Archivos diarios: 12 noviembre, 2018

Monólogo de un hombre descarado

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¿Te ha pasado alguna vez que, por más que te mires al espejo no puedes reconocer tu propio rostro? A veces pasa. Me ocurrió a mí, una mañana que me levanté y no pude reconocerme en el reflejo de mis propios ojos. Había sido despojado de mi cara. Ahora sólo soy una carcaza en el cuerpo de un hombre, el retrato perfecto de un naufragio, un fantasma varado en un mar de indefiniciones.

Te preguntarás cómo fue que llegué a convertirme en un hombre sin rostro, incapaz de expresar cualquier tipo de emoción. Yo también me lo pregunto, pero todavía no he podido llegar a una respuesta concreta que logre dejarme satisfecho. Supongo que en algún momento de la vida uno adopta ciertos gestos, cierta incapacidad de reír, cierta rigidez gestual que se va solidificando con el paso del tiempo, hasta dejar las huellas de mil batallas esculpidas en el rostro, en esa mueca neutra con la que tratamos de hacer frente a las muchas adversidades que encierra el destino, esa jauría de lobos que amenaza permanentemente con morder. Es el rostro desfigurado de esta guerra infame de todos contra todos, donde invariablemente, uno se ve forzado a ser cazador o ser cazado. Y de pronto pasan los años y notas que ese rostro vacío ya no es tuyo. Es la mueca indiferente de otra persona, del personaje que uno va creando dentro de una rígida máscara, la piel de quien anda por ahí, deshabitado. Pero el verdadero problema viene cuando uno se vuelve incapaz de arrancarse el antifaz. Después de tanto encarnar un asqueroso papel, se vuelve difícil reconocerse a uno mismo. Supongo que eso es lo que me ha pasado a mí y le pasa también a mucha gente.

¿No los has visto? En el mundo existen por millones, esos seres viles e insignificantes, que repiten como autómatas las mismas lepras, las mismas frases desgastadas que oyen en la tele, esos seres insoportablemente normales que sueñan encontrar el amor en comerciales de jabón, seres incapaces de generar una idea propia, seres insípidos que se limitan a reproducir las mismas ideas caducas pensadas por otro.

Yo siempre me rehusé a ser como ellos y terminé convirtiéndome en uno más, uno entre tantos seres sin rostro que deambulan por la calle, tan urgidos de olvido, buscando con desesperación la absolución en las hojas de un billete de lotería, en las piernas de una mujer bajo la luz de neón, en el último sorbo de vino o el azar escondido en el furioso rugido de una nueve milímetros, aquellas drogas deliciosas que le van a uno secando el rostro lentamente, hasta quedar petrificado. Un rostro inmaculadamente pulcro, incapaz de sonreír o entristecerse. ¿Será este gesto duro otra de las tantas caras de la muerte? A veces me lo pregunto yo también, sin poder llegar a una respuesta concluyente.

Mi única certeza es que algo dentro de mí se ha roto y ahora me encuentro en busca de ese rostro extraviado que alguna vez tuve, ese otro yo que alguna vez fui. He decidido dejar de ser un hombre descarado para convertirme en alguien nuevo. Sólo puedo decir que al mirarme frente al espejo una mañana gris, antes de ir al trabajo, miré dentro de ese abismo sin forma que se abría dentro de mí, y fue ahí, en ese abismo profundo y aterrador donde comencé mi búsqueda, esa desesperación por dejar de ser un hombre extraviado en un desierto infinito de espesa blancura. Ahora soy otro, un hombre con sed de colores, un hombre buscando una sonrisa. Han pasado algunas semanas desde que decidí dejarlo todo atrás para salir en busca de esa llama, para encontrar alguna pista que me conduzca a recuperar mi rostro. Así comenzó mi aventura. Así llegué aquí, hasta el mugroso camarote de un barco de carga cruzando el océano. Si en aquel entonces, cuando salí de casa aquella mañana de septiembre, hubiera sabido lo que ocurriría varios días después, es probable que me hubiera arrepentido. Pero ya no hay vuelta atrás. El mundo se me vino encima y no quedó más opción. Había que salir y dar la cara para tratar de recuperar ese otro rostro perdido. Así comenzó mi travesía, mi tormento, mi agonía. El de un hombre solitario que salió de casa un día para perseguir su propia sombra. Un hombre sin rostro dando vueltas en la nada.

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