Archivos diarios: 13 mayo, 2019

Elegía del aire

 

El aire desprolijo
iba recubierto
por una niebla tóxica.

Era el tufo gris
de la hidra de mil cabezas
vomitando la miseria del mundo.

Y los niños respiraban muerte
y los animales respiraban muerte
y los dioses muertos respiraban muerte.

El valle se vistió de veneno,
mientras algunos vociferaban
el anhelado fin de los tiempos.

Iban con la cabeza turbia,
los ojos baldíos de tanta ceguera
y el farragoso aliento del amargo corazón.

La Tierra musitaba una copla
llena de aspavientos,
una herida que todavía supura.

Nadie parecía advertir
que todo hábito mórbido
engendra cadáveres.

Fuimos rehenes del aire-gangrena
persiguiendo sueños nauseabundos
en el último anuncio de la TV.

Fueron los vientos de la ira
que regaban el incendio
por doquier.

Fue la peste del clima
y su broma macabra
devolviéndonos el gesto.

La máquina voraz del consumo
seguía su curso, hirviendo el planeta,
entre tanta jodida indiferencia.

Los mercados celebraban victoriosos
cuando los tiranos decidieron cortar
cada árbol, cada cerro, cada río.

“¡Espantarán a los inversionistas!”,
reprochaban a quienes protestaban
contra el nuevo holocausto.

La tierra sangra la sangre tierra
y los hombrecillos miserables
solamente se lamentan.

Respiran veneno, beben veneno,
oyen veneno, miran veneno,
piensan veneno, repiten veneno.

Otro mundo fue posible
en la mente del que sueña
con las manos y el corazón.

Un alegre vergel
donde la risa y el alma limpia
sean sinónimos de riqueza.

Un mundo donde el despojo
y la propagación de la ruina
no sean alabados en las revistas de negocios.

El destino del ser humano
está siempre
al alcance de su mano.

Otro mundo arborescente
sigue siendo posible
en la lucha cotidiana del que ama.

Y mientras tanto,
el aire pálido
oscurecía los pulmones.

Y mientras tanto,
las noticias derramaban espanto
y nula esperanza.

Es el negocio de los insaciables avaros
que administran la infamia
con su dinero sabor a raticida.

Pronto no quedará nada:
ni un sorbo de aire azul,
ni un bebedero de agua clara.

Todo se irá pudriendo lentamente
en la inmensa cloaca
de la historia humana.

El tiempo vendrá sobre nosotros
y maldeciremos la suerte del mundo,
la crueldad de los dioses.

Mejor eso que abrir el corazón
y aceptar la verdad:
la violenta naturaleza del hombre.

Morirán las abejas y los ajolotes,
se secarán las selvas
y los ricos se quedarán con todo.

Las flores tristes llorarán de pena
sin que nadie les cante una canción
al oído.

El aire ardiente soplará sobre el mundo,
como un infierno desatado en los mares
de la desiria.

Nadie notará cuando nos hayamos ido
porque nada quedará después de nosotros.
::.

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