Archivos diarios: 21 julio, 2019

Transparencia

El cielo sobre nosotros
es una antigua ciudad en ruinas
levantada sobre el llanto
de los hombres.

Todas mis plegarias
fueron a morir al sol.

Queman mis ojos
hechos de alcohol,
nada queda ya
tras sepultar la primavera
bajo la lluvia
y el recuerdo de una triste canción.

Todavía siento la erosión de sus dedos
sobre mi arena,
la quilla de su barca sedienta
de otro nuevo naufragio.

Ella sigue escondida
entre muros lejanos y silvestres
ataviados de coloridas pinturas,
con la piel del corazón tan expuesta
al frío y el desamor.

La vida se evaporó
en el sueño fermentado del maguey,
ácidas visiones habitan la asimetría del desierto,
un mar de cactáceas y flores amarillas.

En la boca llevo el tono triste
de su voz desnuda
en el humo del cigarro.

Orfebre de las palabras calientes,
el ocelote canta una elegía
al viento irremediable de la noche
que le roza el alma.

Nacerá del agua fresca
un nuevo comienzo
al final del horizonte,
es la translúcida perfección
del presente y el alba,
el amanecer de los días sin sombra,
el último suspiro de un amor roto.

El dolor desciende como las aves
para purificar el cielo en sus alas.

Las piedras se beben el tiempo enmohecido
que dormita en la memoria de los viejos.

Llueve el grano dorado sobre los silos
de la historia
para alimentar al animal
que llevamos dentro,
la bestia que duerme y resucita
al interior de nosotros.

Una herida sobre la otra
se dibuja en mi costado,
como la humedad de la tibia sangre
que ronda mi sueño:
es una galería de corazones a la deriva,
una sinfonía de payasos tristes,
los besos lascivos que fueron abortados
de tu boca y mi boca al filo del crepúsculo.

La noche es el misterio
que se esconde en tus pupilas,
la sábana blanca donde duermen
todos mis demonios,
un cuento inofensivo,
una panga cruzando la selva
en la suave caricia del río
y su caudal de leyendas.

Brotan seres luminosos
de entre las plantas,
fluyen los cardúmenes de plata
bajo el agua y las estrellas,
germinan los pozos
donde la gente va a arrojar
todas sus averías,
todos sus anhelos,
todo el amor aún por cumplir.

Los grillos silban al compás de la luna,
una suave melodía de piano los acompaña,
la tierra mojada rejuvenece entre la hierba,
son siglos forjados por el hambre y el metal,
el destino que se cuece a fuego lento,
el eterno galopar de los caballos
sobre las nubes.

Una bocanada de alegres canciones
se posa sobre nosotros,
como si fuera una mariposa:
esa inexplicable felicidad
que de pronto nos inunda el corazón.
::.

Un sorbo de etérea humanidad

 

Mi alma masculla versos
sin sustancia.

Ahí reside la verdadera
naturaleza humana,
en palabras deformes
que no dicen nada,
salvo algún gemido,
el aire sonoro de lo que duele.

Conocerse es conocer
a los demás.

Pero qué será de aquellos impostores
que han decidido refugiarse
para siempre detrás de la máscara,
evadiendo su propio reflejo
frente al espejo.

¿Podrán conocerse realmente?

Son apenas tristes maniquís
buscando no morir de asfixia
en el aire venenoso
de quien se miente a sí mismo.

La verdad puede ser un trago amargo,
no es apta para todos.

Sólo los valientes son capaces
de abrevar en sus aguas.

Un estallido, un terremoto,
el colapso de los cinco sentidos
en su búsqueda de Dios,
el mundo convulsiona
entre las piernas de un amor en llamas.

Sólo los valientes habrán de quedarse
en la colina
a presenciar el espectáculo
de los cuerpos corrosivos
y salvajes
yendo a mitigar la sed
en la puesta de sol.

Encontré mi voz sangrienta
en un pentagrama,
mi retina disuelta
en un óleo de Schiele,
la vida es un tulipán amarillo
que se abre en medio
del invierno y la nieve,
mi corazón es otra cosa,
un navío con destino incierto,
siempre predispuesto a la aventura.

Dirán que carezco de mesura
y tendrán razón,
la mesura es para quienes han decidido
morirse por dentro,
yo pertenezco a una antigua raza
de personas-volcán,
que de vez en cuando tiene la urgencia
de hacer erupción,
soy el poeta-huracán
de los versos terremoto,
quien habrá de sacudir al mundo
con su canto de mil estrellas
gimiendo de dolor y de placer
entre los escombros de una mujer obscena,
soy la tempestad y la mañana de rocío
al pie de la cuesta,
soy quien habrá de organizar una acampada
en la luna
y también en el centro de la Tierra,
soy el hombre desnudo que camina
y desuella canciones
mientras sueña un rumor de caricias,
y desnuda a la madrugada
en su alberca de flores.

Yo estoy hecho de la misma sustancia
del extravío
me he perdido mil veces
en todos los rincones de este absurdo laberinto,
he sobrevivido a la infamia,
ese cruel vestigio de la vanidad
que pudre el alma de los hombres,
sigo despierto y sediento
de la arborescencia ritual de la selva,
soy el jaguar que mira en lo profundo
de la noche,
soy la ceiba madre que conecta
el Xibalba con el cielo,
soy la sangre transparente del río
que fluye en tus adentros,
soy la inmensidad del océano
que revienta en tus pupilas,
soy el corazón salvaje relinchando
en el regocijo de las flores,
soy la vendetta de los pueblos sin nombre
buscando un exorcista,
soy el sueño ácido derramado
en la duda tornasol
de una encrucijada.

Soy el vino y la sangre,
el alma que se desprende del cuerpo
para continuar su cósmico sendero
de cumbres y destierros.

Llueve la tarde sobre nosotros,
llueven las anheladas horas
de la muerte
sobre el deshielo del alma,
somos consecuencia
de tantas cosas…
una mirada, un abrazo,
un bello atardecer
o las impredecibles olas del mar,
las sábanas destendidas
sobre la cama
en las horas azules del amor,
somos fiebre y carcajada,
un grito violento
tapizando las cuatro paredes
de una habitación,
somos el caos de la calle
y su carnaval de sorpresas,
somos humo
y somos nada,
un dulce sorbo de licor
al otro lado
de nuestra etérea humanidad.
::.

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