Archivos diarios: 10 noviembre, 2018

Ecos de la tarde

Cesó el ruido de la metralla, pero en su corazón todavía resonaban los gritos, la ira, todo el horror de la guerra. Aquellos fantasmas que no se van nunca.

Miró a su hija correr en medio de la campiña. Era una dorada tarde, apacible, junto al río. Se preguntó si alguna vez dejaría de oír en su cabeza los ecos de la batalla, si algún día podría perdonarse a sí misma por seguir viva. Lorena se miró las manos y apenas pudo reconcoerlas. Sonrió ligeramente mientras el viento llevaba el suave aroma del campo, a girasoles, un aire de flores otoñales y tristes, como la zozobra.

Miró a la bebé mientras su hija más grande saludaba desde lejos. Se le humedecieron de pronto los ojos. Supo que no habría escapatoria para toda la pena, toda la ruina que tuvo que soportar durante tantos años, tanta miseria junta. Pero ahí estaba, viva, viendo a sus hijas crecer. Se preguntó si algún día podría volver a amar, si en realidad sería capaz de volver a sentir alguna otra emoción, más allá de la rutinaria congoja que le traía consigo mirarse al espejo cada mañana, con los ojos vacíos, como tratando de reconocerse a sí misma en medio de una jauría de gritos disfrazados de aparente calma. A veces incluso se preguntaba si no estaría muerta, purgando condena en el limbo, ese recóndito lugar escondido entre la sangre y la nada. Recordó aquellos ríos de cadáveres pudriéndose en las calles. Recordó el frío y el hambre. ¿Es esto lo que queda después de la tormenta? Apenas un viento helado que se filtra en el sueño, como un negro presagio, una sombra vagando en la levedad del aire. ¿Cómo soportar todo aquello sin volverse un ente lejano, un autómata que repite incansablemente la misma rutina de siempre para no derrumbarse cada vez que toma el cuchillo para partir las verduras a la hora de la cena? ¿Qué era aquella extraña sensación de irse apagando por dentro?

Miró a través de la ventana de la cocina. Los gorriones cantaban una canción en la soledad de los árboles secos. Suspiró, profundamente, y sintió que el alma se evaporaba en su dolorido aliento. Las niñas llegaron de la escuela y la abrazaron, como todos los días. Traían algunos dibujos que habían hecho en las horas de clase. Lorena miró un paisaje soleado dibujado con crayones en un blanco pedazo de papel. Ahí estaban todos: papá, mamá, la hermana, la perra. Todos tan sonrientes que por un momento le pareció que se trataba de un sueño, un espejismo, el velo de la esa otra vida que le había nublado la vista y el corazón. “Te quiero mucho mami”, dijo la más pequeña de sus niñas y le dio un abrazo, como si intuyera que su madre estaba triste. Lorena quiso alegrarse pero no pudo. Se sintió miserable de no poderle devolver un poco de cariño a la pequeña. Besó la mejilla de la chiquita y se quedó ahí, viéndolas jugar. Sintió un poco de comezón en el corazón. Después de todo, la vida podía ser también otra cosa. Un poco de fuego y calor para el alma, en medio de esa fría y oscura noche que a veces suele ser la memoria. Por unos instantes, pareció salir del letargo. Salió de la cocina y se recostó sobre el pórtico, para contemplar el jardín. El viento le acariciaba los vellos del brazo. Hacía tanto tiempo que no sentía su propio cuerpo. Se acercó Pancha, la perra, y le lamió el cuello. Le dio unas breves palmadas en la cabeza y permanecieron en silencio durante algunos minutos. Las niñas salieron al patio para mirar la puesta de sol junto a su madre. Una brisa ligera aromó la tarde con la melancolía secreta de las flores.
::.

A %d blogueros les gusta esto: