Tantas veces

Eran tus manos como trillos
haciendo surcos
en al cordillera de mi cuerpo,
un cuerpo sordo
que aullaba delirante
en los pálidos ojos de la luna.

Dime a dónde irán
a curarse las penas,
las flores ebrias
que habrán de deshojarse
cada vez que te recuerdan.

Fueron purgando condena
las frías luces del alba,
y tú dormías reluciente
al ras de las sábanas blancas,
cual luciérnaga errante
que se niegan a partir.

Será que nunca fui certero,
dije umbrío,
tan sólo un río galopando
del sueño a la poesía
en un trago de cerveza,
un tranvía sin rumbo ni destino
lamiendo las vías que se pierden
en el incendio bermellón
del horizonte,
un terremoto bajo los pies
descalzos y heridos,
como una letanía,
el viejo y polvoriento desván
donde se refugian
los febriles y jóvenes amantes,
terriblemente ansiosos
de beberse la piel ajena
de un solo sorbo,
amargamente sordos,
irremediablemente taciturnos,
tan repentinos
como un relámpago silencioso,
un poseso sin exorcista,
una antología de ataúdes
que se esconde en un poema.

Ahora resuenan los tambores,
en la rítmica simetría de la sangre,
sangre de luna ribereña y hortaliza,
nacida del despojo
de tu cuerpo susceptible,
resurges de la noche
como una lluvia seca,
un graznido de cuervos
tatuado en la mirada,
un hervidero
de tentáculos rojos
y rastrojo
recorriendo tu desnudez
de nínfula obscena.

Mi sangre amarilla se ahoga
en la herida
de tanto evocarte,
en las horas más largas del otoño,
es un veneno sin sombra,
el luto alojado en las entrañas,
marcado por un hierro caliente
en el costado
y tus besos a mansalva,
como una sinfonía de corazones
entreabiertos
cospirando con vino
a la luz de las velas,
es una atadura, un amarre,
un apretado nudo que quema
y gravita en la órbita del sueño,
sombreros nocturnos
que palpitan como estrellas.

El alma a veces no basta,
es una luz que respira
caminando a tientas
en la más espesa oscuridad,
el alma tan corta
se vuelve amargamente insuficiente
cuando te pienso y no estás,
dime a dónde has ido,
infame afrodita
de piernas voladoras
y labios criminales,
dime a dónde irán
los pájaros tristes
que anidan entre los cables
y han decidido marcharse,
a dónde irán las palabras lentas,
todos los vicios
que te extrañan y te persiguen
cuando escriben esta trágica farsa
de hambre, pastillas y desvelos,
a dónde irán las horas desnudas
que se fueron para siempre
en la agonía de tu risa tenue,
esa tu voz de sirena,
tersa y ausente, tan delirante.

En los vidrios rotos
de tu habitación
encontré un cómplice,
en el teléfono idiota
que te marcaba con insistencia
mientras yo te imaginaba desnuda
cuando dormías,
cobijada por el enervante
canto de los grillos,
te imaginaba caminando,
radiante y despierta,
recorriendo laberintos
de puertas apagadas
con tus ojos morenos
que ni siquiera me miraban.

Un par de versos lejanos
huyeron de la triste voz
de la guitarra
para detenerse de golpe
en un oscuro y empedrado callejón
de besos y raíces.

Tantas veces que no hice
sino buscarte donde no debía,
célebre afrodita
de amores insulares,
sigue devorando lunas
más allá del cielo,
más allá de la tierra
y el crepúsculo,
sigue devorando canciones
en el arenal de la noche frenesí,
sigue devorando mis versos
a la otra orilla del tiempo,
a la otra orilla
de mis sueños profanos.
::.

Acerca de manuelhborbolla

Poeta, filósofo y periodista, egresado de la UNAM. Creo que es posible transformar el mundo a través de la poesía.

Publicado el 16 noviembre, 2018 en Poemas. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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