Archivos diarios: 10 octubre, 2019

Jodidamente boreal

 

 

Perfume de aerolito.

Era la piel del cielo
pariendo el horizonte…

Mi corazón se confunde
con espuma de mar
a estas horas de la noche.

Resuenan los motores,
los vehículos ruedan y galopan
en la carretera infitesimal
del pensamiento…
arenas que navegan
el tiempo movedizo.

La luz es sonido salobre en la pared.

Presiento una ráfaga,
tan mía y tan tuya,
obscena y animal.

Mi cuerpo es un amasijo hecho
de nostalgias, desvelo y anestesia.

Huelo tu alma desnuda
bailando la aurora boreal,
somos el tibio aliento de un volcán
enraizado en el suelo,
propagando la noche,
somos una quimera, humo y alquitrán,
un silencio carburante
derramando saliva
entre tus piernas.

La noche tiembla en mi sueño.

Soy el sonido de la sangre percusiva,
una marejada de corazones rotos,
soy la oscuridad de la cueva en duermevela,
soy el paraíso prohibido que respiran tus alveolos,
soy un radar indagando tus adentros,
un glacial que no cede,
la hinchazón que sucede a las almas impacientes.

He roto la cortina
que incendiaba mis ojos,
he remado las fiebres azules
en canciones y mezcales
llenos de desasosiego.

Mi voz no sabe de distancias
ni encierro,
es un terremoto reptando
bajo tu piel,
el delirio abismal
de tus ojos-luciérnaga
fosforeciendo en la oscuridad.

Amo tus pies y tus dientes,
amo la montaña que ríe
los ríos de baktunes
forjados por siglos
de soles entreabiertos.

Tiembla el edificio de mi alma
en la humedad de las palabras,
soy como el verso herido
que mora en la plenitud
de tus dedos profanos.

Tus besos suicidas me persiguen,
son un terregal de huesos molidos,
una travesía de amores desmembrados,
un terrón de azúcar y secretos,
una sombra proyectada en la maquinación infernal
de mi deseo respirando en tu almohada.

Los árboles lloran de risa
de tanto dolerse de frío,
como un pájaro flotando
en la confusión de la carne,
la soledad tan placentera…

Las puertas del cielo
se abren en mi pecho,
como un prolongado suspiro
en clave Morse,
son mis alucinaciones descapotables
en tu gemido lacustre,
un atisbo de luminoso cinismo,
nada es para siempre,
ni tampoco las hormigas
que se filtran ahora
en tus anhelos mortecinos,
es el ‘shake-shake’
de mi lengua libélula
aleteando al filo del crepúsculo,
un lagarto guardián
musitando poemas de luces rojas,
un león cansado y erótico
de tanto lamerse las ganas,
soy el deshielo de mis labios roedores
merodeando el invierno,
las flores muertas reviviendo
en la suave caricia de un libro,
es la canción carnívora
que narra mis noches y mis días
de insoportable alegría,
es tu aura desterrada para siempre
de mi tacto animal,
el fin de las palabras ermitañas
que murieron de pronto
en la orfandad del camino.
::.

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