mujer bajo la luz de neón, en el último sorbo de vino o el azar escondido en el furioso rugido de una nueve milímetros, aquellas drogas deliciosas que le van a uno secando el rostro lentamente, hasta quedar petrificado. Un rostro inmaculadamente pulcro, incapaz de sonreír o entristecerse. ¿Será este gesto duro otra de las tantas caras de la muerte? A veces me lo pregunto yo también, sin poder llegar a una respuesta concluyente.

Mi única certeza es que algo dentro de mí se ha roto y ahora me encuentro en busca de ese rostro extraviado que alguna vez tuve, ese otro yo que alguna vez fui. He decidido dejar de ser un hombre descarado para convertirme en alguien nuevo. Sólo puedo decir que al mirarme frente al espejo una mañana gris, antes de ir al trabajo, miré dentro de ese abismo sin forma que se abría dentro de mí, y fue ahí, en ese abismo profundo y aterrador donde comencé mi búsqueda, esa desesperación por dejar de ser un hombre extraviado en un desierto infinito de espesa blancura. Ahora soy otro, un hombre con sed de colores, un hombre buscando una sonrisa. Han pasado algunas semanas desde que decidí dejarlo todo atrás para salir en busca de esa llama, para encontrar alguna pista que me conduzca a recuperar mi rostro. Así comenzó mi aventura. Así llegué aquí, hasta el mugroso camarote de un barco de carga cruzando el océano. Si en aquel entonces, cuando salí de casa aquella mañana de septiembre, hubiera sabido lo que ocurriría varios días después, es probable que me hubiera arrepentido. Pero ya no hay vuelta atrás. El mundo se me vino encima y no quedó más opción. Había que salir y dar la cara para tratar de recuperar ese otro rostro perdido. Así comenzó mi travesía, mi tormento, mi agonía. El de un hombre solitario que salió de casa un día para perseguir su propia sombra. Un hombre sin rostro dando vueltas en la nada.

::.

Ecos de la tarde

Cesó el ruido de la metralla, pero en su corazón todavía resonaban los gritos, la ira, todo el horror de la guerra. Aquellos fantasmas que no se van nunca.

Miró a su hija correr en medio de la campiña. Era una dorada tarde, apacible, junto al río. Se preguntó si alguna vez dejaría de oír en su cabeza los ecos de la batalla, si algún día podría perdonarse a sí misma por seguir viva. Lorena se miró las manos y apenas pudo reconcoerlas. Sonrió ligeramente mientras el viento llevaba el suave aroma del campo, a girasoles, un aire de flores otoñales y tristes, como la zozobra.

Miró a la bebé mientras su hija más grande saludaba desde lejos. Se le humedecieron de pronto los ojos. Supo que no habría escapatoria para toda la pena, toda la ruina que tuvo que soportar durante tantos años, tanta miseria junta. Pero ahí estaba, viva, viendo a sus hijas crecer. Se preguntó si algún día podría volver a amar, si en realidad sería capaz de volver a sentir alguna otra emoción, más allá de la rutinaria congoja que le traía consigo mirarse al espejo cada mañana, con los ojos vacíos, como tratando de reconocerse a sí misma en medio de una jauría de gritos disfrazados de aparente calma. A veces incluso se preguntaba si no estaría muerta, purgando condena en el limbo, ese recóndito lugar escondido entre la sangre y la nada. Recordó aquellos ríos de cadáveres pudriéndose en las calles. Recordó el frío y el hambre. ¿Es esto lo que queda después de la tormenta? Apenas un viento helado que se filtra en el sueño, como un negro presagio, una sombra vagando en la levedad del aire. ¿Cómo soportar todo aquello sin volverse un ente lejano, un autómata que repite incansablemente la misma rutina de siempre para no derrumbarse cada vez que toma el cuchillo para partir las verduras a la hora de la cena? ¿Qué era aquella extraña sensación de irse apagando por dentro?

Miró a través de la ventana de la cocina. Los gorriones cantaban una canción en la soledad de los árboles secos. Suspiró, profundamente, y sintió que el alma se evaporaba en su dolorido aliento. Las niñas llegaron de la escuela y la abrazaron, como todos los días. Traían algunos dibujos que habían hecho en las horas de clase. Lorena miró un paisaje soleado dibujado con crayones en un blanco pedazo de papel. Ahí estaban todos: papá, mamá, la hermana, la perra. Todos tan sonrientes que por un momento le pareció que se trataba de un sueño, un espejismo, el velo de la esa otra vida que le había nublado la vista y el corazón. “Te quiero mucho mami”, dijo la más pequeña de sus niñas y le dio un abrazo, como si intuyera que su madre estaba triste. Lorena quiso alegrarse pero no pudo. Se sintió miserable de no poderle devolver un poco de cariño a la pequeña. Besó la mejilla de la chiquita y se quedó ahí, viéndolas jugar. Sintió un poco de comezón en el corazón. Después de todo, la vida podía ser también otra cosa. Un poco de fuego y calor para el alma, en medio de esa fría y oscura noche que a veces suele ser la memoria. Por unos instantes, pareció salir del letargo. Salió de la cocina y se recostó sobre el pórtico, para contemplar el jardín. El viento le acariciaba los vellos del brazo. Hacía tanto tiempo que no sentía su propio cuerpo. Se acercó Pancha, la perra, y le lamió el cuello. Le dio unas breves palmadas en la cabeza y permanecieron en silencio durante algunos minutos. Las niñas salieron al patio para mirar la puesta de sol junto a su madre. Una brisa ligera aromó la tarde con la melancolía secreta de las flores.
::.

Oda al migrante

 

Tú que no te resignaste
a ser condenado a una muerte lenta,
tú, rebelde incurable
que te negaste a acatar
una sentencia dictada
por infames tiranos
y el hambre asesina,
tú que decidiste luchar
y caminar miles de kilómetros
para encontrar la paz,
tú, migrante de mil rostros,
que lo mismo usas huaraches
o turbante,
tú que al mismo tiempo eres
mexicano, hondureño,
turco y marroquí,
nigeriano, congoleño o filipino,
tú que eres eslavo y eres indio,
eres vietnamita, chino y coreano,
eres kazajo, palestino y somalí,
a ti te escribo hermano,
a ti que eres polvo, eres viento,
y a veces no eres nada,
migrante de todos los colores
que hablas también todas las lenguas,
eres simplemente humano,
solamente humano,
irremediablemente humano,
tú, valeroso migrante,
eres hambre y eres fuerza,
eres cansancio y eres sueño,
pues recorres selvas, mares y desiertos
con tus piernas de roble
y surcas la amplitud de la Tierra
en busca de nuevas aventuras,
en algún lugar remoto
que se esconde atrás del horizonte,
tú que has visto la puesta de sol
en varios idiomas,
tú que llevas puesta tu casa,
tu pueblo y tu raza
como una herida que no cierra,
tú que eres fe y añoranza,
llevas dentro el destino del hombre
en tus manos como lijas
con las que habrás de labrar
la tierra para tus hijos
en las horas grises del insomnio,
a la intemperie,
tú, dolorido migrante,
que llevas los zapatos rotos
y los pies desechos,
el alma clara,
eres un dolor que camina,
eres fiebre y carne viva,
eres nómada
y eres todo esperanza,
sigue tu camino lleno de bendiciones
para que nunca te falte la buena fortuna,
el encuentro con las buenas personas,
aquellas que entienden tu dolor
y se lo ponen,
aquellas que se conmueven
por tus pies tan hinchados
y los lavan,
por eso te llevan agua cuando estás sediento,
un poco de alimento para la barriga y el ánima
sin pedir nada,
palabras como abrazos
que te ayuden
a soportar esta larga travesía
de desvelos y cortaduras,
esta sofocante tiniebla
que se mete en los intestinos,
en la sangre turbia,
esta furibunda lucha
para hallar un lugar en el mundo
del que has sido desterrado,
tú que vas con el cuerpo tan pesado,
hirviendo bajo las mismas ropas,
eres tormento y eres pena,
una luz que nunca se apaga,
tú que eres marabunta y fantasma,
tú que eres alegría y eres ejemplo,
recuerda esto, querido migrante:
todo el sudor, toda la ruina,
todo lo que fuiste dejando en el camino,
todo lo que no tenías,
acuérdate bien del llanto
y la rabia,
porque llegará un día
en que te encuentres
con tu destino frente al espejo
y vuelvas a sonreír,
y nosotros te necesitamos
pleno, luminoso, feliz,
para que repartas el polen
y vuelvan a florecer
los corazones marchitos
tan llenos de odio…
a cada paso un lamento,
a cada paso un suspiro,
el estribillo de una canción,
a cada paso una herida,
una luz, una esperanza,
a cada paso un destino,
y quizá también
un buen regreso,
sigue tu camino, migrante,
que todavía quedan
muchos kilómetros por andar
a orillas de la carretera,
muchos trenes, muchos barcos,
muchas derivas
y peligros aún por sortear,
sigue tu ritmo cardiaco
y encomiéndate a los espíritus,
las aves y el viento
para que nunca estés solo,
y no se te mojen los ojos
cuando escuches en la radio
una canción en tu lengua
que habías olvidado
o escuches también
la voz de los tuyos
al otro lado del teléfono,
sigue tu camino,
migrante sonriente
de las mil voces,
porque la vida es no detenerse,
es saltar las trancas,
derrumbar las rejas,
eludir a los captores
y nunca bajar los brazos,
pues aún cuando termine
tu odisea
y llegues a buen puerto
habrá que seguir luchando,
pues a donde llegues serás ajeno,
un extranjero, un forajido,
un desterrado del paraíso,
siempre serás para ellos
un prófugo, un proscrito, un terrorista,
un árbol arrancado de la tierra,
siempre serás
un hombre y una mujer
sin sombra,
pues has nacido condenado
por crímenes que no cometiste,
has sido juzgado de antemano
por el imperdonable delito
de haber nacido pobre y moreno
en un país roto,
pues llegaste prematuro
al armageddon,
y ahí sigues, resistiendo,
estoico, dignamente,
por eso requerimos
de tu fuerza y tu ímpetu
para abolir todas las fronteras
que nos aíslan uno del otro,
necesitamos que sigas amaneciendo
entre los tigres y el río,
la nopalera y la luna,
sigue, migrante,
y no te detengas,
ayúdanos a volver a trazar
todos los mapas
y reescribir
todas las leyes
para repartir con justicia
el pan y la tortilla,
volver a plantar
los sueños desmembrados
que no florecieron,
sigue migrante
silbando despierto
en esta nuestra casa planetaria,
pues el mundo es de todos
y así hemos de cumplir todos juntos
nuestro destino terrestre:
el de un hombre y una mujer
migrando hacia otros cielos
a ras de suelo:
de sur a norte,
de oriente a poniente,
migrando ahora
y para siempre
hacia otras latitudes,
otras conciencias,
otros nombres,
otros dioses,
otros valles y montañas,
otros ríos,
otros mares,
otros soles,
otros días,
otras veces
otras horas
otras lenguas
otros credos
otras luces
otros vuelos
otras cercas
otros tiempos
otras almas
otros mundos
otros vientos
otras casas.
::.

El mapa del mundo según el tamaño de la población global

Un muy interesante ejercicio que me topé por ahí, en la página del World Economic Forum. Si hablamos de población, la correlación de fuerzas en el mundo cambia drásticamente. Europa no es tan pequeño, Asia es inmenso y América sigue más o menos con sus mismas proporciones.

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